Cuento de ‘millo’ y ‘choclo’

  • La de Sofía Aubone es una más de las miles de historias que unen Argentina con Galicia, dos mundos distintos que acaban siempre conectando dos realidades tan distantes como idénticas. La suya ha convergido gracias a una beca BEME
26
Mar
2021
Sofía, en Bonaval (Santiago).

La imagen tiene lugar en un hórreo, un conjunto de piedra y madera que protege el grano y preserva la memoria, anidando para siempre en los recuerdos de Sofía. Entonces, apenas una niña, juguetea con el choclo y con sus primos. ¿El choclo? La palabra navega a través de las olas del Atlántico, en un ir y venir que comunica Argentina con Galicia, y provoca las risas de su prima: “Non é choclo, é millo”.

 Aquel fue el primer nexo de unión de dos realidades asentadas, tan distantes como idénticas. Otra historia compartida, otra de tantas, de la diáspora gallega, que anuda sus lazos en blanco y negro, casi gris, cargados de melancolía y de nostalgia, arrojando, en el futuro, un relato cargado de morriña. De vueltas y revueltas. De dos tierras casi hermanas por la comunión perenne de aquellos que un día tuvieron que partir.

Como Leonardo Paz y Dolores Pérez Moreira. Él de Vimianzo, ella de Laxe. Él partió con sus hermanos, cuando tenía 20 años. Ella dejó atrás Galicia ya de niña, con apenas 8 años. Entonces, jóvenes con el relato por delante. Hoy, con la historia plena de su vida fuera del tintero, apuran los retazos y sueñan con volver, por qué no, a esa Galicia tan añorada y tan distinta.

Una Galicia de la que, pese a la distancia y pese a todo, se empapó una de sus nietas Sofía, de vuelta en la tierra del millo gracias a una beca BEME (acrónimo, en gallego, de Bolsas Excelencia Mocidade Exterior). Esta iniciativa, puesta en marcha por el Gobierno de la región permite cada año a cientos de jóvenes de la diáspora volver a la tierra de sus orígenes para cursar aquí sus estudios de post grado.

Con sus abuelos al terminar el colegio.
En el 90 cumpleaños de su abuelo Leonardo.
De bebé, en Traba, en casa de la prima de su abuela con parte de su familia.

Sofía llegó a ellas por internet, ese océano tan fácil y rápido de navegar que es capaza de unir dos puntos en el tiempo de un bostezo. En este caso, otra vez, como siempre, Galicia y Argentina, Santiago con Buenos Aires, con el Corcubión, un pedacito de Galicia en la diáspora, una asociación de nuestra tierra, una de tantas, en donde se instalaron Leonardo y Dolores hace ya demasiado tiempo, después de conocerse en el Club Juventud de Saavedra.  

Paradojas de la emigración y del relato de aquellos dos jóvenes que nacieron casi al lado para ir a conocerse en Argentina, paso previo a la llegada de las hijas -Julia y Graciela, madre de Sofía- y del propio negocio familiar: la fábrica de pastas Paz.

Crecer rodeada de Galicia

Una historia con el azul y blanco de Galicia siempre al fondo, hasta el final. “Toda la vida siguieron yendo al club. En 2019 le entregaron a mi abuelo un premio por ser uno de los socios más antiguos. Él tiene 92 años, y mi abuela 86. Y quieren viajar ahora a Galicia”, relata Sofía, sin sorpresa, consciente, tal vez de que la tierra tira más que la pandemia.

En la casa de su abuela, en Laxe.
Con su tía Lourdes en Vimianzo.
En la lareira de la casa de su abuelo.

Ella creció así, rodeada de Galicia, con el millo guardado en el recuerdo, y el sabor del pulpo de su abuela muy presente. “Hace el mejor pulpo a la gallega que he probado en mi vida”, prosigue Sofía su relato, que pasa por partidas de cartas, música, bailes, fiestas gallegas o Queimada. Todo en el Corcubión. Todo en familia.

“También recuerdo a mis abuelos viendo la TVG. Mis primos salían en la tele porque tocan la pandereta; incluso una prima es profesora”. Más Galicia en la vida de Sofía. Tanta, que el futuro pasa también por nuestra tierra. “La idea es quedarme. Venir con la beca es una oportunidad enorme, pero aquí hay todavía más oportunidades”.

Atrás quedan numerosos recuerdos -el dulce de leche, la familia, “los afectos”- y un puñado de parientes a ambos lados del Atlántico. Un relato construido a caballo entre el choclo y el millo: ese lugar común que une Buenos Aires con Santiago, incluso en un hórreo, incluso sin saberse. 

Sofía, recién llegada a Galicia para cursar la BEME.
En Santiago de Compostela.
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“Galicia se entromete; al final siempre aparece en mi vida”

  • Belén Rosbier fue una de las primeras beneficiarias de las Bolsas Excelencia Mocidade Exterior – BEME, y ahora dirige la asociación de Jóvenes Emigrantes en Galicia, esa tierra, su tierra, la tierra de su abuela, con la que la vida la fue “reconectando” aun sin saberlo
17
Mar
2021
En la Ribeira Sacra.

