MUCHO DE BAHÍA EN NUESTRA TIERRA

  • Karol Farias (Salvador de Bahía, 1979) esconde varios relatos circulares: el personal, que transita en un ida y vuelta que une Galicia con Brasil; y el profesional, basado en una visión de la moda sustentada en la propia economía circular. Un proyecto que ha impulsado gracias al apoyo de la Xunta
29
Apr
2022
Karol Farias y su abuelo.

Todas las historias de diáspora tienen un punto de partida; un pedacito de tierra guardado en la memoria del olvido, ese lugar de sombras desde el que se rescata la nostalgia para comenzar a construir un buen relato. En este caso nos situamos en la parroquia de Verducido, concello de A Lama, uno de esos espacios tan gallegos que mezclan, de modo casi perfecto, un verde húmedo de morriña con un gris perenne de añoranza, y que, a su modo, se resume en las paredes de la iglesia parroquial, donde el moho decora desde siempre la piedra centenaria.

Allí nació hace mucho o poco tiempo -todo depende del contexto con el que se afronte el devenir de cada día- Armindo Rodeiro Piñeiro, uno de esos niños gallegos que la guerra, la vida y el hambre se llevó lejos de aquí. Tan lejos que puso de por medio todo el azul eterno del Atlántico hasta arribar a Salvador de Bahía, donde creció, se hizo hombre y soñó con el futuro.

Armindo fue el único de sus hermanos que se casó con una brasileña, Cremilda, para que luego digan que la tierra no tira hasta el final. Un matrimonio feliz del que nacieron cuatro hijos. Una de ellas, Cristina, que se casaría con Humberto antes de incorporar otras tres personas al árbol familiar, Rafaela, Humberto y Carolina Farias, por fin, protagonista principal de nuestra historia, que ocho décadas después continúa el relato familiar de emigración, pero a la inversa, deshaciendo hacia Galicia las infinitas millas del Atlántico.  

“Siempre estuvimos muy conectados con Galicia”, recuerda Karol Farias, aludiendo a la gran comunidad de gallegos con la que cuenta Salvador de Bahía. Una unión que se plasma a través de deseos, de anhelos infantiles de retorno que crecen, como ella, hasta madurar, sin dejar de estar ahí: “Desde niña quería venir a Galicia, pero no encontraba cómo”.

El abuelo de Karol con sus padres y hermanas.
La madre de Karol, la bisabuela y ella de bebé.

Una búsqueda que se intensifica y que la conduce, muchas veces, hasta el Consulado de España, en un afán permanente por devolver a nuestra tierra el relato familiar. Pero no iba a ser el Consulado, sino la Xunta de Galicia, quién le abriese de par en par las puertas del retorno.

“En 2019 vi un anuncio en Facebook de las becas BEME”, detalla, en referencia al acrónimo, en gallego, de las Bolsas Excelencia Mocidade Exterior, que cada año promueve el gobierno de Galicia para traer de vuelta a casa a todos aquellos jóvenes gallegos, hijos o nietos de gallegos, que un día tuvieron que partir.

Sin embargo ese Mocidade (juventud), apellido ineludible de las becas, la disuadió en un primer momento. “Yo tenía 39 años y pensaba que eso no era para mí”, recuerda, entre risas, pensando, equivocada, que no era joven siéndolo. La duda, ese sentimiento tan humano de despejar cualquier incógnita, por suerte, hizo el resto y Karol consultó los requisitos: “Vi que estaba contemplado, que aún era joven, y me apunté a la beca”.

Porque más allá del tópico, la juventud es, sobre todo, un sentimiento, un sentirse joven, un querer emprender e impulsar, desde aquí, desde la tierra de sus bisabuelos, de sus abuelos, de su familia, de ella misma, un proyecto familiar y personal.

Ese es el primer requisito para iniciar el camino de retorno, la ruta que trajo a Karol, gracias a las BEME, de vuelta a casa, a donde regresó para cursar un Máster en dirección de empresa en la Universidad de Santiago, campus de Lugo, donde finalmente se quedó. Gracias a él perfeccionó una idea de negocio que ha plasmado, finalmente, en Aoba Upcycling, marca de moda circular que puso en marcha en diciembre del año pasado.

Salvoconducto
Salvoconducto

Un proyecto con el Karol Farias sigue reforzando su vínculo con Galicia a través de la creación de diferentes prendas hechas con retales de otras que ya no se usan, a las que da una nueva vida. Esta unión con nuestra tierra la reconoce cuando habla de una colección que busca, precisamente, eso: “Contar la historia de mi emigración”.

“Me gusta todo de Galicia. Me gusta que tiene mucho contacto con la naturaleza, que está muy conservada en términos ambientales; me encanta la gente y la cultura”, señala, antes de avanzar que “la próxima colección estará inspirada en el Entroido”. “La foliada, las panderetas… veo mucho de Bahía aquí”

Programa Merlo y ayudas al retornado emprendedor

Para desarrollar este proyecto, Karol ha contado, también, con el asesoramiento que ofrece el programa Merlo, que impulsan Xunta y Fundación Ronsel, y con los apoyos que facilita el gobierno gallego para el retorno emprendedor. Una base sobre la que ha ido abriéndose un hueco y que ha conducido a su empresa a la Circular Fashion Week Madrid, en donde ahora se encuentra tras ser una de las 18 seleccionadas de un total de 80 solicitudes.

Antes de todo esto, Karol Farias nunca había estado en Galicia, aunque sabía y sentía casi todo de ella desde niña, desde que descubrió un relato familiar único, de diáspora, que entrelaza vidas que crecen, que van para volver, ofreciendo testimonios inimaginables que guardan un fondo de nostalgia y de morriña. El fondo de Galicia; de esa Galicia a la que ha vuelto con su hijo, Lucas, y en la que quiere seguir escribiendo este relato de emigración capaz de unir como si nada Verducido con Bahía.

Collar con el árbol genealógico de la parte de su familia que emigró.
Traje gallego en el desfile
Compartir

DE VENEZUELA A GALICIA PARA MIRAR HACIA EL FUTURO

  • Juan Carlos Pesquera Lorenzo nació en Caracas en 1994 y hoy vive en nuestra tierra, a donde llegó gracias a una beca BEME que le abrió las puertas de una vida mejor; un destino que, en cierta medida, ya intuía gracias al relato de su abuela
19
Apr
2022
Camino de Santiago, Semana Santa 2021.

