Un viaje de ida y vuelta: de Salceda de Caselas a Belo Horizonte

  • “Galicia se parece a mi tierra: verde y con buen clima, aunque aquí hace más frío”
  • Manuela Núñez ha vuelto a la tierra de su padre gracias a una beca BEME
19
Mar
2020

Al sur de Pontevedra, cerca de la frontera con Portugal –como gran parte de esa raya- se asienta el municipio de Salceda de Caselas, que debe su nombre al monasterio de Santa María de Saliceta. Una zona de un verde arrollador que circula, como el propio río Caselas, entre curvas y rellanos hasta morir en tierras de Tui y Salvaterra.

Un lugar igual y diferente, sometido a los mismos avatares de la historia que el resto de Galicia; de esa Galicia en este caso de postguerra, golpeada en lo más hondo por la decepción de un mal conflicto, y en lo más básico por la tristeza provocada por el hambre. Las cosas cambiarían con el tiempo, pero en aquella década de los cincuenta fueron muchos los que emigraron en busca de lo que quisiese ser la felicidad.

Arturo Núñez Barros fue uno de ellos. Con 19 años emprendió el camino que ya había recorrido una de sus hermanas, Milagros. Y que más tarde trazarían otros tres: Enrique, Manuel y Saladina.

De 8 hermanos, más de la mitad al otro lado del océano. Una marea de relatos que se entrecruzan en las aguas del Atlántico y buscan, entre las idas y venidas de las olas, el lugar adecuado de arribada.

El de Arturo fue Belo Horizonte, capital del Estado de Minas Gerais, una ciudad de clima amable bañada por la Laguna de la Pampulha. Podríamos decir que allí se hizo mayor antes de tiempo, pero tampoco sería cierto. Probablemente llegó ya siendo un hombre porque la vida entonces no esperaba.

El reencuentro con Galicia

Y allí también, a la sombra de la Sierra del Curral, conoció a la madre de sus hijos: Mailda Oliveira. Un matrimonio del que nacerían 3 hijas -Cesaria, Manuela y Paloma- y mil negocios. Nos lo cuenta ya Manuela, verdadera protagonista de esta historia. Y lo hace desde Galicia, a donde ha vuelto con el relato de los Núñez, en ese ir y venir de la marea.

“Mi padre emprendió un negocio de hostelería, y le iba bastante bien”, recuerda ya en pasado. Porque cuando Manuela tenía seis años, a Arturo se lo llevó un cáncer fulminante, en una de esas demostraciones de que la vida tiene cruces para todos. “Pero mi madre siguió trabajando, atendiendo los negocios de papá, y sacó adelante a la familia”, prosigue.

No lo hizo mal. Manuela se licenció en Administración de Empresas en 2009 y empezó a trabajar poco después. “Llevo 14 años trabajando”.

Aunque ahora se ha tomado un pequeño respiro para cursar en la Facultad de Económicas de la Universidad de Santiago un máster en Dirección de Empresas.

Lo hace gracias a una beca BEME –acrónimo en gallego de Bolsas Excelencia Mocidade Exterior- promovida por el gobierno de Galicia para facilitar la vuelta a casa de los gallegos de la diáspora.

En el caso de Manuela es un reencuentro. “Pude volver a Galicia en 2018”, reconoce. Fue un viaje relámpago para conocer el origen de su familia, aquella Salceda provinciana que, sin embargo, guarda similitudes con ese Belo Horizonte que se erige hoy en uno de los grandes centros neurálgicos de Brasil. “Se parece a mi tierra: verde y con buen clima, aunque aquí hace más frío”, detalla.    

Aquel viaje, “bonito y emocionante”, dejó huella. Tal vez por eso, cuando surgió la posibilidad de volver, Manuela no dudó.

“Me apunté, me concedieron la beca, y llegué de vuelta a Galicia en septiembre del año pasado”, recuerda.

Ahora disfruta desde Santiago de esa tierra que su padre dejó atrás siendo muy joven, y a la que el destino, siempre caprichoso, nunca le concedió la oportunidad de retornar. Le hubiese gustado, porque poco tiene que ver esta Salceda con aquella en blanco y negro arrasada aún por las penurias de la guerra.

