“Todos los días le doy gracias a Dios y a Galicia porque nos abrieron las puertas”

  • Roselyn Alamilla vivía en Caracas hasta que un secuestro en su propio hogar la impulsó a descubrir la tierra de sus orígenes; una Galicia en la que ha cursado sus estudios de postgrado e impulsado su propio negocio. Siempre en compañía de su marido y sus tres hijos
11
Sep
2020

La vida son chispazos; una concatenación de imágenes que componen y relatan historias capaces de construir el mejor de los guiones. Uno cargado de idas y venidas, de retornos, de retos y futuro, con algún que otro nudo terrorífico. Como el que vivieron Roselyn Alamilla y su familia –marido y tres hijos-, un día cualquiera de un año cualquiera –no muy lejano- en un piso de Caracas, en la Parroquia de San Bernardino. Secuestrados en su propio hogar durante más de 4 horas.

Se lo llevaron todo: el microondas, la ropa de los niños, el cochecito… Fue el detonante. Teníamos que huir de un país donde la seguridad y la calidad de vida no existen”, rememora Roselyn ya desde Galicia, la tierra de sus raíces, esa que vio nacer a su abuela materna hace ya mucho tiempo.

Todo comenzó en una parroquia de Pontevedra, en Santa María de Xeve, aldea de Gatomorto, uno de esos nombres tan gallegos que permanecen para siempre en la memoria tras una sola pronunciación. Allí Josefa García Poceiro se hizo mujer antes de partir hacia Venezuela con apenas 18 años.

Eran otros tiempos y el mundo, por decirlo de alguna manera, estaba dado la vuelta. Aquí hambre y allí un futuro próspero, que siempre lleva aparejada la ilusión y, muchas veces, la necesidad de compartirlo. Con un chico canario, por ejemplo, del que saldría un matrimonio feliz y cinco hijos, entre ellos, la madre de Roselyn.

Pero los círculos reclaman ser cerrados. Siempre. Es su naturaleza. Por eso Roselyn, después de aquellas 4 horas demenciales encerrada en su propio hogar y en compañía de los suyos, decidió volver: “Quería vivir en Galicia, en la tierra de mi familia”.

El punto de partida fueron las BEME; esas becas impulsadas por el gobierno gallego que cada año traen de vuelta a nuestra tierra a 150 jóvenes de la diáspora que eligen Galicia para cursar sus estudios de postgrado. “Había visto la publicación y al final nos decidimos. Me vine con toda la familia”, recuerda. Ese ‘toda’ no es pequeño. Se incluyen ahí su marido Alfredo Guevara, y sus tres hijos: Samuel (17), Daniel (6) y Samanta (3). La pequeña apenas sumaba entonces unos meses.

La abuela de Roselyn, Josefa García Poceiro.
Los hijos: Samuel (17), Daniel (6) y Samanta (3).

Pero Roselyn lo tenía claro: “Quería venir a la tierra de mis raíces, de mi familia materna”. Y así lo hizo. Aquí cursó un máster en Administración de empresas en Lugo, y aquí sigue viviendo después de escoger Galicia como su patria; aquella en la que uno puedo vivir sin tener miedo, dejando atrás “un país en el que la calidad de vida no existe”.

Programa de apoyo al retorno emprendedor

Pero no todo es tan fácil. Nunca lo es. Las homologaciones y los títulos siguen siendo uno de los quebraderos de cabeza de cualquier gallego retornado. A la espera de que el gobierno central comience a simplificar trámites, hay que adaptarse y emprender. “Soy abogada, pero aquí no podía ejercer, así que decidí buscar otras opciones”, resume Roselyn.

Y otra vez surge en el horizonte un programa de la Xunta. En esta ocasión, de apoyo al retorno emprendedor. Una línea que ha permitido a más de 200 gallegos del exterior impulsar sus propios negocios. Roselyn es una de ellos.

Hoy regenta La Parada Multitienda, un local de Lugo ubicado en las proximidades del campus de Administración de empresas, aquel en el que en su momento cursará sus estudios de postgrado gracias a las BEME. A fin de cuentas, los círculos convienen ser cerrados.

El Covid, como a todos, le ha afectado, aunque le va “razonablemente bien”. Lo suficiente para mirar al frente sin echar la vista atrás. “Todos los días le doy gracias a Dios y a Galicia porque nos abrieron las puertas”. Primero, siempre Dios. Pero cerquita, muy cerquita, la tierra de sus raíces. Nuestra tierra.

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UNA ADICCIÓN LLAMADA GALICIA

  • La historia familiar de Sara Lavandeira se desarrolla, como tantas, en tres actos: Galicia, Brasil, Galicia
  • Una beca BEME le ha concedido la oportunidad de cursar en la tierra de sus abuelos un máster en Investigación en Educación, Diversidad Cultural y Desarrollo Comunitario
23
May
2020
Antonio Lavandeira.

Esta historia, como muchas, arranca en Galicia a mediados del siglo pasado, en alguna de aquellas imágenes en blanco y negro que despiertan la añoranza sin quererlo. El relato se sumerge después en los vaivenes del Atlántico, y entre ola y ola arriba hasta Brasil. Luego, los años y la resaca lo traen de vuelta hasta Galicia, esa adicción que uno, o una, cuando descubre, ya no es capaz de perdonar.

Como tantos y tantos gallegos –única expresión capaz de abarcar aquella marea humana-, Antonio Manuel Lavanderia Lavandeira dejó Vimianzo atrás en 1956. Tenía apenas 25 años y una vida por delante… y por detrás, donde quedaban  mujer –María Ameijeiras-, e hijos –José y Avelina-. Una separación más que normal en la Galicia del siglo XX, causa y ejemplo de lo que Rosalía dio en llamar viudas de vivos. Aquellas heroicas mujeres que veían partir a sus maridos hacia la tierra prometida.

Por suerte, Antonio pudo llegar a Brasil, iniciar el futuro negocio familiar, y pensar en cómo reencontrarse con los suyos. A los dos años, y con ayuda de la iglesia de por medio, logró que su mujer y sus dos hijos emprendiesen el mismo viaje que él ya había recorrido.

Una vez allí, con la familia ya al completo, la vida siguió su curso. Antonio se hizo ayudante de cocina. Después ascendería a jefe. A continuación, compró un negocio que más tarde vendería… Y así transcurrieron los años con aquella Galicia juvenil azotada en las esquinas del recuerdo. 

