Galicia, el “paraíso al que quería regresar”

  • Evelyn Canessi Castro tiene 29 años y una vida entre dos tierras, “mitad gallega, mitad uruguaya”. Su relato es un continuo ir y venir entre ambas orillas del Atlántico y, por ahora, concluye aquí gracias a una beca BEME
25
Feb
2022

El relato, siempre en presente, surge echando la vista atrás. Una mirada cargada de nostalgia y de diáspora, de aquellas miles de personas que hace no tanto, en la distancia que marca el blanco y negro sobre la irrupción del color más futurista, partieron buscando una vida, puede que mejor, pero vida a fin de cuentas. Los nudos se avejentaron, volviéndose así fuertes e irrompibles, como ese lazo que une Galicia y Uruguay, y que conoce bien, en presente, por supuesto, Evelyn Canessi Castro, mitad gallega, mitad uruguaya, o galleguaya. Una historia familiar a caballo del azul profundo del Atlántico. Como tantas. Como esta.

Porque Evelyn nació allá, para venirse aquí de niña y volverse allá de joven, antes de retornar aquí ahora, con una BEME, y dejar allá y aquí recuerdos y vivencias, el hilo de un completo relato de emigración con apenas 29 años.

Un ir y venir, no obstante, que incluso comienza más atrás, aquí y allá, en la historia de su tatarabuelo, que nos conduce, silenciosos, a aquellos grandes buques a vapor de finales del siglo XIX. El humo, blanco o negro, qué más da, guía la historia familiar de Laxe a Montevideo. El amor hizo el resto, ya se sabe. Y dos generaciones después, los padres de Evelyn deciden cruzar ese puente gigantesco y solitario que une siempre Galicia y Uruguay.

“En 2002, con la crisis en Argentina, que afectó a Uruguay, mi padre decidió emigrar a España. Yo me vine con mi madre en 2003”, recuerda Evelyn, con la ventaja de poder resumir su propia vida en dos trazadas. Aquí y allá una vez más. Mitad gallega, mitad uruguaya.

Entonces, en 2003, Evelyn tenía 10 años y una infancia por vivir. A los 18, una carrera por hacer, que decide cursar en la Universidad de la República, en Montevideo. Otra vez allá. “Me fui con mis abuelos y mis tíos; un poco con cada uno”, relata al tiempo que reconoce ese apegamiento, ese echar de menos: “Estaba muy unida a mis abuelos”.

También lo está a Galicia, a nuestra tierra, que tira, que llama, que percute en eso que resumimos en la morriña. “Mis papás se quedaron acá y nunca volvieron”, expone Evelyn; otra vez el lazo del retorno. “Con el Covid quería volver y me surgió la oportunidad de la BEME”, añade.

Las becas BEME

BEME. Acrónimo en gallego de Bolsas Excelencia Mocidade Exterior. Unas becas puestas en marcha por el gobierno de Galicia para ofrecer a los jóvenes gallegos de todo el mundo, hijos y nietos de aquellos que un día tuvieron que partir, la posibilidad de volver a casa. Este año retornarán otros 200, como el pasado, como Evelyn, como los casi mil a los que ya se les han abierto las puertas de Galicia gracias a esta iniciativa.

“Conocí la convocatoria a través de internet”, continúa Evelyn, que escogió Galicia porque tenía que ser Galicia, por esos vínculos, por su infancia, por sus recuerdos. “Al principio, de niña, me costó mucho hacer amigos. Hasta casi el cuarto año de Instituto no había logrado hacer amigos, pero al final hice un grupo grande”, continúa. Uno de esos que perduran y que atraen, que sigue vigente y del que guardaba “lindos recuerdos de los últimos años”.

Hoy, desde aquí, Evelyn continúa su relato. Mitad gallega, mitad uruguaya. Y lo hace desde la Universidad de Vigo, donde cursa un máster en Prevención de riesgos laborales. Es la tierra de sus orígenes, de su tatarabuelo, de sus padres, de ella misma. Un lugar donde disfruta de “la tranquilidad con la que se vive”, de la calidad de vida, de sus amigas de entonces y de ahora, de las playas… Del “paraíso al que quería volver” y en el que sueña con quedarse. Quién sabe. En junio defiende la tesis y ya está haciendo prácticas en una empresa en O Porriño. Continuará.

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DE GALICIA A REPÚBLICA DOMINICANA PARA VOLVER SIEMPRE A GALICIA

  • La de Iria Salgueiro Abal es una de esas historias del siglo XXI, cargada de ritmo y de lugares antes de retornar a Galicia gracias a una BEME, becas que promueve el gobierno gallego para traer de vuelta a casa a los jóvenes del exterior
15
Feb
2022
Iria, en Santo Domingo,

Hay historias que van, porque necesariamente tienen que venir. Que recorren medio mundo y varios continentes antes de terminar dónde todo comenzó: en Galicia. Sucedía antes en blanco y negro, con la morriña acrecentada de aquellos vapores de chimeneas gigantes que cruzaban el Atlántico en busca de un futuro, quién sabe si mejor o peor. Y sucede hoy a otra velocidad, a la que marcan los vuelos comerciales, la red universal o las nuevas tecnologías.

Un ritmo frenético que conduce a la protagonista del relato de Pontevedra a Irlanda, de allí a Francia, y luego, a República Dominicana, antes de volver a Galicia gracias a las becas BEME, que cada año ofrece el gobierno gallego precisamente para eso, para facilitar la vuelta a casa de todos esos jóvenes que un día tuvieron que partir.

Iria Salgueiro Abal es una de ellos. Con 21 años se había licenciado ya en Publicidad y Relaciones Públicas en el Campus de Pontevedra. “Entonces decidí irme a Irlanda, a Galway”, una ciudad portuaria en la costa oeste del país, asentada a orillas del río Corrib, en su desembocadura en el Atlántico.

“Me fui con una amiga a buscar trabajo y a aprender inglés”, prosigue su relato con la sencillez del que ya anduvo ese camino. Allí encontró trabajo y se enamoró de una tierra que, a fin de cuentas, no es tan diferente de la nuestra.

Pero hay edades en las que el tiempo transcurre más deprisa y la inquietud ofrece espacios que llenar. “Luego me fui a Francia a estudiar francés”. Allí trabajó como Au Pair durante un tiempo antes de volverse, no a Galicia, pero sí a Barcelona, desde donde desanduvo el camino para aterrizar en Ibiza.

