• Noelia Fraguela nació en Argentina, aunque descubrió más tarde que bien pudo hacerlo aquí, en Galicia. A sus 36 años ha vuelto para volver a empezar, o para seguir donde lo había dejado; quién sabe. Y lo ha hecho gracias a una beca BEME
13
Apr
2021
Noelia, pescando, en Mar del Plata.

La de Noelia Fraguela es una de esas historias que entrelaza, de modo maravilloso, países, dictaduras, recuerdos, continentes, océanos, detalles, imprevistos y esperanza. Sobre todo, mucha esperanza; en esa Galicia de la que se quedó prendada cuando cumplió los 25.

De aquello ha pasado más de una década de tiempo condensado en mil historias, en anécdotas de vida y de recuerdos que la han traído hasta Vigo después de volver -pensaba que para siempre y no fue así- a su Argentina natal. Esa que tomas o que dejas, y que ella, con todo el dolor que da mirar la patria desde lejos, prefirió dejar atrás

“Lo que me terminó de decidir fue que Argentina, en cierta manera, me echó”, relata, desde el hoy, Noelia, refiriéndose a la elección que adoptó hace menos de un año, cuando las becas BEME -acrónimo en gallego de Bolsas Excelencia Mocidade Exterior- que cada ejercicio ofrece el Gobierno de Galicia, le abrieran las puertas para volver a la tierra de sus orígenes. Aquella que siempre supo que había estado ahí.

“Me vine cinco meses”, recuerda sobre su primera estancia en 2009, “y me enamoré de Galicia”. ‘Yo tengo que vivir acá’, añade, sincera, en un relato sin tapujos, sin nada que sea necesario esconder o despreciar: “Me enamore de la cultura, de la forma de vida… Me quedé maravillada”, reconoce esta estudiante de periodismo que resume de un modo muy sencillo el encaje de todas las piezas: “Siento que me criaron según los valores de aquí”.

Algo lógico en una nieta y bisnieta de gallegos que suma, en su pechera, todo tipo de ‘medallas de la emigración’, por llamar de alguna manera a aquellos recuerdos en blanco y negro que configuran una parte, -la más íntima muchas veces pese a ser la más conocida-, de la historia existencial de nuestra tierra.

La historia familiar

Esa novela familiar transita por la Galicia del siglo XX, donde los bisabuelos de Noelia vivieron acorde con sus tiempos: “Él quería tener un varón, y mi bisabuela terminó muriendo después de varios partos”. Más tarde, su bisabuelo perdería la vida, como tantos antes y después, siempre, fusilado en el Franquismo. Aquí quedaron tres hermanas, una de ellas, la abuela de Noelia, huérfana a los cuatro años, criada en un convento de monjas.

Haciendo deporte, en Mar del Plata.
Con Martín, su pareja.
Con Milo, su caniche.

Por el otro lado de la familia, la historia, ubicada en Fene, resulta distinta y similar al mismo tiempo. “Ese bisabuelo era como un vagabundo”, resume Noelia un relato que transita por Cuba y Estados Unidos antes de terminar en Argentina. “Los hermanos de mi abuelo se fueron para allí, pero él se quedó aquí; ya había conocido a mi abuela”.

Pero la familia siempre tira, y si no tira, presiona, al menos para poder juntar a todos. “Se terminó yendo para allá”, prosigue Noelia. Pero lo hizo ya casado y con un hijo -su padre Juan Maximino- que apenas tenía un año.

Tocó entonces la época del apogeo peronista, y el descubrimiento de una nueva realidad. De los campos y la casa de Galicia a la vida en un conventillo en Buenos Aires, aquellas construcciones de grandes edificios donde se apiñaban los emigrantes en condiciones muy precarias. 

“Mi abuelo era trazador del astillero de Ferrol. Se enteró al llegar de que iban a abrir un astillero, que es el más importante de Argentina, y se mudó a Ensenada, para buscar trabajo ahí, y lo consiguió. Con el tiempo, se compró un terreno y se hizo su propia casa, adquiriendo los materiales levantándola él mismo”, prosigue Noelia.

