• La historia de María José Viloria Villaverde se escribe a través del azul atlántico que separa y une al mismo tiempo Galicia con Venezuela. Hasta allí fueron sus abuelos sin conocerse, y hasta aquí ha vuelto ella para cerrar un círculo: su círculo vital
24
Feb
2021

La historia de María José Viloria Villaverde, como la de tantos, comienza hace mucho tiempo a este lado del azul eterno del Atlántico, para extenderse, después, a la otra parte, antes de volver a estos parajes, o a aquellos, qué más da. Porque el tiempo lo engarza todo hasta hacer del mundo, de la emigración, de la diáspora, las dos caras de un pedacito de historia. Nuestra historia.

La de Pastora López, que nació en una aldea de Santiago; y la de José Villaverde, que lo hizo en Ames. Ambos, en los tiempos en los que todo se pintaba en blanco y negro y el mundo cabía en una maleta empujada por el hambre. Sin saber todavía uno del otro, marcharon a Venezuela, con la única certeza de la incertidumbre del futuro.

Pero la vida, ya saben, es como una caja de bombones, nunca sabes lo que te va a tocar. Y nadie en su sano juicio va a contradecir el sentido común de Forrest Gump. Así, sin esperarlo, José y Pastora hicieron de la suya una historia a la atura del mejor cuento de Disney.

El inicio fue un encuentro inopinado a más de 8.000 kilómetros de casa. Luego se casaron y tuvieron tres hijos: María del Carmen, Pastora y José Agustín. Más tarde, el trabajo los reubicó en Maracaibo; el mismo motivo por el que fueron progresando hasta montar el restaurante español ‘Los Porrones’.

Y de fondo, Galicia, siempre Galicia. “Mi abuelo fue uno de los fundadores del Centro Gallego de Maracaibo”, recuerda, ya en presente, María José Viloria Villaverde, verdadera protagonista de esta historia, que ha vuelto a nuestra tierra para cerrar el círculo, al menos por ahora. Aunque con vocación de permanencia. 

La oportunidad de las BEME

“Estoy cumpliendo uno de los sueños de mi vida. No pienso en volver”, afirma con el convencimiento de sus 27 años María José, que está cursando un máster de Gerontología entre la Universidad de A Coruña y la de Santiago. Lo hace, como tantos, gracias a las becas BEME (acrónimo en gallego de Bolsas Excelencia Mocidade Exterior), una iniciativa puesta en marcha por el gobierno gallego que ha ofrecido ya la oportunidad de volver a casa a cerca de mil jóvenes de la diáspora, hijos y nietos de aquellos que un día tuvieron que marchar.

María José lo tiene claro. Lo primero, terminar el máster; después, homologar el título de médico que obtuvo en la Universidad del Zulia. Y de fondo, en el horizonte, Galicia, siempre Galicia, esa tierra que, casi sin saberlo, la transformó aun con la barrera infinita del Atlántico.

“A los dos años ya estaba aquí. Guardo fotos vistiendo de gallega desde que tengo meses de nacida. Me siento como en mi casa porque conozco Galicia de toda la vida”, resume María José, criada, como no, a caballo de su hogar y de otro hogar, valga la redundancia, el del Centro Gallego de Maracaibo.

Canciones, bailes, gastronomía… Imágenes y recuerdos que se anudan en la memoria. “Soy una gallega que nací en el cuerpo de una venezolana”. Un resumen perfecto para explicar tanta morriña, tanta Galicia en Venezuela o viceversa.

De aquellos dos años todavía cobija en la memoria sus recuerdos; el peso de Galicia en el corazón de cualquiera de sus hijos. El pueblo de su abuelo, las romerías de verano, la música de la banda que se eleva con ese paisaje de fondo tan gallego.

Los recuerdos del Apóstol

Después volvería con 7 años, y la pequeña niña venezolana, o gallega, qué más da, rememora aquel período como si hubiese sido ayer. Fueron 4 ó 5 meses de “comer mucho pulpo, mucho bacalao”, de más romerías, de compartir mesa con los hermanos de su abuelo. Y sobre todo del primer encuentro con Compostela.

Y qué encuentro en la noche del Apóstol: “Mi abuelo mi llevó a ver los fuegos. Me acuerdo de todo; me pones el vídeo de ese día y lo recuerdo de ‘pe a pa’. Antes me llevó a comprar unos vestidos porque íbamos a verlo en el Hostal de los Reyes Católicos”.

Desde entonces, y hasta ahora, hasta las BEME, los encuentros con Galicia se suceden: en los Campamentos de verano organizados por la Xunta; en el Día de la Galicia Exterior, en Compostela, al que acude dos veces con el grupo de danza de su centro; en las Escolas Abertas, como profesora de esa misma danza gallega con la que ha crecido hasta hacerse mujer.

Y así hasta hoy, hasta el presente, hasta esta Galicia acogedora y tranquila, en la que suceden cosas tan sencillas y maravillosas como “tener agua 24 horas al día”. Pero ahondar en esto supondría hablar demasiado de lo que queda atrás, una tierra querida pese a todo, y de la que también se puede tener morriña: “Echo de menos a mi familia”.

Tal vez algún día puedan volver, quién sabe. Por ahora María José ha cerrado su círculo, el de una historia familiar que comenzó casi pegada, a caballo entre Ames y Santiago, entre dos desconocidos que, por esas cosas del destino, de la diáspora o del siglo, fueron a encontrarse en Venezuela. Una muestra más de que desde allí hasta aquí hay solo un paso. María José lo sabe bien.

Compartir