Un pequeño recuerdo ilumina la mente de Belén. Es como un grabado en miniatura oculto en un rinconcito de su historia, allá atrás, lejos pero cerca al mismo tiempo. Ella suma apenas doce años. En la estancia, su abuela, unos familiares de visita y un regalo: un libro de fotos y un disco de música. Vestigios de otra tierra que la mujer rechaza haciendo del obsequio otro regalo, a su nieta, a Belén, y que esconde un gesto y un mensaje: el dolor que aún sentía por Galicia.

“Es algo que les pasó a muchos gallegos emigrados”, identifica, ya en presente, Belén Rosbier, gallega de Buenos Aires o argentina de Santiago.

“De niña, la primera vez que vi Santiago me quedé extrañamente fascinada, y pensé: iré para un Xacobeo, iré a ver el Pórtico de la Gloria. En aquella época era la crisis argentina, y casi nos venimos a vivir aquí. Mi abuela, Lourdes, me dijo: vos no sabéis lo difícil que es emigrar a otro país”, prosigue Belén con su relato, resumiendo, en un golpe de pedal de menos de cuatro líneas, la terrible humanidad de la diáspora.

Ese ir y venir que cruza décadas en un viaje que recoge, al fondo, en diminuto, el azul oscuro del Atlántico, cargado de melancolía en cada ola, en cada bocanada de espuma, en cada metro cúbico de sal y agua. Un conjunto de sensaciones que pueden resumirse en la ‘morriña’, algo más fácil de narrar que de vivir. Porque la vida produce esas rupturas indeseadas con la tierra, en las que el único remedio es el olvido.

O así lo interpretó Lourdes, que primeo dejó atrás Meixonfrío, una de esas parroquias de Santiago que hacen honor a su nombre, en la que los días amanecen siempre con escarcha; y más tarde A Coruña, desde donde partió hacia Argentina con sus padres. Allí, en Buenos Aires, se casó con Alfonso, y tuvieron dos hijos Ana y Daniel.

Con su amiga Carolina, de Uruguay.
En Santiago, en 2020.
Belén Rosbier, becaria BEME (derecha), con una amiga de Uruguay.

Esta, en resumen, es la línea familiar directa hacia Belén, que une Compostela con la Reina de la Plata en un viaje con más idas que vueltas al principio. “Ella retornó tres veces, pero ya de grande. Se fue en 1947 y volvió en los 90. Poco a poco pierde el vínculo con la comunidad gallega de Buenos Aires”, expone Belén, explicando esa necesidad de olvidar por no sufrir la lejanía de la tierra.

“Todo lo que me había rodeado”

Pero Galicia, aún sin quererlo, se lleva siempre en el corazón, en el alma, en un lugar muy nuestro y tan humano que se transmite sin buscarlo, como los genes. “Cuando murieron, volví a Galicia, y descubrí, estando aquí, que esta tierra era todo lo que me había rodeado”. Así de simple, así de intenso.   

Ese descubrimiento consolida en Belén una sensación de pertenencia, algo “mágico” que la va reconduciendo hacia Galicia. “En 2014 tenía un viaje por Europa y decido venir a conocer a la familia gallega”. Durante esos meses, ya con la idea de hacer un máster rondando su cabeza, una chica de Brasil le habla de los campos de trabajo que el gobierno gallego organiza cada año para los jóvenes de la diáspora.

“En la delegación de Buenos Aires me proponen venir de coordinadora”. Los puntos continúan uniéndose.  Ahí conoce a una chica uruguaya de la que se hace muy amiga. Más tarde, en marzo de 2017, la convocan para la entrega de las ‘Compostelas’ a los chicos que habían hecho el Camino de Santiago con otro de los programas de la Xunta. Un acto durante el que el secretario de Emigración, Antonio Rodríguez Miranda, habla de una iniciativa nueva: las becas BEME (acrónimo, en gallego, de las Bolsas Excelencia Mocidade Exterior), un programa que cada impulsa el gobierno de la región para que los jóvenes de la diáspora cursen en Galicia sus estudios de post grado.   

Con su hermano, de pequeños, y las camisetas de Santiago traídas por su abuela.
Su abuela, en uno de sus viajes a Galicia.

“Todo se va reconectando con Galicia”. Más puntos unidos. “A la semana tenía que ir a ver a esa amiga a Uruguay, y le llevé el folleto de las BEME en mano, en plan ‘nos vamos’. Y mi abuela, que estaba internada desde hacía 6 meses, fallece por esa misma época”. Ya no hay dudas. Los puntos han terminado de unirse. “Fue todo como una conexión mística, muy mágica”.

Al final, casi sin quererlo, “Galicia se entromete y aparece siempre de repente en mi vida”. Una obsesión a la que Belén se ha acostumbrado y que busca acercar a los demás.

Hoy, desde Santiago -esa ciudad que es como “un cuentito” y cuyo casco histórico es “el más bonito que he visto en mi vida”-, aquella estudiante de máster, aquella chica que fue una de las primeras beneficiarias de las BEME, dirige la asociación de Jóvenes Emigrantes en Galicia, creada por becarios de estas Bolsas Excelencia Mocidade Exterior con el objetivo de crear lazos que favorezcan la integración social en Galicia de los chicos retornados.