“Son culturas distintas, pero aquí estoy feliz. Poco a poco me voy adaptando”, prosigue Manuela, quien destaca entre las ventajas de Galicia la seguridad, la economía y una sociedad más igualitaria. Eso, y todo lo que está por descubrir. “Me encanta Santiago; y Salceda, claro. Y los sitios que he visitado por ahora: Tui, Ferrol, A Coruña, Pontevedra…”.

Aún le queda tiempo para seguir explorando. Más del que ella y cualquiera de nosotros hubiese deseado. Pero el Covid-19 tiene estas cosas. En cualquier caso, Manuela está feliz. El futuro es hoy incierto para todos, pero le gustaría quedarse, y que viniesen sus hermanas, aunque esa es ya otra historia que complican las familias y el trabajo. En la suya, por ahora, Manuela sigue aquí. Y por mucho tiempo.    

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El niño que siempre quiso ser bonsái

  • "Si quieres ganar, necesitas a un profesional"
  • Manuel Germade es maestro titulado y reconocido por la Asociación Japonesa de Bonsái y la Asociación Japonesa de Shohin Bonsái; el único español
  • Tras 5 años en Japón, hoy enseña al mundo entero su talento desde su Beluso natal
13
Mar
2020

La primera vez que Manuel Germade vio un bonsái fue en un centro comercial. Paseaba con su tía y sumaba apenas 5 años. Tal vez 6. Eso, la edad, no lo recuerda exactamente. Es lo de menos. El resto sí, porque aquel diminuto amasijo de ramas y hojas se quedó para siempre en su memoria, en uno de esos espacios casi eternos que sólo la muerte puede obviar.

"Me gustó tanto que al final conseguí que me lo compraran", relata. Aunque no duró mucho. Pero el pequeño Manuel solucionó la decepción desde el ingenio. Lejos de deprimirse, salió al jardín familiar, cogió la rama de un ciruelo, y la plantó en el tiesto. El ciruelo, paradojas de la vida, no sólo aguantó más que aquel bonsái, sino que arraigó también en la mente infantil de ese pequeño, que empezó a vislumbrar todo lo que la naturaleza esconde.

Hoy, más de 30 años después, Manuel recuerda aquella anécdota con esa mezcla tan gallega de cariño y nostalgia. Algo parecido a la morriña.

Y lo hace desde la misma finca familiar asentada en la parroquia de Beluso, un pedacito de Bueu bañado por la ría en todas partes.

Pero como en cualquier otro relato, han sucedido muchas cosas desde entonces. Hoy Manuel es maestro titulado y reconocido por la Asociación Japonesa de Bonsái y la Asociación Japonesa de Shohin Bonsái, -una categoría de bonsái de 25 centímetros-. Esto, así, puede no decir mucho y, sin embargo, lo dice todo. Es el único maestro español; y en el conjunto nacional sólo hay otro en Madrid y es polaco. Galicia Calidade, ya saben.

¿Y cómo se hace uno "maestro de bonsáis"? Con la misma disciplina que Japón demanda a cualquiera de sus mitos.

Los samuráis fundamentan su leyenda en un código que se resume en diez principios: lealtad, autosacrificio, justicia, sentido de la vergüenza, modales refinados, pureza, modestia, frugalidad, espíritu marcial, honor y afecto.

Los luchadores de sumo comienzan su carrera a los 15 años, conviviendo en los denominados "establos" bajo un régimen entre militar y monacal: se levantan al amanecer realizando en ayunas el primer entrenamiento; ingieren 8.000 calorías diarias; y algunos duermen con máscaras de oxígeno.

El "régimen" de Japón 

Manuel, salvando las distancias, vivió algo parecido cuando, con 29 años, decidió irse a vivir a Japón para obtener el título de maestro. Ciudad de Shizuoka, al sur de Tokio. Familia Urushibata: Nobuchi, el padre; Taiga, el hijo. Profesionales del bonsái. Fueron cinco años de contrastes de un país "muy moderno pero muy tradicional", añorando la tierra a cada instante.

A las siete y media estaba limpiando los baños y la cocina y calentando el agua para los desayunos; a las 8, sacando malas hierbas del jardín; de 9 a 12, con las tareas propias del cuidado de un bonsái; luego, hasta la una, tiempo para comer, "aunque si comías en 15 minutos, mejor que en 30"; y de una a siete de la tarde, más aprendizaje. Después de cenar muchas veces volvía para acabar trabajo pendiente: "Durante el día tenía que ayudar a mi maestro con tareas de construcción y mantenimiento, así que por la noche hacía horas extra para recuperar el tiempo perdido".