Esta, como todas las historias de la emigración gallega, empareja dos mundos tan diferentes como iguales, dos tierras que se miran al espejo ofreciendo una imagen de lo que fueron, lo que son, lo que tal vez vuelvan a ser. Recuerdos en blanco y negro que crecen hasta hoy, desde un pasado no muy lejano hasta una Galicia plena de color, moderna y acogedora, a la que retornan muchos de aquellos que algún día hubieron de partir.

Es el caso de Juan Carlos Pesquera Lorenzo, natural de Caracas, Venezuela, a punto de cumplir los 28 y ya con una vida y dos continentes que llenan la mochila de un relato que comienza, como tantos, en nuestra tierra. En Paredes de Arriba, un pequeño pueblo del rural de Lugo, verde, húmedo y gallego, muy gallego, como Consuelo, la abuela paterna de Juan Carlos, que nació en aquella España de 1925, que caminaba, sin saberlo, hacia el desastre, y que emigró con 30 años y se casó con Antolín, su marido, natural de Asturias, tierra también de ir y venir, de huir de aquel país devastado por la guerra y por el hambre para acabar en Venezuela.

El nudo, como en todas las historias de diáspora, se aprieta en cada suceso cargado de sentido y de nostalgia, de una pareja que se conoce en la inauguración del centro asturiano de Caracas, “porque una de las hermanas de mi abuela estaba emparejada con un asturiano”, resume Juan Carlos. Más emigración, más tierra por vivir.  

Consuelo y Antolín tienen un hijo, Juan Carlos, padre del Juan Carlos protagonista del relato, que se casa con Maribel Lorenzo, a quien conoce, cómo no, en el centro asturiano. Otro nudo que se aprieta, otra vuelta de tuerca del destino, siempre caprichoso, más en aquellas historias que resumen el ir y venir de una familia de emigrantes a quien la guerra, como a tantas, les cambió la vida para siempre.  

Hoy Juan Carlos va relatando la novela golpe a golpe, párrafo a párrafo agitado de recuerdos, de todas aquellas vivencias que lo han traído desde lo que fue a lo que es sin renunciar a su esencia, a ser gallego en Venezuela o venezolano en Galicia, que a fin de cuentas es lo mismo.

Aquí, en Vigo, ha cursado el Máster MBA en Gestión Empresarial del deporte de la Universidad Vigo, en el Campus da Auga, en Ourense. Una aventura que emprendió gracias a una beca BEME, acrónimo en gallego de Bolsas Excelencia Mocidade Exterior, que cada año ofrece la Xunta de Galicia para facilitar la vuelta a casa de los hijos y nietos de gallegos que un día tuvieron que partir. 

Consuelo (su abuela), días antes de partir a Venezuela desde Barcelona (1955).
Acto de entrega de certificados BEME 2020/2021. Ciudad de la Cultura, 2021.
Consuelo y Juan Carlos, en la residencia en Caracas, Venezuela (2019).

Juan Carlos llegó a ellas durante la pandemia: “El secretario xeral da Emigración (Antonio Rodríguez Miranda) dio una charla explicando a los jóvenes de allá la convocatoria”. La opción estaba ahí, y el confinamiento resultó el momento adecuado para “juntar papeles y requisitos”, paso previo a ser seleccionado. Una suerte que también favoreció a su hermano Luis Pesquera, que obtuvo otra BEME emprendiendo juntos el camino del retorno.

Galicia, por primera vez

Se cierra así el círculo abierto por su abuela, que, en cierta medida, permanecía incompleto en la historia personal de un nieto de gallega y asturiano que nunca había pisado nuestra tierra.  “Había ido a Canarias, porque mi abuelo por parte de madre es canario. Y ellos se establecieron allí después de su vida en Venezuela: se vinieron a Tenerife y yo visitaba Tenerife en verano”.

Pero nunca Galicia; esa Galicia con la que creció en la Hermandad gallega de Caracas, entre pulpo, vieiras y bailes tradicionales, y de la que ahora disfruta a cada instante. De sus paisajes, de sus campos, de su verde, de la mezcla perfecta del rural con “ciudades industrializadas”.  Y también, por qué no decirlo, de su seguridad, de poder salir por la noche sabiendo que el coche va a estar allí cuando vuelvas, de poder pararte en un semáforo sin miedo, de respirar sin precauciones.

Voluntad de quedarse

“Te planteas cosas, y tener una familia allí quizás no sea lo más inteligente”, resume Juan Carlos, que condensa los recuerdos de momentos “bastantes agrios” en los que prefiere no pararse. Una definición que muestra, en cierta medida, el grado de normalidad de lo anormal, el motivo que lo impulsa a dejar atrás su vida para emprender otra aquí, en Galicia, a donde ha venido también su novia, Ana Gabriela.

“Habíamos montado una distribuidora y trabajábamos con chocolate en la zona de Caracas. Pero, aunque trabajes, no hay futuro. Tienes dudas y te plantes si no estarás perdiendo el tiempo. No me quiero ir porque aquí están mis bases, mi familia, todo, pero parece que no va a cambiar. Es mejor adelantarte a los hechos y no estar esperando”, reconoce con crudeza este licenciado en radiología por la Universidad Central de Venezuela. 

Hoy Juan Carlos trabaja de administrativo en un negocio cerca del aeropuerto de Santiago, donde pone en práctica muchos de los conocimientos adquiridos. Lo hace con la voluntad de quedarse, de seguir disfrutando de esa Galicia de su abuela, que nada tiene que ver con el pasado y abre las puertas al futuro. Un futuro por escribir y que permite seguir tejiendo, de modo imperceptible, el inmenso relato de nuestra emigración.

Compartir

“SUPER PARTE DE GALICIA” ANTES INCLUSO DE LLEGAR

  • Ágata Tubio (Buenos Aires, 1991) nunca había pisado nuestra tierra hasta que las becas BEME le ofrecieron la oportunidad; sin embargo, gracias a sus abuelos, ya era gallega antes de serlo: ellos le enseñaron costumbres y comidas y le hablaron de ese “verde” del que ahora disfruta desde aquí
08
Apr
2022
En el Concello de Valga.

