“El bichito de querer volver siempre a Galicia”

  • "Antes de empezar la carrera me vine a Vigo a conocer a mi familia y a aprender español"
  • Viviana Martínez, becaria BEME, volvió de nuevo a Galicia y cursa un máster en la Universidad de Vigo
31
Mar
2020
Viviana Martínez, primera por la derecha

El día que Viviana acudió a la fiesta de cumpleaños de la hermana de su amiga Luize no sabía que su vida estaba cambiando para siempre. El relato resulta enrevesado y caprichoso, como un niño indolente y holgazán. Luize la invitó porque "era la única que hablaba español perfectamente" y había que ser amable con uno de los invitados: Alberto, un joven mexicano llegado a Río por motivos de trabajo y con la única referencia de Luize en su agenda de contactos. Referencia dada, a su vez, por un amigo de Alberto que la había conocido en Canadá, en uno de esos viajes de juventud que buscan el aprendizaje del inglés.

Pues bien, si todavía no se han perdido, Viviana y Alberto están hoy felizmente casados 13 años después de aquel inicio.

Río, México, otra vez Río, Londres, y ahora Vigo. Un cuento aún sin final pero que ya acumula páginas de historia.

"Alberto trabajaba en la British American Tobacco. Empezó en México, y lo trasladaron a Río. Allí, en esa fiesta, fue donde lo conocí. Después retornó a México, a donde ya fui con él. Pero desde 2010, la guerra contra el narcotráfico se recrudeció en el país, y al final volvimos a Brasil. En el 2017 lo destinaron a Londres", relata Viviana, atando recuerdos con la misma facilidad con la que un hincha pela pipas.

El origen vigués

Y así llegamos a Vigo, que no es ni Río, ni Londres, ni Monterrey (México), pero que puede que tenga más historia; al menos para ella. Porque el de Viviana es un relato que se entremezcla a ambos lados del Atlántico y en el que acaba triunfando la morriña. Sus abuelos eran de Teis, un barrio obrero de la ciudad olívica que se acuesta sobre la falda del monte de La Guía. "La primera vez que vine fue en 1997... y me picó el bichito de querer volver siempre a Galicia".  

El abuelo de Viviana Martínez, con su cuñada y su mujer, en la calle Príncipe
Los padres de Viviana Martínez, antes de casarse

¿Y a quién no? Más si cabe si tu familia gallega está tan arraigada que a día de hoy continúa con "todas las celebraciones en la casa de los bisabuelos". Pero el camino hasta aquí no ha sido fácil. Nunca lo es.

El abuelo de Viviana embarcó en el Puerto de Vigo en 1953, en una más de aquellas estampas grises, cargadas de nostalgia, de gallegos que dejaban atrás a su familia.

En este caso, un hijo de dos años. Bajó en Río y empezó su aventura laboral, aunque no fue tan bien como esperaba. Enfermó y volvió a España, donde convenció a su mujer para emprender un nuevo viaje hacia Brasil, hacer caja y retornar en un par de años.

Atrás quedaba de nuevo el pequeño Manuel, a quien la vida y sus caprichos dejaría sin padres mucho más tiempo del previsto. En Río la familia creció rápido: Eduarda, Avelino y Celia. Tres embarazos y tres hijos que impedían un retorno que nunca se produjo. 

Hasta 1966, cuando el reparto de una herencia familiar abrió una puerta que conducía hasta Galicia. El plan era volver para quedarse, pero en estas cosas de familia y testamento siempre hay problemas. Al final tocó volver, y el pequeño Manuel, que ya no era tan pequeño, afrontó el "gran reto" de su vida.

El padre de Viviana y su prima, en la playa de la Punta de La Guía

"Papá siempre lo define así: el gran reto de su vida. Cuando lo dejaron en casa de la abuela, con tres primos, tenía sólo dos años. Ahí se crió. Y ahora tenía que empezar a vivir con su verdadera familia siendo un adolescente, con tres chicos que no conocía, pero eran sus hermanos", expone Viviana, que apunta otras dificultades sobrevenidas como la adaptación a un modelo educativo diferente o el aprendizaje del idioma.  