“No hay que romantizar la emigración”, reconoce Belén, conocedora de que de Argentina también se puede tener ‘morriña’. Echa de menos la familia, los amigos, “pequeñas tonterías” como la comida o las golosinas… Pero aquí, en esa Galicia que siempre sale a su encuentro incluso sin buscarla, proyecta su vida a largo plazo. Una tierra que ya era suya antes de saberlo, oculta en el dolor oculto de su abuela.  

La presidenta de la asociación (derecha) con otra socia.
Con una socia de emprendimiento.
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“Soy una gallega que nací en el cuerpo de una venezolana”

  • La historia de María José Viloria Villaverde se escribe a través del azul atlántico que separa y une al mismo tiempo Galicia con Venezuela. Hasta allí fueron sus abuelos sin conocerse, y hasta aquí ha vuelto ella para cerrar un círculo: su círculo vital
24
Feb
2021

La historia de María José Viloria Villaverde, como la de tantos, comienza hace mucho tiempo a este lado del azul eterno del Atlántico, para extenderse, después, a la otra parte, antes de volver a estos parajes, o a aquellos, qué más da. Porque el tiempo lo engarza todo hasta hacer del mundo, de la emigración, de la diáspora, las dos caras de un pedacito de historia. Nuestra historia.

La de Pastora López, que nació en una aldea de Santiago; y la de José Villaverde, que lo hizo en Ames. Ambos, en los tiempos en los que todo se pintaba en blanco y negro y el mundo cabía en una maleta empujada por el hambre. Sin saber todavía uno del otro, marcharon a Venezuela, con la única certeza de la incertidumbre del futuro.

Pero la vida, ya saben, es como una caja de bombones, nunca sabes lo que te va a tocar. Y nadie en su sano juicio va a contradecir el sentido común de Forrest Gump. Así, sin esperarlo, José y Pastora hicieron de la suya una historia a la atura del mejor cuento de Disney.

El inicio fue un encuentro inopinado a más de 8.000 kilómetros de casa. Luego se casaron y tuvieron tres hijos: María del Carmen, Pastora y José Agustín. Más tarde, el trabajo los reubicó en Maracaibo; el mismo motivo por el que fueron progresando hasta montar el restaurante español ‘Los Porrones’.

Y de fondo, Galicia, siempre Galicia. “Mi abuelo fue uno de los fundadores del Centro Gallego de Maracaibo”, recuerda, ya en presente, María José Viloria Villaverde, verdadera protagonista de esta historia, que ha vuelto a nuestra tierra para cerrar el círculo, al menos por ahora. Aunque con vocación de permanencia. 

La oportunidad de las BEME

“Estoy cumpliendo uno de los sueños de mi vida. No pienso en volver”, afirma con el convencimiento de sus 27 años María José, que está cursando un máster de Gerontología entre la Universidad de A Coruña y la de Santiago. Lo hace, como tantos, gracias a las becas BEME (acrónimo en gallego de Bolsas Excelencia Mocidade Exterior), una iniciativa puesta en marcha por el gobierno gallego que ha ofrecido ya la oportunidad de volver a casa a cerca de mil jóvenes de la diáspora, hijos y nietos de aquellos que un día tuvieron que marchar.

María José lo tiene claro. Lo primero, terminar el máster; después, homologar el título de médico que obtuvo en la Universidad del Zulia. Y de fondo, en el horizonte, Galicia, siempre Galicia, esa tierra que, casi sin saberlo, la transformó aun con la barrera infinita del Atlántico.

“A los dos años ya estaba aquí. Guardo fotos vistiendo de gallega desde que tengo meses de nacida. Me siento como en mi casa porque conozco Galicia de toda la vida”, resume María José, criada, como no, a caballo de su hogar y de otro hogar, valga la redundancia, el del Centro Gallego de Maracaibo.

Canciones, bailes, gastronomía… Imágenes y recuerdos que se anudan en la memoria. “Soy una gallega que nací en el cuerpo de una venezolana”. Un resumen perfecto para explicar tanta morriña, tanta Galicia en Venezuela o viceversa.

De aquellos dos años todavía cobija en la memoria sus recuerdos; el peso de Galicia en el corazón de cualquiera de sus hijos. El pueblo de su abuelo, las romerías de verano, la música de la banda que se eleva con ese paisaje de fondo tan gallego.

Los recuerdos del Apóstol

Después volvería con 7 años, y la pequeña niña venezolana, o gallega, qué más da, rememora aquel período como si hubiese sido ayer. Fueron 4 ó 5 meses de “comer mucho pulpo, mucho bacalao”, de más romerías, de compartir mesa con los hermanos de su abuelo. Y sobre todo del primer encuentro con Compostela.

Y qué encuentro en la noche del Apóstol: “Mi abuelo mi llevó a ver los fuegos. Me acuerdo de todo; me pones el vídeo de ese día y lo recuerdo de ‘pe a pa’. Antes me llevó a comprar unos vestidos porque íbamos a verlo en el Hostal de los Reyes Católicos”.

Desde entonces, y hasta ahora, hasta las BEME, los encuentros con Galicia se suceden: en los Campamentos de verano organizados por la Xunta; en el Día de la Galicia Exterior, en Compostela, al que acude dos veces con el grupo de danza de su centro; en las Escolas Abertas, como profesora de esa misma danza gallega con la que ha crecido hasta hacerse mujer.