En Irlanda.
En Ibiza.
En Nueva York.

Sin embargo, el viaje no había hecho más que comenzar. “Una empresa me ofreció trabajo en República Dominicana”. ¿Y qué hizo Iria? Volar hasta un país apasionante en el que permaneció tres años y medio. Un mundo distinto con un ritmo diferente; una cultura de envoltorio similar pero de fondo por descubrir; un lugar en el que tiempo pasa más despacio cada día.

“Al principio te choca. O te engancha o te vuelves loca. Tienes que acostumbrarte a la vida caribeña”, señala. Y cuando ya estaba acostumbrada, parte de aquella morriña, o algo parecido, llamó a la puerta. “Con la pandemia estuve un año y siete meses sin venir. Tenía que volver a casa, estar un tiempo tranquila, aprovechar la oportunidad de trabajar en Galicia”. Y entonces, aparecieron las becas BEME. “Se enteró mi padre”.

Iria no lo dudó y cerró el círculo después de viajar por medio mundo; literal. Gracias a la beca estudió un máster en el Campus de Ourense en Planificación y Dirección del Turismo Interno y de Salud.

Ahora no planifica a largo plazo. Nunca lo ha hecho. Le gustaría quedarse “una temporada”. Quién sabe. Tal vez más tarde haya que partir de nuevo. Por ahora disfruta de su tierra, de Marín, de la familia, del cocido, de los ‘furanchos’ y de esos platos de la abuela que, como todo el mundo sabe, no se encuentran en República Dominicana. Por mucho que uno disfrute aquellas tierras.

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DE GALICIA A CHILE PARA VOLVER DE NUEVO A CASA

  • La historia de Ana Alonso Chivite se escribe casi sola, al menos cuando se unen los puntos hacia atrás. Entonces, todo cobra sentido: de O Porriño a Concepción para volver de nuevo a Vigo, donde cursa un máster en gestión en desarrollo sostenible gracias a una beca BEME
29
Oct
2021
Ana, ya en Galicia con su marido José Andrés.

La emigración, la diáspora, la vida, es un relato de puntos que se unen y que sólo cobran sentido al volver la vista atrás; al girarse y observar el camino recorrido, que va dejando huellas aquí y allá, en diferentes períodos intangibles, que sabemos cuándo empiezan, pero no cuándo concluyen.

Lo sabe bien Ana Alonso Chivite, gallega de O Porriño, un lugar donde las montañas de roca configuran un paisaje que es a la vez arte, negocio y vida. No tan distante, en el fondo, de Concepción, la urbe chilena que une los dos puntos del relato vital de esta gallega del 85, que se fue para volver sin dejar nunca de vivir.

“Me fui a Chile a estudiar en el último año de carrera”, relata Ana, que reconoce el siguiente paso con la tranquilidad que otorga el presente sobre el pasado ya vivido: “Al final estuve doce años, hasta agosto de este mismo año”.

Un tercio de vida para esta licenciada en Biología, que cursó sus estudios en la Universidad de Santiago de Compostela antes de que el trayecto la depositase al otro lado del Atlántico, ese océano infinito que guarda, silencioso, todas las historias de la diáspora gallega. Fue en 2009, con una beca universitaria de intercambio 

“Quería irme fuera de Europa, y Chile, según me dijeron algunos profesores de la Universidad, era un país maravilloso para una bióloga”, prosigue Ana, que llega así a Concepción, una ciudad de 200.000 habitantes, donde no están sus padres, José Luis y Paz, ni su hermano Jorge, ni la familia entera, ni los amigos, ni tantas otras cosas que supone siempre el dejarlo “todo atrás”.

Aunque los gallegos, como es sabido, nos adaptamos, y Ana no iba a ser una excepción. “No es tan distinto, por eso también acabé quedándome tanto tiempo”, reconoce mientras que pone el acento en la cultura latina y el clima, similar al de Galicia. Factores que, pese a esa buena morriña irrenunciable, terminaron por dejarla más de una década al otro lado del Atlántico.

Bueno, eso, y el peso de lo humano, las relaciones que empiezan y se alargan, que terminan incluso en una boda. Porque allí, en Chile, en Concepción, Ana conoció a su marido, José Andrés. Otro punto más que unir a este relato. Como la vivienda comprada o el desempeño laboral como visitadora médica. Factores que, si se suman, dan como resultado la manida estabilidad tan deseada.

En Chile, con su pareja.

Y sin embargo… Sin embargo la tierra tira y las vocaciones llaman, susurran casi al oído sin saberse. “Siempre tenía la espinita de, quizá, poder retomar mi profesión de manera más específica, más vocacional, y la verdad es que no me preguntes cómo, creo que fue a través de una publicidad en Internet, llegó hasta mí la opción de las becas BEME”, detalla Ana.

Estas becas -acrónimo en gallego de Bolsas Excelencia Mocidade Exterior- son impulsadas cada año por el gobierno de Galicia, con el objetivo de traer de vuelta a casa a los hijos y nietos de aquellos que un día tuvieron que emigrar; o a los jóvenes emigrantes que partieron casi sin saberlo, como Ana, que al conocer el programa se dijo a sí misma: “Ah, pues está muy bien”.  

Una llamita que se unía al hecho de que a José Andrés le gustaba mucho España: “Había estado un par de veces y le parecía que había mucha calidad de vida”. Y así, casi sin quererlo una vez más, Ana se apuntó iniciando un proceso que la ha traído de vuelta a casa, a la Universidad de Vigo, donde estudia un Máster en gestión en desarrollo sostenible.

Mientras tanto, José Andrés ha retomado también su vocación. Fisioterapeuta, en Chile se dedicaba a la visita médica. Ahora hace un máster en la Escuela de Osteopatía de Vigo.

Pero más allá de las vocaciones y los sueños, Ana y José Andrés disfrutan de esa ‘Galicia profunda’ tan de moda; del clima, de los paisajes, de la historia; de la vida de pueblo, de Goián, donde viven los abuelos paternos de ella, o de Ponteareas, donde reside otra parte de la familia; de las distancias “muy cortas”, que permiten ver a la familia en un suspiro –“allí tardábamos una hora y cuarto para ver a mis suegros”; de la gastronomía, esa que tanto echaba de menos Ana en Concepción: del pulpo, del cocido, del pescado.