Esta historia comienza en una España de guerra y de post guerra, en blanco y negro, en la que solo al pensar se levantan sentimientos de tristeza y esperanza. Tristeza por lo sucedido, esperanza por lo que hemos llegado a ser. Un tiempo distinto en el que, con frecuencia, sucedían cosas diferentes, como casarse separados; unirse para siempre estando lejos; darse el sí quiero queriendo estar sin resultar.

Es el caso de Felisa y de Manuel, oriundos de Valga, Pontevedra, un pequeño municipio que hoy esconde parte del encanto siempre latente de las Rías Baixas, y que entonces, como tantos, se dibujaba cargado de añoranza por cualquier tiempo mejor. Una morriña que obligaba a muchos a emigrar. A Argentina, por ejemplo, a Buenos Aires, donde Manuel contrajo matrimonio con Felisa, que acudió a la Iglesia en Valga, de blanco impoluto de novia a 9.947 kilómetros de distancia. Apenas un suspiro cuando el amor se impone.

El relato nos sitúa en la quinta década del siglo XX, y continúa con mucho esfuerzo, sacrificio y dedicación para consolidar un viaje, entonces, sin retorno. Manuel trabaja de obrero, de peón, pluriempleado, en una fábrica de dulces, de sereno, de mozo de carga, de cualquier cosa que, a fin de cuentas, no deja de ser “el inicio de cualquier emigrante”.

Nos lo aclara, ya en presente, Ágata Tubio, su nieta y verdadera protagonista de esta historia. Pero vayamos por partes y completemos el árbol genealógico. Tras consolidarse después de mucho esfuerzo, Manuel y Felisa tuvieron dos hijos, Jorge y Óscar. Éste, con el tiempo, se casó con Andrea, de ascendencia italiana, y tuvieron otros dos pequeños, Ágata y su hermano, Kevin, lo que conduce la historia a nuestro tiempo, a una Argentina de la que ahora emigran los gallegos que un día fueron acogidos.

De bebé.
Con el presidente gallego Núñez Feijóo, recibiendo el diploma de la beca BEME.
Con su marido, Juan Pablo.

Como Ágata, que nunca había venido a Galicia hasta que las becas BEME le ofrecieron la oportunidad. Aunque, entre dos tierras tan unidas que ni el inexorable azul eterno del Atlántico logra separar, cuando llegó se sentía “super parte de Galicia” pese a no haber estado nunca. “Me criaron mis abuelos porque mis papás trabajaron mucho toda la vida. Sentía muy propias las costumbres, las comidas… crecí con todo eso y con muchísimo amor hacia Galicia”, resume.

Ayuda para el retorno

Las BEME son unas becas que cada año ofrece la Xunta para facilitar la vuelta a casa de jóvenes gallegos, hijos o nietos de gallegos, descendientes de todos aquellos que un día tuvieron que partir. Un apoyo que permite retornar a cientos de emigrados, que cursan aquí sus estudios de post grado y que miran, desde la tierra de sus raíces, un futuro cargado de optimismo.

Es, también, el caso de Ágata, que ha terminado en Lugo un Máster en ingeniería en procesos de alimentos, y que emprendió la aventura de Galicia con Juan Pablo, su marido. “Nos casamos en 2018, y de luna de miel fuimos a España, Francia y Grecia. Nos enamoramos de Europa y de España, que ya se nos quedó rondando en la cabeza. Entonces comenzó a germinar la idea”.

Un proyecto que da a luz en esa Galicia de sus abuelos de la que se prendó nada más llegar: “Fue pisar Galicia y me enamoré: del verde, de sus paisajes, de la comida, de la cultura...”, explica alguien que ya intuía todo eso, y que había tomado la decisión de venir a nuestra tierra antes, incluso, de las BEME.

Unas becas a las que llegó de casualidad cuando, preparándose ya para la aventura de emigrar, le hablaron de ellas en la Delegación de la Xunta en Buenos Aires. “Enseguida me interesó y me proporcionaron toda la ayuda para los trámites, los papeles…”, expone Ágata mientras apunta algo más de incertidumbre: Juan Pablo se vino sin trabajo.

En familia.
Sus abuelos.
Con amigos.

El trayecto, así pues, no fue fácil. Nunca lo es cuando se trata de cambiar tu propia vida, de dejar atrás tu tierra, aunque el destino sea ‘tu otra tierra’. “Fueron seis meses de incertidumbre marcados por la pandemia. Ya habíamos renunciado a nuestros trabajos cuando se cerró todo y nos cambiaron la fecha de vuelo tres veces”, rememora con la tranquilidad que da el presente.

Un ahora que se escribe desde esa Galicia imaginada que otorga “calidad de vida y oportunidades laborales”. Un continuo sentirse feliz: “Nunca me sentí tan feliz como cuando logramos estabilizarnos aquí, cumplir el objetivo que nos planteamos, el desafío”. Algo así como aquella “satisfacción del deber cumplido” de la que hablaba Luis Aragonés tras hacer campeona a España en 2008. Eso sí, salteado todo de “un verde que no se ve en ningún otro lugar”. Un verde cargado de “frescura” y de futuro.

Con un grupo de amigos.
Compartir

Nigrán, Chile, Bristol… y otra vez Galicia

  • Henar María Morell Pereira (Nigrán, 1988) tiene una historia muy de emigración y muy gallega; un relato de miles de kilómetros que arranca y finaliza en nuestra tierra gracias a una de las becas BEME, que cada año ofrece la Xunta para facilitar la vuelta a casa de cientos de jóvenes gallegos
18
Mar
2022
En el desierto de Atacama.

A veces hay historias que unen puntos en apariencia inopinados. Lugares distantes de escenarios muy diversos, donde el espacio y el tiempo se conjugan de formas diferentes. Puede suceder, no obstante, que acaben uniéndose a través de una historia personal, de palabras que suben y bajan en una armoniosa e inesperada asociación que construyen frases de un relato que terminar por resultar redondo.

Es el caso de Henar María Morell Pereira, una de esas gallegas emigrantes, como tantas, que nació y creció en Nigrán antes de estudiar Magisterio y conectar las Rías Baixas con el río Mapocho, que atraviesa Santiago de Chile y desemboca en el Maipo, paso previo a su irrupción en el Pacífico.

