• La historia de Ana Alonso Chivite se escribe casi sola, al menos cuando se unen los puntos hacia atrás. Entonces, todo cobra sentido: de O Porriño a Concepción para volver de nuevo a Vigo, donde cursa un máster en gestión en desarrollo sostenible gracias a una beca BEME
29
Oct
2021
Ana, ya en Galicia con su marido José Andrés.

La emigración, la diáspora, la vida, es un relato de puntos que se unen y que sólo cobran sentido al volver la vista atrás; al girarse y observar el camino recorrido, que va dejando huellas aquí y allá, en diferentes períodos intangibles, que sabemos cuándo empiezan, pero no cuándo concluyen.

Lo sabe bien Ana Alonso Chivite, gallega de O Porriño, un lugar donde las montañas de roca configuran un paisaje que es a la vez arte, negocio y vida. No tan distante, en el fondo, de Concepción, la urbe chilena que une los dos puntos del relato vital de esta gallega del 85, que se fue para volver sin dejar nunca de vivir.

“Me fui a Chile a estudiar en el último año de carrera”, relata Ana, que reconoce el siguiente paso con la tranquilidad que otorga el presente sobre el pasado ya vivido: “Al final estuve doce años, hasta agosto de este mismo año”.

Un tercio de vida para esta licenciada en Biología, que cursó sus estudios en la Universidad de Santiago de Compostela antes de que el trayecto la depositase al otro lado del Atlántico, ese océano infinito que guarda, silencioso, todas las historias de la diáspora gallega. Fue en 2009, con una beca universitaria de intercambio 

“Quería irme fuera de Europa, y Chile, según me dijeron algunos profesores de la Universidad, era un país maravilloso para una bióloga”, prosigue Ana, que llega así a Concepción, una ciudad de 200.000 habitantes, donde no están sus padres, José Luis y Paz, ni su hermano Jorge, ni la familia entera, ni los amigos, ni tantas otras cosas que supone siempre el dejarlo “todo atrás”.

Aunque los gallegos, como es sabido, nos adaptamos, y Ana no iba a ser una excepción. “No es tan distinto, por eso también acabé quedándome tanto tiempo”, reconoce mientras que pone el acento en la cultura latina y el clima, similar al de Galicia. Factores que, pese a esa buena morriña irrenunciable, terminaron por dejarla más de una década al otro lado del Atlántico.

Bueno, eso, y el peso de lo humano, las relaciones que empiezan y se alargan, que terminan incluso en una boda. Porque allí, en Chile, en Concepción, Ana conoció a su marido, José Andrés. Otro punto más que unir a este relato. Como la vivienda comprada o el desempeño laboral como visitadora médica. Factores que, si se suman, dan como resultado la manida estabilidad tan deseada.

En Chile, con su pareja.

Y sin embargo… Sin embargo la tierra tira y las vocaciones llaman, susurran casi al oído sin saberse. “Siempre tenía la espinita de, quizá, poder retomar mi profesión de manera más específica, más vocacional, y la verdad es que no me preguntes cómo, creo que fue a través de una publicidad en Internet, llegó hasta mí la opción de las becas BEME”, detalla Ana.

Estas becas -acrónimo en gallego de Bolsas Excelencia Mocidade Exterior- son impulsadas cada año por el gobierno de Galicia, con el objetivo de traer de vuelta a casa a los hijos y nietos de aquellos que un día tuvieron que emigrar; o a los jóvenes emigrantes que partieron casi sin saberlo, como Ana, que al conocer el programa se dijo a sí misma: “Ah, pues está muy bien”.  

Una llamita que se unía al hecho de que a José Andrés le gustaba mucho España: “Había estado un par de veces y le parecía que había mucha calidad de vida”. Y así, casi sin quererlo una vez más, Ana se apuntó iniciando un proceso que la ha traído de vuelta a casa, a la Universidad de Vigo, donde estudia un Máster en gestión en desarrollo sostenible.

Mientras tanto, José Andrés ha retomado también su vocación. Fisioterapeuta, en Chile se dedicaba a la visita médica. Ahora hace un máster en la Escuela de Osteopatía de Vigo.

Pero más allá de las vocaciones y los sueños, Ana y José Andrés disfrutan de esa ‘Galicia profunda’ tan de moda; del clima, de los paisajes, de la historia; de la vida de pueblo, de Goián, donde viven los abuelos paternos de ella, o de Ponteareas, donde reside otra parte de la familia; de las distancias “muy cortas”, que permiten ver a la familia en un suspiro –“allí tardábamos una hora y cuarto para ver a mis suegros”; de la gastronomía, esa que tanto echaba de menos Ana en Concepción: del pulpo, del cocido, del pescado.

Ahora se añoran otras cosas, pero ya no es morriña, son recuerdos agradables del pasado: los amigos, el grupo de buceo, los asados, la naturaleza virgen, los volcanes… Muchas cosas; no las suficientes para que el relato de Ana siga aquí, en Galicia, de donde se fue casi sin querer y a donde ha vuelto gracias a una BEME. Cosas de la vida y la diáspora.  

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