Y así hasta hoy, hasta el presente, hasta esta Galicia acogedora y tranquila, en la que suceden cosas tan sencillas y maravillosas como “tener agua 24 horas al día”. Pero ahondar en esto supondría hablar demasiado de lo que queda atrás, una tierra querida pese a todo, y de la que también se puede tener morriña: “Echo de menos a mi familia”.

Tal vez algún día puedan volver, quién sabe. Por ahora María José ha cerrado su círculo, el de una historia familiar que comenzó casi pegada, a caballo entre Ames y Santiago, entre dos desconocidos que, por esas cosas del destino, de la diáspora o del siglo, fueron a encontrarse en Venezuela. Una muestra más de que desde allí hasta aquí hay solo un paso. María José lo sabe bien.

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GALICIA EN UN PEDACITO DE CARACAS

  • La de Patricia Blandin es una más de tantas y tantas historias que entrelazan la diáspora gallega; pero es suya: la de una chica que gracias a las becas BEME ha vuelto a la tierra que su abuela había dejado atrás siendo una niña, sin más futuro que una dirección en el bolsillo
12
Feb
2021
En las puertas de la Escuela de Ingeniería Industrial de Vigo, donde Patricia está cursando su máster.

La primera vez que Rosa Rodríguez cruzó el charco, tenía apenas 15 años. En aquella época, pensaban algunos, la guerra ponía a cada uno en su lugar. En concreto, a la pequeña chica de Pobra do Brollón la situó en Caracas, Venezuela, sin nada más que una dirección en el bolsillo y una esperanza de futuro alojada en un rinconcito de su alma.

Estamos hablando, ya lo saben, de la década de los 30 del siglo XX. Unos años en blanco y negro que dibujan miseria en el recuerdo. Y la miseria siempre es gris, que suele ser sinónimo de tristeza. Para escapar de ellas -de la congoja y de la penuria- había que buscarse la vida, por aquello de poner a cada uno en su lugar.

A Rosa, por fortuna, no le fue mal. Suele suceder con los gallegos. Llegó a la dirección que portaba en el bolsillo -su único vínculo con el porvenir-, y sin preguntar a nadie, pues de nadie debía esperar respuestas, comenzó a trabajar.

Después, más tarde, conoció a José Hilario Mora, al que la vida, no la guerra, había establecido ya en Caracas. Se casaron y tuvieron cuatro hijos: Magaly, Mary Betty, Elena y María Emilia. Rosa, ya mujer, volvería a su tierra, transitando esa ruta infinita del Atlántico, tan lejos y tan cerca cada rincón de los dos mundos.  

Un eterno viaje de ida y vuelta que se perpetúa ahora y siempre. Da fe de ello Patricia Blandin, su nieta, una de las hijas de María Emilia, que nació allí, aunque bien pudo hacerlo aquí, porque como buen ejemplo de ‘galleguidad’, se crio como una gallega en Venezuela, o como una venezolana en Galicia, que viene siendo lo mismo.

Su abuela, Rosa Rodríguez, y su abuelo, José Hilario Mora.
Su abuela, de cocinera en Venezuela.
Las cuatro hijas del matrimonio: Magaly, Mary Betty, Elena y María Emilia.

“Soy multicultural”, resume ella, atando los recuerdos de su abuela y de su madre, tan gallegas, a los suyos de la Hermandad del Colegio Castelao, donde el Himno de Galicia se escuchaba cada día, música de fondo de clases en gallego, impartidas por un profesor también gallego. Tanta Galicia cabe en un pedacito de Caracas.

El encuentro con las BEME

Luego, todo sería más Galicia. “En 2009 asistí a los Campamentos de verano que el gobierno gallego organiza para jóvenes”, prosigue entrelazando sus memorias. Después llegarían las becas BEME -acrónimo en gallego de Bolsas Excelencia Mocidade Exterior-, que cada año impulsa la Xunta de Galicia para que los jóvenes de la diáspora puedan cursar en nuestra tierra sus estudios de post grado.

El de Patricia resultó un encuentro inopinado con las becas. Con sus estudios universitarios terminados, una charla en un viaje a Venezuela del secretario de Emigración de la Xunta de Galicia, Antonio Rodríguez Miranda, avivó en ella el interés. “Mi vínculo con Galicia es grande. No dudé en inscribirme, y la convocatoria continuó pese al Covid. Quedé seleccionado y mi familia y yo hicimos un esfuerzo super grande para poder venirme”, reconoce abiertamente.

Así ha vuelto a reencontrarse con Galicia, con ese lugar de “estructuras de piedra y calles estrechas” que durante años pudo imaginar a través de las palabras. “El primer encuentro fue bastante lindo: entendí en parte todo lo que ya había vivido en gallego. Era muy joven”, rememora.

Patricia, a su llegada a Galicia, con los primos de su madre.
Disfrutando de la Navidad en Vigo.
Con parte de su familia, de visita en Galicia.

Las impresiones continúan ya en presente, lejos de su Venezuela natal, tan querida y tan extraña en estos tiempos. “Al volver, me llamó la atención que había tiendas abiertas 24 horas; que podías salir a las tres de la madrugada y correr la muralla de Lugo”.

