Una emprendedora de “alma gallega”

  • Ana Lucía Barcia nació en Brasil hace 48 años, pero bien lo pudo hacer aquí, en Santa Comba, como sus padres, a donde ha vuelto para montar su propio negocio y para hacer suya esa tierra que tanto vivió de juventud
22
Sep
2021

Santa Comba, como tantos otros pueblos de Galicia, tiene su pedacito de historia; un retazo de vidas humanos que acaban por configurar un relato peculiar, el de nuestra tierra, el de la vida haciéndose a sí misma, año a año, golpe a golpe, con sus peculiaridades, con sus familias, con sus idas y venidas. Un trayecto recorrido a lo largo del último siglo por la diáspora, ese conjunto de hombres y mujeres que un día hubieron de partir, y que ahora, por los motivos que sea, vuelven para disfrutar de una Galicia más próspera y moderna, de vanguardia, pero siempre acogedora.

Lo sabe bien Ana Lucía Barcia, brasileña de 48 años, pero “un poco gallega de alma”. Así se define ella con la seguridad que confiere saberse, en el fondo, de ese conjunto de historias de Santa Comba, de donde eran sus padres antes que de Brasil, a donde partieron en busca del futuro que, entonces, no podían conseguir aquí.

El relato, como tantos, como todos, se teje entorno a ese Atlántico que se cruza una y otra vez. “Mi abuelo por parte de madre partió para Brasil, donde estuvo un tiempo antes de llevarse a un hermano, y luego a otro. Allí empezaron a trabajar en lo que aparecía. En la colonia hicieron un grupo de conocidos de la región de Santa Comba”, resume Ana Lucía con la sencillez propia de la emigración, esa que da por supuesto cosas tan difíciles como dejar atrás tu patria y tu presente. Y añade: “Mi abuelo por parte de padre se fue primero a Cuba y luego a Uruguay”. Más diáspora, más idas y venidas.  

Y así, casi sin quererlo, el relato se tejió al otro lado del azul inmenso del océano, tan lejos y tan cerca de Galicia. “Al final, mi familia se quedaría en Brasil hasta 2018”, continúa Barcia su relato, en el que se mezcla algún viaje de infancia y juventud a nuestra tierra, antes de este volver definitivo marcado por su nuevo negocio, para el que ha contado con el apoyo de la Xunta a través del programa de retorno emprendedor.

Ana Lucía, en el medio, de niña en Brasil.
En su primera visita a Galicia.
Durante su estancia en Galicia en los carnavales de 1993.

Pero vayamos por partes. El primer reencuentro con Galicia se produjo con apenas 8 años. Una estancia de un año en la que Ana Lucía llegó a continuar aquí parte de sus estudios. De esa época apenas conserva algún recuerdo; imágenes que se hacen más vívidas, más presentes, en el segundo viaje: “Volví cuando tenía 20 años, y me quedé otros tres”.

Sin embargo, y pese a todo, el relato prosigue de nuevo en Brasil, donde “la vida fue pasando, pero siempre con ganas de venirme de nuevo a Galicia”. Una Galicia empapada de recuerdos y cultura ya aprendida, en la Casa de España, en Río, donde “la mayoría éramos gallegos”, y donde “teníamos muchos eventos que me hacían sentirme como aquí: romerías, orquestas…”.

Y así, tal vez porque la tierra tira, o porque el alma gallega pesa más que el cuerpo brasileño, Ana Lucía emprendió la aventura del retorno. Hace apenas tres años. Atrás dejaba presente ya pasado, con la promesa de un futuro por delante: “Estaba complicado; allí le daba a la cabeza por todo. El negocio de mi padre, el miedo al asalto sufrido, el estrés diario por no conseguir trabajo…”.

Un trabajo que, reconoce Barcia, llegó justo en el momento de partir: “Pero era con desplazamiento, a un sitio no muy recomendable”. Otra vez el miedo, la falta de seguridad como contraposición a esa tranquilidad tan gallega, descubierta en aquel segundo encuentro juvenil, con veinte años.

“Entonces me di cuenta de lo que era el sosiego: todo era mucho más seguro, no había comparación posible. Ahora, por ejemplo, estoy haciendo un máster, y paro el coche en el aparcamiento, con la ventanilla bajada, sin problema. Allí no me lo plantearía”, describe Ana Lucía, que ha vuelto a Galicia con sus padres y con su hermana, un grupo al que se ha sumado recientemente su sobrina.

En Galicia, con su sobrina.
De vuelta en Galicia.
Con sus padres en nuestra tierra.

Aquí ha puesto en marcha su propio negocio, una tienda de productos naturales y ecológicos, como un herbolario, que tiene previsto abrir físicamente en Santa Comba antes de que acabe el año. Por ahora, cuenta ya con su propia página web: nosomundoverde.com, donde se pueden adquirir estos productos, tanto en la parte alimenticia como de utensilios del hogar.

Un negocio para el que ha contado con el apoyo del programa de retorno emprendedor que cada año promueve el Gobierno gallego, para facilitar la vuelta a casa de todos aquellos que un día tuvieron que partir. “Conocí el programa por GaliciaAberta. Primero intenté lograr un trabajo, pero estaba difícil. Soy psicóloga de profesión, y la homologación del título era complicada”, expone Ana Lucía.

Lo hace, ya, desde Galicia, desde esa Santa Comba que un día sus padres tuvieron que dejar y a la que han vuelto, casi sin querer, medio siglo después. Cosas de la morriña, de la diáspora, o del alma gallega que nunca ha dejado de existir.

Compartir

“Galicia es mi lugar en el mundo; lo encontré”

  • La de Karina Lomba es una historia más de la diáspora gallega, marcada por lo que queda atrás y lo que hay delante: el nexo de unión entre Argentina y Galicia, entre el pasado y el futuro, entre lo que pudo ser y lo que es gracias al programa de retorno emprendedor que promueve el gobierno gallego
07
Jul
2021
Lara, hija de Karina, probando la nueva máquina.

Cualquier historia de diáspora es como una gigantesca ola con resaca. Un relato que rompe a un lado del Atlántico, para volver siempre, con mayor o menor fuerza, a través de las corrientes del océano, en un ir y venir anónimo y personal, de historias compartidas de nombre y apellidos, que se entrelazan a ambos lados del azul inmenso del océano.

Bien lo sabe Karina Alejandra Lomba Díaz, que inició la novela de su vida en Argentina, nieta de gallegos, como muchos, como tantos, de aquellos que un día tuvieron que partir, dejando atrás, en el recuerdo, una delicada imagen de tristeza en blanco y negro. “Mis abuelos por parte de papá eran de Galicia, de Lugo y de Pontevedra. Mi papá ya nació en Argentina, con tres hermanos más”, expone Karina con la sencillez de la diáspora.