Ahora se añoran otras cosas, pero ya no es morriña, son recuerdos agradables del pasado: los amigos, el grupo de buceo, los asados, la naturaleza virgen, los volcanes… Muchas cosas; no las suficientes para que el relato de Ana siga aquí, en Galicia, de donde se fue casi sin querer y a donde ha vuelto gracias a una BEME. Cosas de la vida y la diáspora.  

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EL IR Y VENIR QUE SIEMPRE UNE GALICIA Y ARGENTINA

  • La de Anahí Iglesias Gualati es una de esas historias que ejemplifica la diáspora: un continuo viaje familiar de ida y vuelta, que ahora escribe una nueva página en la Universidad de Vigo, a la que esta bonaerense del 81 ha llegado para cursar un máster gracias a una de las becas BEME de la Xunta
22
Oct
2021

Esta es una historia de ida y vuelta, de vuelta e ida, para acabar yendo y viniendo nuevamente. Es el relato de la emigración y la diáspora, que se teje casi sin querer entre las olas oscuras del Atlántico, aquí y allá; entre Galicia y Argentina en este caso.

Porque de Galicia eran Jesús Iglesias Ramos y Carolina Pérez Carrera, dos jóvenes gallegos, de Lugo y Fonsagrada, a los que la guerra civil cogió, como a tantos, como a todos, con demasiadas cosas por hacer. Tantas, que en los 50 decidieron buscar un proyecto vital en Buenos Aires, a donde marcharon en una época en la que los viajes se hacían todavía en blanco y negro cargado de tristeza y nubes de vapor.

Allí, que casi es como aquí para un gallego, levantaron su propia historia, que incluye, entre otros, a Ricardo Iglesias Pérez, uno de los hijos del matrimonio, que se casó, también allí, con Alicia Gualati Canziani, antes de que ambos viniesen aquí, a Lugo, donde tuvieron dos niñas: Macarena y Anahí Iglesias Gualati. Llegamos, así, por fin, a la verdadera protagonista del relato.

Un cuento que transita otra vez a través del azul eterno del Atlántico, porque Ricardo y Alicia partieron de vuelta hacia Argentina cuando Anahí tenía apenas tres años. Corría el año 84 y la emigración seguía, y sigue, escribiéndose a ambos lados del océano.

“De esa época tengo sólo los recuerdos de las fotos, pero no personales; guardo en la memoria cosas que me han contado”, relata Anahí, cuyo primer recuerdo propio de Galicia es el de una fría Navidad en Lugo con 8 años. “Era un frío intenso, muy distinto a Buenos Aires. Allí las fiestas navideñas las celebramos con humedad, en pleno verano. Recuerdo el cariño con el que me recibió toda la familia y los amigos de mis padres”.

Un cariño recíproco que se mantiene a lo largo del tiempo, en todas esas idas y venidas que Anahí ha ido levantando con los años: “Después vine de chica muchas veces a visitar a la familia, en época de vacaciones en Argentina, siempre en contacto con Galicia y con España”. 

Sin embargo, el grueso de la vida de Anahí discurre en Argentina donde la niña deja paso a la mujer, donde crece y atesora sus recuerdos, aun ahora, aún incluso “sin perder ese incansable “vínculo con Galicia”. Allí, en Buenos Aires, estudia Sociología y trabajaba en el Consejo Profesional de Ciencias Económicas de la Ciudad Autónoma, en la parte de recursos humanos, labor que compatibilizaba con otro empleo en temas de responsabilidad social corporativa en la consultora AG Sustentable.

Pero eso, como el verbo indica, es ya pasado. El presente transcurre otra vez aquí, en Galicia, a donde ha vuelto gracias a una beca BEME (acrónimo en gallego de Bolsas Excelencia Mocidade Exterior), que cada año impulsa el gobierno gallego para facilitar la vuelta a casa de todos aquellos que un día tuvieron que partir.

Como Anahí, que tenía “muy claro” el máster que quería hacer: “Me postulé sólo a uno, al de Administración Integrada de Empresas y Responsabilidad Social Corporativa en la Universidad de Vigo, y por suerte salió bien”.

Ahora disfruta de Vigo y de su costa, de una ciudad caótica y bella por igual que no conocía, protegida siempre por el remanso de la Ría, ese “mar precioso que le da un encanto especial”.  Y lo hace después de haber vuelto vía Lugo este verano, “donde tengo familia”, y de haber celebrado en nuestra tierra su cuarenta cumpleaños.

Una tierra de la que disfruta mientras piensa en qué le deparará el futuro. “Mi vida estaba allí, aunque nunca perdí el vínculo con Galicia. Este año surgió la posibilidad a través de las becas y decidí postularme. Se fue dando todo de manera bastante sencilla”, continúa Anahí ya del tirón.  

Atrás deja una vida “bastante organizada” a la que no sabe si volver. “Vine pensando en hacer el máster y dejar que la vida me sorprenda”, resume Anahí, tranquila pese a todo ante “el vértigo” que produce “tanto cambio”. A fin de cuentas, sea donde sea, aquí o allá, su relato continuará en ese hogar común que une Galicia y Argentina, Argentina con Galicia. Qué más da.

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UNA EMPRENDEDORA GALLEGA PARA OTRAS

  • Adriana nació en Teo antes de emigrar y de volver; un trayecto durante el que fue sumando conocimiento y experiencia para impulsar, con el apoyo del programa de retorno emprendedor, ‘Imparable’, programa que apoya a otras mujeres a impulsar su carrera
30
Sep
2021
En Brasil, el año que estuvo viajando por América.

Esta historia comienza en Teo, aunque bien podría haberlo hecho en otro lado. En Londres, en Montreal, en Dubái, México o Canarias. Qué más da. O tal vez sí que importe, porque aquí, en Galicia, en Teo, en Santiago, “se vive muy bien”, como reconoce nuestra protagonista, Adriana Lueiro Espantoso, gallega universal, como muchos, como tantos, como todos aquellos que un día tuvieron que emigrar, en otro siglo en blanco y negro, o en presente, con colores e internet, y que al final vuelven, retornan, porque la tierra, para que engañarnos, tira. Sobre todo, si se vive tan bien. 

Pero en ese ir y venir buscando el lugar de cada cual, el relato puede dar muchas vueltas. Las suficientes, al menos, como para convertirse en ‘Imparable’, en una corriente de ideas, de esfuerzo y de trabajo capaz de arrastrar a muchos otros. Como es el caso, valga la redundancia, de ‘Imparable’, el gran proyecto vital de Adriana, que terminó Comunicación Audiovisual siendo apenas una niña camino de la madurez, o una mujer todavía demasiado joven.

