Francisco Rodríguez, un muxián que disfrutó de la vejez en Argentina junto a su esposa Clara
- Galería de emigrantes, por Luis Lamela
Renania puede parecer la menos alemana de las regiones alemanas. Atravesada por el Rhin; dibujada a la sombra de lo que hoy son Francia, Luxeburgo, Bélgica y los Países Bajos; refugio de valles, paisajes, pueblos y castillos; hilo conductor de un sinfín de cuentos, leyendas y poemas del romanticismo germano.
Un espacio alegre y desenfadado, en el que el sol reina muchas veces, y que esconde lugares como Siegen, que además de una marca de electrodomésticos es un municipio de más de 100.000 habitantes. Allí llegó en 2014, con apenas 23 años, Nerea Couto Caldelas, gallega y de Ferrol, que decidió emprender una aventura, su aventura, a una edad ideal y en un país también ideal, al menos en lo que a oportunidades laborales se refiere. Aunque la vida, como veremos, es más que eso.
“Estuve dos años buscando, y aquí no había un trabajo con buenas condiciones”, relata esta licenciada en Enfermería, que no dudó cuando una empresa alemana se acercó a Galicia con vacantes por cubrir. “Vinieron a hacer entrevistas, y al final se llevaron a diez”, recuerda al tiempo que reconoce que esa sensación de emprender la marcha en grupo fue uno de los motivos que ayudó.
Antes, compartieron dos meses en Extremadura en un curso intensivo de alemán. De lunes a miércoles, mañana, tarde y noche. Jueves y viernes, hasta el mediodía. 60 jornadas de inmersión lingüística de la que salieron a flote con un nivel B1. “Para defenderte te da, pero cuando de verdad aprendes es allí, trabajando, en el día a día”, subraya Nerea.
Un día a día que la fue conduciendo por Renania. Primero Siegen; luego Cléveris; finalmente, Fráncfort, en uno de sus hospitales. “Allí tienes la oportunidad de moverte sin problema. El aspecto laboral está mejor, pero en cuanto a calidad de vida... para mí no compensa”, reconoce Nerea desde el convencimiento que dan 5 años y medio en Alemania.
Y es que al final, la tierra tira... y mucho. La gastronomía, la familia, la vida social, esa alegría de vivir tan típica de aquí, que no de allá. Porque Galicia no es Alemania, ni falta que hace. “Tenemos mucha más vida social. Allí hay mercadillos de Navidad, se juntan en casa de alguno... y poco más”, reconoce.
La oportunidad de volver
Por eso no lo dudó cuando una beca BEME -acrónimo del gallego Bolsas Excelencia Mocidade Exterior- le abrió las puertas de Galicia. Esta iniciativa, promovida por el gobierno gallego, trae de vuelva a casa cada año a cientos de jóvenes de la diáspora que quieren cursar en su tierra estudios de postgrado o de Formación Profesional.
En el caso de Nerea, ha sido el Máster de Prevención de Riesgos Laborales que se imparte en la Facultad de Ciencias Laborales, en Ferrol. Allí reside con sus padres, Mariló y Luis, y con su hermana, Arancha. Otra vez en casa, aunque sea en esta cuarentena forzosa que nos ha tocado vivir.
“Al principio venía más a menudo. Tenía más facilidades cuando trabajaba en la empresa. Juntaba horas y hacía un fin de semana largo porque los compañeros te cubrían”, continúa recordando Nerea. En el hospital la vida se complicó: horarios menos flexibles, turnos fijos, menos retornos a Galicia. “Venía 3 ó 4 veces al año”, recuerda.
Aunque para matar la ‘morriña’ recibía la visita de los suyos. “Mis padres vinieron a verme, pero se volvieron congelados. Era la época de Navidad, y los mercadillos estaban muy bonitos, pero hacía mucho frío”, relata Nerea. Aunque también reconoce que el clima, al menos en Renania, suele acompañar: “Es más seco, pero en verano, por ejemplo, estás por encima de los 30º”.
Pese a todo, Galicia sigue llamando a sus puertas. Con suavidad, como hacemos siempre los gallegos. Pero ahí sigue la tierra vislumbrándose en el horizonte de Nerea, que ahora tiene una doble oportunidad: “Tengo dos ramas por explorar. La enfermería y la prevención en riesgos laborales”. Que es algo así como la vocación o la seguridad. Pero siempre en Galicia.
La de Camila es una de esas historias que se anudan de tal manera a ambos lados del Atlántico, que uno corre el riesgo de acabar perdiendo el hilo. Vayamos por partes. Digamos que todo comienza en 1952, en una de aquellas grandes remesas de gallegos que embarcaban con una mezcla de dolor y de esperanza: el dolor de quien deja atrás su tierra, quien sabe si para siempre; y la esperanza del que confía en que lo mejor está todavía por llegar.