¿Y las vacaciones? En Japón no se celebra la Navidad, es un país de budistas y sintoístas. "Al principio, con Nobuchi (el padre) de maestro, cogía quince días en diciembre y una semana en verano. Pero Taiga (el hijo) era más estricto, y apenas tenía una semana suelta en todo el año".

Cosas de un país donde la costumbre impera. Taiga es el menor de tres hermanos: el mayor no quiso continuar la tradición familiar de los bonsáis; la segunda es mujer y rara vez se le ofrece la oportunidad; así que le tocó a Taiga por obligación. Esa misma obligación que transforma en amargura muchas veces.

"Era muy estricto. Me decía que tenía que considerarme un afortunado y que no podía perder el tiempo".

El talento gallego

Y a buena fe que no lo perdió. Hoy Manuel vive de aquel sueño infantil, disfrutando en cada árbol, en cada rama, en cada tronco, mientras encallece las manos entre espesos hilos de cobre que le permiten dar forma a sus criaturas. Injertos que crean vida y mezclan especies; acodos que permiten separar árboles; una colección de más de 2.000 bonsáis de todo precio, tipo y condición.

Y lo hace desde su "recuncho", desde ese Beluso en el que creció y en el que se hizo hombre antes de irse a Japón y de volver; algo para lo que contó, también, con el Programa de apoyo al retorno emprendedor promovido por el Gobierno gallego.

Ahora Manuel enseña al mundo entero su talento, comenzando por su tierra, donde ha montado una escuela en Bueu.

Holanda, Italia, Alemania, cursos y talleres en los que descubre el alma de un bonsái, o en los que enseña los secretos para imponerse en el Circuito Europeo de Exhibiciones. "Si quieres ganar, necesitas a un profesional", argumenta.

Él lo es. Probablemente el mejor.

De niño tuvo un sueño y, ya de adulto, sigue en él, "aunque al ser trabajo no es igual de divertido".

Clientes, alumnos, proveedores... siempre hay alguien dispuesto a interrumpir. Tarde o temprano, no obstante, Manuel vuelve a su sueño, a aquel bonsái infantil que hoy se ha transformado en multitud. Un maestro gallego, desde Galicia para el mundo.  

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“Volver a Galicia te llena el corazón”

  • "Habíamos acordado que si salía la beca BEME nos íbamos a Galicia"
12
Mar
2020

Agustín Gianre y Agustina Patiño tenían clara la fecha de su boda desde hacía ya casi un año: el 2 de noviembre de 2019. A caballo entre una bonita primavera y un verano caluroso en el corazón de Argentina: Córdoba. Todo resultaba tan evidente que fluía con la misma facilidad con la que avanzan los cuentos de final feliz: la pedida de mano se celebró en diciembre de 2018, preludio de lo que estaba por venir, ya definido.

Sin embargo, el mundo, como nos enseñó Forrest Gump, es como una caja de bombones: nunca sabes lo que te va a tocar. Y la familia Gianre Patiño no iba a ser una excepción. Una beca BEME –acrónimo en gallego de Bolsas Excelencia Mocidade Exterior- trastornó todos sus planes. “El curso comenzaba el 18 de septiembre, por lo que tuvimos que cambiar la fecha de la boda”, argumenta Agustina con una excepcional sencillez, propia de quien tiene claro lo que quiere y no pone excusas para conseguirlo. 

Dicho y hecho. La notificación de la beca le llegó a mediados de junio. Inmediatamente fueron al Registro y buscaron otra fecha: 17 de agosto. Invierno en Argentina.

“Pero lo pasamos muy bien. Nos lo tomamos como una fiesta de despedida con nuestra familia y nuestros amigos”, recuerda Agustina entre sonrisas mientras desgrana el devenir de aquellos días en los que hubo que hacer de todo mientras se preparaba una boda: vender el auto, dejar el departamento, arreglar los papeles en el Consulado…

 

De Córdoba a Gondomar

“La decisión estaba tomada. Habíamos acordado que si salía la beca nos íbamos”, sigue Agustina desglosando sus recuerdos. Aunque sería más correcto hablar de ‘volver’ que de ‘irse’ porque, a fin de cuentas, volvía a casa, a la Galicia en la que todo comenzó hace ahora 32 años.