“Al terminar la carrera, en 2013, el panorama era desolador. No tenía ni idea de cómo buscar un trabajo; eso es algo que no te enseñan en la escuela ni en la universidad”, subraya Adriana, que poco a poco fue comprendiendo intangibles y certezas, como que “enviar un currículo no es algo que funcione”, hasta que por fin dejó atrás Teo.

“A los 20 años me fui por primera vez fuera de España”, prosigue, resumiendo el relato de su vida con la sencillez de quien ya ha pasado por ahí. Primero de Erasmus a Francia, luego a Málaga, más tarde a Londres. La City le gustó, pero cuando acabó las prácticas “seguía sin saber cómo buscar un trabajo”.

Con un inglés “un poco macarrónico”, encontrar una buena opción profesional resultaba “complicado”, por lo que optó por la hostelería para mantener su estancia en Londres. Allí conoció también a su pareja: “Ella estudió en la London Business School, y sí que le habían enseñado cómo buscar un trabajo”, señala Adriana. Cosas tan básicas como que “los salarios se pueden negociar”, por ejemplo.

Comenzando su negocio en Barcelona.
Trabajando desde Brasil.
Trabajando desde Tailandia con una de sus clientas.

Sin embargo, observándola, la joven gallega tampoco tenía claro que aquel estilo de vida fuese el suyo: “No quería ponerme a trabajar en una oficina; ella entraba a las 9 de la mañana y salía a las siete de la tarde”.

Y entonces, casi sin buscarlo, llegó lo que buscaba. “Lo estaba buscando sin darme cuenta. Yo había dejado mi trabajo para ir a viajar por Asia durante unos meses y estando allí, sentí que por fin estaba viviendo la vida que yo quería y no me imaginaba volver atrás. Entonces vi la oferta de trabajo en Internet y ahí supe que tenía q conseguirlo fuese como fuse”.

Esta oferta acabó siendo su primer trabajo online: asistente virtual para un blog español. Un desempeño que le permitió, al mismo tiempo, viajar por Latinoamérica, Estados Unidos y Canadá. La ruta, el trayecto, físico y vital, la condujo a Montreal, a donde se mudó con su pareja un par de años.

Allí, más cerca sin saberlo de la meta, seguía trabajando para sus clientes: Project Management, Online Business Management… Vivió así un proceso de aprendizaje que terminó por hacer de ella lo que es, permitiéndole comenzar a ayudar a emprendedoras digitales. “Pero una y otra vez me contactaban mujeres que al final no hacían nada. Les daba una información valiosa pero no la aprovechaban. Me frustraba tanto eso que me puse a investigar. A estas mujeres no les bastaba con tener la claridad sobre los pasos a tomar, sino que tenían un problema de confianza y seguridad. Me di cuenta de que el problema se extendía a más ámbitos”, expone Adriana.

EL NACIMIENTO DE 'IMPARABLE'

¿Qué sucedía entonces? “Que en los libros con los que me había formado estaban escritos por hombres, y no se abordaban temas como la falta de seguridad o la confianza, cuestiones más recurrentes en las mujeres. Esto me animó a solucionar el problema, y empecé a formarme también con mujeres: hice un curso de coaching y leí material escrito por mujeres”, responde.

Y así nació ‘Imparable’, un programa destinado a mujeres profesionales y emprendedoras que busca que puedan decidir qué quieren hacer con su vida profesional, creer que pueden hacerlo y tener un plan para lograrlo.

Trabajando en Tailandia con una de sus clientas.
Portada de uno de sus vídeos de YouTube.
Trabajando en Montreal.

Una iniciativa impulsada gracias a la línea de apoyo al retorno emprendedor, que cada año promueve la Xunta de Galicia para ayudar a montar sus propios negocios a todos aquellos gallegos que un día tuvieron que partir.

El de Adriana ha permitido ayudar ya a mujeres de todo tipo, de perfiles muy diferentes: desde paradas hasta empleadas de grandes multinacionales o emprendedoras del mundo digital. “El curso funciona para todas porque trata temas universales”, resume al tiempo que reconoce que empezó el proyecto antes de la ayuda de retorno emprendedor, pero que gracias a esta pudo “invertir en material online, grabar vídeos y atraer más gente”.

Y todo, por supuesto, desde Galicia, desde Santiago, a donde decidió volver con su pareja. Tal vez porque el invierno en Montreal es demasiado duro; tal vez porque la tierra siempre tira; o tal vez, y simplemente, porque “aquí se vive muy bien”. Más si cabe, si puedes cumplir tu sueño y ayudar a otras a alcanzarlo

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Una emprendedora de “alma gallega”

  • Ana Lucía Barcia nació en Brasil hace 48 años, pero bien lo pudo hacer aquí, en Santa Comba, como sus padres, a donde ha vuelto para montar su propio negocio y para hacer suya esa tierra que tanto vivió de juventud
22
Sep
2021

Santa Comba, como tantos otros pueblos de Galicia, tiene su pedacito de historia; un retazo de vidas humanos que acaban por configurar un relato peculiar, el de nuestra tierra, el de la vida haciéndose a sí misma, año a año, golpe a golpe, con sus peculiaridades, con sus familias, con sus idas y venidas. Un trayecto recorrido a lo largo del último siglo por la diáspora, ese conjunto de hombres y mujeres que un día hubieron de partir, y que ahora, por los motivos que sea, vuelven para disfrutar de una Galicia más próspera y moderna, de vanguardia, pero siempre acogedora.

Lo sabe bien Ana Lucía Barcia, brasileña de 48 años, pero “un poco gallega de alma”. Así se define ella con la seguridad que confiere saberse, en el fondo, de ese conjunto de historias de Santa Comba, de donde eran sus padres antes que de Brasil, a donde partieron en busca del futuro que, entonces, no podían conseguir aquí.

El relato, como tantos, como todos, se teje entorno a ese Atlántico que se cruza una y otra vez. “Mi abuelo por parte de madre partió para Brasil, donde estuvo un tiempo antes de llevarse a un hermano, y luego a otro. Allí empezaron a trabajar en lo que aparecía. En la colonia hicieron un grupo de conocidos de la región de Santa Comba”, resume Ana Lucía con la sencillez propia de la emigración, esa que da por supuesto cosas tan difíciles como dejar atrás tu patria y tu presente. Y añade: “Mi abuelo por parte de padre se fue primero a Cuba y luego a Uruguay”. Más diáspora, más idas y venidas.  