Con ese extraño sentimiento subieron a aquel buque, en Vigo, dos jóvenes gallegos. Benito González Quiroga, 29 años, natural de Punxín, un delicioso pueblecito del rural orensano, ubicado en pleno corazón de O Carballiño; y Carmen Costa Nieto, 17 años, que emprendía su aventura familiar desde Santiago de Compostela. No se conocían todavía. Pero tres meses de trayecto entre Vigo y Buenos Aires, en uno de aquellos trasatlánticos atestados de pequeños camarotes, dan para mucho. Para tanto, que se casaron nada más desembarcar.
Luego vendrían cuatro hijos –Marisa, Ricardo, Fernando y Gustavo- y una historia por vivir en Buenos Aires. En 1993, Marisa se casaría con Jorge, amigo de uno de sus hermanos, y tendrían otros tres hijos: Camila, Manuel y Lautaro. La familia crecía y crecía al tiempo que Benito y Carmen se alejaban de las opciones del retorno.
“Lamentablemente, mis abuelos nunca volvieron a Galicia”, recuerda ahora Camila, casi 60 años después de aquella odisea familiar; una de tantas y tantas emprendidas en esos años por gallegos anónimos, capaces de desafiar a su propio destino para salir adelante.
En el caso de Benito, por ejemplo, eran 10 hermanos, y todos se fueron a Argentina. Uno detrás de otro. “Por algo somos la quinta provincia gallega”, subraya Camila, orgullosa de su historia y del relato vital de su familia, que ahora la ha conducido a ella, casi sin querer, por esos intangibles del destino, al origen de todo. A ese Ourense rural y familiar.
Galicia y las BEME
“Es algo medio loco”, describe cargada de alegría. “Estoy viviendo a 15 minutos de la casa familiar de mi abuelo en Punxín. No puedo imaginarme la ilusión enorme que les haría a mis abuelos saber que estoy aquí”, continúa Camila, con la felicidad de quien ha logrado encajar todas las piezas del puzle.
Algo que ha conseguido gracias a las becas BEME –Bolsas Excelencia Mocidade Exterior, en gallego-, una iniciativa de la Xunta de Galicia que cada año trae de vuelta a la comunidad a cientos de jóvenes del exterior, nietos o hijos de aquellos que un día tuvieron que partir, para que puedan cursar aquí sus estudios universitarios de postgrado o de Formación Profesional.
Camila ha optado por un master en Nutrición en la Universidad de Vigo, que se desarrolla entre el campus de la propia ciudad olívica y el de Ourense, donde reside. Una oportunidad que la ha traído a Galicia por primera vez, si bien ella misma se autodefine como “gallega de comer pulpo los domingos y ver la gaita de mi abuelo en su departamento”. “Me crié en una casa de comida, gestos y palabras gallegos”, resalta
Una Galicia que no ha defraudado sus expectativas. “Me ha capturado de tal manera que mi idea es quedarme”, reconoce sin ambages, con la certeza de quien vive en el lugar que siempre ha deseado: el Ourense de sus abuelos.
La visita de sus padres: el primer contacto con sus orígenes
Lugar e historia que han descubierto también sus padres. “Ninguno de los dos había venido nunca. Me visitaron en febrero. Si yo estoy emocionada, imagínate a mi madre. La primera vez que estaba en contacto con sus orígenes. El pueblo y la casa de la infancia de su padre... Y mi papá también es nieto de gallegos, sus abuelos eran de Lugo”, continúa Camila convencida, así lo repite una y otra vez, y no le falta razón, de que “todo esto es algo medio loco”.
Pero también algo que debe disfrutar. Esa Galicia de la que tanto escuchó hablar, con la que creció y maduró, pero que nunca había visitado. Una Galicia de la que todo te sorprende: las grandes ciudades, el rural, la cercanía, la tranquilidad... “La impagable seguridad de saber que no te va a pasar nada”.
Todas esas cosas, y muchas otras, son las que hacen que Camila lo tenga claro. Al final, la tierra, aunque uno no la hubiese descubierto hasta cumplir los 25, tira. Y mucho. “Me encanta A Coruña, y Vigo con su universidad, su gran hospital... Pontevedra es hermosa. Pero es que Galicia tiene de todo: las playas, la naturaleza, la sierra del Xurés, la Ribeira Sacra...”, relata del tirón.
Y lo hace convencida de que Galicia es tan apasionante que ya imagina todo lo que le queda. Las Islas Cíes, por ejemplo. O ir a la playa en verano. Ya llegará. Por ahora, aún confinada, continúa disfrutando la tierra de sus orígenes.