Y con esa inmerecida intranquilidad que deja atrás, las convicciones de la infancia se refuerzan: “Siempre pensé que quería venir a vivir aquí”.

Un plan que pasa por terminar el Máster de Comercio Internacional que está cursando en la Universidad de Vigo y conseguir un trabajo en esa área. Luego, quién sabe, tal vez su familia pueda cruzar también el charco, como la abuela Rosa hace ya casi cien años. Allí, en Venezuela, permanecen sus padres y uno de sus hermanos casado, con tres hijos, y en una patria en la que, por desgracia, “ya no tienen un futuro”. Pero esa es otra historia, tal vez tan triste que podría empañar la de Patricia. Por eso hoy no toca.

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“Todos los días le doy gracias a Dios y a Galicia porque nos abrieron las puertas”

  • Roselyn Alamilla vivía en Caracas hasta que un secuestro en su propio hogar la impulsó a descubrir la tierra de sus orígenes; una Galicia en la que ha cursado sus estudios de postgrado e impulsado su propio negocio. Siempre en compañía de su marido y sus tres hijos
11
Sep
2020

La vida son chispazos; una concatenación de imágenes que componen y relatan historias capaces de construir el mejor de los guiones. Uno cargado de idas y venidas, de retornos, de retos y futuro, con algún que otro nudo terrorífico. Como el que vivieron Roselyn Alamilla y su familia –marido y tres hijos-, un día cualquiera de un año cualquiera –no muy lejano- en un piso de Caracas, en la Parroquia de San Bernardino. Secuestrados en su propio hogar durante más de 4 horas.

Se lo llevaron todo: el microondas, la ropa de los niños, el cochecito… Fue el detonante. Teníamos que huir de un país donde la seguridad y la calidad de vida no existen”, rememora Roselyn ya desde Galicia, la tierra de sus raíces, esa que vio nacer a su abuela materna hace ya mucho tiempo.

Todo comenzó en una parroquia de Pontevedra, en Santa María de Xeve, aldea de Gatomorto, uno de esos nombres tan gallegos que permanecen para siempre en la memoria tras una sola pronunciación. Allí Josefa García Poceiro se hizo mujer antes de partir hacia Venezuela con apenas 18 años.

Eran otros tiempos y el mundo, por decirlo de alguna manera, estaba dado la vuelta. Aquí hambre y allí un futuro próspero, que siempre lleva aparejada la ilusión y, muchas veces, la necesidad de compartirlo. Con un chico canario, por ejemplo, del que saldría un matrimonio feliz y cinco hijos, entre ellos, la madre de Roselyn.

Pero los círculos reclaman ser cerrados. Siempre. Es su naturaleza. Por eso Roselyn, después de aquellas 4 horas demenciales encerrada en su propio hogar y en compañía de los suyos, decidió volver: “Quería vivir en Galicia, en la tierra de mi familia”.

El punto de partida fueron las BEME; esas becas impulsadas por el gobierno gallego que cada año traen de vuelta a nuestra tierra a 150 jóvenes de la diáspora que eligen Galicia para cursar sus estudios de postgrado. “Había visto la publicación y al final nos decidimos. Me vine con toda la familia”, recuerda. Ese ‘toda’ no es pequeño. Se incluyen ahí su marido Alfredo Guevara, y sus tres hijos: Samuel (17), Daniel (6) y Samanta (3). La pequeña apenas sumaba entonces unos meses.

La abuela de Roselyn, Josefa García Poceiro.
Los hijos: Samuel (17), Daniel (6) y Samanta (3).

Pero Roselyn lo tenía claro: “Quería venir a la tierra de mis raíces, de mi familia materna”. Y así lo hizo. Aquí cursó un máster en Administración de empresas en Lugo, y aquí sigue viviendo después de escoger Galicia como su patria; aquella en la que uno puedo vivir sin tener miedo, dejando atrás “un país en el que la calidad de vida no existe”.

Programa de apoyo al retorno emprendedor

Pero no todo es tan fácil. Nunca lo es. Las homologaciones y los títulos siguen siendo uno de los quebraderos de cabeza de cualquier gallego retornado. A la espera de que el gobierno central comience a simplificar trámites, hay que adaptarse y emprender. “Soy abogada, pero aquí no podía ejercer, así que decidí buscar otras opciones”, resume Roselyn.

Y otra vez surge en el horizonte un programa de la Xunta. En esta ocasión, de apoyo al retorno emprendedor. Una línea que ha permitido a más de 200 gallegos del exterior impulsar sus propios negocios. Roselyn es una de ellos.

Hoy regenta La Parada Multitienda, un local de Lugo ubicado en las proximidades del campus de Administración de empresas, aquel en el que en su momento cursará sus estudios de postgrado gracias a las BEME. A fin de cuentas, los círculos convienen ser cerrados.

El Covid, como a todos, le ha afectado, aunque le va “razonablemente bien”. Lo suficiente para mirar al frente sin echar la vista atrás. “Todos los días le doy gracias a Dios y a Galicia porque nos abrieron las puertas”. Primero, siempre Dios. Pero cerquita, muy cerquita, la tierra de sus raíces. Nuestra tierra.