“En Chile tenía un amigo al que le surgió un trabajo allí, y que me contaba que había muchas oportunidades”, se explica Henar María aludiendo a una época pasada y mejor del país andino, en 2015. Posibilidades que, en su caso, se concretaron en el empleo que buscaba. “Trabajé primero en una guardería, y después en un colegio bilingüe”, expone mientras apunta que “mucha gente se fue para allí porque el país estaba muy bien económicamente”.

Una experiencia que ahora, con la tranquilidad que otorga el presente sobre el pasado ya vivido, cataloga de “muy buena”. “Estuvo muy bien; pude trabajar de profesora y adquirir experiencia”. Y, sin embargo, en otro giro de guion, Henar María cambia Chile por Reino Unido, Santiago por Bristol, el río Machopo por el Avon, América por Europa.  

Suspension Bridge (Bristol).
Torres del Paine (Chile).
Cajón del Maipo (Chile)

“Al irme a Chile me había sacado el First, por lo que al llegar pensaba que sabía inglés, pero la realidad es que no sabía tanto cómo creía”, reconoce Henar, que se enfrenta ahora a otra cultura, otro idioma u otro acento, otro país. Un mundo “más abierto” en el que se entremezclan formas de ver la vida diferentes. “En Chile la gente es más cercana, pero en Reino Unido es más abierta en el sentido de la facilidad para integrarse con gentes de distintas culturas, de otros países”, resume.

En Bristol, nuestra protagonista permanece 5 años trabajando también como maestra. Podría pensarse que la vida le sonríe, pero la morriña crece, ocupando paso a paso ese lugar en el que permanecen los recuerdos de otro tiempo, de otra época, que se multiplican y se expanden con la pandemia, con el Covid, con el echar de menos sin arreglo, sin vuelos, sin viajes.

Un nuevo mundo para un nuevo escenario que surge, justo, cuando Henar María acaba de dejar el trabajo para ir a hacer un voluntariado a Uganda. “En Inglaterra sí que es verdad que en cuanto a ayudas funcionan muy bien, pude pagar el alquiler, los gastos de comida… Y a los pocos meses estaba trabajando de nuevo en un colegio”, resume.

Las becas BEME

Sin embargo, el tiempo pasa y Galicia sigue lejos: “No podía venir, no había vuelos, se cancelaban”. Eran “momentos de tensión”, de querer viajar y no poder, de buscar alternativas. Y entre ellas aparecieron las BEME, unas becas que cada año promueve el Gobierno gallego y que ofrecen la oportunidad, a cientos de jóvenes de la Galicia exterior, de retornar a nuestra tierra para cursar sus estudios de postgrado.

Torres del Paine (Chile).
Brean (reino Unido).

Henar María llegó a ellas de una de las formas más habituales: buscando información en Internet. “Me apareció el anuncio en Facebook y la tramitación fue muy fácil”, argumenta ya desde Galicia, donde está cursando un Máster en Psicología Aplicada en la Universidad de A Coruña.

“Mi idea es quedarme aquí”, apunta con la vista puesta en cerrar un círculo perfecto. Uno que arranca en Nigrán, conduce a Chile, afluye en Bristol y finaliza de nuevo y siempre en nuestra tierra, en Galicia, donde, como en los cuadernos infantiles cuando uno junta con paciencia la línea de puntos, todo cobra sentido.  

Compartir

La añoranza del mar frente al Támesis

  • María José Castro Valencia nació en Poio, estudió en Pontevedra y trabajó en Londres. Un círculo que esta maestra en Educación Primaria busca cerrar ahora volviendo a casa gracias a una beca BEME
10
Mar
2022
María José, en el puente colgante de Clifton.

La de María José Castro Valencia es una historia gallega, muy gallega, de emigración y de diáspora, de ir para volver, de añorar estando aquí y estando allá. De morriña, esa palabra tan perfecta que resume la nostalgia… y mucho más. Un echar de menos sin echar. Un anhelar, primero desde Poio, más tarde desde Londres.

Porque el relato de María José, como el de muchos, se escribe con renglones torcidos que, a la postre, resultan quedar rectos. Una palabra detrás de otra que conduce, primero, a Reino Unido, en 2016, a donde llega como au pair en una “primera toma de contacto”. Maestra en Educación Primaria, decide irse entonces a Inglaterra, “para mejorar mi inglés y mi empleabilidad”, resume con maravillosa delicadeza.

Al año siguiente, en 2017, se va definitivamente. Al menos de momento. Tras concluir sus estudios en la facultad de Pontevedra en 2010, acepta ahora una oferta en Londres para trabajar en una escuela infantil. Allí permanecerá un año y medio antes de dar el salto a los colegios para trabajar como maestra tutora.  

“Fue un gran cambio, sobre todo porque me fui sola, sin conocer a nadie”, recuerda María José con la tranquilidad que solo concede narrar un pasado ya vivido. Uno en el que todo cuesta al principio: el idioma, el cambio cultural, la familia, los amigos, la comida… Todo.

Por suerte, estando fuera “te gusta descubrir sitios nuevos, y así conocí a muchos españoles”, prosigue su relato. Un grupo con el hace una “pequeña piña” y que le ayuda con los trámites y con ese inacabable proceso de adaptación. “Lo que más me llamó la atención fue lo poco que me entendían. Como tú lo pronuncias no es como se dice”.  

En los acantilados de Seven Sisters.
En Primrose Hill.
En el metro de Londres.

Además, continúa, “se cenaba muy pronto, algo a lo que también me costó habituarme”. Frente a esto, María José agradece “lo abierta que era la gente”, una ventana al interior donde “nadie se mira en el metro” y en donde “todo el mundo se respeta”. Pese a ello, la morriña sigue ahí. Ese lugar secreto donde se echa de menos Galicia: la familia, la comida, el mar para evadirse. Porque el Támesis no es lo mismo. Un gran “río marrón”.  

Una BEME para volver a casa

Y así pasan cuatro años, hasta agosto de 2021. Entonces, en plena pandemia, la morriña crece y aparecen las BEME -acrónimo en gallego de Bolsas Excelencia Mocidade Exterior-, becas que cada año impulsa el gobierno de Galicia para facilitar la vuelta a casa de todos aquellos gallegos que un día tuvieron que partir.