Ese mismo éxodo que, después de miles de vueltas y requiebros, la ha traído de vuelta hasta Galicia, inexplorada y conocida al mismo tiempo. Una Galicia de la que afirma, convencida: “Es mi lugar en el mundo; lo encontré”. Una frase redonda, contundente, que cobra más sentido, si cabe, en los labios de una nieta de emigrantes que nació, creció y se hizo mujer en Argentina, donde trabajó 20 años de enfermera antes de montar su propio estudio de pilates, y que, finalmente, decidió “vender todo y buscar nuevos horizontes” porque allá, por desgracia, ya no hay “nada”.

Horizontes familiares, eso sí. Los de la tierra de sus raíces, nuestra tierra. Los de una Galicia a donde ha llegado tras su hija, Lara, que decidió venir a trabajar a España con su novio, Juan Pablo. “Nos vinimos a Madrid; él tenía trabajo aquí. Cuando mi madre se vino con mi hermano, optamos por Galicia, que era donde estaban mis abuelos”, resume.   

“Allá no se puede”, retoma Karina el hilo del relato, una madeja de nostalgia y de morriña, que se abre paso hacia hoy desde un pasado reciente e imposible, en el que “hay que pagar desde seguridad social hasta educación”, y en el que “no se puede caminar por la calle con el celular en la mano o con la mochila colgada atrás”.

Foto de familia ya en Galicia.
Abuela de Karina.

“En Argentina no puedes ir a la casa de un amigo a 400 metros porque es peligroso”, resume, contraponiendo esa incerteza a las certezas, a la Galicia “impagable” que ofrece “la posibilidad de progresar y de emprender”; a la Galicia de los recuerdos, de la uva tinta de los cuentos de la abuela, del “aire lindo” y la “gente muy amable”.  

Esa Galicia a la que Karina ha vuelto tras “vender todo” en “busca de nuevos horizontes”; un viaje que pudo emprender gracias, en parte, al programa de apoyo al retorno emprendedor que cada año impulsa el Gobierno gallego, y que le ha ayudado a poner en marcha una máquina totalmente innovadora.  

“Siempre tuve la idea de diseñar una máquina que había visto hace tiempo en Brasil. Mi hija y mi yerno me ayudaron con el plan de negocios”, prosigue Karina relatando, emocionada, el invento al que han logrado darle forma: una máquina que permite sostener en el aire una colchoneta sobre la que uno puede realizar cualquier actividad física. Pilates, yoga, entrenamiento funcional, taichí. “Es bastante versátil y la mandamos a fabricar aquí en Galicia”.

Un punto de apoyo sobre el que mover el mundo, su mundo. “La máquina no está en Europa en ningún lado”, retoma Lara con la explicación de este proyecto. “Mi madre la vio porque hace doce años que está en el mundo del pilates, y por redes sociales conoce de otros lugares”, continúa, relatando los cambios introducidos, “necesarios para un mejor funcionamiento”.

Un esfuerzo que ha dado sus frutos: la máquina ya está a la venta a través de la web kalewa.es. ‘En el aire’, en hawaiano, y nunca mejor dicho. El primer paso de un negocio que busca ahora un lugar físico para crecer, y en el que siguen abundando voluntad y decisión. Como la de Lara, modelo en las fotos, en busca de un equilibrio imperfecto que conduce a la perfección, a esa figura que se sustenta sobre una plataforma sostenida, ese punto en el que todo cobra sentido. A Galicia.

Compartir

LA DIFERENCIA DE LA EMIGRACIÓN GALLEGA: “SIEMPRE TIENES COMO LA MORRIÑA, LA SENSACIÓN DE QUE HAY QUE VOLVER”

  • Rafael Pardo nació en México hace 37 años, pero bien lo pudo hacer en Galicia, a donde ha vuelto para montar su propia empresa gracias al programa de apoyo al retorno emprendedor que cada año promueve el Gobierno gallego
10
Jun
2021
En Londres, tras fundar su empresa en 2015.

Hay historias que vienen y van, y otras que duran toda una vida; que se balancean sobre el azul oscuro del océano en un peregrinaje inconcluso que, cosas del destino, siempre acaba encontrando una salida, un puerto, un templo al que arribar.

Podría ser el caso de Rafael Pardo, gallego de 37 años; o mexicano de esa edad; o londinense a tiempo parcial. Ciudadano del mundo con nuestra tierra de fondo, en un paisaje difuminado pero presente, que acompasa la trayectoria personal y profesional de este publicista que hoy vuelve a empezar su vida en esa Galicia tan nostálgica, tan definida, a trazos, por la emigración, de él y de muchos, con sabor a morriña en cada paso.

“La emigración gallega es muy diferente; siempre tienes como la morriña, la sensación de que hay que volver, hay que volver... Y muchas veces, cuando vuelves, ya no eres ni de aquí ni de allá”, resume Rafael ese sentimiento de diáspora, de caminar en busca de un relato, de una tierra, la propia o la ajena.

De familia gallega -su abuelo era de Doade (Ourense)-, Rafael, como tantos, nació ya en México, donde se crio y se formó hasta que, con 20 años, volvió a Galicia. “Monté una empresa de márquetin y me fue muy bien. Estuve casi siete años y medio, pero al final me marché a Londres”, recuerda, con la rapidez de quien se sabe de memoria lo vivido.

Este primer reencuentro con la tierra llega en compañía de sus padres y su abuelo, que entonces tenía ya 94 años. “En México no se vive como aquí. Fueron mis padres los que decidieron volver, porque había mejores oportunidades”, prosigue Rafael. Eso, y algo más, algo que probablemente sólo Galicia y los gallegos entienden y que llega a provocar milagros: “Mi abuelo se rejuveneció. Llegó en silla de ruedas y salió andando”.

En Canary Wharf, Londres, en 2018.
Con el secretario xeral da Emigración, Antonio Rodríguez Miranda.

Rafael, sin embargo, dejaba atrás una vida, el recuerdo de un trayecto de la infancia a la madurez: amigos, clases, fiestas, universidad, planes… Morriña, aunque invertida. “Ya no miré para atrás; dejé toda la vida atrás, porque estaba como en un dilema: me gustaba Galicia, pero en México se quedaba todo lo que conocía”.

El peso de la morriña

 Una situación distinta a la de Londres. Allí “la morriña era súper fuerte”. “Me fui con la idea de marcharme un mes, aunque finalmente me quedé. Iba con la maleta y con lo que llevaba en la cartera”, prosigue Rafael un relato que se acelera entre trabajar de camarero, limpiando váteres, de relaciones públicas o de ayudante en una discoteca. “Tuve más de doce empleos en tres meses”.

Luego volvió a lo suyo, a una agencia de márquetin y publicidad, antes de fundar su propia empresa y de volver, cómo no, a Galicia. Eso sucedió ya en 2019, después de 8 años en la City.