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UNA ADICCIÓN LLAMADA GALICIA

  • La historia familiar de Sara Lavandeira se desarrolla, como tantas, en tres actos: Galicia, Brasil, Galicia
  • Una beca BEME le ha concedido la oportunidad de cursar en la tierra de sus abuelos un máster en Investigación en Educación, Diversidad Cultural y Desarrollo Comunitario
23
May
2020
Antonio Lavandeira.

Esta historia, como muchas, arranca en Galicia a mediados del siglo pasado, en alguna de aquellas imágenes en blanco y negro que despiertan la añoranza sin quererlo. El relato se sumerge después en los vaivenes del Atlántico, y entre ola y ola arriba hasta Brasil. Luego, los años y la resaca lo traen de vuelta hasta Galicia, esa adicción que uno, o una, cuando descubre, ya no es capaz de perdonar.

Como tantos y tantos gallegos –única expresión capaz de abarcar aquella marea humana-, Antonio Manuel Lavanderia Lavandeira dejó Vimianzo atrás en 1956. Tenía apenas 25 años y una vida por delante… y por detrás, donde quedaban  mujer –María Ameijeiras-, e hijos –José y Avelina-. Una separación más que normal en la Galicia del siglo XX, causa y ejemplo de lo que Rosalía dio en llamar viudas de vivos. Aquellas heroicas mujeres que veían partir a sus maridos hacia la tierra prometida.

Por suerte, Antonio pudo llegar a Brasil, iniciar el futuro negocio familiar, y pensar en cómo reencontrarse con los suyos. A los dos años, y con ayuda de la iglesia de por medio, logró que su mujer y sus dos hijos emprendiesen el mismo viaje que él ya había recorrido.

Una vez allí, con la familia ya al completo, la vida siguió su curso. Antonio se hizo ayudante de cocina. Después ascendería a jefe. A continuación, compró un negocio que más tarde vendería… Y así transcurrieron los años con aquella Galicia juvenil azotada en las esquinas del recuerdo. 

“Mis abuelos no hablaban mucho de la tierra”, relata ya en presente Sara Lavandeira, nieta de Antonio, encargada de traer la historia de vuelta hasta Galicia. La tierra que su madre dejó atrás con apenas 3 años, y que ella descubrió en 2013.

Las becas BEME

Siete años después está cursando un máster en Investigación en Educación, Diversidad Cultural y Desarrollo Comunitario en la Universidad de Santiago de Compostela gracias a las becas BEME –acrónimo en gallego de Bolsas Excelencia Mocidade Exterior-. Una iniciativa que cada curso impulsa el gobierno de la región y que permite a 150 jóvenes de la diáspora emprender sus estudios de post grado en la Galicia de sus padres o sus abuelos. Como Sara. Como tantos.

Sara llegó a ellas de casualidad, por esos caprichos que esconde el destino en cada esquina. “Fui al consulado español y había un cartel”, rememora. Suficiente para seguir recabando información y, medio siglo después, recorrer a la inversa el trayecto vital de su familia: de Brasil a Galicia. 

Una Galicia que casi siempre atrapa hasta engancharte. “Soy una adicta; me gusta muchísimo”, reconoce Sara desde su confinamiento en esta rara época del Covid-19. Un tiempo en el que prepara el TFM sobre educación sexual mientras espera, como todos, a descubrir qué nos deparará el futuro.

El suyo apunta a Galicia, a esa adicción. “Antes de la pandemia tenía ganas de volver a Brasil”, reconoce. Una opción que barajaba por la dificultad de homologar aquí el título. Los lentos trámites del gobierno central sitúan en una media de más de dos años lograr dicha convalidación. Sin embargo, el cambio del escenario político en Brasil provocó también un giro en su determinación: “Soy trabajadora social y no tengo claro qué va a hacer el actual gobierno en mi campo”, subraya Sara, que obtuvo su título de Servicio social en la Universidad Federal Fluminense de Niteroi.

Hoy Sara ya no duda. Quiere quedarse en la tierra de sus antepasados. Ese pedacito de mundo de color verde y “con una naturaleza tan bonita”. La Galicia de las Islas Cíes, del cañón del Sil, de las termas de Ourense, de la Torre de Hércules, de las playas de Vigo, de los festivales gastronómicos. La Galicia del Camino de Santiago, que iba a hacer este verano y no podrá. Tal vez más adelante, porque Galicia es como una droga. Cuando te atrapa, es casi imposible de dejar.

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Viaje hacia el lugar donde las plantas se riegan solas

  • Fabiola Monasterio Ríos llegó a las becas BEME de casualidad. Nacida en Chile hace 40 años, la suya es una historia urdida, sin saberlo, a través de las raíces gallegas de su padre.
13
May
2020
Fabiola con su padre.

Pedro Monasterio Carrasco dejó A Coruña atrás en 1955, con apenas 16 años. Entonces tal vez no lo supiese. Pero lo cierto es que aquella era la última vez que pisaba su Galicia natal, el lugar en el que se guardan las historias de su infancia, camino de una fugaz adolescencia. Séptimo de ocho hermanos, Pedro arribó a Valparaíso con la vida por tejer, y entre nudo y nudo del relato, la trama lo fue asentando en Chile. “Allá tenía familia esperándolo. Mis tíos volvieron de viaje en alguna ocasión, pero él no quiso regresar más”, recuerda ya en presente Fabiola, su hija. Y lo hace, por uno de esos nudos de la historia, también desde Galicia. 