 Porque la historia de Agustina, como la de miles de gallegos y argentinos, se teje a través de las ondas del Atlántico, en un ir y venir irremediable que no cesa hasta que baja la marea.

De Córdoba a Gondomar, de Gondomar a Córdoba, y otra vez de vuelta en esa Galicia que recordaba de una forma casi igual a la que encuentra, con los matices propios de la modernidad.

“Es curioso ver cómo todavía hay muchas tiendas que ya estaban ahí antes”, resalta Agustina hablando de ese mismo Gondomar en el que su padre, Mario, montó una clínica dental cuando ella apenas sumaba un par de años. Una villa que rememora acogedora y cercana, como ahora, en la que permaneció hasta los 18 años, y en la que nacieron sus hermanas. “Mis papás se casaron en 1986. Yo nací en Argentina, pero Gala, Marcelina y Nazareth lo hicieron en Galicia”, relata.

Y así fueron pasando los años de una infancia feliz en Gondomar. Hasta el 2006. “A papá le tiraba la familia, los asados, la tierra… A mí me tocaba empezar la Universidad, y al final consideramos que era buena ocasión para volver a Argentina”, expone con la misma naturalidad y convicción con la que años más tarde cambiaría la fecha de su boda.

Al año se volvieron su madre, Bibiana, y sus hermanas. Y en 2008 Mario cerró el círculo: adiós a la clínica y vuelta a la Argentina de sus sueños.

Allí, Agustina se licenció en Arquitectura y la vida, como siempre, siguió abriéndose paso.

Aunque en ese caminar hay muchas rutas, y algunas, sin saberlo, terminan en un pozo cargado de contradicciones. Un espacio tan oscuro y tan absurdo que te hace ver normal lo extraordinario. Y entonces, en otro alarde de tranquilidad y sencillez, decides volver a Galicia.

La vuelta a Galicia

Y eso fue exactamente lo que le pasó a Agustina. Algo hizo ‘clic’ en su interior durante una cena de fin de año. Sus suegros se pusieron a narrar una anécdota: “Les habían robado el auto”. E inmediatamente todos los que estaban a la mesa tenían historias similares; una experiencia que contar.

“¡Era un tema normal de conversación! Y no lo es. Yo quería formar una familia, vivir tranquila… En ese momento me sentí fuera de lugar. Y analizando el historial político y económico del país me di cuenta de que, a corto o mediano plazo, nada iba a cambiar", expone del tirón, con la agridulce sensación de quien teme “dejar los mejores años” de su vida en “algo que no tracciona”.   

Y no fue fácil. Nunca lo es. “Nos dolió muchísimo. Mis abuelas, una tenía 90 años y la otra, a punto de cumplir 91; mi marido tenía un abuelo de 90… Pero estaba decidido. Al final, si no, se te pasa la vida y ves que no has hecho nada”, apunta.

Así que no lo dudaron. Y en cuanto le concedieron la beca BEME iniciaron el camino de retorno, que de esta vuelta los ha dejado en Lugo, donde Agustina cursa su Máster en Dirección de Proyectos. “Lugo ha sido una grata sorpresa”, reconoce alguien que, 15 años después de haberse ido, sigue redescubriendo Galicia a cada instante.

“Volver a Galicia es volver a los mejores recuerdos de mi vida, los de alguien que ha tenido una infancia muy feliz. Volver a esos recuerdos te llena el corazón”, reconoce Agustina.

¿Y el futuro? Ya se verá. Aunque Lugo podría ser un buen destino. Por ahora, los Gianre Patiño disfrutan del momento en compañía de la pequeña Olivia: Agustín trabaja en una empresa de la zona mientras ella termina sus estudios de postgrado. Y lo hacen tranquilos, con la calma del que amanece cada día con tiempo para pensar en su rutina, tan lejos y tan cerca de aquella Argentina querida. 