Un segundo encuentro con la tierra que se produce, en esta ocasión, con el apoyo del programa de retorno emprendedor que cada año promueve el Gobierno gallego para facilitar la vuelta a casa de aquellos que un día tuvieron que partir, y que ahora buscan impulsar en nuestra tierra sus proyectos profesionales y personales. 

Este retorno está marcado por el Brexit. “Ya sabía que tenía que regresar”, asume con franqueza. Una venida que coincide con el inicio de la pandemia: “Me vino fenomenal para ver qué hacer. Fue justo entonces cuando encontré las ayudas al retorno emprendedor y monté la empresa, la agencia digital de márquetin, Somar Media”.

Ahora Rafael prosigue su sueño en Pontevedra, aunque con un vínculo directo con Londres, donde tiene el 60% de sus clientes. Un escenario fácil, asumible, apenas un vuelo de dos horas después de media vida entre dos tierras. Tiempo suficiente para saber lo que uno quiere y, sobre todo, para aprender a disfrutar de la morriña.  

Compartir

De Londres a Boqueixón o la vuelta a la infancia de un carpintero

  • Manuel Sangiao nació en Compostela pero la vida, siempre caprichosa, acabó por llevárselo hasta Londres. Allí conoció a su mujer, Liping Zhao, antes de que esa misma vida se lo trajese de vuelta a Galicia con la ayuda del programa de retorno emprendedor que cada año promueve el gobierno autonómico
12
May
2021

‘El lápiz del carpintero’ es una de esas novelas de Manuel Rivas que nos conducen a través de una prosa sencilla y bien escrita a la España en blanco y negro de post guerra; el relato vital de un represaliado que, desde la cárcel, rehace su vida siendo punto de apoyo y transición para presos y familia.

Pero el ‘Lápiz de carpintero’ es también un proyecto vital, en este caso de otro Manuel, Sangiao, que reescribe su relato, pero no con el presidio como fondo, por fortuna, sino desde Boqueixón (A Coruña), a donde ha vuelto vía Londres en una conexión directa con su infancia. 

Porque Manuel, como tantos, como todos, creció absorbiendo lo que era, o una parte, o lo que podía llegar a ser; empapándose de recuerdos infantiles de su padre, carpintero, que tallaba aquí y allá entre restos de virutas de madera. “Él fue carpintero toda su vida. Tuvo un pequeño negocio, y durante mi pubertad estuve trabajando con él y aprendiendo”.

El relato transcurre en el presente, tres décadas después de aquella infancia adolescente, a la que Manuel ha vuelto casi sin querer. Porque lo suyo también era el deporte. “Crecí haciendo deporte en mi juventud, y lo compaginaba con los estudios mientras que echaba una mano en casa”, continúa.

Así, casi sin querer, realizó primero un módulo superior de actividades físicas, paso previo hacia el INEF, la Facultad de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte. Sin embargo, la crisis de 2008 torció los guiones de la historia, y como tantos jóvenes gallegos de ese tiempo, hubo de emigrar. Él lo resume fácil, con la sencillez de quien se ha forjado en el empeño: “La gente de mi generación hemos emigrado mucho”.  

Manuel se fue a Londres, en donde desempeñó diferentes puestos de trabajo, siempre relacionados con el deporte: spas, gimnasios y hoteles. Y en donde conoció a la que hoy es su mujer, Liping Zhao.

Del sur de China, aunque afincada gran parte de su vida en Pekín. Una China de la que Manuel esconde también algún recuerdo en mitad de su relato. Quince días en “otro mundo”. “En occidente no sabemos realmente lo que es China. Independientemente de su sistema político, la riqueza que hay allí es algo que no nos podemos ni imaginar hasta que lo vemos. Que si pobre, masificada, que si pasa hambre… y nada más lejos de la realidad. Shanghái, Pekín… son ciudades que están a años luz de las nuestras, en tecnologías, en infraestructuras…”. 

De Londres a Galicia

Pero esa es otra historia y otro tiempo. La nuestra, la de Manuel, transcurre, ya con Liping, de Londres a Galicia, a la tierra y a las labores de su infancia. “Tenía mi vida asentada en Londres, pero mi padrastro enfermó de Alzheimer y lo mandaron a una residencia. Mi madre se quedó sola en una casa grande. Cogió una depresión muy fuerte, unida a problemas de salud. Y entonces llegó la pandemia”, continúa del tirón Manuel, con la certeza que sólo es capaz de otorgar el presente.  

Porque Manuel, como buen hijo, decidió rehacer su vida y “volver para cuidarla”. “Necesita atención bastante permanente, así que me puse a buscar un trabajo que me permitiese trabajar desde casa”. Y así, lejos del deporte y del INEF, llegamos, de nuevo, al ‘Lapiz de carpintero’. Su propio taller particular.

“Básicamente estuve toda mi vida enseñando. En otros tiempos, deporte; y ahora, carpintería”, resume de modo tan sencillo como gráfico Manuel. El galpón de su madre es el lugar donde rescata recuerdos de su infancia, de aquellas enseñanzas de su padre que, hoy, muchos años después, le permiten ofrecer tutoriales de madera.

“En Londres era algo que no podía hacer. Uno, cuando es pequeño, absorbe muchísimo, aprende las cosas mucho más rápido. Era un conocimiento que estaba ahí”, prosigue Manuel, que ha añadido a aquel aprendizaje adolescente otras cosas nuevas, “viendo cómo trabaja la gente en otros países”. “Con mi padre, ves lo que se hace en Galicia hace 20 o 30 años. Internet y YouTube me abrieron las puertas al mundo. Ves técnicas que hacen japoneses, de americanos… y vas aprendiendo y mejorando”, añade.

Hoy, ‘Lápiz de carpintero’ suma casi 1.000 suscriptores, aunque a Manuel, como a cualquier emprendedor, le gustaría que fuesen más. Un negocio que arrancaba en octubre y que ha contado con el apoyo del programa de retorno emprendedor, que cada año pone en marcha la Xunta de Galicia para ayudar a todos aquellos gallegos del exterior que, por los motivos que sea, vuelven a casa a impulsar su propio negocio. Como Manuel, que ha cambiado Londres por Boqueixón, el deporte por la madera, pero que, en esencia, sigue haciendo lo que siempre hizo: enseñar a los demás.

