• La de Patricia Blandin es una más de tantas y tantas historias que entrelazan la diáspora gallega; pero es suya: la de una chica que gracias a las becas BEME ha vuelto a la tierra que su abuela había dejado atrás siendo una niña, sin más futuro que una dirección en el bolsillo
12
Feb
2021
En las puertas de la Escuela de Ingeniería Industrial de Vigo, donde Patricia está cursando su máster.

La primera vez que Rosa Rodríguez cruzó el charco, tenía apenas 15 años. En aquella época, pensaban algunos, la guerra ponía a cada uno en su lugar. En concreto, a la pequeña chica de Pobra do Brollón la situó en Caracas, Venezuela, sin nada más que una dirección en el bolsillo y una esperanza de futuro alojada en un rinconcito de su alma.

Estamos hablando, ya lo saben, de la década de los 30 del siglo XX. Unos años en blanco y negro que dibujan miseria en el recuerdo. Y la miseria siempre es gris, que suele ser sinónimo de tristeza. Para escapar de ellas -de la congoja y de la penuria- había que buscarse la vida, por aquello de poner a cada uno en su lugar.

A Rosa, por fortuna, no le fue mal. Suele suceder con los gallegos. Llegó a la dirección que portaba en el bolsillo -su único vínculo con el porvenir-, y sin preguntar a nadie, pues de nadie debía esperar respuestas, comenzó a trabajar.

Después, más tarde, conoció a José Hilario Mora, al que la vida, no la guerra, había establecido ya en Caracas. Se casaron y tuvieron cuatro hijos: Magaly, Mary Betty, Elena y María Emilia. Rosa, ya mujer, volvería a su tierra, transitando esa ruta infinita del Atlántico, tan lejos y tan cerca cada rincón de los dos mundos.  

Un eterno viaje de ida y vuelta que se perpetúa ahora y siempre. Da fe de ello Patricia Blandin, su nieta, una de las hijas de María Emilia, que nació allí, aunque bien pudo hacerlo aquí, porque como buen ejemplo de ‘galleguidad’, se crio como una gallega en Venezuela, o como una venezolana en Galicia, que viene siendo lo mismo.

Su abuela, Rosa Rodríguez, y su abuelo, José Hilario Mora.
Su abuela, de cocinera en Venezuela.
Las cuatro hijas del matrimonio: Magaly, Mary Betty, Elena y María Emilia.

“Soy multicultural”, resume ella, atando los recuerdos de su abuela y de su madre, tan gallegas, a los suyos de la Hermandad del Colegio Castelao, donde el Himno de Galicia se escuchaba cada día, música de fondo de clases en gallego, impartidas por un profesor también gallego. Tanta Galicia cabe en un pedacito de Caracas.

El encuentro con las BEME

Luego, todo sería más Galicia. “En 2009 asistí a los Campamentos de verano que el gobierno gallego organiza para jóvenes”, prosigue entrelazando sus memorias. Después llegarían las becas BEME -acrónimo en gallego de Bolsas Excelencia Mocidade Exterior-, que cada año impulsa la Xunta de Galicia para que los jóvenes de la diáspora puedan cursar en nuestra tierra sus estudios de post grado.

El de Patricia resultó un encuentro inopinado con las becas. Con sus estudios universitarios terminados, una charla en un viaje a Venezuela del secretario de Emigración de la Xunta de Galicia, Antonio Rodríguez Miranda, avivó en ella el interés. “Mi vínculo con Galicia es grande. No dudé en inscribirme, y la convocatoria continuó pese al Covid. Quedé seleccionado y mi familia y yo hicimos un esfuerzo super grande para poder venirme”, reconoce abiertamente.

Así ha vuelto a reencontrarse con Galicia, con ese lugar de “estructuras de piedra y calles estrechas” que durante años pudo imaginar a través de las palabras. “El primer encuentro fue bastante lindo: entendí en parte todo lo que ya había vivido en gallego. Era muy joven”, rememora.

Patricia, a su llegada a Galicia, con los primos de su madre.
Disfrutando de la Navidad en Vigo.
Con parte de su familia, de visita en Galicia.

Las impresiones continúan ya en presente, lejos de su Venezuela natal, tan querida y tan extraña en estos tiempos. “Al volver, me llamó la atención que había tiendas abiertas 24 horas; que podías salir a las tres de la madrugada y correr la muralla de Lugo”.

Y con esa inmerecida intranquilidad que deja atrás, las convicciones de la infancia se refuerzan: “Siempre pensé que quería venir a vivir aquí”.

Un plan que pasa por terminar el Máster de Comercio Internacional que está cursando en la Universidad de Vigo y conseguir un trabajo en esa área. Luego, quién sabe, tal vez su familia pueda cruzar también el charco, como la abuela Rosa hace ya casi cien años. Allí, en Venezuela, permanecen sus padres y uno de sus hermanos casado, con tres hijos, y en una patria en la que, por desgracia, “ya no tienen un futuro”. Pero esa es otra historia, tal vez tan triste que podría empañar la de Patricia. Por eso hoy no toca.

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