Y así, casi sin quererlo, el relato se tejió al otro lado del azul inmenso del océano, tan lejos y tan cerca de Galicia. “Al final, mi familia se quedaría en Brasil hasta 2018”, continúa Barcia su relato, en el que se mezcla algún viaje de infancia y juventud a nuestra tierra, antes de este volver definitivo marcado por su nuevo negocio, para el que ha contado con el apoyo de la Xunta a través del programa de retorno emprendedor.

Ana Lucía, en el medio, de niña en Brasil.
En su primera visita a Galicia.
Durante su estancia en Galicia en los carnavales de 1993.

Pero vayamos por partes. El primer reencuentro con Galicia se produjo con apenas 8 años. Una estancia de un año en la que Ana Lucía llegó a continuar aquí parte de sus estudios. De esa época apenas conserva algún recuerdo; imágenes que se hacen más vívidas, más presentes, en el segundo viaje: “Volví cuando tenía 20 años, y me quedé otros tres”.

Sin embargo, y pese a todo, el relato prosigue de nuevo en Brasil, donde “la vida fue pasando, pero siempre con ganas de venirme de nuevo a Galicia”. Una Galicia empapada de recuerdos y cultura ya aprendida, en la Casa de España, en Río, donde “la mayoría éramos gallegos”, y donde “teníamos muchos eventos que me hacían sentirme como aquí: romerías, orquestas…”.

Y así, tal vez porque la tierra tira, o porque el alma gallega pesa más que el cuerpo brasileño, Ana Lucía emprendió la aventura del retorno. Hace apenas tres años. Atrás dejaba presente ya pasado, con la promesa de un futuro por delante: “Estaba complicado; allí le daba a la cabeza por todo. El negocio de mi padre, el miedo al asalto sufrido, el estrés diario por no conseguir trabajo…”.

Un trabajo que, reconoce Barcia, llegó justo en el momento de partir: “Pero era con desplazamiento, a un sitio no muy recomendable”. Otra vez el miedo, la falta de seguridad como contraposición a esa tranquilidad tan gallega, descubierta en aquel segundo encuentro juvenil, con veinte años.

“Entonces me di cuenta de lo que era el sosiego: todo era mucho más seguro, no había comparación posible. Ahora, por ejemplo, estoy haciendo un máster, y paro el coche en el aparcamiento, con la ventanilla bajada, sin problema. Allí no me lo plantearía”, describe Ana Lucía, que ha vuelto a Galicia con sus padres y con su hermana, un grupo al que se ha sumado recientemente su sobrina.

En Galicia, con su sobrina.
De vuelta en Galicia.
Con sus padres en nuestra tierra.

Aquí ha puesto en marcha su propio negocio, una tienda de productos naturales y ecológicos, como un herbolario, que tiene previsto abrir físicamente en Santa Comba antes de que acabe el año. Por ahora, cuenta ya con su propia página web: nosomundoverde.com, donde se pueden adquirir estos productos, tanto en la parte alimenticia como de utensilios del hogar.

Un negocio para el que ha contado con el apoyo del programa de retorno emprendedor que cada año promueve el Gobierno gallego, para facilitar la vuelta a casa de todos aquellos que un día tuvieron que partir. “Conocí el programa por GaliciaAberta. Primero intenté lograr un trabajo, pero estaba difícil. Soy psicóloga de profesión, y la homologación del título era complicada”, expone Ana Lucía.

Lo hace, ya, desde Galicia, desde esa Santa Comba que un día sus padres tuvieron que dejar y a la que han vuelto, casi sin querer, medio siglo después. Cosas de la morriña, de la diáspora, o del alma gallega que nunca ha dejado de existir.

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“Galicia es mi lugar en el mundo; lo encontré”

  • La de Karina Lomba es una historia más de la diáspora gallega, marcada por lo que queda atrás y lo que hay delante: el nexo de unión entre Argentina y Galicia, entre el pasado y el futuro, entre lo que pudo ser y lo que es gracias al programa de retorno emprendedor que promueve el gobierno gallego
07
Jul
2021
Lara, hija de Karina, probando la nueva máquina.

Cualquier historia de diáspora es como una gigantesca ola con resaca. Un relato que rompe a un lado del Atlántico, para volver siempre, con mayor o menor fuerza, a través de las corrientes del océano, en un ir y venir anónimo y personal, de historias compartidas de nombre y apellidos, que se entrelazan a ambos lados del azul inmenso del océano.

Bien lo sabe Karina Alejandra Lomba Díaz, que inició la novela de su vida en Argentina, nieta de gallegos, como muchos, como tantos, de aquellos que un día tuvieron que partir, dejando atrás, en el recuerdo, una delicada imagen de tristeza en blanco y negro. “Mis abuelos por parte de papá eran de Galicia, de Lugo y de Pontevedra. Mi papá ya nació en Argentina, con tres hermanos más”, expone Karina con la sencillez de la diáspora.

Ese mismo éxodo que, después de miles de vueltas y requiebros, la ha traído de vuelta hasta Galicia, inexplorada y conocida al mismo tiempo. Una Galicia de la que afirma, convencida: “Es mi lugar en el mundo; lo encontré”. Una frase redonda, contundente, que cobra más sentido, si cabe, en los labios de una nieta de emigrantes que nació, creció y se hizo mujer en Argentina, donde trabajó 20 años de enfermera antes de montar su propio estudio de pilates, y que, finalmente, decidió “vender todo y buscar nuevos horizontes” porque allá, por desgracia, ya no hay “nada”.

Horizontes familiares, eso sí. Los de la tierra de sus raíces, nuestra tierra. Los de una Galicia a donde ha llegado tras su hija, Lara, que decidió venir a trabajar a España con su novio, Juan Pablo. “Nos vinimos a Madrid; él tenía trabajo aquí. Cuando mi madre se vino con mi hermano, optamos por Galicia, que era donde estaban mis abuelos”, resume.   

“Allá no se puede”, retoma Karina el hilo del relato, una madeja de nostalgia y de morriña, que se abre paso hacia hoy desde un pasado reciente e imposible, en el que “hay que pagar desde seguridad social hasta educación”, y en el que “no se puede caminar por la calle con el celular en la mano o con la mochila colgada atrás”.

