• La de Soraya María Redondo Taboada es una de esas historias tan de jóvenes gallegos de nuestro tiempo, sobradamente preparados pero que afrontan guiones repletos de líneas torcidas. El suyo, gracias a las becas BEME, se ha enderezado de vuelta a su Galicia natal
30
Apr
2021

Dicen que la vida está llena de pequeñas decisiones que solo cobran sentido cuando se echa la vista atrás. Lo relató mejor que nadie Steve Jobs en su célebre discurso en la Universidad de Stamford: “No podéis conectar los puntos mirando hacia el futuro; solo podéis conectarlos mirando hacia el pasado. Por lo tanto, tenéis que confiar en que los puntos, de alguna manera, se conectarán en vuestro futuro. Tenéis que confiar en algo, lo que sea”.

Lo sabe bien Soraya María Redondo Taboada, gallega de 32 años, media existencia buscándose la vida y otra media añorando su Galicia, con la morriña a cuestas, refugiada en un pedacito de maleta, confiando, esperando, deseando, poder unir los puntos hacia atrás y encontrar que el destino o lo que sea la traen de vuelta a casa.

Un ‘lo que sea’ que, en este caso, tiene nombres y apellidos: las becas BEME, acrónimo en gallego de las Bolsas Excelencia Mocidade Exterior, que cada año promueve el gobierno de Galicia, y que esta vez ha permitido la vuelta a casa de doscientos jóvenes de la diáspora, gallegos, o nietos o hijos de aquellos que algún día tuvieron que emigrar.

Soraya lo hizo por necesidad, ese lugar común que ha afectado a tantos jóvenes de su generación, de aquí y de allá, arrasados por una crisis económica que otros urdieron mientras ellos trataban de escribir algún relato, su relato.

“Estudié Bellas Artes en Pontevedra. Luego me fui de Erasmus a Oporto y volví a Pontevedra a hacer un máster de Educación”, expone tirando de esos mismos recuerdos que mezclan, a ratos, la impotencia: “Intenté trabajar aquí, pero me cogió una época difícil. Terminé en 2012 y no encontraba trabajo. Me fui a Inglaterra tirándome de los pelos por haber estudiado Bellas Artes”. Primer punto.

Allí la historia mejora, aunque siempre cargada de morriña. Soraya se muda a un pueblecito británico en el condado de Gloucestershire, Stroud; cerca de la portuaria y conocida ciudad de Bristol. Un lugar cargado de encanto, pero también de nubes y de lluvia

“El clima era terrible”, subraya esta gallega de Santiago, un lugar donde la lluvia es arte. Pero a todo hay quien gana: “Pensaba que estaba acostumbrada. La lluvia podía no importarme, pero en invierno apenas había horas de luz. Me iba a trabajar a las ocho de la mañana y era de noche, y me volvía a casa a las cinco de la tarde y era también de noche”.

Allí, en Stroud, comienza como ‘Au Pair’ cuidando niños. Pero pronto da el salto a uno de esos puestos que levantan la autoestima y cambian el trazo del relato. “Era un estudio de arte en el que trabajaba para algunos de los mejores artistas del mundo, como el escultor Damien Hirst, por ejemplo. Lo disfruté muchísimo y me sentí muy orgullosa”, sonríe Soraya. Segundo punto.

Pese a todo, y tras dos años, surge otra oportunidad profesional: la docencia. Comienza así a dar clases de arteterapia y cerámica en un colegio cercano a Stroud. Otros dos años. Tercer punto.

La vuelta a casa

Soraya disfruta de buenas condiciones laborales, de estabilidad y el gusto por lo que hace… Pero la morriña sigue acechando, escondida en un rinconcito de Stroud desde el que no puede evitar que comience a “nacer el deseo de volver a Galicia”.

Echaba muchísimo de menos todo. Las costumbres, la gente, la familia… El humor, la comida, los horarios, el ambiente. Todo”, dispara a quemarropa la hija de Manuel Redondo y María Elena Taboada. Ahora la historia se acelera, cerca ya del último destino, del último punto que trabar. El cuarto.

“Comencé a buscar trabajo en Galicia y no tuve suerte. Vino el coronavirus y aparecieron las becas BEME. Me apunté y fue mi salvación; la gran oportunidad de volver a casa, de seguir formándome, de ampliar mi currículum”, detalla desde Pontevedra, donde cursa un máster en Dirección de Arte en la Facultad de Ciencias Sociales y de la Comunicación.

Soraya concluye su relato uniendo todos esos puntos hacia atrás, de uno en uno, de Bellas Artes a Straud y otra vez a Pontevedra, con eternas idas y venidas de trenes, aviones y autobuses, que terminan por ofrecer un dibujo claro y nítido: Galicia. Un lugar del que nunca se quiso ir y al que siempre deseó volver. 

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