- La de Iria Salgueiro Abal es una de esas historias del siglo XXI, cargada de ritmo y de lugares antes de retornar a Galicia gracias a una BEME, becas que promueve el gobierno gallego para traer de vuelta a casa a los jóvenes del exterior
Hay historias que van, porque necesariamente tienen que venir. Que recorren medio mundo y varios continentes antes de terminar dónde todo comenzó: en Galicia. Sucedía antes en blanco y negro, con la morriña acrecentada de aquellos vapores de chimeneas gigantes que cruzaban el Atlántico en busca de un futuro, quién sabe si mejor o peor. Y sucede hoy a otra velocidad, a la que marcan los vuelos comerciales, la red universal o las nuevas tecnologías.
Un ritmo frenético que conduce a la protagonista del relato de Pontevedra a Irlanda, de allí a Francia, y luego, a República Dominicana, antes de volver a Galicia gracias a las becas BEME, que cada año ofrece el gobierno gallego precisamente para eso, para facilitar la vuelta a casa de todos esos jóvenes que un día tuvieron que partir.
Iria Salgueiro Abal es una de ellos. Con 21 años se había licenciado ya en Publicidad y Relaciones Públicas en el Campus de Pontevedra. “Entonces decidí irme a Irlanda, a Galway”, una ciudad portuaria en la costa oeste del país, asentada a orillas del río Corrib, en su desembocadura en el Atlántico.
“Me fui con una amiga a buscar trabajo y a aprender inglés”, prosigue su relato con la sencillez del que ya anduvo ese camino. Allí encontró trabajo y se enamoró de una tierra que, a fin de cuentas, no es tan diferente de la nuestra.
Pero hay edades en las que el tiempo transcurre más deprisa y la inquietud ofrece espacios que llenar. “Luego me fui a Francia a estudiar francés”. Allí trabajó como Au Pair durante un tiempo antes de volverse, no a Galicia, pero sí a Barcelona, desde donde desanduvo el camino para aterrizar en Ibiza.
Sin embargo, el viaje no había hecho más que comenzar. “Una empresa me ofreció trabajo en República Dominicana”. ¿Y qué hizo Iria? Volar hasta un país apasionante en el que permaneció tres años y medio. Un mundo distinto con un ritmo diferente; una cultura de envoltorio similar pero de fondo por descubrir; un lugar en el que tiempo pasa más despacio cada día.
“Al principio te choca. O te engancha o te vuelves loca. Tienes que acostumbrarte a la vida caribeña”, señala. Y cuando ya estaba acostumbrada, parte de aquella morriña, o algo parecido, llamó a la puerta. “Con la pandemia estuve un año y siete meses sin venir. Tenía que volver a casa, estar un tiempo tranquila, aprovechar la oportunidad de trabajar en Galicia”. Y entonces, aparecieron las becas BEME. “Se enteró mi padre”.
Iria no lo dudó y cerró el círculo después de viajar por medio mundo; literal. Gracias a la beca estudió un máster en el Campus de Ourense en Planificación y Dirección del Turismo Interno y de Salud.
Ahora no planifica a largo plazo. Nunca lo ha hecho. Le gustaría quedarse “una temporada”. Quién sabe. Tal vez más tarde haya que partir de nuevo. Por ahora disfruta de su tierra, de Marín, de la familia, del cocido, de los ‘furanchos’ y de esos platos de la abuela que, como todo el mundo sabe, no se encuentran en República Dominicana. Por mucho que uno disfrute aquellas tierras.