Foto de familia ya en Galicia.
Abuela de Karina.

“En Argentina no puedes ir a la casa de un amigo a 400 metros porque es peligroso”, resume, contraponiendo esa incerteza a las certezas, a la Galicia “impagable” que ofrece “la posibilidad de progresar y de emprender”; a la Galicia de los recuerdos, de la uva tinta de los cuentos de la abuela, del “aire lindo” y la “gente muy amable”.  

Esa Galicia a la que Karina ha vuelto tras “vender todo” en “busca de nuevos horizontes”; un viaje que pudo emprender gracias, en parte, al programa de apoyo al retorno emprendedor que cada año impulsa el Gobierno gallego, y que le ha ayudado a poner en marcha una máquina totalmente innovadora.  

“Siempre tuve la idea de diseñar una máquina que había visto hace tiempo en Brasil. Mi hija y mi yerno me ayudaron con el plan de negocios”, prosigue Karina relatando, emocionada, el invento al que han logrado darle forma: una máquina que permite sostener en el aire una colchoneta sobre la que uno puede realizar cualquier actividad física. Pilates, yoga, entrenamiento funcional, taichí. “Es bastante versátil y la mandamos a fabricar aquí en Galicia”.

Un punto de apoyo sobre el que mover el mundo, su mundo. “La máquina no está en Europa en ningún lado”, retoma Lara con la explicación de este proyecto. “Mi madre la vio porque hace doce años que está en el mundo del pilates, y por redes sociales conoce de otros lugares”, continúa, relatando los cambios introducidos, “necesarios para un mejor funcionamiento”.

Un esfuerzo que ha dado sus frutos: la máquina ya está a la venta a través de la web kalewa.es. ‘En el aire’, en hawaiano, y nunca mejor dicho. El primer paso de un negocio que busca ahora un lugar físico para crecer, y en el que siguen abundando voluntad y decisión. Como la de Lara, modelo en las fotos, en busca de un equilibrio imperfecto que conduce a la perfección, a esa figura que se sustenta sobre una plataforma sostenida, ese punto en el que todo cobra sentido. A Galicia.

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LA DIFERENCIA DE LA EMIGRACIÓN GALLEGA: “SIEMPRE TIENES COMO LA MORRIÑA, LA SENSACIÓN DE QUE HAY QUE VOLVER”

  • Rafael Pardo nació en México hace 37 años, pero bien lo pudo hacer en Galicia, a donde ha vuelto para montar su propia empresa gracias al programa de apoyo al retorno emprendedor que cada año promueve el Gobierno gallego
10
Jun
2021
En Londres, tras fundar su empresa en 2015.

Hay historias que vienen y van, y otras que duran toda una vida; que se balancean sobre el azul oscuro del océano en un peregrinaje inconcluso que, cosas del destino, siempre acaba encontrando una salida, un puerto, un templo al que arribar.

Podría ser el caso de Rafael Pardo, gallego de 37 años; o mexicano de esa edad; o londinense a tiempo parcial. Ciudadano del mundo con nuestra tierra de fondo, en un paisaje difuminado pero presente, que acompasa la trayectoria personal y profesional de este publicista que hoy vuelve a empezar su vida en esa Galicia tan nostálgica, tan definida, a trazos, por la emigración, de él y de muchos, con sabor a morriña en cada paso.

“La emigración gallega es muy diferente; siempre tienes como la morriña, la sensación de que hay que volver, hay que volver... Y muchas veces, cuando vuelves, ya no eres ni de aquí ni de allá”, resume Rafael ese sentimiento de diáspora, de caminar en busca de un relato, de una tierra, la propia o la ajena.

De familia gallega -su abuelo era de Doade (Ourense)-, Rafael, como tantos, nació ya en México, donde se crio y se formó hasta que, con 20 años, volvió a Galicia. “Monté una empresa de márquetin y me fue muy bien. Estuve casi siete años y medio, pero al final me marché a Londres”, recuerda, con la rapidez de quien se sabe de memoria lo vivido.

Este primer reencuentro con la tierra llega en compañía de sus padres y su abuelo, que entonces tenía ya 94 años. “En México no se vive como aquí. Fueron mis padres los que decidieron volver, porque había mejores oportunidades”, prosigue Rafael. Eso, y algo más, algo que probablemente sólo Galicia y los gallegos entienden y que llega a provocar milagros: “Mi abuelo se rejuveneció. Llegó en silla de ruedas y salió andando”.

En Canary Wharf, Londres, en 2018.
Con el secretario xeral da Emigración, Antonio Rodríguez Miranda.

Rafael, sin embargo, dejaba atrás una vida, el recuerdo de un trayecto de la infancia a la madurez: amigos, clases, fiestas, universidad, planes… Morriña, aunque invertida. “Ya no miré para atrás; dejé toda la vida atrás, porque estaba como en un dilema: me gustaba Galicia, pero en México se quedaba todo lo que conocía”.

El peso de la morriña

 Una situación distinta a la de Londres. Allí “la morriña era súper fuerte”. “Me fui con la idea de marcharme un mes, aunque finalmente me quedé. Iba con la maleta y con lo que llevaba en la cartera”, prosigue Rafael un relato que se acelera entre trabajar de camarero, limpiando váteres, de relaciones públicas o de ayudante en una discoteca. “Tuve más de doce empleos en tres meses”.

Luego volvió a lo suyo, a una agencia de márquetin y publicidad, antes de fundar su propia empresa y de volver, cómo no, a Galicia. Eso sucedió ya en 2019, después de 8 años en la City.

Un segundo encuentro con la tierra que se produce, en esta ocasión, con el apoyo del programa de retorno emprendedor que cada año promueve el Gobierno gallego para facilitar la vuelta a casa de aquellos que un día tuvieron que partir, y que ahora buscan impulsar en nuestra tierra sus proyectos profesionales y personales. 

Este retorno está marcado por el Brexit. “Ya sabía que tenía que regresar”, asume con franqueza. Una venida que coincide con el inicio de la pandemia: “Me vino fenomenal para ver qué hacer. Fue justo entonces cuando encontré las ayudas al retorno emprendedor y monté la empresa, la agencia digital de márquetin, Somar Media”.

Ahora Rafael prosigue su sueño en Pontevedra, aunque con un vínculo directo con Londres, donde tiene el 60% de sus clientes. Un escenario fácil, asumible, apenas un vuelo de dos horas después de media vida entre dos tierras. Tiempo suficiente para saber lo que uno quiere y, sobre todo, para aprender a disfrutar de la morriña.  