 

Pese a todo, la buena gente suele encontrar un camino por andar, y Manuel no iba a ser una excepción. Se casó en 1978 con María Sally. Un matrimonio del que nacerían dos hijos: Viviana (1979) y Bruno (1981).

 

La primera vez en Galicia y las BEME

 

Viviana creció feliz en Río hasta que llegó el momento de ir a la universidad. "El sistema educativo allí es distinto. Si no entras a la primera en la carrera, tienes que esperar seis meses para empezar", explica. Medio año que aprovechó para viajar al origen de todo: "Salí de la falda de mi mamá y me vine a Vigo a conocer a mi familia y a aprender español".

 

Y desde entonces, ya saben, "el bichito de querer volver siempre a Galicia". Una oportunidad que surgió de nuevo el año pasado con las becas BEME -acrónimo en gallego de Bolsas Excelencia Mocidade Exterior-, iniciativa promovida por el gobierno gallego para traer de vuelta a Galicia a los hijos y nietos de aquellos que en su día tuvieron que partir. El programa les ofrece la oportunidad de cursar aquí sus estudios de postgrado.

 

Viviana es una de ellas. Ha elegido el Máster en Administración Integrada de Empresas y Responsabilidad Social Corporativa de la Universidad de Vigo. "Hemos terminado las clases, pero aún no hemos podido empezar las prácticas", cuenta.

Cosas del Covid-19. Le tocaba hacerlas en una agencia de márketing que trabaja en el proyecto del Centro Comercial Vialia, en Vigo. Pero la cuarentena no hace distinciones.

 

Mientras tanto, espera paciente en casa con Alberto, que organiza también en Vigo su futuro tras terminar en Londres el contrato con la British American Tobacco. Por delante, paciencia, como todos, pero también un futuro cargado de esperanza. A fin de cuentas, sea lo que sea, será en la tierra de su padre. La culpa la tiene ese "bichito".  

 

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“Vivimos en un lugar privilegiado”

  • “Tuve noticia de las BEME y pensé que era una buena oportunidad para volver a Galicia y desarrollar aquí todo el conocimiento adquirido”
  • Óscar Reinoso, gallego de Ourense, cursa un Máster en Dirección Integrada de Proyectos tras regresar de Lisboa
27
Mar
2020

El río Gafos nace silencioso en Mato da Xestiña, Figueirido. Un diminuto torrente de agua que crece poco a poco camino de Pontevedra. Allí llega con más vida, con más cuerpo, con más gracia, atravesando la ciudad hasta desembocar en la ría. Cruza varios molinos y distintos lavadores, cargados de historias vividas hace casi dos siglos, cuando estaba prohibido lavar en el curso del río Lérez, el hermano mayor y conocido. Atraviesa también dieciséis puentes. Uno de ellos, poco antes del final, el Ponte Nova o Ponte Vella, que junto al Ponte do Burgo del Lérez (otra vez el que goza de más fama) dio nombre en otra época a la capital de la provincia: 'Ad Dúos Pontes'.

Esta es una historia, de otra historia que forma parte de nuestra historia. La de Óscar Reinoso, gallego y orensano, que un día tuvo que emigrar, por lo que fuese, y que hoy ha vuelto a casa, llenando con la tierra aquellos recuerdos de añoranza, de olor a lluvia, de copas de licor café. Un viaje circular que pasa por Dublín y por Lisboa, y que concluye en el río Gafos. Pero vayamos por partes.

Óscar, 32 años, licenciado en Dirección y Administración de Empresas, decidió un día que el mundo era más grande que Galicia, y emprendió su aventura personal.

Primero, Lisboa, donde estuvo unos meses antes de marchar hacia Dublín. Irlanda, no obstante, no cuajó, así que dio marcha atrás hacia Lisboa, donde comenzó, sin saberlo, a apuntar hacia el río Gafos.

Allí realizó un Máster en Investigación en Estudios Urbanos en la Universidad Nova de Lisboa. Una especia de "reciclaje profesional", como él mismo apunta, que le llevaría luego a una tesis sobre la necesidad de gestión de participación ciudadana en los proyectos de investigación.