Compartir

“EL DESEO DE VOLVER A GALICIA”

  • La de Soraya María Redondo Taboada es una de esas historias tan de jóvenes gallegos de nuestro tiempo, sobradamente preparados pero que afrontan guiones repletos de líneas torcidas. El suyo, gracias a las becas BEME, se ha enderezado de vuelta a su Galicia natal
30
Apr
2021

Dicen que la vida está llena de pequeñas decisiones que solo cobran sentido cuando se echa la vista atrás. Lo relató mejor que nadie Steve Jobs en su célebre discurso en la Universidad de Stamford: “No podéis conectar los puntos mirando hacia el futuro; solo podéis conectarlos mirando hacia el pasado. Por lo tanto, tenéis que confiar en que los puntos, de alguna manera, se conectarán en vuestro futuro. Tenéis que confiar en algo, lo que sea”.

Lo sabe bien Soraya María Redondo Taboada, gallega de 32 años, media existencia buscándose la vida y otra media añorando su Galicia, con la morriña a cuestas, refugiada en un pedacito de maleta, confiando, esperando, deseando, poder unir los puntos hacia atrás y encontrar que el destino o lo que sea la traen de vuelta a casa.

Un ‘lo que sea’ que, en este caso, tiene nombres y apellidos: las becas BEME, acrónimo en gallego de las Bolsas Excelencia Mocidade Exterior, que cada año promueve el gobierno de Galicia, y que esta vez ha permitido la vuelta a casa de doscientos jóvenes de la diáspora, gallegos, o nietos o hijos de aquellos que algún día tuvieron que emigrar.

Soraya lo hizo por necesidad, ese lugar común que ha afectado a tantos jóvenes de su generación, de aquí y de allá, arrasados por una crisis económica que otros urdieron mientras ellos trataban de escribir algún relato, su relato.

“Estudié Bellas Artes en Pontevedra. Luego me fui de Erasmus a Oporto y volví a Pontevedra a hacer un máster de Educación”, expone tirando de esos mismos recuerdos que mezclan, a ratos, la impotencia: “Intenté trabajar aquí, pero me cogió una época difícil. Terminé en 2012 y no encontraba trabajo. Me fui a Inglaterra tirándome de los pelos por haber estudiado Bellas Artes”. Primer punto.

Allí la historia mejora, aunque siempre cargada de morriña. Soraya se muda a un pueblecito británico en el condado de Gloucestershire, Stroud; cerca de la portuaria y conocida ciudad de Bristol. Un lugar cargado de encanto, pero también de nubes y de lluvia

“El clima era terrible”, subraya esta gallega de Santiago, un lugar donde la lluvia es arte. Pero a todo hay quien gana: “Pensaba que estaba acostumbrada. La lluvia podía no importarme, pero en invierno apenas había horas de luz. Me iba a trabajar a las ocho de la mañana y era de noche, y me volvía a casa a las cinco de la tarde y era también de noche”.

Allí, en Stroud, comienza como ‘Au Pair’ cuidando niños. Pero pronto da el salto a uno de esos puestos que levantan la autoestima y cambian el trazo del relato. “Era un estudio de arte en el que trabajaba para algunos de los mejores artistas del mundo, como el escultor Damien Hirst, por ejemplo. Lo disfruté muchísimo y me sentí muy orgullosa”, sonríe Soraya. Segundo punto.

Pese a todo, y tras dos años, surge otra oportunidad profesional: la docencia. Comienza así a dar clases de arteterapia y cerámica en un colegio cercano a Stroud. Otros dos años. Tercer punto.

La vuelta a casa

Soraya disfruta de buenas condiciones laborales, de estabilidad y el gusto por lo que hace… Pero la morriña sigue acechando, escondida en un rinconcito de Stroud desde el que no puede evitar que comience a “nacer el deseo de volver a Galicia”.

Echaba muchísimo de menos todo. Las costumbres, la gente, la familia… El humor, la comida, los horarios, el ambiente. Todo”, dispara a quemarropa la hija de Manuel Redondo y María Elena Taboada. Ahora la historia se acelera, cerca ya del último destino, del último punto que trabar. El cuarto.

“Comencé a buscar trabajo en Galicia y no tuve suerte. Vino el coronavirus y aparecieron las becas BEME. Me apunté y fue mi salvación; la gran oportunidad de volver a casa, de seguir formándome, de ampliar mi currículum”, detalla desde Pontevedra, donde cursa un máster en Dirección de Arte en la Facultad de Ciencias Sociales y de la Comunicación.

Soraya concluye su relato uniendo todos esos puntos hacia atrás, de uno en uno, de Bellas Artes a Straud y otra vez a Pontevedra, con eternas idas y venidas de trenes, aviones y autobuses, que terminan por ofrecer un dibujo claro y nítido: Galicia. Un lugar del que nunca se quiso ir y al que siempre deseó volver. 

Compartir

“Siento que me criaron con los valores de Galicia”

  • Noelia Fraguela nació en Argentina, aunque descubrió más tarde que bien pudo hacerlo aquí, en Galicia. A sus 36 años ha vuelto para volver a empezar, o para seguir donde lo había dejado; quién sabe. Y lo ha hecho gracias a una beca BEME
13
Apr
2021
Noelia, pescando, en Mar del Plata.

La de Noelia Fraguela es una de esas historias que entrelaza, de modo maravilloso, países, dictaduras, recuerdos, continentes, océanos, detalles, imprevistos y esperanza. Sobre todo, mucha esperanza; en esa Galicia de la que se quedó prendada cuando cumplió los 25.

De aquello ha pasado más de una década de tiempo condensado en mil historias, en anécdotas de vida y de recuerdos que la han traído hasta Vigo después de volver -pensaba que para siempre y no fue así- a su Argentina natal. Esa que tomas o que dejas, y que ella, con todo el dolor que da mirar la patria desde lejos, prefirió dejar atrás

“Lo que me terminó de decidir fue que Argentina, en cierta manera, me echó”, relata, desde el hoy, Noelia, refiriéndose a la elección que adoptó hace menos de un año, cuando las becas BEME -acrónimo en gallego de Bolsas Excelencia Mocidade Exterior- que cada ejercicio ofrece el Gobierno de Galicia, le abrieran las puertas para volver a la tierra de sus orígenes. Aquella que siempre supo que había estado ahí.

“Me vine cinco meses”, recuerda sobre su primera estancia en 2009, “y me enamoré de Galicia”. ‘Yo tengo que vivir acá’, añade, sincera, en un relato sin tapujos, sin nada que sea necesario esconder o despreciar: “Me enamore de la cultura, de la forma de vida… Me quedé maravillada”, reconoce esta estudiante de periodismo que resume de un modo muy sencillo el encaje de todas las piezas: “Siento que me criaron según los valores de aquí”.

Algo lógico en una nieta y bisnieta de gallegos que suma, en su pechera, todo tipo de ‘medallas de la emigración’, por llamar de alguna manera a aquellos recuerdos en blanco y negro que configuran una parte, -la más íntima muchas veces pese a ser la más conocida-, de la historia existencial de nuestra tierra.