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“EL DESEO DE VOLVER A GALICIA”

  • La de Soraya María Redondo Taboada es una de esas historias tan de jóvenes gallegos de nuestro tiempo, sobradamente preparados pero que afrontan guiones repletos de líneas torcidas. El suyo, gracias a las becas BEME, se ha enderezado de vuelta a su Galicia natal
30
Apr
2021

Dicen que la vida está llena de pequeñas decisiones que solo cobran sentido cuando se echa la vista atrás. Lo relató mejor que nadie Steve Jobs en su célebre discurso en la Universidad de Stamford: “No podéis conectar los puntos mirando hacia el futuro; solo podéis conectarlos mirando hacia el pasado. Por lo tanto, tenéis que confiar en que los puntos, de alguna manera, se conectarán en vuestro futuro. Tenéis que confiar en algo, lo que sea”.

Lo sabe bien Soraya María Redondo Taboada, gallega de 32 años, media existencia buscándose la vida y otra media añorando su Galicia, con la morriña a cuestas, refugiada en un pedacito de maleta, confiando, esperando, deseando, poder unir los puntos hacia atrás y encontrar que el destino o lo que sea la traen de vuelta a casa.

Un ‘lo que sea’ que, en este caso, tiene nombres y apellidos: las becas BEME, acrónimo en gallego de las Bolsas Excelencia Mocidade Exterior, que cada año promueve el gobierno de Galicia, y que esta vez ha permitido la vuelta a casa de doscientos jóvenes de la diáspora, gallegos, o nietos o hijos de aquellos que algún día tuvieron que emigrar.

Soraya lo hizo por necesidad, ese lugar común que ha afectado a tantos jóvenes de su generación, de aquí y de allá, arrasados por una crisis económica que otros urdieron mientras ellos trataban de escribir algún relato, su relato.

“Estudié Bellas Artes en Pontevedra. Luego me fui de Erasmus a Oporto y volví a Pontevedra a hacer un máster de Educación”, expone tirando de esos mismos recuerdos que mezclan, a ratos, la impotencia: “Intenté trabajar aquí, pero me cogió una época difícil. Terminé en 2012 y no encontraba trabajo. Me fui a Inglaterra tirándome de los pelos por haber estudiado Bellas Artes”. Primer punto.

Allí la historia mejora, aunque siempre cargada de morriña. Soraya se muda a un pueblecito británico en el condado de Gloucestershire, Stroud; cerca de la portuaria y conocida ciudad de Bristol. Un lugar cargado de encanto, pero también de nubes y de lluvia

“El clima era terrible”, subraya esta gallega de Santiago, un lugar donde la lluvia es arte. Pero a todo hay quien gana: “Pensaba que estaba acostumbrada. La lluvia podía no importarme, pero en invierno apenas había horas de luz. Me iba a trabajar a las ocho de la mañana y era de noche, y me volvía a casa a las cinco de la tarde y era también de noche”.

Allí, en Stroud, comienza como ‘Au Pair’ cuidando niños. Pero pronto da el salto a uno de esos puestos que levantan la autoestima y cambian el trazo del relato. “Era un estudio de arte en el que trabajaba para algunos de los mejores artistas del mundo, como el escultor Damien Hirst, por ejemplo. Lo disfruté muchísimo y me sentí muy orgullosa”, sonríe Soraya. Segundo punto.

Pese a todo, y tras dos años, surge otra oportunidad profesional: la docencia. Comienza así a dar clases de arteterapia y cerámica en un colegio cercano a Stroud. Otros dos años. Tercer punto.

La vuelta a casa

Soraya disfruta de buenas condiciones laborales, de estabilidad y el gusto por lo que hace… Pero la morriña sigue acechando, escondida en un rinconcito de Stroud desde el que no puede evitar que comience a “nacer el deseo de volver a Galicia”.

Echaba muchísimo de menos todo. Las costumbres, la gente, la familia… El humor, la comida, los horarios, el ambiente. Todo”, dispara a quemarropa la hija de Manuel Redondo y María Elena Taboada. Ahora la historia se acelera, cerca ya del último destino, del último punto que trabar. El cuarto.

“Comencé a buscar trabajo en Galicia y no tuve suerte. Vino el coronavirus y aparecieron las becas BEME. Me apunté y fue mi salvación; la gran oportunidad de volver a casa, de seguir formándome, de ampliar mi currículum”, detalla desde Pontevedra, donde cursa un máster en Dirección de Arte en la Facultad de Ciencias Sociales y de la Comunicación.

Soraya concluye su relato uniendo todos esos puntos hacia atrás, de uno en uno, de Bellas Artes a Straud y otra vez a Pontevedra, con eternas idas y venidas de trenes, aviones y autobuses, que terminan por ofrecer un dibujo claro y nítido: Galicia. Un lugar del que nunca se quiso ir y al que siempre deseó volver. 

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“Siento que me criaron con los valores de Galicia”

  • Noelia Fraguela nació en Argentina, aunque descubrió más tarde que bien pudo hacerlo aquí, en Galicia. A sus 36 años ha vuelto para volver a empezar, o para seguir donde lo había dejado; quién sabe. Y lo ha hecho gracias a una beca BEME
13
Apr
2021
Noelia, pescando, en Mar del Plata.

La de Noelia Fraguela es una de esas historias que entrelaza, de modo maravilloso, países, dictaduras, recuerdos, continentes, océanos, detalles, imprevistos y esperanza. Sobre todo, mucha esperanza; en esa Galicia de la que se quedó prendada cuando cumplió los 25.

De aquello ha pasado más de una década de tiempo condensado en mil historias, en anécdotas de vida y de recuerdos que la han traído hasta Vigo después de volver -pensaba que para siempre y no fue así- a su Argentina natal. Esa que tomas o que dejas, y que ella, con todo el dolor que da mirar la patria desde lejos, prefirió dejar atrás

“Lo que me terminó de decidir fue que Argentina, en cierta manera, me echó”, relata, desde el hoy, Noelia, refiriéndose a la elección que adoptó hace menos de un año, cuando las becas BEME -acrónimo en gallego de Bolsas Excelencia Mocidade Exterior- que cada ejercicio ofrece el Gobierno de Galicia, le abrieran las puertas para volver a la tierra de sus orígenes. Aquella que siempre supo que había estado ahí.