“Las había visto durante varias convocatorias, pero todavía no había decidido nada”, reconoce María José. Sin embargo, el mundo cambia y los anhelos giran. El covid, el Brexit, las circunstancias…  “Ya no tenías la vida de antes; estabas más tiempo dentro de casa que fuera. Era como estar en Londres pero sin estar en Londres”, apunta María José.

Durante más de año no pudo viajar a Galicia. “La ventaja del Reino Unido es que estás a dos horas en avión; no tener esa opción tanto tiempo, y estar tan lejos de la familia en esos momentos de incertidumbre… Además, mi inglés había mejorado, así que había llegado el momento de decidir”, razona en su relato.

Una decisión en la que las BEME jugaron un papel importante: “Surgió la beca y me coincidió en ese momento en el que me apetecía volver”. Un retorno de Londres a Nigrán, donde disfruta otra vez de la tranquilidad que sólo el mar otorga; de la familia, de la comida y los amigos.

Mientras tanto, María José cursa un máster en “Necesidades específicas de apoyo educativo” en la Universidad de Vigo, en la misma facultad de Pontevedra donde todo empezó y a donde ha vuelto con la voluntad de cerrar el círculo. “Espero que valoren mi experiencia y mi inglés. Me gustaría quedarme en Galicia”. ¿Dónde mejor?

Con un grupo de amigas.
En la escultura 'Out of order'.
En Londres, con nieve.
Compartir

Galicia, el “paraíso al que quería regresar”

  • Evelyn Canessi Castro tiene 29 años y una vida entre dos tierras, “mitad gallega, mitad uruguaya”. Su relato es un continuo ir y venir entre ambas orillas del Atlántico y, por ahora, concluye aquí gracias a una beca BEME
25
Feb
2022

El relato, siempre en presente, surge echando la vista atrás. Una mirada cargada de nostalgia y de diáspora, de aquellas miles de personas que hace no tanto, en la distancia que marca el blanco y negro sobre la irrupción del color más futurista, partieron buscando una vida, puede que mejor, pero vida a fin de cuentas. Los nudos se avejentaron, volviéndose así fuertes e irrompibles, como ese lazo que une Galicia y Uruguay, y que conoce bien, en presente, por supuesto, Evelyn Canessi Castro, mitad gallega, mitad uruguaya, o galleguaya. Una historia familiar a caballo del azul profundo del Atlántico. Como tantas. Como esta.

Porque Evelyn nació allá, para venirse aquí de niña y volverse allá de joven, antes de retornar aquí ahora, con una BEME, y dejar allá y aquí recuerdos y vivencias, el hilo de un completo relato de emigración con apenas 29 años.

Un ir y venir, no obstante, que incluso comienza más atrás, aquí y allá, en la historia de su tatarabuelo, que nos conduce, silenciosos, a aquellos grandes buques a vapor de finales del siglo XIX. El humo, blanco o negro, qué más da, guía la historia familiar de Laxe a Montevideo. El amor hizo el resto, ya se sabe. Y dos generaciones después, los padres de Evelyn deciden cruzar ese puente gigantesco y solitario que une siempre Galicia y Uruguay.

“En 2002, con la crisis en Argentina, que afectó a Uruguay, mi padre decidió emigrar a España. Yo me vine con mi madre en 2003”, recuerda Evelyn, con la ventaja de poder resumir su propia vida en dos trazadas. Aquí y allá una vez más. Mitad gallega, mitad uruguaya.

Entonces, en 2003, Evelyn tenía 10 años y una infancia por vivir. A los 18, una carrera por hacer, que decide cursar en la Universidad de la República, en Montevideo. Otra vez allá. “Me fui con mis abuelos y mis tíos; un poco con cada uno”, relata al tiempo que reconoce ese apegamiento, ese echar de menos: “Estaba muy unida a mis abuelos”.

También lo está a Galicia, a nuestra tierra, que tira, que llama, que percute en eso que resumimos en la morriña. “Mis papás se quedaron acá y nunca volvieron”, expone Evelyn; otra vez el lazo del retorno. “Con el Covid quería volver y me surgió la oportunidad de la BEME”, añade.

Las becas BEME

BEME. Acrónimo en gallego de Bolsas Excelencia Mocidade Exterior. Unas becas puestas en marcha por el gobierno de Galicia para ofrecer a los jóvenes gallegos de todo el mundo, hijos y nietos de aquellos que un día tuvieron que partir, la posibilidad de volver a casa. Este año retornarán otros 200, como el pasado, como Evelyn, como los casi mil a los que ya se les han abierto las puertas de Galicia gracias a esta iniciativa.

“Conocí la convocatoria a través de internet”, continúa Evelyn, que escogió Galicia porque tenía que ser Galicia, por esos vínculos, por su infancia, por sus recuerdos. “Al principio, de niña, me costó mucho hacer amigos. Hasta casi el cuarto año de Instituto no había logrado hacer amigos, pero al final hice un grupo grande”, continúa. Uno de esos que perduran y que atraen, que sigue vigente y del que guardaba “lindos recuerdos de los últimos años”.

Hoy, desde aquí, Evelyn continúa su relato. Mitad gallega, mitad uruguaya. Y lo hace desde la Universidad de Vigo, donde cursa un máster en Prevención de riesgos laborales. Es la tierra de sus orígenes, de su tatarabuelo, de sus padres, de ella misma. Un lugar donde disfruta de “la tranquilidad con la que se vive”, de la calidad de vida, de sus amigas de entonces y de ahora, de las playas… Del “paraíso al que quería volver” y en el que sueña con quedarse. Quién sabe. En junio defiende la tesis y ya está haciendo prácticas en una empresa en O Porriño. Continuará.

Compartir

DE GALICIA A REPÚBLICA DOMINICANA PARA VOLVER SIEMPRE A GALICIA

  • La de Iria Salgueiro Abal es una de esas historias del siglo XXI, cargada de ritmo y de lugares antes de retornar a Galicia gracias a una BEME, becas que promueve el gobierno gallego para traer de vuelta a casa a los jóvenes del exterior
15
Feb
2022
Iria, en Santo Domingo,

Hay historias que van, porque necesariamente tienen que venir. Que recorren medio mundo y varios continentes antes de terminar dónde todo comenzó: en Galicia. Sucedía antes en blanco y negro, con la morriña acrecentada de aquellos vapores de chimeneas gigantes que cruzaban el Atlántico en busca de un futuro, quién sabe si mejor o peor. Y sucede hoy a otra velocidad, a la que marcan los vuelos comerciales, la red universal o las nuevas tecnologías.