Antes, mucho antes, Pedro había montado un negocio familiar de ferreterías. En una de aquellas tiendas, en Santiago de Chile, conocería a Sonia Ríos. Se casaron a finales de los sesenta, y tuvieron dos hijos: Felipe (1973) y Fabiola (1979). “Mi padre era coqueto, divertido, callado, siempre atento a la cultura...”, prosigue ella tirando de memoria. Una afición, la cultural, que le llevó por ejemplo a comprarse, con apenas 17 años, la colección completa de ‘Revista de Occidente’, de José Ortega y Gasset. “Lo último que leyó fue Machado y Lope de Vega”.... La conversación se traba, rendida al silencio emocionado de quien ha perdido a su padre hace no mucho.    

Fabiola traga saliva y continúa. Ahora los recuerdos fluyen, en una catarata de hechos que guían el hilo conductor de lo que es. “Me decía que mi lugar estaba allá, que tenía que formarme, que estudiase Turismo...”. Y ella, buena hija, se formó y se licenció, aunque lo hizo en Filosofía. Se adentró en el mundo de la enseñanza; trabajó como profesora de Ética en la Fundación Educacional El Salvador. Algo que nunca le impidió seguir en contacto con la naturaleza. “En Chile hacía trekking”, recuerda.  

Más tarde, casi sin querer, se toparía con las becas BEME. “Fue en Facebook. Estaba navegando y me encontré un anuncio”, detalla, antes de continuar: “El escenario en Chile está muy feo. Yo estaba en paro, cesante, y cuando lo vi, lo tuve claro”.  

"LAS BEME HAN SIDO UN GRAN REGALO DEL UNIVERSO, DE DIOS, DE MI PAPÁ"

Estas becas ofrecen cada año, a 150 jóvenes gallegos del exterior, la posibilidad de cursar en Galicia sus estudios de postgrado. Una puerta abierta hacia un nuevo futuro profesional. Para Fabiola, la oportunidad de “empezar de cero”. “Las BEME han sido un gran regalo del universo, de Dios, de mi papá”, afirma con la seguridad que da saberse en el lugar donde una sólo se había imaginado.  

Siempre muy unido a Galicia 

Esta Galicia poco tiene que ver con aquella que Pedro Monasterio dejó atrás hace más de seis décadas. Sin embargo, hay cosas que permanecen exactamente igual, inamovibles al paso del tiempo y del relato: “Aquí las plantas se riegan solas. Mi papá siempre me lo decía”.  

De trekking en Chile.
De trekking en Chile.
En su época de profesora.

Muchos años después, por supuesto, las plantas gallegas se siguen regando solas. Algo, al principio, incomprensible para Fabiola. “En Chile, el invierno pasado llovió dos o tres días”, expone. Y continúa tirando de recuerdos: “Mi papá siempre estuvo muy unido a Galicia”. Hay que estarlo para resumir de un modo tan simple y tan perfecto la esencia de esta tierra: el lugar donde las plantas se riegan solas.  

Un espacio frondoso, verde, henchido de plantas y de bosques, de naturaleza, de mar y de montaña... pero también de calidad de vida, de tranquilidad, de rutina y de quehaceres. “Me encanta Galicia”, sentencia Fabiola, al tiempo que retoma su añoranza: “Una semana antes de partir, me cantó el himno gallego”.    

Fabiola ha recorrido ya gran parte de esa Galicia verde y húmeda. Y lo ha hecho, en parte, gracias a las prácticas del Máster en Dirección de Actividades Educativas y de Naturaleza, que cursa en el campus de Lugo de la Universidad de Santiago de Compostela. El Castro de Baroña, las Fragas del Eume, los Picos de Europa...  

Y ahora aguarda paciente, a la espera de que los tiempos del Covid-19 nos concedan una tregua. En el horizonte, la opción de vivir en A Coruña, la infancia de su padre, la cuadratura del círculo. Y siempre, seguir disfrutando de Galicia. Aunque llueva, y mucho, porque este viaje concluye en el lugar donde las plantas se riegan solas.  

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En Galicia.
Otra de las excursiones por nuestra tierra.
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La nostalgia del mar entre los dedos

  • Tamara Acha emprendió su aventura londinense en 2014. Allí acabó trabajando en una empresa de videojuegos: contrato indefinido y un futuro en la gran ciudad. Y pese a todo, echaba de menos Galicia a cada instante
  • Una beca BEME de la Xunta le ha permitido dejar todo atrás y volver a casa
05
May
2020
Tamara, disfrutando del mar en uno de sus regresos.

Cada vez que volvía a casa, Tamara Acha sentía nostalgia de la ría. Una especie de atracción que tiraba de ella suavemente, hasta pararla delante de una playa cualquiera en Vilanova de Arousa. El mar otra vez ante sus ojos; el sonido de las olas que se arrullan sobre las piedras de la orilla; la arena que se desliza entre los dedos... Y entonces, sólo entonces, ya todo cobra sentido... Hasta que el avión de vuelta a Londres deja atrás esa misma ría enamorada, convirtiéndola en un pedacito azul en el olvido.  