La primera vez que Sabrina Dalio Arufe pisó Galicia, no le "alcanzaron" 15 días para conocer a toda la familia. Un verbo, se imaginan, que nos lleva directos hacia América, que nos embarca en otro relato apasionante mecido entre las olas del Atlántico, que une, entre cadencias, Galicia y Argentina, la otra patria, la patria chica.
La historia arranca en Noia, en 1914, con el nacimiento de Ventura Arufe, que vivió su infancia en blanco y negro antes de viajar con su papá hacia Argentina. Tenía apenas 11 años. La meta, de sobra conocida; ganar dinero, hacer fortuna, y volver a Galicia a disfrutar. Pero los cuentos, por mucho que Disney los endulce, no suelen ser tan fáciles. La bruja de la Bella Durmiente da pavor; la madrastra de Blancanieves resulta terrorífica; a Hansel y a Gretel los abandonan sus padres en el bosque...
Y algo de eso hay en este libro. O tal vez no. Lo cierto es que los dos Arufe desembarcaron en Buenos Aires convencidos de un éxito seguro, anticipado por los primos que esperaban.
Pero olvidaron un detalle: había trabajo para todo... el que supiese leer y escribir. Y en aquella Galicia aún decimonónica, atrapada en una esquinita de una España venida a menos y expuesta a los vaivenes de la historia, no era extraño encontrar jóvenes analfabetos. Niños que crecían trabajando, sin estudios. El padre de Ventura era uno de ellos.
En resumen, los Arufe no hicieron tanta plata y a los pocos años el padre emprendió el camino de regreso. Decidió dejar el hijo pese a que este quería volver, aunque la visión de la gente de Noia es que se quiso quedar. Ya saben, los cuentos se suelen complicar.
En este, pese a todo, Ventura trabajó y trabajó en busca de su final feliz. Lo encontró al noroeste, en Catamarca, donde conoció a Lidia. Se casaron y tuvieron cuatro hijos: Héctor, Norma, María Eugenia y Víctor. Años más tarde, ya en 1984, María Eugenia se casaría con Julio, y así volvemos al principio, hasta Sabrina.
La familia gallega
"La primera vez que vine a Galicia fue en 2006, gracias al programa Descubre tu origen", relata. Una iniciativa del Gobierno gallego -hoy Conecta con Galicia- que suma 30 años ofreciendo a los jóvenes de la diáspora la oportunidad de conocer la tierra de sus padres y abuelos.
Sabrina no la desaprovechó. Y además no lo hizo sola. "Mamá vino también, y cuando acabé el programa, pasamos 15 días con la familia en Noia. Tenía a sus tías, más de 20 primos y más de 30 primos segundos, gallegos, a los que aún no conocía. No nos alcanzó el tiempo a verlos a todos", recuerda.
"Vino a vernos en el 2000. No nos conocía, pero aprovechando un viaje de trabajo, decidió buscarnos y nos encontró", relata Sabrina, que no duda en reconocer que desde ese momento su madre contrajo una especie de "obligación moral" para localizar a su familia gallega. Aquella que había visto partir al pequeño Ventura, finalmente para siempre. Porque su abuelo ya no volvió. Se lo llevó un cáncer por delante con apenas 46 años.
Su madre, por fortuna, pudo hacerlo. En el 2000, y ahora, en 2019, de nuevo en compañía de su hija, que ha vuelto a Galicia de la mano de las becas BEME -acrónimo en gallego de Bolsas Excelencia Mocidade Exterior-. Una iniciativa que cada año ofrece a 250 jóvenes del exterior la posibilidad de continuar sus estudios en la tierra de sus orígenes, haciendo un postgrado en alguna de las tres universidades de Galicia o iniciando aquí su Formación Profesional.
El futuro gallego
Sabrina, de 30 años, optó por el Máster en Gestión y Dirección Laboral de la Universidad de Santiago de Compostela. Aunque la especialidad le ha cogido en Ferrol, donde comparte piso con una compañera a la espera de que el coronavirus conceda una tregua. "Estamos haciendo distintos trabajos y actividades, aunque tal vez tengamos clases virtuales en breve", apunta.
Hoy mira hacia atrás con la nostalgia propia de quien se ha hecho persona en Argentina, y hacia el futuro con la esperanza de aquel que tiene claro lo que busca: "Instalarme en Galicia". La Galicia de sus orígenes; la de su abuelo Ventura y la de la extensa familia de su madre; la Galicia "tranquila y apacible"; la que te enamora y de la que "todo te gusta". En una palabra, Galicia.