Un ritmo frenético que conduce a la protagonista del relato de Pontevedra a Irlanda, de allí a Francia, y luego, a República Dominicana, antes de volver a Galicia gracias a las becas BEME, que cada año ofrece el gobierno gallego precisamente para eso, para facilitar la vuelta a casa de todos esos jóvenes que un día tuvieron que partir.

Iria Salgueiro Abal es una de ellos. Con 21 años se había licenciado ya en Publicidad y Relaciones Públicas en el Campus de Pontevedra. “Entonces decidí irme a Irlanda, a Galway”, una ciudad portuaria en la costa oeste del país, asentada a orillas del río Corrib, en su desembocadura en el Atlántico.

“Me fui con una amiga a buscar trabajo y a aprender inglés”, prosigue su relato con la sencillez del que ya anduvo ese camino. Allí encontró trabajo y se enamoró de una tierra que, a fin de cuentas, no es tan diferente de la nuestra.

Pero hay edades en las que el tiempo transcurre más deprisa y la inquietud ofrece espacios que llenar. “Luego me fui a Francia a estudiar francés”. Allí trabajó como Au Pair durante un tiempo antes de volverse, no a Galicia, pero sí a Barcelona, desde donde desanduvo el camino para aterrizar en Ibiza.

En Irlanda.
En Ibiza.
En Nueva York.

Sin embargo, el viaje no había hecho más que comenzar. “Una empresa me ofreció trabajo en República Dominicana”. ¿Y qué hizo Iria? Volar hasta un país apasionante en el que permaneció tres años y medio. Un mundo distinto con un ritmo diferente; una cultura de envoltorio similar pero de fondo por descubrir; un lugar en el que tiempo pasa más despacio cada día.

“Al principio te choca. O te engancha o te vuelves loca. Tienes que acostumbrarte a la vida caribeña”, señala. Y cuando ya estaba acostumbrada, parte de aquella morriña, o algo parecido, llamó a la puerta. “Con la pandemia estuve un año y siete meses sin venir. Tenía que volver a casa, estar un tiempo tranquila, aprovechar la oportunidad de trabajar en Galicia”. Y entonces, aparecieron las becas BEME. “Se enteró mi padre”.

Iria no lo dudó y cerró el círculo después de viajar por medio mundo; literal. Gracias a la beca estudió un máster en el Campus de Ourense en Planificación y Dirección del Turismo Interno y de Salud.

Ahora no planifica a largo plazo. Nunca lo ha hecho. Le gustaría quedarse “una temporada”. Quién sabe. Tal vez más tarde haya que partir de nuevo. Por ahora disfruta de su tierra, de Marín, de la familia, del cocido, de los ‘furanchos’ y de esos platos de la abuela que, como todo el mundo sabe, no se encuentran en República Dominicana. Por mucho que uno disfrute aquellas tierras.

Compartir

DE GALICIA A CHILE PARA VOLVER DE NUEVO A CASA

  • La historia de Ana Alonso Chivite se escribe casi sola, al menos cuando se unen los puntos hacia atrás. Entonces, todo cobra sentido: de O Porriño a Concepción para volver de nuevo a Vigo, donde cursa un máster en gestión en desarrollo sostenible gracias a una beca BEME
29
Oct
2021
Ana, ya en Galicia con su marido José Andrés.

La emigración, la diáspora, la vida, es un relato de puntos que se unen y que sólo cobran sentido al volver la vista atrás; al girarse y observar el camino recorrido, que va dejando huellas aquí y allá, en diferentes períodos intangibles, que sabemos cuándo empiezan, pero no cuándo concluyen.

Lo sabe bien Ana Alonso Chivite, gallega de O Porriño, un lugar donde las montañas de roca configuran un paisaje que es a la vez arte, negocio y vida. No tan distante, en el fondo, de Concepción, la urbe chilena que une los dos puntos del relato vital de esta gallega del 85, que se fue para volver sin dejar nunca de vivir.

“Me fui a Chile a estudiar en el último año de carrera”, relata Ana, que reconoce el siguiente paso con la tranquilidad que otorga el presente sobre el pasado ya vivido: “Al final estuve doce años, hasta agosto de este mismo año”.

Un tercio de vida para esta licenciada en Biología, que cursó sus estudios en la Universidad de Santiago de Compostela antes de que el trayecto la depositase al otro lado del Atlántico, ese océano infinito que guarda, silencioso, todas las historias de la diáspora gallega. Fue en 2009, con una beca universitaria de intercambio 

“Quería irme fuera de Europa, y Chile, según me dijeron algunos profesores de la Universidad, era un país maravilloso para una bióloga”, prosigue Ana, que llega así a Concepción, una ciudad de 200.000 habitantes, donde no están sus padres, José Luis y Paz, ni su hermano Jorge, ni la familia entera, ni los amigos, ni tantas otras cosas que supone siempre el dejarlo “todo atrás”.

Aunque los gallegos, como es sabido, nos adaptamos, y Ana no iba a ser una excepción. “No es tan distinto, por eso también acabé quedándome tanto tiempo”, reconoce mientras que pone el acento en la cultura latina y el clima, similar al de Galicia. Factores que, pese a esa buena morriña irrenunciable, terminaron por dejarla más de una década al otro lado del Atlántico.

Bueno, eso, y el peso de lo humano, las relaciones que empiezan y se alargan, que terminan incluso en una boda. Porque allí, en Chile, en Concepción, Ana conoció a su marido, José Andrés. Otro punto más que unir a este relato. Como la vivienda comprada o el desempeño laboral como visitadora médica. Factores que, si se suman, dan como resultado la manida estabilidad tan deseada.

En Chile, con su pareja.

Y sin embargo… Sin embargo la tierra tira y las vocaciones llaman, susurran casi al oído sin saberse. “Siempre tenía la espinita de, quizá, poder retomar mi profesión de manera más específica, más vocacional, y la verdad es que no me preguntes cómo, creo que fue a través de una publicidad en Internet, llegó hasta mí la opción de las becas BEME”, detalla Ana.