La historia familiar

Esa novela familiar transita por la Galicia del siglo XX, donde los bisabuelos de Noelia vivieron acorde con sus tiempos: “Él quería tener un varón, y mi bisabuela terminó muriendo después de varios partos”. Más tarde, su bisabuelo perdería la vida, como tantos antes y después, siempre, fusilado en el Franquismo. Aquí quedaron tres hermanas, una de ellas, la abuela de Noelia, huérfana a los cuatro años, criada en un convento de monjas.

Haciendo deporte, en Mar del Plata.
Con Martín, su pareja.
Con Milo, su caniche.

Por el otro lado de la familia, la historia, ubicada en Fene, resulta distinta y similar al mismo tiempo. “Ese bisabuelo era como un vagabundo”, resume Noelia un relato que transita por Cuba y Estados Unidos antes de terminar en Argentina. “Los hermanos de mi abuelo se fueron para allí, pero él se quedó aquí; ya había conocido a mi abuela”.

Pero la familia siempre tira, y si no tira, presiona, al menos para poder juntar a todos. “Se terminó yendo para allá”, prosigue Noelia. Pero lo hizo ya casado y con un hijo -su padre Juan Maximino- que apenas tenía un año.

Tocó entonces la época del apogeo peronista, y el descubrimiento de una nueva realidad. De los campos y la casa de Galicia a la vida en un conventillo en Buenos Aires, aquellas construcciones de grandes edificios donde se apiñaban los emigrantes en condiciones muy precarias. 

“Mi abuelo era trazador del astillero de Ferrol. Se enteró al llegar de que iban a abrir un astillero, que es el más importante de Argentina, y se mudó a Ensenada, para buscar trabajo ahí, y lo consiguió. Con el tiempo, se compró un terreno y se hizo su propia casa, adquiriendo los materiales levantándola él mismo”, prosigue Noelia.

Un esfuerzo continuado y decidido gracias al cual su padre pudo estudiar medicina y, porque la vida siempre es así y todo cobra sentido cuando se unen los puntos hacia atrás, “conocer a mi mamá”.

Juan e Irma se casaron y tuvieron dos hijos -Noelia y Juan-, y podría decirse, como casi siempre, que fueron felices, más allá del desgarro familiar. Esa cicatriz de la diáspora que cura con el tiempo pero que siempre deja marca: una parte de la familia a cada lado del Atlántico. “La de mi abuela se quedó en España”.

Juan volvió dos veces; y las dos solo. Con el tiempo, sería Noelia la que llegaría a la tierra de sus raíces. A esa Galicia “accesible” en la que “a las doce de la noche había gente en la plaza”: “Todos caminando, festejando, con seguridad…”.

Con Martín.
Con Martín, en Argentina.
Foto de familia.

Un viaje en el que se acumulan recuerdos y certezas, como el del amor por la cultura propia. “La música, la comida… la gente se mostraba orgullosa de lo suyo. En Argentina no sucede; hasta da un poco de vergüenza”, reconoce Noelia, que permanece unida a aquel momento de “diversión”, de “sentir que estaba en casa”, de “no querer volver”.

La vuelta a Galicia con las BEME

La vida, sin embargo, tiene distintos senderos que acaban conduciendo al mismo sitio. En este caso, a Galicia. Noelia se volvió a Argentina para terminar la tesis de grado, y luego comenzó a trabajar. Los días siguieron a las semanas, a los meses y a los años, y siempre, de fondo, la tierra de sus orígenes; nuestra tierra.

“Todos los años me anotaba en alguna beca: erasmus, Carolina…”, prosigue Noelia su relato, en el que temor y la esperanza, esa combinación tan típica de cualquier proceso migratorio, se entrelazan. “También tenía miedo; llegó la crisis del 2008 y no tenía trabajo. Sin embargo, nunca me salió nada. Llevaba diez años anotándome, y llega un momento en el que desistes. Tenía ya 34 años y me venía ‘grande’ para empezar de nuevo en otro lugar”.

Sin embargo, el destino es como un niño caprichoso; como una de esas sombrillas al aire en el verano, que corren arrastradas por una ráfaga de viento. Así, de repente, en mitad de una pandemia y sin quererlo, aparecieron las BEME, que la han traído de vuelta hasta Galicia para hacer un máster de Social Media en la Universidad de Vigo.

 “Me llegó un mail de la Xunta y me anoté por inercia; no tenía ni esperanza”. Tal es así, que se olvidó del tema hasta que recibió otro correo informándole de que había sido preseleccionada. “Aun lo veía lejano: tenía que matricularme, estábamos con las restricciones de la pandemia… Pero fui haciendo todo y acabé seleccionada”.

Y ahí, en ese preciso instante, hubo de volver atrás -a aquel momento en el que quiso quedarse en Galicia y partió hacia Argentina-, y enfrentar otra vez la decisión: “Después de mucho pensar y muchas dudas me di cuenta: Argentina, en el fondo, me echó”, vuelve a sincerarse Noelia, apenada por ese sentimiento de saber que tu propia patria no alberga todo lo que te gustaría que así fuese.

“Cuando vuelve, eres extranjero en tu propio país”. Un resumen perfecto de la emigración, de lo que, al final, te espera después de dejar atrás a tu familia, de empezar de cero, de parir sola para estar luego acompañada, por Martín, su pareja, también de ascendencia gallega. “Baila y toca la gaita, y era socio del Club Arzuano Mellidense. Es mucho más gallego que yo”, bromea Noelia, ya desde Galicia. Desde esa tierra de la que se enamoró hacia una década, y que ha vuelto a plantarse en su camino.   

Compartir

Cuento de ‘millo’ y ‘choclo’

  • La de Sofía Aubone es una más de las miles de historias que unen Argentina con Galicia, dos mundos distintos que acaban siempre conectando dos realidades tan distantes como idénticas. La suya ha convergido gracias a una beca BEME
26
Mar
2021
Sofía, en Bonaval (Santiago).

La imagen tiene lugar en un hórreo, un conjunto de piedra y madera que protege el grano y preserva la memoria, anidando para siempre en los recuerdos de Sofía. Entonces, apenas una niña, juguetea con el choclo y con sus primos. ¿El choclo? La palabra navega a través de las olas del Atlántico, en un ir y venir que comunica Argentina con Galicia, y provoca las risas de su prima: “Non é choclo, é millo”.

 Aquel fue el primer nexo de unión de dos realidades asentadas, tan distantes como idénticas. Otra historia compartida, otra de tantas, de la diáspora gallega, que anuda sus lazos en blanco y negro, casi gris, cargados de melancolía y de nostalgia, arrojando, en el futuro, un relato cargado de morriña. De vueltas y revueltas. De dos tierras casi hermanas por la comunión perenne de aquellos que un día tuvieron que partir.