“Me vine cinco meses”, recuerda sobre su primera estancia en 2009, “y me enamoré de Galicia”. ‘Yo tengo que vivir acá’, añade, sincera, en un relato sin tapujos, sin nada que sea necesario esconder o despreciar: “Me enamore de la cultura, de la forma de vida… Me quedé maravillada”, reconoce esta estudiante de periodismo que resume de un modo muy sencillo el encaje de todas las piezas: “Siento que me criaron según los valores de aquí”.

Algo lógico en una nieta y bisnieta de gallegos que suma, en su pechera, todo tipo de ‘medallas de la emigración’, por llamar de alguna manera a aquellos recuerdos en blanco y negro que configuran una parte, -la más íntima muchas veces pese a ser la más conocida-, de la historia existencial de nuestra tierra.

La historia familiar

Esa novela familiar transita por la Galicia del siglo XX, donde los bisabuelos de Noelia vivieron acorde con sus tiempos: “Él quería tener un varón, y mi bisabuela terminó muriendo después de varios partos”. Más tarde, su bisabuelo perdería la vida, como tantos antes y después, siempre, fusilado en el Franquismo. Aquí quedaron tres hermanas, una de ellas, la abuela de Noelia, huérfana a los cuatro años, criada en un convento de monjas.

Haciendo deporte, en Mar del Plata.
Con Martín, su pareja.
Con Milo, su caniche.

Por el otro lado de la familia, la historia, ubicada en Fene, resulta distinta y similar al mismo tiempo. “Ese bisabuelo era como un vagabundo”, resume Noelia un relato que transita por Cuba y Estados Unidos antes de terminar en Argentina. “Los hermanos de mi abuelo se fueron para allí, pero él se quedó aquí; ya había conocido a mi abuela”.

Pero la familia siempre tira, y si no tira, presiona, al menos para poder juntar a todos. “Se terminó yendo para allá”, prosigue Noelia. Pero lo hizo ya casado y con un hijo -su padre Juan Maximino- que apenas tenía un año.

Tocó entonces la época del apogeo peronista, y el descubrimiento de una nueva realidad. De los campos y la casa de Galicia a la vida en un conventillo en Buenos Aires, aquellas construcciones de grandes edificios donde se apiñaban los emigrantes en condiciones muy precarias. 

“Mi abuelo era trazador del astillero de Ferrol. Se enteró al llegar de que iban a abrir un astillero, que es el más importante de Argentina, y se mudó a Ensenada, para buscar trabajo ahí, y lo consiguió. Con el tiempo, se compró un terreno y se hizo su propia casa, adquiriendo los materiales levantándola él mismo”, prosigue Noelia.

Un esfuerzo continuado y decidido gracias al cual su padre pudo estudiar medicina y, porque la vida siempre es así y todo cobra sentido cuando se unen los puntos hacia atrás, “conocer a mi mamá”.

Juan e Irma se casaron y tuvieron dos hijos -Noelia y Juan-, y podría decirse, como casi siempre, que fueron felices, más allá del desgarro familiar. Esa cicatriz de la diáspora que cura con el tiempo pero que siempre deja marca: una parte de la familia a cada lado del Atlántico. “La de mi abuela se quedó en España”.

Juan volvió dos veces; y las dos solo. Con el tiempo, sería Noelia la que llegaría a la tierra de sus raíces. A esa Galicia “accesible” en la que “a las doce de la noche había gente en la plaza”: “Todos caminando, festejando, con seguridad…”.

Con Martín.
Con Martín, en Argentina.
Foto de familia.

Un viaje en el que se acumulan recuerdos y certezas, como el del amor por la cultura propia. “La música, la comida… la gente se mostraba orgullosa de lo suyo. En Argentina no sucede; hasta da un poco de vergüenza”, reconoce Noelia, que permanece unida a aquel momento de “diversión”, de “sentir que estaba en casa”, de “no querer volver”.

La vuelta a Galicia con las BEME

La vida, sin embargo, tiene distintos senderos que acaban conduciendo al mismo sitio. En este caso, a Galicia. Noelia se volvió a Argentina para terminar la tesis de grado, y luego comenzó a trabajar. Los días siguieron a las semanas, a los meses y a los años, y siempre, de fondo, la tierra de sus orígenes; nuestra tierra.

“Todos los años me anotaba en alguna beca: erasmus, Carolina…”, prosigue Noelia su relato, en el que temor y la esperanza, esa combinación tan típica de cualquier proceso migratorio, se entrelazan. “También tenía miedo; llegó la crisis del 2008 y no tenía trabajo. Sin embargo, nunca me salió nada. Llevaba diez años anotándome, y llega un momento en el que desistes. Tenía ya 34 años y me venía ‘grande’ para empezar de nuevo en otro lugar”.

Sin embargo, el destino es como un niño caprichoso; como una de esas sombrillas al aire en el verano, que corren arrastradas por una ráfaga de viento. Así, de repente, en mitad de una pandemia y sin quererlo, aparecieron las BEME, que la han traído de vuelta hasta Galicia para hacer un máster de Social Media en la Universidad de Vigo.

 “Me llegó un mail de la Xunta y me anoté por inercia; no tenía ni esperanza”. Tal es así, que se olvidó del tema hasta que recibió otro correo informándole de que había sido preseleccionada. “Aun lo veía lejano: tenía que matricularme, estábamos con las restricciones de la pandemia… Pero fui haciendo todo y acabé seleccionada”.

Y ahí, en ese preciso instante, hubo de volver atrás -a aquel momento en el que quiso quedarse en Galicia y partió hacia Argentina-, y enfrentar otra vez la decisión: “Después de mucho pensar y muchas dudas me di cuenta: Argentina, en el fondo, me echó”, vuelve a sincerarse Noelia, apenada por ese sentimiento de saber que tu propia patria no alberga todo lo que te gustaría que así fuese.

“Cuando vuelve, eres extranjero en tu propio país”. Un resumen perfecto de la emigración, de lo que, al final, te espera después de dejar atrás a tu familia, de empezar de cero, de parir sola para estar luego acompañada, por Martín, su pareja, también de ascendencia gallega. “Baila y toca la gaita, y era socio del Club Arzuano Mellidense. Es mucho más gallego que yo”, bromea Noelia, ya desde Galicia. Desde esa tierra de la que se enamoró hacia una década, y que ha vuelto a plantarse en su camino.   

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