Estas becas -acrónimo en gallego de Bolsas Excelencia Mocidade Exterior- son impulsadas cada año por el gobierno de Galicia, con el objetivo de traer de vuelta a casa a los hijos y nietos de aquellos que un día tuvieron que emigrar; o a los jóvenes emigrantes que partieron casi sin saberlo, como Ana, que al conocer el programa se dijo a sí misma: “Ah, pues está muy bien”.  

Una llamita que se unía al hecho de que a José Andrés le gustaba mucho España: “Había estado un par de veces y le parecía que había mucha calidad de vida”. Y así, casi sin quererlo una vez más, Ana se apuntó iniciando un proceso que la ha traído de vuelta a casa, a la Universidad de Vigo, donde estudia un Máster en gestión en desarrollo sostenible.

Mientras tanto, José Andrés ha retomado también su vocación. Fisioterapeuta, en Chile se dedicaba a la visita médica. Ahora hace un máster en la Escuela de Osteopatía de Vigo.

Pero más allá de las vocaciones y los sueños, Ana y José Andrés disfrutan de esa ‘Galicia profunda’ tan de moda; del clima, de los paisajes, de la historia; de la vida de pueblo, de Goián, donde viven los abuelos paternos de ella, o de Ponteareas, donde reside otra parte de la familia; de las distancias “muy cortas”, que permiten ver a la familia en un suspiro –“allí tardábamos una hora y cuarto para ver a mis suegros”; de la gastronomía, esa que tanto echaba de menos Ana en Concepción: del pulpo, del cocido, del pescado.

Ahora se añoran otras cosas, pero ya no es morriña, son recuerdos agradables del pasado: los amigos, el grupo de buceo, los asados, la naturaleza virgen, los volcanes… Muchas cosas; no las suficientes para que el relato de Ana siga aquí, en Galicia, de donde se fue casi sin querer y a donde ha vuelto gracias a una BEME. Cosas de la vida y la diáspora.  

Compartir

EL IR Y VENIR QUE SIEMPRE UNE GALICIA Y ARGENTINA

  • La de Anahí Iglesias Gualati es una de esas historias que ejemplifica la diáspora: un continuo viaje familiar de ida y vuelta, que ahora escribe una nueva página en la Universidad de Vigo, a la que esta bonaerense del 81 ha llegado para cursar un máster gracias a una de las becas BEME de la Xunta
22
Oct
2021

Esta es una historia de ida y vuelta, de vuelta e ida, para acabar yendo y viniendo nuevamente. Es el relato de la emigración y la diáspora, que se teje casi sin querer entre las olas oscuras del Atlántico, aquí y allá; entre Galicia y Argentina en este caso.

Porque de Galicia eran Jesús Iglesias Ramos y Carolina Pérez Carrera, dos jóvenes gallegos, de Lugo y Fonsagrada, a los que la guerra civil cogió, como a tantos, como a todos, con demasiadas cosas por hacer. Tantas, que en los 50 decidieron buscar un proyecto vital en Buenos Aires, a donde marcharon en una época en la que los viajes se hacían todavía en blanco y negro cargado de tristeza y nubes de vapor.

Allí, que casi es como aquí para un gallego, levantaron su propia historia, que incluye, entre otros, a Ricardo Iglesias Pérez, uno de los hijos del matrimonio, que se casó, también allí, con Alicia Gualati Canziani, antes de que ambos viniesen aquí, a Lugo, donde tuvieron dos niñas: Macarena y Anahí Iglesias Gualati. Llegamos, así, por fin, a la verdadera protagonista del relato.

Un cuento que transita otra vez a través del azul eterno del Atlántico, porque Ricardo y Alicia partieron de vuelta hacia Argentina cuando Anahí tenía apenas tres años. Corría el año 84 y la emigración seguía, y sigue, escribiéndose a ambos lados del océano.

“De esa época tengo sólo los recuerdos de las fotos, pero no personales; guardo en la memoria cosas que me han contado”, relata Anahí, cuyo primer recuerdo propio de Galicia es el de una fría Navidad en Lugo con 8 años. “Era un frío intenso, muy distinto a Buenos Aires. Allí las fiestas navideñas las celebramos con humedad, en pleno verano. Recuerdo el cariño con el que me recibió toda la familia y los amigos de mis padres”.

Un cariño recíproco que se mantiene a lo largo del tiempo, en todas esas idas y venidas que Anahí ha ido levantando con los años: “Después vine de chica muchas veces a visitar a la familia, en época de vacaciones en Argentina, siempre en contacto con Galicia y con España”. 

Sin embargo, el grueso de la vida de Anahí discurre en Argentina donde la niña deja paso a la mujer, donde crece y atesora sus recuerdos, aun ahora, aún incluso “sin perder ese incansable “vínculo con Galicia”. Allí, en Buenos Aires, estudia Sociología y trabajaba en el Consejo Profesional de Ciencias Económicas de la Ciudad Autónoma, en la parte de recursos humanos, labor que compatibilizaba con otro empleo en temas de responsabilidad social corporativa en la consultora AG Sustentable.

Pero eso, como el verbo indica, es ya pasado. El presente transcurre otra vez aquí, en Galicia, a donde ha vuelto gracias a una beca BEME (acrónimo en gallego de Bolsas Excelencia Mocidade Exterior), que cada año impulsa el gobierno gallego para facilitar la vuelta a casa de todos aquellos que un día tuvieron que partir.

Como Anahí, que tenía “muy claro” el máster que quería hacer: “Me postulé sólo a uno, al de Administración Integrada de Empresas y Responsabilidad Social Corporativa en la Universidad de Vigo, y por suerte salió bien”.

Ahora disfruta de Vigo y de su costa, de una ciudad caótica y bella por igual que no conocía, protegida siempre por el remanso de la Ría, ese “mar precioso que le da un encanto especial”.  Y lo hace después de haber vuelto vía Lugo este verano, “donde tengo familia”, y de haber celebrado en nuestra tierra su cuarenta cumpleaños.

Una tierra de la que disfruta mientras piensa en qué le deparará el futuro. “Mi vida estaba allí, aunque nunca perdí el vínculo con Galicia. Este año surgió la posibilidad a través de las becas y decidí postularme. Se fue dando todo de manera bastante sencilla”, continúa Anahí ya del tirón.  