Óscar Reinoso, becario BEME, en Lisboa antes de volver a Galicia.

"Con el trabajo de fin de máster me centré en la metodología 'Play the City'", expone, un método centrado en la mejora de espacios urbanos a través de la construcción de un juego en el que participa la propia ciudadanía hasta configurar el mejor lugar posible. "Entré en contacto con el método en Holanda, durante los 6 meses que estuve de Erasmus", recuerda Óscar con la tranquilidad del que ha viajado mucho aun siendo joven.

 

Una beca para volver a Galicia

 

En Lisboa, entre estudios y trabajo, fue feliz durante un tiempo. Salvo un pequeño paréntesis de esos que por desgracia permanecen: la muerte de su padre, Manuel. Pero siguió adelante, convencido de centrarse en su carrera académica. "Luego descubrí que no era lo mío", relata.

 

Y entonces aparecieron las BEME, unas becas promovidas por el gobierno gallego pensadas para traer de vuelta a casa el talento de los jóvenes de la diáspora, gallegos o descendientes de gallegos que un día tuvieron que partir. Óscar, por ejemplo.

"Tuve noticia de las BEME y pensé que era una buena oportunidad para volver a Galicia y desarrollar aquí todo el conocimiento adquirido", expone.

Lo está haciendo con un Máster en Dirección Integrada de Proyectos, a caballo entre la Universidad de Vigo y la de A Coruña. Aunque ahora, cosas del Covid-19, está en casa, en Ourense, con su madre, Belén, y su hermana, Antía. "La cuarentena nos ha cogido con un cambio de asignatura. Hemos empezado una muy apropiada, 'Gestión de riesgos'", ironiza, mientras relata que, por fortuna, las clases online les permiten seguir con normalidad en medio de una situación extraordinaria.

  

El proyecto del Gafos

 

Y mientras que todo esto pasa, Óscar ya apunta directo hacia ese río Gafos que subyace en el fondo de esta historia. "Ya tengo cerrado el tema del trabajo de fin de máster: vacíos urbanos en el Gafos; regeneración con la ciudadanía", avanza.

Allí, a orillas del barrio de Campolongo, se multiplican los espacios y las opciones para rehabilitar uno de los lugares con más memoria de Pontevedra. El de un río que debe su nombre a un antiguo hospital de Leprosos (gafos en gallego-portugués) y que, en la última década, ha comenzado a revivir gracias al trabajo de las administraciones y al colectivo Vaipolorio.

Pero, sobre todo, el de un regato gallego que le permitirá a Óscar no echar de menos su tierra. Esa Galicia de la que tuvo que partir y que hoy quiere contribuir a mejorar. Lo que se pueda.

"Ahora aprecio más lo que tenía: los paisajes, el carácter, nuestra forma de ser (la de los gallegos)", señala, mientras que rememora alguna anécdota de esas que despiertan la morriña.

"Recuerdo la fiesta de los Santos Populares de Lisboa. Unos amigos italianos y gallegos montaron un puesto que mezclaba la empanada con la pizza y el limoncello con el licor café. No veas lo que triunfó el licor café", recuerda entre risas.

¿Y a alguien le extraña? A fin de cuenta, muchas veces no valoramos la grandeza de lo ordinario. El propio Óscar lo explica mientras concluye con una frase que lleva a cuestas toda la mochila de una vida: "Vivimos en un lugar privilegiado".

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“Siempre tuve mucha nostalgia por Galicia”

  • “En Argentina fui feliz, pero nunca me terminé de sentir parte del todo. Tardé en integrarme, y echaba de menos Galicia”
  • “La Xunta está invirtiendo para darnos un futuro mejor en Galicia, para que nos quedemos e impulsemos nuestro proyecto personal y profesional aquí"
25
Mar
2020
Gala Patiño, becaria de una edición, y su marido en la Universidad de Santiago.