Un esfuerzo continuado y decidido gracias al cual su padre pudo estudiar medicina y, porque la vida siempre es así y todo cobra sentido cuando se unen los puntos hacia atrás, “conocer a mi mamá”.

Juan e Irma se casaron y tuvieron dos hijos -Noelia y Juan-, y podría decirse, como casi siempre, que fueron felices, más allá del desgarro familiar. Esa cicatriz de la diáspora que cura con el tiempo pero que siempre deja marca: una parte de la familia a cada lado del Atlántico. “La de mi abuela se quedó en España”.

Juan volvió dos veces; y las dos solo. Con el tiempo, sería Noelia la que llegaría a la tierra de sus raíces. A esa Galicia “accesible” en la que “a las doce de la noche había gente en la plaza”: “Todos caminando, festejando, con seguridad…”.

Con Martín.
Con Martín, en Argentina.
Foto de familia.

Un viaje en el que se acumulan recuerdos y certezas, como el del amor por la cultura propia. “La música, la comida… la gente se mostraba orgullosa de lo suyo. En Argentina no sucede; hasta da un poco de vergüenza”, reconoce Noelia, que permanece unida a aquel momento de “diversión”, de “sentir que estaba en casa”, de “no querer volver”.

La vuelta a Galicia con las BEME

La vida, sin embargo, tiene distintos senderos que acaban conduciendo al mismo sitio. En este caso, a Galicia. Noelia se volvió a Argentina para terminar la tesis de grado, y luego comenzó a trabajar. Los días siguieron a las semanas, a los meses y a los años, y siempre, de fondo, la tierra de sus orígenes; nuestra tierra.

“Todos los años me anotaba en alguna beca: erasmus, Carolina…”, prosigue Noelia su relato, en el que temor y la esperanza, esa combinación tan típica de cualquier proceso migratorio, se entrelazan. “También tenía miedo; llegó la crisis del 2008 y no tenía trabajo. Sin embargo, nunca me salió nada. Llevaba diez años anotándome, y llega un momento en el que desistes. Tenía ya 34 años y me venía ‘grande’ para empezar de nuevo en otro lugar”.

Sin embargo, el destino es como un niño caprichoso; como una de esas sombrillas al aire en el verano, que corren arrastradas por una ráfaga de viento. Así, de repente, en mitad de una pandemia y sin quererlo, aparecieron las BEME, que la han traído de vuelta hasta Galicia para hacer un máster de Social Media en la Universidad de Vigo.

 “Me llegó un mail de la Xunta y me anoté por inercia; no tenía ni esperanza”. Tal es así, que se olvidó del tema hasta que recibió otro correo informándole de que había sido preseleccionada. “Aun lo veía lejano: tenía que matricularme, estábamos con las restricciones de la pandemia… Pero fui haciendo todo y acabé seleccionada”.

Y ahí, en ese preciso instante, hubo de volver atrás -a aquel momento en el que quiso quedarse en Galicia y partió hacia Argentina-, y enfrentar otra vez la decisión: “Después de mucho pensar y muchas dudas me di cuenta: Argentina, en el fondo, me echó”, vuelve a sincerarse Noelia, apenada por ese sentimiento de saber que tu propia patria no alberga todo lo que te gustaría que así fuese.

“Cuando vuelve, eres extranjero en tu propio país”. Un resumen perfecto de la emigración, de lo que, al final, te espera después de dejar atrás a tu familia, de empezar de cero, de parir sola para estar luego acompañada, por Martín, su pareja, también de ascendencia gallega. “Baila y toca la gaita, y era socio del Club Arzuano Mellidense. Es mucho más gallego que yo”, bromea Noelia, ya desde Galicia. Desde esa tierra de la que se enamoró hacia una década, y que ha vuelto a plantarse en su camino.   

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