“Mis abuelos no hablaban mucho de la tierra”, relata ya en presente Sara Lavandeira, nieta de Antonio, encargada de traer la historia de vuelta hasta Galicia. La tierra que su madre dejó atrás con apenas 3 años, y que ella descubrió en 2013.

Las becas BEME

Siete años después está cursando un máster en Investigación en Educación, Diversidad Cultural y Desarrollo Comunitario en la Universidad de Santiago de Compostela gracias a las becas BEME –acrónimo en gallego de Bolsas Excelencia Mocidade Exterior-. Una iniciativa que cada curso impulsa el gobierno de la región y que permite a 150 jóvenes de la diáspora emprender sus estudios de post grado en la Galicia de sus padres o sus abuelos. Como Sara. Como tantos.

Sara llegó a ellas de casualidad, por esos caprichos que esconde el destino en cada esquina. “Fui al consulado español y había un cartel”, rememora. Suficiente para seguir recabando información y, medio siglo después, recorrer a la inversa el trayecto vital de su familia: de Brasil a Galicia. 

Una Galicia que casi siempre atrapa hasta engancharte. “Soy una adicta; me gusta muchísimo”, reconoce Sara desde su confinamiento en esta rara época del Covid-19. Un tiempo en el que prepara el TFM sobre educación sexual mientras espera, como todos, a descubrir qué nos deparará el futuro.

El suyo apunta a Galicia, a esa adicción. “Antes de la pandemia tenía ganas de volver a Brasil”, reconoce. Una opción que barajaba por la dificultad de homologar aquí el título. Los lentos trámites del gobierno central sitúan en una media de más de dos años lograr dicha convalidación. Sin embargo, el cambio del escenario político en Brasil provocó también un giro en su determinación: “Soy trabajadora social y no tengo claro qué va a hacer el actual gobierno en mi campo”, subraya Sara, que obtuvo su título de Servicio social en la Universidad Federal Fluminense de Niteroi.

Hoy Sara ya no duda. Quiere quedarse en la tierra de sus antepasados. Ese pedacito de mundo de color verde y “con una naturaleza tan bonita”. La Galicia de las Islas Cíes, del cañón del Sil, de las termas de Ourense, de la Torre de Hércules, de las playas de Vigo, de los festivales gastronómicos. La Galicia del Camino de Santiago, que iba a hacer este verano y no podrá. Tal vez más adelante, porque Galicia es como una droga. Cuando te atrapa, es casi imposible de dejar.

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Viaje hacia el lugar donde las plantas se riegan solas

  • Fabiola Monasterio Ríos llegó a las becas BEME de casualidad. Nacida en Chile hace 40 años, la suya es una historia urdida, sin saberlo, a través de las raíces gallegas de su padre.
13
May
2020
Fabiola con su padre.

Pedro Monasterio Carrasco dejó A Coruña atrás en 1955, con apenas 16 años. Entonces tal vez no lo supiese. Pero lo cierto es que aquella era la última vez que pisaba su Galicia natal, el lugar en el que se guardan las historias de su infancia, camino de una fugaz adolescencia. Séptimo de ocho hermanos, Pedro arribó a Valparaíso con la vida por tejer, y entre nudo y nudo del relato, la trama lo fue asentando en Chile. “Allá tenía familia esperándolo. Mis tíos volvieron de viaje en alguna ocasión, pero él no quiso regresar más”, recuerda ya en presente Fabiola, su hija. Y lo hace, por uno de esos nudos de la historia, también desde Galicia. 

Antes, mucho antes, Pedro había montado un negocio familiar de ferreterías. En una de aquellas tiendas, en Santiago de Chile, conocería a Sonia Ríos. Se casaron a finales de los sesenta, y tuvieron dos hijos: Felipe (1973) y Fabiola (1979). “Mi padre era coqueto, divertido, callado, siempre atento a la cultura...”, prosigue ella tirando de memoria. Una afición, la cultural, que le llevó por ejemplo a comprarse, con apenas 17 años, la colección completa de ‘Revista de Occidente’, de José Ortega y Gasset. “Lo último que leyó fue Machado y Lope de Vega”.... La conversación se traba, rendida al silencio emocionado de quien ha perdido a su padre hace no mucho.    

Fabiola traga saliva y continúa. Ahora los recuerdos fluyen, en una catarata de hechos que guían el hilo conductor de lo que es. “Me decía que mi lugar estaba allá, que tenía que formarme, que estudiase Turismo...”. Y ella, buena hija, se formó y se licenció, aunque lo hizo en Filosofía. Se adentró en el mundo de la enseñanza; trabajó como profesora de Ética en la Fundación Educacional El Salvador. Algo que nunca le impidió seguir en contacto con la naturaleza. “En Chile hacía trekking”, recuerda.  

Más tarde, casi sin querer, se toparía con las becas BEME. “Fue en Facebook. Estaba navegando y me encontré un anuncio”, detalla, antes de continuar: “El escenario en Chile está muy feo. Yo estaba en paro, cesante, y cuando lo vi, lo tuve claro”.  

"LAS BEME HAN SIDO UN GRAN REGALO DEL UNIVERSO, DE DIOS, DE MI PAPÁ"

Estas becas ofrecen cada año, a 150 jóvenes gallegos del exterior, la posibilidad de cursar en Galicia sus estudios de postgrado. Una puerta abierta hacia un nuevo futuro profesional. Para Fabiola, la oportunidad de “empezar de cero”. “Las BEME han sido un gran regalo del universo, de Dios, de mi papá”, afirma con la seguridad que da saberse en el lugar donde una sólo se había imaginado.  

Siempre muy unido a Galicia 

Esta Galicia poco tiene que ver con aquella que Pedro Monasterio dejó atrás hace más de seis décadas. Sin embargo, hay cosas que permanecen exactamente igual, inamovibles al paso del tiempo y del relato: “Aquí las plantas se riegan solas. Mi papá siempre me lo decía”.  

De trekking en Chile.
De trekking en Chile.
En su época de profesora.

Muchos años después, por supuesto, las plantas gallegas se siguen regando solas. Algo, al principio, incomprensible para Fabiola. “En Chile, el invierno pasado llovió dos o tres días”, expone. Y continúa tirando de recuerdos: “Mi papá siempre estuvo muy unido a Galicia”. Hay que estarlo para resumir de un modo tan simple y tan perfecto la esencia de esta tierra: el lugar donde las plantas se riegan solas.  