Gala Patiño camina tranquila por la facultad de Derecho de la Universidad de Santiago de Compostela. Es un lunes cualquiera del mes de febrero. Fuera luce el sol y el mundo aún está lejos de cambiar. Dentro, en el salón de actos, comienza una jornada para los beneficiarios de las BEME –acrónimo en gallego de Bolsas de Excelencia Mocidade Exterior-, una iniciativa que cada año promueve el gobierno autonómico para que aquellos gallegos del exterior que lo desean puedan volver a su tierra a cursar estudios de postgrado en alguna de las universidades de la Comunidad.

Gala es una de ellas.

“Siempre quise volver”, afirma con la seguridad de quien lleva demasiado tiempo esperando ese momento.

Pero la vida tiene obligaciones y tiene padres. Los suyos se casaron en Argentina y se vinieron a Gondomar (Galicia), donde Mario abrió una clínica dental. “Yo nací en Fátima (centro médico de Vigo)” relata; como tres de sus cuatro hermanas.

Y allí, a caballo entre Vigo y Gondomar, esa pequeña villa del Val Miñor, flanqueada por la sierra del Galiñeiro y la ribera del propio río Miñor, vivió una infancia plena: “Nunca nos preocupamos por nada, simplemente de ser niños”. Taekwondo, tenis, equitación, viajes por Europa… Una lista digna de los Reyes Magos.

Tal vez por eso la morriña se enganchó a su alma cuando llegó el momento de partir: “Siempre tuve mucha nostalgia por Galicia”. La misma que su padre sentía por Argentina, por los asados y las fiestas familiares, por el calor que da sentirse en casa.

Allí Gala se hizo mujer, se licenció en Veterinaria, conoció al que hoy es su marido, Leo Aybar… pero al final, una esquinita de ella echaba de menos la otra tierra; toda la otra tierra; hasta la lluvia y la humedad.

“En Argentina fui feliz, pero nunca me terminé de sentir parte del todo. Tardé en integrarme, y echaba de menos Galicia”, expone.

Por eso a cada instante tenía en la cabeza volver, o, al menos, explorar. Australia y Nueva Zelanda surcaban su cabeza, y la biodiversidad y el cuidado del planeta la anidaban. Quería salir, vivir, comprender…

“En Argentina tenía trabajo pero pocas posibilidades de crecer”, resume.

La posibilidad de volver a Galicia

Y entonces aparecieron las BEME, y con ellas la posibilidad de volver a Galicia. Otra vez la tierra. Aquí lleva seis meses cursando el máster en Biodiversidad de la Universidad de Santiago de Compostela.

“Hay cosas que siguen exactamente igual, y otras que han cambiado mucho”, relata. Entonces tenía 14 años, ahora 27. Media vida a caballo entre dos tierras: “Allí la inseguridad existe; siempre está la posibilidad de que pase algo. Tienes la puerta cerrada, hay situaciones que te levantan sospechas... Aquí, en Galicia, no valoramos esas cosas, no existen esas amenazas”.

No en el Pedroso, el barrio verde y apacible de Santiago que ha escogido para vivir. Precisamente por eso, por verde y apacible. Un buen lugar para disfrutar del campo en la ciudad. Por delante tiene un año y medio de estudios e investigación, y todo un futuro por hacer. Si puede ser en Galicia.

Porque Gala, como la inmensa mayoría de los que un día tuvieron que partir, disfruta de la tierra a cada paso. Sin embargo, los buenos cuentos de final feliz siempre ofrecen al lector alguna traba. Papeles, homologación de títulos, permisos de residencia…

Por eso concluye con una petición: “La Xunta está invirtiendo para darnos un futuro mejor en Galicia, para que nos quedemos e impulsemos nuestro proyecto personal y profesional aquí; pero hay cosas que otras administraciones tendrían que mejorar”.

La burocracia daría para cualquier otro relato. Más extenso y más tedioso. El de Gala, por ahora, prosigue aquí, en su Galicia. Y lo hace con Leo: “Cuando nos conocimos ya le dije que quería volver”. Lo dicho: la convicción propia de quien lleva toda una vida esperando ese momento.  

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