Como Leonardo Paz y Dolores Pérez Moreira. Él de Vimianzo, ella de Laxe. Él partió con sus hermanos, cuando tenía 20 años. Ella dejó atrás Galicia ya de niña, con apenas 8 años. Entonces, jóvenes con el relato por delante. Hoy, con la historia plena de su vida fuera del tintero, apuran los retazos y sueñan con volver, por qué no, a esa Galicia tan añorada y tan distinta.

Una Galicia de la que, pese a la distancia y pese a todo, se empapó una de sus nietas Sofía, de vuelta en la tierra del millo gracias a una beca BEME (acrónimo, en gallego, de Bolsas Excelencia Mocidade Exterior). Esta iniciativa, puesta en marcha por el Gobierno de la región permite cada año a cientos de jóvenes de la diáspora volver a la tierra de sus orígenes para cursar aquí sus estudios de post grado.

Con sus abuelos al terminar el colegio.
En el 90 cumpleaños de su abuelo Leonardo.
De bebé, en Traba, en casa de la prima de su abuela con parte de su familia.

Sofía llegó a ellas por internet, ese océano tan fácil y rápido de navegar que es capaza de unir dos puntos en el tiempo de un bostezo. En este caso, otra vez, como siempre, Galicia y Argentina, Santiago con Buenos Aires, con el Corcubión, un pedacito de Galicia en la diáspora, una asociación de nuestra tierra, una de tantas, en donde se instalaron Leonardo y Dolores hace ya demasiado tiempo, después de conocerse en el Club Juventud de Saavedra.  

Paradojas de la emigración y del relato de aquellos dos jóvenes que nacieron casi al lado para ir a conocerse en Argentina, paso previo a la llegada de las hijas -Julia y Graciela, madre de Sofía- y del propio negocio familiar: la fábrica de pastas Paz.

Crecer rodeada de Galicia

Una historia con el azul y blanco de Galicia siempre al fondo, hasta el final. “Toda la vida siguieron yendo al club. En 2019 le entregaron a mi abuelo un premio por ser uno de los socios más antiguos. Él tiene 92 años, y mi abuela 86. Y quieren viajar ahora a Galicia”, relata Sofía, sin sorpresa, consciente, tal vez de que la tierra tira más que la pandemia.

En la casa de su abuela, en Laxe.
Con su tía Lourdes en Vimianzo.
En la lareira de la casa de su abuelo.

Ella creció así, rodeada de Galicia, con el millo guardado en el recuerdo, y el sabor del pulpo de su abuela muy presente. “Hace el mejor pulpo a la gallega que he probado en mi vida”, prosigue Sofía su relato, que pasa por partidas de cartas, música, bailes, fiestas gallegas o Queimada. Todo en el Corcubión. Todo en familia.

“También recuerdo a mis abuelos viendo la TVG. Mis primos salían en la tele porque tocan la pandereta; incluso una prima es profesora”. Más Galicia en la vida de Sofía. Tanta, que el futuro pasa también por nuestra tierra. “La idea es quedarme. Venir con la beca es una oportunidad enorme, pero aquí hay todavía más oportunidades”.

Atrás quedan numerosos recuerdos -el dulce de leche, la familia, “los afectos”- y un puñado de parientes a ambos lados del Atlántico. Un relato construido a caballo entre el choclo y el millo: ese lugar común que une Buenos Aires con Santiago, incluso en un hórreo, incluso sin saberse. 

Sofía, recién llegada a Galicia para cursar la BEME.
En Santiago de Compostela.
Compartir

“Galicia se entromete; al final siempre aparece en mi vida”

  • Belén Rosbier fue una de las primeras beneficiarias de las Bolsas Excelencia Mocidade Exterior – BEME, y ahora dirige la asociación de Jóvenes Emigrantes en Galicia, esa tierra, su tierra, la tierra de su abuela, con la que la vida la fue “reconectando” aun sin saberlo
17
Mar
2021
En la Ribeira Sacra.

Un pequeño recuerdo ilumina la mente de Belén. Es como un grabado en miniatura oculto en un rinconcito de su historia, allá atrás, lejos pero cerca al mismo tiempo. Ella suma apenas doce años. En la estancia, su abuela, unos familiares de visita y un regalo: un libro de fotos y un disco de música. Vestigios de otra tierra que la mujer rechaza haciendo del obsequio otro regalo, a su nieta, a Belén, y que esconde un gesto y un mensaje: el dolor que aún sentía por Galicia.

“Es algo que les pasó a muchos gallegos emigrados”, identifica, ya en presente, Belén Rosbier, gallega de Buenos Aires o argentina de Santiago.

“De niña, la primera vez que vi Santiago me quedé extrañamente fascinada, y pensé: iré para un Xacobeo, iré a ver el Pórtico de la Gloria. En aquella época era la crisis argentina, y casi nos venimos a vivir aquí. Mi abuela, Lourdes, me dijo: vos no sabéis lo difícil que es emigrar a otro país”, prosigue Belén con su relato, resumiendo, en un golpe de pedal de menos de cuatro líneas, la terrible humanidad de la diáspora.

Ese ir y venir que cruza décadas en un viaje que recoge, al fondo, en diminuto, el azul oscuro del Atlántico, cargado de melancolía en cada ola, en cada bocanada de espuma, en cada metro cúbico de sal y agua. Un conjunto de sensaciones que pueden resumirse en la ‘morriña’, algo más fácil de narrar que de vivir. Porque la vida produce esas rupturas indeseadas con la tierra, en las que el único remedio es el olvido.

O así lo interpretó Lourdes, que primeo dejó atrás Meixonfrío, una de esas parroquias de Santiago que hacen honor a su nombre, en la que los días amanecen siempre con escarcha; y más tarde A Coruña, desde donde partió hacia Argentina con sus padres. Allí, en Buenos Aires, se casó con Alfonso, y tuvieron dos hijos Ana y Daniel.

Con su amiga Carolina, de Uruguay.
En Santiago, en 2020.
Belén Rosbier, becaria BEME (derecha), con una amiga de Uruguay.

Esta, en resumen, es la línea familiar directa hacia Belén, que une Compostela con la Reina de la Plata en un viaje con más idas que vueltas al principio. “Ella retornó tres veces, pero ya de grande. Se fue en 1947 y volvió en los 90. Poco a poco pierde el vínculo con la comunidad gallega de Buenos Aires”, expone Belén, explicando esa necesidad de olvidar por no sufrir la lejanía de la tierra.

“Todo lo que me había rodeado”

Pero Galicia, aún sin quererlo, se lleva siempre en el corazón, en el alma, en un lugar muy nuestro y tan humano que se transmite sin buscarlo, como los genes. “Cuando murieron, volví a Galicia, y descubrí, estando aquí, que esta tierra era todo lo que me había rodeado”. Así de simple, así de intenso.   