Un espacio frondoso, verde, henchido de plantas y de bosques, de naturaleza, de mar y de montaña... pero también de calidad de vida, de tranquilidad, de rutina y de quehaceres. “Me encanta Galicia”, sentencia Fabiola, al tiempo que retoma su añoranza: “Una semana antes de partir, me cantó el himno gallego”.    

Fabiola ha recorrido ya gran parte de esa Galicia verde y húmeda. Y lo ha hecho, en parte, gracias a las prácticas del Máster en Dirección de Actividades Educativas y de Naturaleza, que cursa en el campus de Lugo de la Universidad de Santiago de Compostela. El Castro de Baroña, las Fragas del Eume, los Picos de Europa...  

Y ahora aguarda paciente, a la espera de que los tiempos del Covid-19 nos concedan una tregua. En el horizonte, la opción de vivir en A Coruña, la infancia de su padre, la cuadratura del círculo. Y siempre, seguir disfrutando de Galicia. Aunque llueva, y mucho, porque este viaje concluye en el lugar donde las plantas se riegan solas.  

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En Galicia.
Otra de las excursiones por nuestra tierra.
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La nostalgia del mar entre los dedos

  • Tamara Acha emprendió su aventura londinense en 2014. Allí acabó trabajando en una empresa de videojuegos: contrato indefinido y un futuro en la gran ciudad. Y pese a todo, echaba de menos Galicia a cada instante
  • Una beca BEME de la Xunta le ha permitido dejar todo atrás y volver a casa
05
May
2020
Tamara, disfrutando del mar en uno de sus regresos.

Cada vez que volvía a casa, Tamara Acha sentía nostalgia de la ría. Una especie de atracción que tiraba de ella suavemente, hasta pararla delante de una playa cualquiera en Vilanova de Arousa. El mar otra vez ante sus ojos; el sonido de las olas que se arrullan sobre las piedras de la orilla; la arena que se desliza entre los dedos... Y entonces, sólo entonces, ya todo cobra sentido... Hasta que el avión de vuelta a Londres deja atrás esa misma ría enamorada, convirtiéndola en un pedacito azul en el olvido.  

“Cada vez que venía, me costaba más hacer las maletas y regresar a Londres”, confiesa Tamara, desde la felicidad que da saberse ya de vuelta en casa. Pero vayamos por partes, porque no todo ha sido tan sencillo. Tamara se graduó en Traducción e Interpretación en 2014, en la Universidad de Vigo. “En España no había mucho trabajo, así que decidí marcharme a Londres”.  

Dicho así suena sencillo, aunque ese primer viaje resultaba algo parecido a una aventura, con un tesoro aún por descubrir. La primera prueba de esa búsqueda duró 6 meses, el tiempo que estuvo trabajando como AuPair en una familia londinense. “Aprendí mucho inglés porque me pasaba el día hablando con los niños”, destaca.  

La mejora del idioma supuso el salvoconducto necesario hacia la segunda prueba de la búsqueda. Esta vez, la misión transcurría en un cine en la zona de Picadilly. Pero claro, los cines en la City no son como en provincias. Este, en concreto, tenía restaurante y bar privado. Además de la taquilla. Un escenario idóneo para seguir con el aprendizaje del inglés.  

La empresa de videojuegos

“Después del cine, ya tenía el nivel suficiente para plantearme buscar trabajo en lo mío”, prosigue su relato Tamara, con la seguridad de quien ya ha vivido lo que narra. Y así entramos en la tercera fase de la búsqueda de ese tesoro. Un periplo centrado en la ‘traducción multimedia’ o ‘audiovisual’. En este campo uno puede imaginar multitud de posibilidades en un mundo tecnológico e interconectado: cine, televisión, teatro, publicidad, medios audiovisuales o dispositivos móviles. Falta una: los videojuegos. 

TRAS TRES AÑOS Y MEDIO EN LONDRES, TAMARA COMENZÓ A TRABAJAR EN UNA EMPRESA DE VIDEOJUEGOS

“Nunca fue una cosa que pensara en un primer momento, pero surgió la posibilidad de trabajar en una empresa de videojuegos, y me sedujo la idea”, continúa Tamara uniendo los puntos hacia atrás. Había encontrado su tesoro... al menos por ahora. Porque la brisa de fondo traía siempre aromas de saudade. Pero no perdamos el hilo todavía.  

Tamara co sus amigos en Winter Wonderland.
En la National Gallery.
En Picadilly con una amiga.

Continuamos en ese Londres mezcla de clásico y moderno, en el que los cubos acristalados de las nuevas construcciones se entremezclan con aquellas de aire señorial, resquicio del pasado en el presente. Y seguimos también en esa empresa en la que Tamara comienza su aventura como ‘tester 

Tiene dos funciones. Una, simple y más monótona: traducir juegos. La otra, vinculada a las grandes compañías que ya mandan su proyecto traducido: “Te daban el videojuego y tenías que testearlo. Revisar el texto, atendiendo a la gramática y la lengua; pero también observar si los gráficos estaban bien, si los personajes y la historia eran coherentes...”. Vamos, que había que jugar sin piedad para dejar el producto listo para el mercado. 

EN LA EMPRESA, TESTEABA LOS VIDEOJUEGOS PARA DEJARLOS LISTOS PARA EL MERCADO

“Estaba súper contenta, aprendí muchísimo, éramos un equipo de gente joven...”, expone Tamara. ¿Pero? Pero la ría continuaba de mar de fondo. Y eso que en Londres vive su hermana Lorena. “Con ella me quitaba el mono del gallego”, confiesa.  

La beca BEME 

Un consuelo diminuto entre dos mundos antagónicos: la calma frente al estrés, la cercanía en contraposición a las distancias, el hogar batallando con la City. “Allí las cosas pasan mucho más rápido. La vida es más frenética”. 

Así que cuando le concedieron una beca BEME no dudó. “Sin la beca no hubiese vuelto nunca”. Con ella, cerró los ojos e hizo las maletas dejando atrás un contrato indefinido, un proyecto ilusionante, el tesoro que había buscado durante casi 4 años. Sin duda, Galicia es mucho. Al menos, para algunos, más que Londres.  

En Galicia, con sus amigos.
Con su madre.
Con la Ría de Arousa al fondo.

Estas becas son una iniciativa del Gobierno gallego para traer de vuelta a casa cada año a centenares de jóvenes de la comunidad que están en el exterior, ofreciéndoles la opción de cursar sus estudios de postgrado en una de las tres universidades gallegas.   