El día que Viviana acudió a la fiesta de cumpleaños de la hermana de su amiga Luize no sabía que su vida estaba cambiando para siempre. El relato resulta enrevesado y caprichoso, como un niño indolente y holgazán. Luize la invitó porque "era la única que hablaba español perfectamente" y había que ser amable con uno de los invitados: Alberto, un joven mexicano llegado a Río por motivos de trabajo y con la única referencia de Luize en su agenda de contactos. Referencia dada, a su vez, por un amigo de Alberto que la había conocido en Canadá, en uno de esos viajes de juventud que buscan el aprendizaje del inglés.
Pues bien, si todavía no se han perdido, Viviana y Alberto están hoy felizmente casados 13 años después de aquel inicio.
"Alberto trabajaba en la British American Tobacco. Empezó en México, y lo trasladaron a Río. Allí, en esa fiesta, fue donde lo conocí. Después retornó a México, a donde ya fui con él. Pero desde 2010, la guerra contra el narcotráfico se recrudeció en el país, y al final volvimos a Brasil. En el 2017 lo destinaron a Londres", relata Viviana, atando recuerdos con la misma facilidad con la que un hincha pela pipas.
El origen vigués
Y así llegamos a Vigo, que no es ni Río, ni Londres, ni Monterrey (México), pero que puede que tenga más historia; al menos para ella. Porque el de Viviana es un relato que se entremezcla a ambos lados del Atlántico y en el que acaba triunfando la morriña. Sus abuelos eran de Teis, un barrio obrero de la ciudad olívica que se acuesta sobre la falda del monte de La Guía. "La primera vez que vine fue en 1997... y me picó el bichito de querer volver siempre a Galicia".
¿Y a quién no? Más si cabe si tu familia gallega está tan arraigada que a día de hoy continúa con "todas las celebraciones en la casa de los bisabuelos". Pero el camino hasta aquí no ha sido fácil. Nunca lo es.
En este caso, un hijo de dos años. Bajó en Río y empezó su aventura laboral, aunque no fue tan bien como esperaba. Enfermó y volvió a España, donde convenció a su mujer para emprender un nuevo viaje hacia Brasil, hacer caja y retornar en un par de años.
Atrás quedaba de nuevo el pequeño Manuel, a quien la vida y sus caprichos dejaría sin padres mucho más tiempo del previsto. En Río la familia creció rápido: Eduarda, Avelino y Celia. Tres embarazos y tres hijos que impedían un retorno que nunca se produjo.
Hasta 1966, cuando el reparto de una herencia familiar abrió una puerta que conducía hasta Galicia. El plan era volver para quedarse, pero en estas cosas de familia y testamento siempre hay problemas. Al final tocó volver, y el pequeño Manuel, que ya no era tan pequeño, afrontó el "gran reto" de su vida.
"Papá siempre lo define así: el gran reto de su vida. Cuando lo dejaron en casa de la abuela, con tres primos, tenía sólo dos años. Ahí se crió. Y ahora tenía que empezar a vivir con su verdadera familia siendo un adolescente, con tres chicos que no conocía, pero eran sus hermanos", expone Viviana, que apunta otras dificultades sobrevenidas como la adaptación a un modelo educativo diferente o el aprendizaje del idioma.
Pese a todo, la buena gente suele encontrar un camino por andar, y Manuel no iba a ser una excepción. Se casó en 1978 con María Sally. Un matrimonio del que nacerían dos hijos: Viviana (1979) y Bruno (1981).
La primera vez en Galicia y las BEME
Viviana creció feliz en Río hasta que llegó el momento de ir a la universidad. "El sistema educativo allí es distinto. Si no entras a la primera en la carrera, tienes que esperar seis meses para empezar", explica. Medio año que aprovechó para viajar al origen de todo: "Salí de la falda de mi mamá y me vine a Vigo a conocer a mi familia y a aprender español".
Y desde entonces, ya saben, "el bichito de querer volver siempre a Galicia". Una oportunidad que surgió de nuevo el año pasado con las becas BEME -acrónimo en gallego de Bolsas Excelencia Mocidade Exterior-, iniciativa promovida por el gobierno gallego para traer de vuelta a Galicia a los hijos y nietos de aquellos que en su día tuvieron que partir. El programa les ofrece la oportunidad de cursar aquí sus estudios de postgrado.
Cosas del Covid-19. Le tocaba hacerlas en una agencia de márketing que trabaja en el proyecto del Centro Comercial Vialia, en Vigo. Pero la cuarentena no hace distinciones.
Mientras tanto, espera paciente en casa con Alberto, que organiza también en Vigo su futuro tras terminar en Londres el contrato con la British American Tobacco. Por delante, paciencia, como todos, pero también un futuro cargado de esperanza. A fin de cuentas, sea lo que sea, será en la tierra de su padre. La culpa la tiene ese "bichito".