Atrás deja una vida “bastante organizada” a la que no sabe si volver. “Vine pensando en hacer el máster y dejar que la vida me sorprenda”, resume Anahí, tranquila pese a todo ante “el vértigo” que produce “tanto cambio”. A fin de cuentas, sea donde sea, aquí o allá, su relato continuará en ese hogar común que une Galicia y Argentina, Argentina con Galicia. Qué más da.

Compartir

UNA EMPRENDEDORA GALLEGA PARA OTRAS

  • Adriana nació en Teo antes de emigrar y de volver; un trayecto durante el que fue sumando conocimiento y experiencia para impulsar, con el apoyo del programa de retorno emprendedor, ‘Imparable’, programa que apoya a otras mujeres a impulsar su carrera
30
Sep
2021
En Brasil, el año que estuvo viajando por América.

Esta historia comienza en Teo, aunque bien podría haberlo hecho en otro lado. En Londres, en Montreal, en Dubái, México o Canarias. Qué más da. O tal vez sí que importe, porque aquí, en Galicia, en Teo, en Santiago, “se vive muy bien”, como reconoce nuestra protagonista, Adriana Lueiro Espantoso, gallega universal, como muchos, como tantos, como todos aquellos que un día tuvieron que emigrar, en otro siglo en blanco y negro, o en presente, con colores e internet, y que al final vuelven, retornan, porque la tierra, para que engañarnos, tira. Sobre todo, si se vive tan bien. 

Pero en ese ir y venir buscando el lugar de cada cual, el relato puede dar muchas vueltas. Las suficientes, al menos, como para convertirse en ‘Imparable’, en una corriente de ideas, de esfuerzo y de trabajo capaz de arrastrar a muchos otros. Como es el caso, valga la redundancia, de ‘Imparable’, el gran proyecto vital de Adriana, que terminó Comunicación Audiovisual siendo apenas una niña camino de la madurez, o una mujer todavía demasiado joven.

“Al terminar la carrera, en 2013, el panorama era desolador. No tenía ni idea de cómo buscar un trabajo; eso es algo que no te enseñan en la escuela ni en la universidad”, subraya Adriana, que poco a poco fue comprendiendo intangibles y certezas, como que “enviar un currículo no es algo que funcione”, hasta que por fin dejó atrás Teo.

“A los 20 años me fui por primera vez fuera de España”, prosigue, resumiendo el relato de su vida con la sencillez de quien ya ha pasado por ahí. Primero de Erasmus a Francia, luego a Málaga, más tarde a Londres. La City le gustó, pero cuando acabó las prácticas “seguía sin saber cómo buscar un trabajo”.

Con un inglés “un poco macarrónico”, encontrar una buena opción profesional resultaba “complicado”, por lo que optó por la hostelería para mantener su estancia en Londres. Allí conoció también a su pareja: “Ella estudió en la London Business School, y sí que le habían enseñado cómo buscar un trabajo”, señala Adriana. Cosas tan básicas como que “los salarios se pueden negociar”, por ejemplo.

Comenzando su negocio en Barcelona.
Trabajando desde Brasil.
Trabajando desde Tailandia con una de sus clientas.

Sin embargo, observándola, la joven gallega tampoco tenía claro que aquel estilo de vida fuese el suyo: “No quería ponerme a trabajar en una oficina; ella entraba a las 9 de la mañana y salía a las siete de la tarde”.

Y entonces, casi sin buscarlo, llegó lo que buscaba. “Lo estaba buscando sin darme cuenta. Yo había dejado mi trabajo para ir a viajar por Asia durante unos meses y estando allí, sentí que por fin estaba viviendo la vida que yo quería y no me imaginaba volver atrás. Entonces vi la oferta de trabajo en Internet y ahí supe que tenía q conseguirlo fuese como fuse”.

Esta oferta acabó siendo su primer trabajo online: asistente virtual para un blog español. Un desempeño que le permitió, al mismo tiempo, viajar por Latinoamérica, Estados Unidos y Canadá. La ruta, el trayecto, físico y vital, la condujo a Montreal, a donde se mudó con su pareja un par de años.

Allí, más cerca sin saberlo de la meta, seguía trabajando para sus clientes: Project Management, Online Business Management… Vivió así un proceso de aprendizaje que terminó por hacer de ella lo que es, permitiéndole comenzar a ayudar a emprendedoras digitales. “Pero una y otra vez me contactaban mujeres que al final no hacían nada. Les daba una información valiosa pero no la aprovechaban. Me frustraba tanto eso que me puse a investigar. A estas mujeres no les bastaba con tener la claridad sobre los pasos a tomar, sino que tenían un problema de confianza y seguridad. Me di cuenta de que el problema se extendía a más ámbitos”, expone Adriana.

EL NACIMIENTO DE 'IMPARABLE'

¿Qué sucedía entonces? “Que en los libros con los que me había formado estaban escritos por hombres, y no se abordaban temas como la falta de seguridad o la confianza, cuestiones más recurrentes en las mujeres. Esto me animó a solucionar el problema, y empecé a formarme también con mujeres: hice un curso de coaching y leí material escrito por mujeres”, responde.

Y así nació ‘Imparable’, un programa destinado a mujeres profesionales y emprendedoras que busca que puedan decidir qué quieren hacer con su vida profesional, creer que pueden hacerlo y tener un plan para lograrlo.

Trabajando en Tailandia con una de sus clientas.
Portada de uno de sus vídeos de YouTube.
Trabajando en Montreal.

Una iniciativa impulsada gracias a la línea de apoyo al retorno emprendedor, que cada año promueve la Xunta de Galicia para ayudar a montar sus propios negocios a todos aquellos gallegos que un día tuvieron que partir.

El de Adriana ha permitido ayudar ya a mujeres de todo tipo, de perfiles muy diferentes: desde paradas hasta empleadas de grandes multinacionales o emprendedoras del mundo digital. “El curso funciona para todas porque trata temas universales”, resume al tiempo que reconoce que empezó el proyecto antes de la ayuda de retorno emprendedor, pero que gracias a esta pudo “invertir en material online, grabar vídeos y atraer más gente”.

Y todo, por supuesto, desde Galicia, desde Santiago, a donde decidió volver con su pareja. Tal vez porque el invierno en Montreal es demasiado duro; tal vez porque la tierra siempre tira; o tal vez, y simplemente, porque “aquí se vive muy bien”. Más si cabe, si puedes cumplir tu sueño y ayudar a otras a alcanzarlo

Compartir