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“Cuando llegué a Galicia, por primera vez en mi vida sentí que estaba donde debía estar”

  • "En Galicia me siento como en casa. Por fin mi tierra"
06
Mar
2020

Hay historias que vienen y van y otras que se tejen alrededor del tiempo; algunas son capaces de empezar aquí y terminar allá, cruzando un océano de incertidumbre y esperanza, antes de venir de vuelta arrastradas por la marea del retorno. Hablamos de Galicia y de América; hablamos de Mariana Doldán; 26 años. Uruguaya de nacimiento; gallega por vocación… y por familia. “Cuando llegué a Galicia, por primera vez en mi vida sentí que estaba donde debía estar, en el lugar al que pertenecen mis raíces”. ¿Se puede ser más gallega aun naciendo en Montevideo?

Pero vayamos por partes. Como decíamos, esta historia se forma alrededor del Atlántico, empezando en la provincia de A Coruña. Allí, en una España de guerra y de post guerra, marcada por el hambre, el odio y las rencillas, nacieron Beatriz Lorenzo (1934) y Julio Doldán (1932). Ella lo hizo en Sada; él, en San Pedro de Nós, un pedacito de tierra perteneciente al municipio de Oleiros.  

Como todos los niños -de esa y de cualquier otra época-, pese a las dificultades y a la guerra, crecieron felices, rodeados de amigos y de familia. Y se hicieron adolescentes, luego jóvenes. Y un día, en un baile cualquiera de una fiesta cualquiera de Sada, se conocieron. Pero para llegar al final feliz del cuento faltaba mucho. Era la década de los 50, y el hambre todavía apretaba.

Las grandes masas de gente ocupando los muelles del Puerto de Vigo en busca de un futuro mejor, o por lo menos distinto, eran demasiado habituales.

Fotos anónimas en las que, una mañana de junio de 1957, con apenas 23 años, se vio envuelta Beatriz Lorenzo. Veinte días de trayecto en familia hasta Montevideo, y una eternidad por vivir en Uruguay. ¿Y Julio? Más de lo mismo. Otra foto anónima de otra multitud desconocida partiendo de Vigo hacia un lugar por explorar. En este caso Venezuela.

Podría pensarse que los dos habían cruzado el charco. No obstante, para que se hagan una idea, entre Caracas y Montevideo hay más de 5.000 kilómetros en línea recta. Un mundo que recorrieron entre cartas hasta que, en 1959, Julio parte hacia Uruguay para casarse con el amor de su vida. 

De un baile en Sada a una boda en Montevideo. Una familia gallega muy feliz y cuatro hijos (Julio, Andrés, Ricardo y Alejandra). El segundo, Andrés, se casaría con Laura Cortada, y tendrían dos hijos. 

Y esto nos devuelve al principio de la historia, a Mariana Doldán, que, ahora, para el que círculo sea completo, está en Galicia cursando un Máster en genómica y genética a caballo entre la Universidad de Santiago, la Facultad de Veterinaria de Lugo y la de Ciencias del Mar de Vigo.

El reencuentro con Galicia

“En Uruguay trabajaba de licenciada en nutrición y de administrativa de atención al usuario en un seguro médico. Y aún con todo, no llegaba a un sueldo para vivir y ahorrar”, recuerda Mariana. Tal vez por eso, cuando se enteró de las becas BEME –acrónimo del gallego Bolsas Excelencia Mocidade Exterior- que ofrece la Xunta cada año, no lo dudó. 

Tal vez también porque nunca había perdido de vista sus raíces: “Toda mi infancia transcurrió con la colectividad, en el centro gallego Unión Hijos de Morgadanes de Montevideo”.

Allí aprendió lo que eran las vieiras, que los mondongos son callos o cómo se baila la muiñeira. Y le gustaba. Hasta el punto de dar clases de danza tradicional en el propio centro. 

No extraña, pues, que al llegar a Galicia se sintiese “como en casa”. “Era como encontrar el sitio en el que debía estar. Por fin mi tierra”, argumenta alguien que pasó de niña a adulta bailando gallego, cantando gallego y tocando la pandereta.

Ese primer encuentro se produjo ya antes de las BEME. Fue durante el verano de 2011 gracias al programa Campamentos, ahora Conecta con Galicia. Una iniciativa impulsada por el gobierno gallego que cada año permite a cientos de jóvenes como Mariana volver a casa, a esa esquinita de península bañada a partes iguales por el océano y el mar de la que un día se fueron sus abuelos.