Ese descubrimiento consolida en Belén una sensación de pertenencia, algo “mágico” que la va reconduciendo hacia Galicia. “En 2014 tenía un viaje por Europa y decido venir a conocer a la familia gallega”. Durante esos meses, ya con la idea de hacer un máster rondando su cabeza, una chica de Brasil le habla de los campos de trabajo que el gobierno gallego organiza cada año para los jóvenes de la diáspora.

“En la delegación de Buenos Aires me proponen venir de coordinadora”. Los puntos continúan uniéndose.  Ahí conoce a una chica uruguaya de la que se hace muy amiga. Más tarde, en marzo de 2017, la convocan para la entrega de las ‘Compostelas’ a los chicos que habían hecho el Camino de Santiago con otro de los programas de la Xunta. Un acto durante el que el secretario de Emigración, Antonio Rodríguez Miranda, habla de una iniciativa nueva: las becas BEME (acrónimo, en gallego, de las Bolsas Excelencia Mocidade Exterior), un programa que cada impulsa el gobierno de la región para que los jóvenes de la diáspora cursen en Galicia sus estudios de post grado.   

Con su hermano, de pequeños, y las camisetas de Santiago traídas por su abuela.
Su abuela, en uno de sus viajes a Galicia.

“Todo se va reconectando con Galicia”. Más puntos unidos. “A la semana tenía que ir a ver a esa amiga a Uruguay, y le llevé el folleto de las BEME en mano, en plan ‘nos vamos’. Y mi abuela, que estaba internada desde hacía 6 meses, fallece por esa misma época”. Ya no hay dudas. Los puntos han terminado de unirse. “Fue todo como una conexión mística, muy mágica”.

Al final, casi sin quererlo, “Galicia se entromete y aparece siempre de repente en mi vida”. Una obsesión a la que Belén se ha acostumbrado y que busca acercar a los demás.

Hoy, desde Santiago -esa ciudad que es como “un cuentito” y cuyo casco histórico es “el más bonito que he visto en mi vida”-, aquella estudiante de máster, aquella chica que fue una de las primeras beneficiarias de las BEME, dirige la asociación de Jóvenes Emigrantes en Galicia, creada por becarios de estas Bolsas Excelencia Mocidade Exterior con el objetivo de crear lazos que favorezcan la integración social en Galicia de los chicos retornados.

“No hay que romantizar la emigración”, reconoce Belén, conocedora de que de Argentina también se puede tener ‘morriña’. Echa de menos la familia, los amigos, “pequeñas tonterías” como la comida o las golosinas… Pero aquí, en esa Galicia que siempre sale a su encuentro incluso sin buscarla, proyecta su vida a largo plazo. Una tierra que ya era suya antes de saberlo, oculta en el dolor oculto de su abuela.  

La presidenta de la asociación (derecha) con otra socia.
Con una socia de emprendimiento.
Compartir

“Soy una gallega que nací en el cuerpo de una venezolana”

  • La historia de María José Viloria Villaverde se escribe a través del azul atlántico que separa y une al mismo tiempo Galicia con Venezuela. Hasta allí fueron sus abuelos sin conocerse, y hasta aquí ha vuelto ella para cerrar un círculo: su círculo vital
24
Feb
2021

La historia de María José Viloria Villaverde, como la de tantos, comienza hace mucho tiempo a este lado del azul eterno del Atlántico, para extenderse, después, a la otra parte, antes de volver a estos parajes, o a aquellos, qué más da. Porque el tiempo lo engarza todo hasta hacer del mundo, de la emigración, de la diáspora, las dos caras de un pedacito de historia. Nuestra historia.

La de Pastora López, que nació en una aldea de Santiago; y la de José Villaverde, que lo hizo en Ames. Ambos, en los tiempos en los que todo se pintaba en blanco y negro y el mundo cabía en una maleta empujada por el hambre. Sin saber todavía uno del otro, marcharon a Venezuela, con la única certeza de la incertidumbre del futuro.

Pero la vida, ya saben, es como una caja de bombones, nunca sabes lo que te va a tocar. Y nadie en su sano juicio va a contradecir el sentido común de Forrest Gump. Así, sin esperarlo, José y Pastora hicieron de la suya una historia a la atura del mejor cuento de Disney.

El inicio fue un encuentro inopinado a más de 8.000 kilómetros de casa. Luego se casaron y tuvieron tres hijos: María del Carmen, Pastora y José Agustín. Más tarde, el trabajo los reubicó en Maracaibo; el mismo motivo por el que fueron progresando hasta montar el restaurante español ‘Los Porrones’.

Y de fondo, Galicia, siempre Galicia. “Mi abuelo fue uno de los fundadores del Centro Gallego de Maracaibo”, recuerda, ya en presente, María José Viloria Villaverde, verdadera protagonista de esta historia, que ha vuelto a nuestra tierra para cerrar el círculo, al menos por ahora. Aunque con vocación de permanencia. 

La oportunidad de las BEME

“Estoy cumpliendo uno de los sueños de mi vida. No pienso en volver”, afirma con el convencimiento de sus 27 años María José, que está cursando un máster de Gerontología entre la Universidad de A Coruña y la de Santiago. Lo hace, como tantos, gracias a las becas BEME (acrónimo en gallego de Bolsas Excelencia Mocidade Exterior), una iniciativa puesta en marcha por el gobierno gallego que ha ofrecido ya la oportunidad de volver a casa a cerca de mil jóvenes de la diáspora, hijos y nietos de aquellos que un día tuvieron que marchar.

María José lo tiene claro. Lo primero, terminar el máster; después, homologar el título de médico que obtuvo en la Universidad del Zulia. Y de fondo, en el horizonte, Galicia, siempre Galicia, esa tierra que, casi sin saberlo, la transformó aun con la barrera infinita del Atlántico.

“A los dos años ya estaba aquí. Guardo fotos vistiendo de gallega desde que tengo meses de nacida. Me siento como en mi casa porque conozco Galicia de toda la vida”, resume María José, criada, como no, a caballo de su hogar y de otro hogar, valga la redundancia, el del Centro Gallego de Maracaibo.

Canciones, bailes, gastronomía… Imágenes y recuerdos que se anudan en la memoria. “Soy una gallega que nací en el cuerpo de una venezolana”. Un resumen perfecto para explicar tanta morriña, tanta Galicia en Venezuela o viceversa.

De aquellos dos años todavía cobija en la memoria sus recuerdos; el peso de Galicia en el corazón de cualquiera de sus hijos. El pueblo de su abuelo, las romerías de verano, la música de la banda que se eleva con ese paisaje de fondo tan gallego.