Tamara ha elegido Vigo, donde realiza un Máster en Traducción Multimedia. “Que además tiene una asignatura que es ‘Localización de videojuegos’”, añade a modo de anécdota. Lo que sí que no es una anécdota es su voluntad de permanencia: “Quiero quedarme. Es verdad que aquí no hay muchas opciones, pero puedo trabajar como autónoma, desde casa, para todas las empresas”. Cualquier cosa con tal de poder sentir cuando uno quiere la arena que se escurre entre los dedos, el mar mojándote los pies, el olor a salitre del amanecer... Cualquier cosa con tal de sentir Galicia a cada instante 

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De Ferrol a Fráncfort, ida y vuelta

  • Nerea Couto Caldelas nació en Ferrol y se licenció en enfermería, pero la vida la acabó llevando a Fráncfort
  • Después de 5 años y medio en Alemania, una beca BEME le abrió la oportunidad de volver a Galicia a cursar un máster en Prevención de Riesgos Laborales
14
Apr
2020
Nerea en Fráncfort

Renania puede parecer la menos alemana de las regiones alemanas. Atravesada por el Rhin; dibujada a la sombra de lo que hoy son Francia, Luxeburgo, Bélgica y los Países Bajos; refugio de valles, paisajes, pueblos y castillos; hilo conductor de un sinfín de cuentos, leyendas y poemas del romanticismo germano. 

Un espacio alegre y desenfadado, en el que el sol reina muchas veces, y que esconde lugares como Siegen, que además de una marca de electrodomésticos es un municipio de más de 100.000 habitantes. Allí llegó en 2014, con apenas 23 años, Nerea Couto Caldelas, gallega y de Ferrol, que decidió emprender una aventura, su aventura, a una edad ideal y en un país también ideal, al menos en lo que a oportunidades laborales se refiere. Aunque la vida, como veremos, es más que eso. 

“Estuve dos años buscando, y aquí no había un trabajo con buenas condiciones”, relata esta licenciada en Enfermería, que no dudó cuando una empresa alemana se acercó a Galicia con vacantes por cubrir. “Vinieron a hacer entrevistas, y al final se llevaron a diez”, recuerda al tiempo que reconoce que esa sensación de emprender la marcha en grupo fue uno de los motivos que ayudó.  

Antes, compartieron dos meses en Extremadura en un curso intensivo de alemán. De lunes a miércoles, mañana, tarde y noche. Jueves y viernes, hasta el mediodía. 60 jornadas de inmersión lingüística de la que salieron a flote con un nivel B1. “Para defenderte te da, pero cuando de verdad aprendes es allí, trabajando, en el día a día”, subraya Nerea. 

Un día a día que la fue conduciendo por Renania. Primero Siegen; luego Cléveris; finalmente, Fráncfort, en uno de sus hospitales. “Allí tienes la oportunidad de moverte sin problema. El aspecto laboral está mejor, pero en cuanto a calidad de vida... para mí no compensa”, reconoce Nerea desde el convencimiento que dan 5 años y medio en Alemania.  

Y es que al final, la tierra tira... y mucho. La gastronomía, la familia, la vida social, esa alegría de vivir tan típica de aquí, que no de allá. Porque Galicia no es Alemania, ni falta que hace. “Tenemos mucha más vida social. Allí hay mercadillos de Navidad, se juntan en casa de alguno... y poco más”, reconoce. 

 

La oportunidad de volver 

Por eso no lo dudó cuando una beca BEME -acrónimo del gallego Bolsas Excelencia Mocidade Exterior- le abrió las puertas de Galicia. Esta iniciativa, promovida por el gobierno gallego, trae de vuelva a casa cada año a cientos de jóvenes de la diáspora que quieren cursar en su tierra estudios de postgrado o de Formación Profesional.  

En el caso de Nerea, ha sido el Máster de Prevención de Riesgos Laborales que se imparte en la Facultad de Ciencias Laborales, en Ferrol. Allí reside con sus padres, Mariló y Luis, y con su hermana, Arancha. Otra vez en casa, aunque sea en esta cuarentena forzosa que nos ha tocado vivir. 

“Al principio venía más a menudo. Tenía más facilidades cuando trabajaba en la empresa. Juntaba horas y hacía un fin de semana largo porque los compañeros te cubrían”, continúa recordando Nerea. En el hospital la vida se complicó: horarios menos flexibles, turnos fijos, menos retornos a Galicia. “Venía 3 ó 4 veces al año”, recuerda.  

Aunque para matar la ‘morriña’ recibía la visita de los suyos. “Mis padres vinieron a verme, pero se volvieron congelados. Era la época de Navidad, y los mercadillos estaban muy bonitos, pero hacía mucho frío”, relata Nerea. Aunque también reconoce que el clima, al menos en Renania, suele acompañar: “Es más seco, pero en verano, por ejemplo, estás por encima de los 30º”. 

Pese a todo, Galicia sigue llamando a sus puertas. Con suavidad, como hacemos siempre los gallegos. Pero ahí sigue la tierra vislumbrándose en el horizonte de Nerea, que ahora tiene una doble oportunidad: “Tengo dos ramas por explorar. La enfermería y la prevención en riesgos laborales”. Que es algo así como la vocación o la seguridad. Pero siempre en Galicia.   

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"No puedo imaginarme la ilusión enorme que les haría a mis abuelos saber que estoy aquí”

  • Camila Jiménez nació en Buenos Aires hace 25 años; hoy descubre Galicia, la tierra de sus abuelos, gracias a una beca BEME
  • Sus abuelos partieron desde Vigo a Buenos Aires en 1952: se conocieron en el viaje y se casaron nada más desembarcar
07
Apr
2020
Pasaporte del abuelo de Camila datado en 1952

La de Camila es una de esas historias que se anudan de tal manera a ambos lados del Atlántico, que uno corre el riesgo de acabar perdiendo el hilo. Vayamos por partes. Digamos que todo comienza en 1952, en una de aquellas grandes remesas de gallegos que embarcaban con una mezcla de dolor y de esperanza: el dolor de quien deja atrás su tierra, quien sabe si para siempre; y la esperanza del que confía en que lo mejor está todavía por llegar.  

Con ese extraño sentimiento subieron a aquel buque, en Vigo, dos jóvenes gallegos. Benito González Quiroga, 29 años, natural de Punxín, un delicioso pueblecito del rural orensano, ubicado en pleno corazón de O Carballiño; y Carmen Costa Nieto, 17 años, que emprendía su aventura familiar desde Santiago de Compostela. No se conocían todavía. Pero tres meses de trayecto entre Vigo y Buenos Aires, en uno de aquellos trasatlánticos atestados de pequeños camarotes, dan para mucho. Para tanto, que se casaron nada más desembarcar. 