“Cada vez que venía, me costaba más hacer las maletas y regresar a Londres”, confiesa Tamara, desde la felicidad que da saberse ya de vuelta en casa. Pero vayamos por partes, porque no todo ha sido tan sencillo. Tamara se graduó en Traducción e Interpretación en 2014, en la Universidad de Vigo. “En España no había mucho trabajo, así que decidí marcharme a Londres”.  

Dicho así suena sencillo, aunque ese primer viaje resultaba algo parecido a una aventura, con un tesoro aún por descubrir. La primera prueba de esa búsqueda duró 6 meses, el tiempo que estuvo trabajando como AuPair en una familia londinense. “Aprendí mucho inglés porque me pasaba el día hablando con los niños”, destaca.  

La mejora del idioma supuso el salvoconducto necesario hacia la segunda prueba de la búsqueda. Esta vez, la misión transcurría en un cine en la zona de Picadilly. Pero claro, los cines en la City no son como en provincias. Este, en concreto, tenía restaurante y bar privado. Además de la taquilla. Un escenario idóneo para seguir con el aprendizaje del inglés.  

La empresa de videojuegos

“Después del cine, ya tenía el nivel suficiente para plantearme buscar trabajo en lo mío”, prosigue su relato Tamara, con la seguridad de quien ya ha vivido lo que narra. Y así entramos en la tercera fase de la búsqueda de ese tesoro. Un periplo centrado en la ‘traducción multimedia’ o ‘audiovisual’. En este campo uno puede imaginar multitud de posibilidades en un mundo tecnológico e interconectado: cine, televisión, teatro, publicidad, medios audiovisuales o dispositivos móviles. Falta una: los videojuegos. 

TRAS TRES AÑOS Y MEDIO EN LONDRES, TAMARA COMENZÓ A TRABAJAR EN UNA EMPRESA DE VIDEOJUEGOS

“Nunca fue una cosa que pensara en un primer momento, pero surgió la posibilidad de trabajar en una empresa de videojuegos, y me sedujo la idea”, continúa Tamara uniendo los puntos hacia atrás. Había encontrado su tesoro... al menos por ahora. Porque la brisa de fondo traía siempre aromas de saudade. Pero no perdamos el hilo todavía.  

Tamara co sus amigos en Winter Wonderland.
En la National Gallery.
En Picadilly con una amiga.

Continuamos en ese Londres mezcla de clásico y moderno, en el que los cubos acristalados de las nuevas construcciones se entremezclan con aquellas de aire señorial, resquicio del pasado en el presente. Y seguimos también en esa empresa en la que Tamara comienza su aventura como ‘tester 

Tiene dos funciones. Una, simple y más monótona: traducir juegos. La otra, vinculada a las grandes compañías que ya mandan su proyecto traducido: “Te daban el videojuego y tenías que testearlo. Revisar el texto, atendiendo a la gramática y la lengua; pero también observar si los gráficos estaban bien, si los personajes y la historia eran coherentes...”. Vamos, que había que jugar sin piedad para dejar el producto listo para el mercado. 

EN LA EMPRESA, TESTEABA LOS VIDEOJUEGOS PARA DEJARLOS LISTOS PARA EL MERCADO

“Estaba súper contenta, aprendí muchísimo, éramos un equipo de gente joven...”, expone Tamara. ¿Pero? Pero la ría continuaba de mar de fondo. Y eso que en Londres vive su hermana Lorena. “Con ella me quitaba el mono del gallego”, confiesa.  

La beca BEME 

Un consuelo diminuto entre dos mundos antagónicos: la calma frente al estrés, la cercanía en contraposición a las distancias, el hogar batallando con la City. “Allí las cosas pasan mucho más rápido. La vida es más frenética”. 

Así que cuando le concedieron una beca BEME no dudó. “Sin la beca no hubiese vuelto nunca”. Con ella, cerró los ojos e hizo las maletas dejando atrás un contrato indefinido, un proyecto ilusionante, el tesoro que había buscado durante casi 4 años. Sin duda, Galicia es mucho. Al menos, para algunos, más que Londres.  

En Galicia, con sus amigos.
Con su madre.
Con la Ría de Arousa al fondo.

Estas becas son una iniciativa del Gobierno gallego para traer de vuelta a casa cada año a centenares de jóvenes de la comunidad que están en el exterior, ofreciéndoles la opción de cursar sus estudios de postgrado en una de las tres universidades gallegas.   

Tamara ha elegido Vigo, donde realiza un Máster en Traducción Multimedia. “Que además tiene una asignatura que es ‘Localización de videojuegos’”, añade a modo de anécdota. Lo que sí que no es una anécdota es su voluntad de permanencia: “Quiero quedarme. Es verdad que aquí no hay muchas opciones, pero puedo trabajar como autónoma, desde casa, para todas las empresas”. Cualquier cosa con tal de poder sentir cuando uno quiere la arena que se escurre entre los dedos, el mar mojándote los pies, el olor a salitre del amanecer... Cualquier cosa con tal de sentir Galicia a cada instante 

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