• Ágata Tubio (Buenos Aires, 1991) nunca había pisado nuestra tierra hasta que las becas BEME le ofrecieron la oportunidad; sin embargo, gracias a sus abuelos, ya era gallega antes de serlo: ellos le enseñaron costumbres y comidas y le hablaron de ese “verde” del que ahora disfruta desde aquí
08
Apr
2022
En el Concello de Valga.

Esta historia comienza en una España de guerra y de post guerra, en blanco y negro, en la que solo al pensar se levantan sentimientos de tristeza y esperanza. Tristeza por lo sucedido, esperanza por lo que hemos llegado a ser. Un tiempo distinto en el que, con frecuencia, sucedían cosas diferentes, como casarse separados; unirse para siempre estando lejos; darse el sí quiero queriendo estar sin resultar.

Es el caso de Felisa y de Manuel, oriundos de Valga, Pontevedra, un pequeño municipio que hoy esconde parte del encanto siempre latente de las Rías Baixas, y que entonces, como tantos, se dibujaba cargado de añoranza por cualquier tiempo mejor. Una morriña que obligaba a muchos a emigrar. A Argentina, por ejemplo, a Buenos Aires, donde Manuel contrajo matrimonio con Felisa, que acudió a la Iglesia en Valga, de blanco impoluto de novia a 9.947 kilómetros de distancia. Apenas un suspiro cuando el amor se impone.

El relato nos sitúa en la quinta década del siglo XX, y continúa con mucho esfuerzo, sacrificio y dedicación para consolidar un viaje, entonces, sin retorno. Manuel trabaja de obrero, de peón, pluriempleado, en una fábrica de dulces, de sereno, de mozo de carga, de cualquier cosa que, a fin de cuentas, no deja de ser “el inicio de cualquier emigrante”.

Nos lo aclara, ya en presente, Ágata Tubio, su nieta y verdadera protagonista de esta historia. Pero vayamos por partes y completemos el árbol genealógico. Tras consolidarse después de mucho esfuerzo, Manuel y Felisa tuvieron dos hijos, Jorge y Óscar. Éste, con el tiempo, se casó con Andrea, de ascendencia italiana, y tuvieron otros dos pequeños, Ágata y su hermano, Kevin, lo que conduce la historia a nuestro tiempo, a una Argentina de la que ahora emigran los gallegos que un día fueron acogidos.

De bebé.
Con el presidente gallego Núñez Feijóo, recibiendo el diploma de la beca BEME.
Con su marido, Juan Pablo.

Como Ágata, que nunca había venido a Galicia hasta que las becas BEME le ofrecieron la oportunidad. Aunque, entre dos tierras tan unidas que ni el inexorable azul eterno del Atlántico logra separar, cuando llegó se sentía “super parte de Galicia” pese a no haber estado nunca. “Me criaron mis abuelos porque mis papás trabajaron mucho toda la vida. Sentía muy propias las costumbres, las comidas… crecí con todo eso y con muchísimo amor hacia Galicia”, resume.

Ayuda para el retorno

Las BEME son unas becas que cada año ofrece la Xunta para facilitar la vuelta a casa de jóvenes gallegos, hijos o nietos de gallegos, descendientes de todos aquellos que un día tuvieron que partir. Un apoyo que permite retornar a cientos de emigrados, que cursan aquí sus estudios de post grado y que miran, desde la tierra de sus raíces, un futuro cargado de optimismo.

Es, también, el caso de Ágata, que ha terminado en Lugo un Máster en ingeniería en procesos de alimentos, y que emprendió la aventura de Galicia con Juan Pablo, su marido. “Nos casamos en 2018, y de luna de miel fuimos a España, Francia y Grecia. Nos enamoramos de Europa y de España, que ya se nos quedó rondando en la cabeza. Entonces comenzó a germinar la idea”.

Un proyecto que da a luz en esa Galicia de sus abuelos de la que se prendó nada más llegar: “Fue pisar Galicia y me enamoré: del verde, de sus paisajes, de la comida, de la cultura...”, explica alguien que ya intuía todo eso, y que había tomado la decisión de venir a nuestra tierra antes, incluso, de las BEME.

Unas becas a las que llegó de casualidad cuando, preparándose ya para la aventura de emigrar, le hablaron de ellas en la Delegación de la Xunta en Buenos Aires. “Enseguida me interesó y me proporcionaron toda la ayuda para los trámites, los papeles…”, expone Ágata mientras apunta algo más de incertidumbre: Juan Pablo se vino sin trabajo.

En familia.
Sus abuelos.
Con amigos.

El trayecto, así pues, no fue fácil. Nunca lo es cuando se trata de cambiar tu propia vida, de dejar atrás tu tierra, aunque el destino sea ‘tu otra tierra’. “Fueron seis meses de incertidumbre marcados por la pandemia. Ya habíamos renunciado a nuestros trabajos cuando se cerró todo y nos cambiaron la fecha de vuelo tres veces”, rememora con la tranquilidad que da el presente.

Un ahora que se escribe desde esa Galicia imaginada que otorga “calidad de vida y oportunidades laborales”. Un continuo sentirse feliz: “Nunca me sentí tan feliz como cuando logramos estabilizarnos aquí, cumplir el objetivo que nos planteamos, el desafío”. Algo así como aquella “satisfacción del deber cumplido” de la que hablaba Luis Aragonés tras hacer campeona a España en 2008. Eso sí, salteado todo de “un verde que no se ve en ningún otro lugar”. Un verde cargado de “frescura” y de futuro.

Con un grupo de amigos.
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