 

Luego vendrían cuatro hijos –Marisa, Ricardo, Fernando y Gustavo- y una historia por vivir en Buenos Aires. En 1993, Marisa se casaría con Jorge, amigo de uno de sus hermanos, y tendrían otros tres hijos: Camila, Manuel y Lautaro. La familia crecía y crecía al tiempo que Benito y Carmen se alejaban de las opciones del retorno.       

“Lamentablemente, mis abuelos nunca volvieron a Galicia”, recuerda ahora Camila, casi 60 años después de aquella odisea familiar; una de tantas y tantas emprendidas en esos años por gallegos anónimos, capaces de desafiar a su propio destino para salir adelante.  

En el caso de Benito, por ejemplo, eran 10 hermanos, y todos se fueron a Argentina. Uno detrás de otro. “Por algo somos la quinta provincia gallega”, subraya Camila, orgullosa de su historia y del relato vital de su familia, que ahora la ha conducido a ella, casi sin querer, por esos intangibles del destino, al origen de todo. A ese Ourense rural y familiar.  

 

Galicia y las BEME

“Es algo medio loco”, describe cargada de alegría. “Estoy viviendo a 15 minutos de la casa familiar de mi abuelo en Punxín. No puedo imaginarme la ilusión enorme que les haría a mis abuelos saber que estoy aquí”, continúa Camila, con la felicidad de quien ha logrado encajar todas las piezas del puzle.  

Algo que ha conseguido gracias a las becas BEME –Bolsas Excelencia Mocidade Exterior, en gallego-, una iniciativa de la Xunta de Galicia que cada año trae de vuelta a la comunidad a cientos de jóvenes del exterior, nietos o hijos de aquellos que un día tuvieron que partir, para que puedan cursar aquí sus estudios universitarios de postgrado o de Formación Profesional.     

Camila Jiménez en Galicia
Camila Jiménez en Galicia
Camila Jiménez en Galicia

Camila ha optado por un master en Nutrición en la Universidad de Vigo, que se desarrolla entre el campus de la propia ciudad olívica y el de Ourense, donde reside. Una oportunidad que la ha traído a Galicia por primera vez, si bien ella misma se autodefine como “gallega de comer pulpo los domingos y ver la gaita de mi abuelo en su departamento”. “Me crié en una casa de comida, gestos y palabras gallegos”, resalta

Una Galicia que no ha defraudado sus expectativas. “Me ha capturado de tal manera que mi idea es quedarme”, reconoce sin ambages, con la certeza de quien vive en el lugar que siempre ha deseado: el Ourense de sus abuelos.  

 

La visita de sus padres: el primer contacto con sus orígenes 

Lugar e historia que han descubierto también sus padres. “Ninguno de los dos había venido nunca. Me visitaron en febrero. Si yo estoy emocionada, imagínate a mi madre. La primera vez que estaba en contacto con sus orígenes. El pueblo y la casa de la infancia de su padre... Y mi papá también es nieto de gallegos, sus abuelos eran de Lugo”, continúa Camila convencida, así lo repite una y otra vez, y no le falta razón, de que “todo esto es algo medio loco”.  

Pero también algo que debe disfrutar. Esa Galicia de la que tanto escuchó hablar, con la que creció y maduró, pero que nunca había visitado. Una Galicia de la que todo te sorprende: las grandes ciudades, el rural, la cercanía, la tranquilidad... “La impagable seguridad de saber que no te va a pasar nada”.  

Todas esas cosas, y muchas otras, son las que hacen que Camila lo tenga claro. Al final, la tierra, aunque uno no la hubiese descubierto hasta cumplir los 25, tira. Y mucho. “Me encanta A Coruña, y Vigo con su universidad, su gran hospital... Pontevedra es hermosa. Pero es que Galicia tiene de todo: las playas, la naturaleza, la sierra del Xurés, la Ribeira Sacra...”, relata del tirón.  

Y lo hace convencida de que Galicia es tan apasionante que ya imagina todo lo que le queda. Las Islas Cíes, por ejemplo. O ir a la playa en verano. Ya llegará. Por ahora, aún confinada, continúa disfrutando la tierra de sus orígenes.

Camila con sus padres en la casa de la infancia de su abuelo Benito, en Punxín (Ourense).
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La familia "inalcanzable"

  • “Pasamos 15 días con la familia en Noia. Mamá tenía a sus tías, más de 20 primos y más de 30 primos segundos a los que aún no conocía. No nos alcanzó el tiempo a verlos a todos”
  • Sabrina Dalio Arufe, de Argentina, estudia un máster con una beca BEME y tiene claro que quiere instalarse en Galicia
03
Apr
2020

La primera vez que Sabrina Dalio Arufe pisó Galicia, no le "alcanzaron" 15 días para conocer a toda la familia. Un verbo, se imaginan, que nos lleva directos hacia América, que nos embarca en otro relato apasionante mecido entre las olas del Atlántico, que une, entre cadencias, Galicia y Argentina, la otra patria, la patria chica.

La historia arranca en Noia, en 1914, con el nacimiento de Ventura Arufe, que vivió su infancia en blanco y negro antes de viajar con su papá hacia Argentina. Tenía apenas 11 años. La meta, de sobra conocida; ganar dinero, hacer fortuna, y volver a Galicia a disfrutar. Pero los cuentos, por mucho que Disney los endulce, no suelen ser tan fáciles. La bruja de la Bella Durmiente da pavor; la madrastra de Blancanieves resulta terrorífica; a Hansel y a Gretel los abandonan sus padres en el bosque...

Y algo de eso hay en este libro. O tal vez no. Lo cierto es que los dos Arufe desembarcaron en Buenos Aires convencidos de un éxito seguro, anticipado por los primos que esperaban.

Al otro lado del océano había trabajo abundante y bien pagado. Las fábricas demandaban empleados, y el país navegaba viento en popa. Cualquiera podía subirse en ese barco.

Pero olvidaron un detalle: había trabajo para todo... el que supiese leer y escribir. Y en aquella Galicia aún decimonónica, atrapada en una esquinita de una España venida a menos y expuesta a los vaivenes de la historia, no era extraño encontrar jóvenes analfabetos. Niños que crecían trabajando, sin estudios. El padre de Ventura era uno de ellos.