Los recuerdos del Apóstol

Después volvería con 7 años, y la pequeña niña venezolana, o gallega, qué más da, rememora aquel período como si hubiese sido ayer. Fueron 4 ó 5 meses de “comer mucho pulpo, mucho bacalao”, de más romerías, de compartir mesa con los hermanos de su abuelo. Y sobre todo del primer encuentro con Compostela.

Y qué encuentro en la noche del Apóstol: “Mi abuelo mi llevó a ver los fuegos. Me acuerdo de todo; me pones el vídeo de ese día y lo recuerdo de ‘pe a pa’. Antes me llevó a comprar unos vestidos porque íbamos a verlo en el Hostal de los Reyes Católicos”.

Desde entonces, y hasta ahora, hasta las BEME, los encuentros con Galicia se suceden: en los Campamentos de verano organizados por la Xunta; en el Día de la Galicia Exterior, en Compostela, al que acude dos veces con el grupo de danza de su centro; en las Escolas Abertas, como profesora de esa misma danza gallega con la que ha crecido hasta hacerse mujer.

Y así hasta hoy, hasta el presente, hasta esta Galicia acogedora y tranquila, en la que suceden cosas tan sencillas y maravillosas como “tener agua 24 horas al día”. Pero ahondar en esto supondría hablar demasiado de lo que queda atrás, una tierra querida pese a todo, y de la que también se puede tener morriña: “Echo de menos a mi familia”.

Tal vez algún día puedan volver, quién sabe. Por ahora María José ha cerrado su círculo, el de una historia familiar que comenzó casi pegada, a caballo entre Ames y Santiago, entre dos desconocidos que, por esas cosas del destino, de la diáspora o del siglo, fueron a encontrarse en Venezuela. Una muestra más de que desde allí hasta aquí hay solo un paso. María José lo sabe bien.

Compartir

GALICIA EN UN PEDACITO DE CARACAS

  • La de Patricia Blandin es una más de tantas y tantas historias que entrelazan la diáspora gallega; pero es suya: la de una chica que gracias a las becas BEME ha vuelto a la tierra que su abuela había dejado atrás siendo una niña, sin más futuro que una dirección en el bolsillo
12
Feb
2021
En las puertas de la Escuela de Ingeniería Industrial de Vigo, donde Patricia está cursando su máster.

La primera vez que Rosa Rodríguez cruzó el charco, tenía apenas 15 años. En aquella época, pensaban algunos, la guerra ponía a cada uno en su lugar. En concreto, a la pequeña chica de Pobra do Brollón la situó en Caracas, Venezuela, sin nada más que una dirección en el bolsillo y una esperanza de futuro alojada en un rinconcito de su alma.

Estamos hablando, ya lo saben, de la década de los 30 del siglo XX. Unos años en blanco y negro que dibujan miseria en el recuerdo. Y la miseria siempre es gris, que suele ser sinónimo de tristeza. Para escapar de ellas -de la congoja y de la penuria- había que buscarse la vida, por aquello de poner a cada uno en su lugar.

A Rosa, por fortuna, no le fue mal. Suele suceder con los gallegos. Llegó a la dirección que portaba en el bolsillo -su único vínculo con el porvenir-, y sin preguntar a nadie, pues de nadie debía esperar respuestas, comenzó a trabajar.

Después, más tarde, conoció a José Hilario Mora, al que la vida, no la guerra, había establecido ya en Caracas. Se casaron y tuvieron cuatro hijos: Magaly, Mary Betty, Elena y María Emilia. Rosa, ya mujer, volvería a su tierra, transitando esa ruta infinita del Atlántico, tan lejos y tan cerca cada rincón de los dos mundos.  

Un eterno viaje de ida y vuelta que se perpetúa ahora y siempre. Da fe de ello Patricia Blandin, su nieta, una de las hijas de María Emilia, que nació allí, aunque bien pudo hacerlo aquí, porque como buen ejemplo de ‘galleguidad’, se crio como una gallega en Venezuela, o como una venezolana en Galicia, que viene siendo lo mismo.

Su abuela, Rosa Rodríguez, y su abuelo, José Hilario Mora.
Su abuela, de cocinera en Venezuela.
Las cuatro hijas del matrimonio: Magaly, Mary Betty, Elena y María Emilia.

“Soy multicultural”, resume ella, atando los recuerdos de su abuela y de su madre, tan gallegas, a los suyos de la Hermandad del Colegio Castelao, donde el Himno de Galicia se escuchaba cada día, música de fondo de clases en gallego, impartidas por un profesor también gallego. Tanta Galicia cabe en un pedacito de Caracas.

El encuentro con las BEME

Luego, todo sería más Galicia. “En 2009 asistí a los Campamentos de verano que el gobierno gallego organiza para jóvenes”, prosigue entrelazando sus memorias. Después llegarían las becas BEME -acrónimo en gallego de Bolsas Excelencia Mocidade Exterior-, que cada año impulsa la Xunta de Galicia para que los jóvenes de la diáspora puedan cursar en nuestra tierra sus estudios de post grado.

El de Patricia resultó un encuentro inopinado con las becas. Con sus estudios universitarios terminados, una charla en un viaje a Venezuela del secretario de Emigración de la Xunta de Galicia, Antonio Rodríguez Miranda, avivó en ella el interés. “Mi vínculo con Galicia es grande. No dudé en inscribirme, y la convocatoria continuó pese al Covid. Quedé seleccionado y mi familia y yo hicimos un esfuerzo super grande para poder venirme”, reconoce abiertamente.

Así ha vuelto a reencontrarse con Galicia, con ese lugar de “estructuras de piedra y calles estrechas” que durante años pudo imaginar a través de las palabras. “El primer encuentro fue bastante lindo: entendí en parte todo lo que ya había vivido en gallego. Era muy joven”, rememora.

Patricia, a su llegada a Galicia, con los primos de su madre.
Disfrutando de la Navidad en Vigo.
Con parte de su familia, de visita en Galicia.

Las impresiones continúan ya en presente, lejos de su Venezuela natal, tan querida y tan extraña en estos tiempos. “Al volver, me llamó la atención que había tiendas abiertas 24 horas; que podías salir a las tres de la madrugada y correr la muralla de Lugo”.

Y con esa inmerecida intranquilidad que deja atrás, las convicciones de la infancia se refuerzan: “Siempre pensé que quería venir a vivir aquí”.

Un plan que pasa por terminar el Máster de Comercio Internacional que está cursando en la Universidad de Vigo y conseguir un trabajo en esa área. Luego, quién sabe, tal vez su familia pueda cruzar también el charco, como la abuela Rosa hace ya casi cien años. Allí, en Venezuela, permanecen sus padres y uno de sus hermanos casado, con tres hijos, y en una patria en la que, por desgracia, “ya no tienen un futuro”. Pero esa es otra historia, tal vez tan triste que podría empañar la de Patricia. Por eso hoy no toca.

Compartir