En resumen, los Arufe no hicieron tanta plata y a los pocos años el padre emprendió el camino de regreso. Decidió dejar el hijo pese a que este quería volver, aunque la visión de la gente de Noia es que se quiso quedar. Ya saben, los cuentos se suelen complicar.

En este, pese a todo, Ventura trabajó y trabajó en busca de su final feliz. Lo encontró al noroeste, en Catamarca, donde conoció a Lidia. Se casaron y tuvieron cuatro hijos: Héctor, Norma, María Eugenia y Víctor. Años más tarde, ya en 1984, María Eugenia se casaría con Julio, y así volvemos al principio, hasta Sabrina.

La familia gallega

 "La primera vez que vine a Galicia fue en 2006, gracias al programa Descubre tu origen", relata. Una iniciativa del Gobierno gallego -hoy Conecta con Galicia- que suma 30 años ofreciendo a los jóvenes de la diáspora la oportunidad de conocer la tierra de sus padres y abuelos.

Sabrina no la desaprovechó. Y además no lo hizo sola. "Mamá vino también, y cuando acabé el programa, pasamos 15 días con la familia en Noia. Tenía a sus tías, más de 20 primos y más de 30 primos segundos, gallegos, a los que aún no conocía. No nos alcanzó el tiempo a verlos a todos", recuerda.

Un plan que había comenzado a gestarse poco antes, en Buenos Aires, gracias al esfuerzo de otra prima. Esta vez de Cádiz.

"Vino a vernos en el 2000. No nos conocía, pero aprovechando un viaje de trabajo, decidió buscarnos y nos encontró", relata Sabrina, que no duda en reconocer que desde ese momento su madre contrajo una especie de "obligación moral" para localizar a su familia gallega. Aquella que había visto partir al pequeño Ventura, finalmente para siempre. Porque su abuelo ya no volvió. Se lo llevó un cáncer por delante con apenas 46 años.

Su madre, por fortuna, pudo hacerlo. En el 2000, y ahora, en 2019, de nuevo en compañía de su hija, que ha vuelto a Galicia de la mano de las becas BEME -acrónimo en gallego de Bolsas Excelencia Mocidade Exterior-. Una iniciativa que cada año ofrece a 250 jóvenes del exterior la posibilidad de continuar sus estudios en la tierra de sus orígenes, haciendo un postgrado en alguna de las tres universidades de Galicia o iniciando aquí su Formación Profesional.

El futuro gallego

Sabrina, de 30 años, optó por el Máster en Gestión y Dirección Laboral de la Universidad de Santiago de Compostela. Aunque la especialidad le ha cogido en Ferrol, donde comparte piso con una compañera a la espera de que el coronavirus conceda una tregua. "Estamos haciendo distintos trabajos y actividades, aunque tal vez tengamos clases virtuales en breve", apunta.

Y reconoce también que siempre quiso volver. Porque Sabrina nació allí, pero creció con una parte de su alma mirando hacia Galicia. Desde los 4 años bailó siempre en gallego, en la Sociedad Parroquial de Vedra, en Buenos Aires.

Hoy mira hacia atrás con la nostalgia propia de quien se ha hecho persona en Argentina, y hacia el futuro con la esperanza de aquel que tiene claro lo que busca: "Instalarme en Galicia". La Galicia de sus orígenes; la de su abuelo Ventura y la de la extensa familia de su madre; la Galicia "tranquila y apacible"; la que te enamora y de la que "todo te gusta". En una palabra, Galicia.

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“El bichito de querer volver siempre a Galicia”

  • "Antes de empezar la carrera me vine a Vigo a conocer a mi familia y a aprender español"
  • Viviana Martínez, becaria BEME, volvió de nuevo a Galicia y cursa un máster en la Universidad de Vigo
31
Mar
2020
Viviana Martínez, primera por la derecha

El día que Viviana acudió a la fiesta de cumpleaños de la hermana de su amiga Luize no sabía que su vida estaba cambiando para siempre. El relato resulta enrevesado y caprichoso, como un niño indolente y holgazán. Luize la invitó porque "era la única que hablaba español perfectamente" y había que ser amable con uno de los invitados: Alberto, un joven mexicano llegado a Río por motivos de trabajo y con la única referencia de Luize en su agenda de contactos. Referencia dada, a su vez, por un amigo de Alberto que la había conocido en Canadá, en uno de esos viajes de juventud que buscan el aprendizaje del inglés.

Pues bien, si todavía no se han perdido, Viviana y Alberto están hoy felizmente casados 13 años después de aquel inicio.

Río, México, otra vez Río, Londres, y ahora Vigo. Un cuento aún sin final pero que ya acumula páginas de historia.

"Alberto trabajaba en la British American Tobacco. Empezó en México, y lo trasladaron a Río. Allí, en esa fiesta, fue donde lo conocí. Después retornó a México, a donde ya fui con él. Pero desde 2010, la guerra contra el narcotráfico se recrudeció en el país, y al final volvimos a Brasil. En el 2017 lo destinaron a Londres", relata Viviana, atando recuerdos con la misma facilidad con la que un hincha pela pipas.

El origen vigués

Y así llegamos a Vigo, que no es ni Río, ni Londres, ni Monterrey (México), pero que puede que tenga más historia; al menos para ella. Porque el de Viviana es un relato que se entremezcla a ambos lados del Atlántico y en el que acaba triunfando la morriña. Sus abuelos eran de Teis, un barrio obrero de la ciudad olívica que se acuesta sobre la falda del monte de La Guía. "La primera vez que vine fue en 1997... y me picó el bichito de querer volver siempre a Galicia" 

El abuelo de Viviana Martínez, con su cuñada y su mujer, en la calle Príncipe
Los padres de Viviana Martínez, antes de casarse

¿Y a quién no? Más si cabe si tu familia gallega está tan arraigada que a día de hoy continúa con "todas las celebraciones en la casa de los bisabuelos". Pero el camino hasta aquí no ha sido fácil. Nunca lo es.

El abuelo de Viviana embarcó en el Puerto de Vigo en 1953, en una más de aquellas estampas grises, cargadas de nostalgia, de gallegos que dejaban atrás a su familia.

En este caso, un hijo de dos años. Bajó en Río y empezó su aventura laboral, aunque no fue tan bien como esperaba. Enfermó y volvió a España, donde convenció a su mujer para emprender un nuevo viaje hacia Brasil, hacer caja y retornar en un par de años.

Atrás quedaba de nuevo el pequeño Manuel, a quien la vida y sus caprichos dejaría sin padres mucho más tiempo del previsto. En Río la familia creció rápido: Eduarda, Avelino y Celia. Tres embarazos y tres hijos que impedían un retorno que nunca se produjo. 

Hasta 1966, cuando el reparto de una herencia familiar abrió una puerta que conducía hasta Galicia. El plan era volver para quedarse, pero en estas cosas de familia y testamento siempre hay problemas. Al final tocó volver, y el pequeño Manuel, que ya no era tan pequeño, afrontó el "gran reto" de su vida.

El padre de Viviana y su prima, en la playa de la Punta de La Guía

"Papá siempre lo define así: el gran reto de su vida. Cuando lo dejaron en casa de la abuela, con tres primos, tenía sólo dos años. Ahí se crió. Y ahora tenía que empezar a vivir con su verdadera familia siendo un adolescente, con tres chicos que no conocía, pero eran sus hermanos", expone Viviana, que apunta otras dificultades sobrevenidas como la adaptación a un modelo educativo diferente o el aprendizaje del idioma.  

 

Pese a todo, la buena gente suele encontrar un camino por andar, y Manuel no iba a ser una excepción. Se casó en 1978 con María Sally. Un matrimonio del que nacerían dos hijos: Viviana (1979) y Bruno (1981).

 

La primera vez en Galicia y las BEME

 

Viviana creció feliz en Río hasta que llegó el momento de ir a la universidad. "El sistema educativo allí es distinto. Si no entras a la primera en la carrera, tienes que esperar seis meses para empezar", explica. Medio año que aprovechó para viajar al origen de todo: "Salí de la falda de mi mamá y me vine a Vigo a conocer a mi familia y a aprender español".

 

Y desde entonces, ya saben, "el bichito de querer volver siempre a Galicia". Una oportunidad que surgió de nuevo el año pasado con las becas BEME -acrónimo en gallego de Bolsas Excelencia Mocidade Exterior-, iniciativa promovida por el gobierno gallego para traer de vuelta a Galicia a los hijos y nietos de aquellos que en su día tuvieron que partir. El programa les ofrece la oportunidad de cursar aquí sus estudios de postgrado.

 

Viviana es una de ellas. Ha elegido el Máster en Administración Integrada de Empresas y Responsabilidad Social Corporativa de la Universidad de Vigo. "Hemos terminado las clases, pero aún no hemos podido empezar las prácticas", cuenta.

Cosas del Covid-19. Le tocaba hacerlas en una agencia de márketing que trabaja en el proyecto del Centro Comercial Vialia, en Vigo. Pero la cuarentena no hace distinciones.

 

Mientras tanto, espera paciente en casa con Alberto, que organiza también en Vigo su futuro tras terminar en Londres el contrato con la British American Tobacco. Por delante, paciencia, como todos, pero también un futuro cargado de esperanza. A fin de cuentas, sea lo que sea, será en la tierra de su padre. La culpa la tiene ese "bichito".  

 

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“Vivimos en un lugar privilegiado”

  • “Tuve noticia de las BEME y pensé que era una buena oportunidad para volver a Galicia y desarrollar aquí todo el conocimiento adquirido”
  • Óscar Reinoso, gallego de Ourense, cursa un Máster en Dirección Integrada de Proyectos tras regresar de Lisboa
27
Mar
2020

El río Gafos nace silencioso en Mato da Xestiña, Figueirido. Un diminuto torrente de agua que crece poco a poco camino de Pontevedra. Allí llega con más vida, con más cuerpo, con más gracia, atravesando la ciudad hasta desembocar en la ría. Cruza varios molinos y distintos lavadores, cargados de historias vividas hace casi dos siglos, cuando estaba prohibido lavar en el curso del río Lérez, el hermano mayor y conocido. Atraviesa también dieciséis puentes. Uno de ellos, poco antes del final, el Ponte Nova o Ponte Vella, que junto al Ponte do Burgo del Lérez (otra vez el que goza de más fama) dio nombre en otra época a la capital de la provincia: 'Ad Dúos Pontes'.

Esta es una historia, de otra historia que forma parte de nuestra historia. La de Óscar Reinoso, gallego y orensano, que un día tuvo que emigrar, por lo que fuese, y que hoy ha vuelto a casa, llenando con la tierra aquellos recuerdos de añoranza, de olor a lluvia, de copas de licor café. Un viaje circular que pasa por Dublín y por Lisboa, y que concluye en el río Gafos. Pero vayamos por partes.

Óscar, 32 años, licenciado en Dirección y Administración de Empresas, decidió un día que el mundo era más grande que Galicia, y emprendió su aventura personal.

Primero, Lisboa, donde estuvo unos meses antes de marchar hacia Dublín. Irlanda, no obstante, no cuajó, así que dio marcha atrás hacia Lisboa, donde comenzó, sin saberlo, a apuntar hacia el río Gafos.

Allí realizó un Máster en Investigación en Estudios Urbanos en la Universidad Nova de Lisboa. Una especia de "reciclaje profesional", como él mismo apunta, que le llevaría luego a una tesis sobre la necesidad de gestión de participación ciudadana en los proyectos de investigación.

Óscar Reinoso, becario BEME, en Lisboa antes de volver a Galicia.

"Con el trabajo de fin de máster me centré en la metodología 'Play the City'", expone, un método centrado en la mejora de espacios urbanos a través de la construcción de un juego en el que participa la propia ciudadanía hasta configurar el mejor lugar posible. "Entré en contacto con el método en Holanda, durante los 6 meses que estuve de Erasmus", recuerda Óscar con la tranquilidad del que ha viajado mucho aun siendo joven.

 

Una beca para volver a Galicia

 

En Lisboa, entre estudios y trabajo, fue feliz durante un tiempo. Salvo un pequeño paréntesis de esos que por desgracia permanecen: la muerte de su padre, Manuel. Pero siguió adelante, convencido de centrarse en su carrera académica. "Luego descubrí que no era lo mío", relata.

 

Y entonces aparecieron las BEME, unas becas promovidas por el gobierno gallego pensadas para traer de vuelta a casa el talento de los jóvenes de la diáspora, gallegos o descendientes de gallegos que un día tuvieron que partir. Óscar, por ejemplo.

"Tuve noticia de las BEME y pensé que era una buena oportunidad para volver a Galicia y desarrollar aquí todo el conocimiento adquirido", expone.

Lo está haciendo con un Máster en Dirección Integrada de Proyectos, a caballo entre la Universidad de Vigo y la de A Coruña. Aunque ahora, cosas del Covid-19, está en casa, en Ourense, con su madre, Belén, y su hermana, Antía. "La cuarentena nos ha cogido con un cambio de asignatura. Hemos empezado una muy apropiada, 'Gestión de riesgos'", ironiza, mientras relata que, por fortuna, las clases online les permiten seguir con normalidad en medio de una situación extraordinaria.

  

El proyecto del Gafos

 

Y mientras que todo esto pasa, Óscar ya apunta directo hacia ese río Gafos que subyace en el fondo de esta historia. "Ya tengo cerrado el tema del trabajo de fin de máster: vacíos urbanos en el Gafos; regeneración con la ciudadanía", avanza.

Allí, a orillas del barrio de Campolongo, se multiplican los espacios y las opciones para rehabilitar uno de los lugares con más memoria de Pontevedra. El de un río que debe su nombre a un antiguo hospital de Leprosos (gafos en gallego-portugués) y que, en la última década, ha comenzado a revivir gracias al trabajo de las administraciones y al colectivo Vaipolorio.

Pero, sobre todo, el de un regato gallego que le permitirá a Óscar no echar de menos su tierra. Esa Galicia de la que tuvo que partir y que hoy quiere contribuir a mejorar. Lo que se pueda.

"Ahora aprecio más lo que tenía: los paisajes, el carácter, nuestra forma de ser (la de los gallegos)", señala, mientras que rememora alguna anécdota de esas que despiertan la morriña.

"Recuerdo la fiesta de los Santos Populares de Lisboa. Unos amigos italianos y gallegos montaron un puesto que mezclaba la empanada con la pizza y el limoncello con el licor café. No veas lo que triunfó el licor café", recuerda entre risas.

¿Y a alguien le extraña? A fin de cuenta, muchas veces no valoramos la grandeza de lo ordinario. El propio Óscar lo explica mientras concluye con una frase que lleva a cuestas toda la mochila de una vida: "Vivimos en un lugar privilegiado".

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“Siempre tuve mucha nostalgia por Galicia”

  • “En Argentina fui feliz, pero nunca me terminé de sentir parte del todo. Tardé en integrarme, y echaba de menos Galicia”
  • “La Xunta está invirtiendo para darnos un futuro mejor en Galicia, para que nos quedemos e impulsemos nuestro proyecto personal y profesional aquí"
25
Mar
2020
Gala Patiño, becaria de una edición, y su marido en la Universidad de Santiago.

Gala Patiño camina tranquila por la facultad de Derecho de la Universidad de Santiago de Compostela. Es un lunes cualquiera del mes de febrero. Fuera luce el sol y el mundo aún está lejos de cambiar. Dentro, en el salón de actos, comienza una jornada para los beneficiarios de las BEME –acrónimo en gallego de Bolsas de Excelencia Mocidade Exterior-, una iniciativa que cada año promueve el gobierno autonómico para que aquellos gallegos del exterior que lo desean puedan volver a su tierra a cursar estudios de postgrado en alguna de las universidades de la Comunidad.

Gala es una de ellas.

“Siempre quise volver”, afirma con la seguridad de quien lleva demasiado tiempo esperando ese momento.

Pero la vida tiene obligaciones y tiene padres. Los suyos se casaron en Argentina y se vinieron a Gondomar (Galicia), donde Mario abrió una clínica dental. “Yo nací en Fátima (centro médico de Vigo)” relata; como tres de sus cuatro hermanas.

Y allí, a caballo entre Vigo y Gondomar, esa pequeña villa del Val Miñor, flanqueada por la sierra del Galiñeiro y la ribera del propio río Miñor, vivió una infancia plena: “Nunca nos preocupamos por nada, simplemente de ser niños”. Taekwondo, tenis, equitación, viajes por Europa… Una lista digna de los Reyes Magos.

Tal vez por eso la morriña se enganchó a su alma cuando llegó el momento de partir: “Siempre tuve mucha nostalgia por Galicia”. La misma que su padre sentía por Argentina, por los asados y las fiestas familiares, por el calor que da sentirse en casa.

Allí Gala se hizo mujer, se licenció en Veterinaria, conoció al que hoy es su marido, Leo Aybar… pero al final, una esquinita de ella echaba de menos la otra tierra; toda la otra tierra; hasta la lluvia y la humedad.

“En Argentina fui feliz, pero nunca me terminé de sentir parte del todo. Tardé en integrarme, y echaba de menos Galicia”, expone.

Por eso a cada instante tenía en la cabeza volver, o, al menos, explorar. Australia y Nueva Zelanda surcaban su cabeza, y la biodiversidad y el cuidado del planeta la anidaban. Quería salir, vivir, comprender…

“En Argentina tenía trabajo pero pocas posibilidades de crecer”, resume.

La posibilidad de volver a Galicia

Y entonces aparecieron las BEME, y con ellas la posibilidad de volver a Galicia. Otra vez la tierra. Aquí lleva seis meses cursando el máster en Biodiversidad de la Universidad de Santiago de Compostela.

“Hay cosas que siguen exactamente igual, y otras que han cambiado mucho”, relata. Entonces tenía 14 años, ahora 27. Media vida a caballo entre dos tierras: “Allí la inseguridad existe; siempre está la posibilidad de que pase algo. Tienes la puerta cerrada, hay situaciones que te levantan sospechas... Aquí, en Galicia, no valoramos esas cosas, no existen esas amenazas”.

No en el Pedroso, el barrio verde y apacible de Santiago que ha escogido para vivir. Precisamente por eso, por verde y apacible. Un buen lugar para disfrutar del campo en la ciudad. Por delante tiene un año y medio de estudios e investigación, y todo un futuro por hacer. Si puede ser en Galicia.

Porque Gala, como la inmensa mayoría de los que un día tuvieron que partir, disfruta de la tierra a cada paso. Sin embargo, los buenos cuentos de final feliz siempre ofrecen al lector alguna traba. Papeles, homologación de títulos, permisos de residencia…

Por eso concluye con una petición: “La Xunta está invirtiendo para darnos un futuro mejor en Galicia, para que nos quedemos e impulsemos nuestro proyecto personal y profesional aquí; pero hay cosas que otras administraciones tendrían que mejorar”.

La burocracia daría para cualquier otro relato. Más extenso y más tedioso. El de Gala, por ahora, prosigue aquí, en su Galicia. Y lo hace con Leo: “Cuando nos conocimos ya le dije que quería volver”. Lo dicho: la convicción propia de quien lleva toda una vida esperando ese momento.  

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