Un lugar inesperado

Una Galicia que ya entonces descubrió “más ciudad, menos agreste”, de lo que esperaba o se había imaginado. “Cuando llegué a A Coruña me llamó todo la atención. El comercio, el casco histórico… todo. No era tierra o agricultura”, relata. 

“Galicia tiene de todo. Playa, montaña, gastronomía… Es increíble. Siempre me gustó desde la primera vez que vine”. Desde ese 2011. 

Ahora repite experiencia con las BEME, que la traen de vuelta a Galicia. “Llegué a Vigo en agosto del año pasado, a casa de mi tío abuelo Andrés Lorenzo, y su mujer, Elena. De allí me fui a Lugo con su hija, también Elena, y después a Santiago, a casa de mi primo Pablo Sigüeiro Lorenzo”, recuerda. Y ya que hablamos de Vigo no se puede resistir: “Fui a ver las luces. Te erizan la piel”. 

La conversación prosigue entre familias a ambos lados del Atlántico. Los avatares de la vida los fueron empujando aquí y allá. A su tío abuelo, por ejemplo, fue la dictadura militar de Uruguay la que lo trajo en 1974. “Trabajaba un periódico local en contra del régimen”, rememora Mariana. Igual que se acuerda también de otro tío abuelo, ya fallecido, en Cádiz. Pero esa, por lejana, es otra historia. 

Vivir en Galicia

La de Mariana sigue en Galicia, la tierra a la que, sin saberlo, siempre quiso volver. Y ahora que ha vuelto, no se quiere marchar. Lo mejor, tal vez, esté por venir. “Me encantaría seguir investigando; hacer una tesis doctoral”, apunta. Un trabajo que la tiene inmersa en la influencia genética entre la obesidad y el cáncer de mama. 

Aunque tampoco descarta incorporarse al mundo laboral. Mientras tanto, disfruta de Santiago con su madre, por primera vez en Galicia. Ambas recorren las calles mojadas, disfrutando de las piedras siempre húmedas, sometidas al dominio de esa “lluvia finita que se suspende en el aire”.

¿Y el resto de la familia? “Mi padre nunca ha vuelto. Tiene una constructora en Uruguay, y es complicado. Tal vez cuando se jubile. Y mi hermano Juan va a empezar allá la Universidad, aunque tal vez pueda venir este verano gracias al Conecta con Galicia”, resume Mariana. Lo hace feliz, disfrutando a cada soplo de esa tierra que siempre había sentido como propia. Aun antes de pisarla. 

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“Estoy viviendo un sueño”

  • “Fue gracias a una beca de la Secretaría Xeral da Emigración; una oportunidad que no esperaba en un momento de especial dificultad”
27
Feb
2020
Gustavo en su empresa en Venezuela.

Andrés Manuel González Cebreiro nació en Rianxo hace 65 años, en una Galicia de esas que hoy recordamos en blanco y negro, pero que siempre fue igual de bella. El mar, el Ulla, Santiago o alguna fuente perdida en la memoria, configuran los recuerdos de una infancia inolvidable. Como casi todas. Paso previo a partir hacia Vilagarcía de Arousa, donde creció y se hizo hombre siendo niño; soldador en los astilleros del puerto desde que tenía 15 años.

La vida, o el destino, o lo que quieran, siempre caprichoso, terminó por llevarlo lejos; muy lejos. Hasta Villa de Cura (Venezuela).

“Fue un arrebato de juventud por motivos personales”, rememora, otra vez desde Galicia –la vida, si no es cíclica, lo parece- su hijo Gustavo, que ha vuelto a la tierra de su padre -a su tierra, a fin de cuentas-, para cursar en la Universidad de Santiago un Máster en Energías Renovables. 

“Fue gracias a una beca de la Secretaría Xeral da Emigración; una oportunidad que no esperaba en un momento de especial dificultad”, rememora Gustavo. Venezuela había sufrido un nuevo apagón; el primero del año pasado. Una semana sin electricidad, perdiendo la comida, sin posibilidad de hacer la compra, expuestos a los saqueos cada noche. El caos en lo ordinario. “Y fue entonces cuando decidí escribir al twitter de la Hermandad Gallega de Venezuela”, apunta. En seguida recibió contestación: “¿Cómo hay un gallego en Cumaná sin que nosotros lo sepamos?”. 

Cumaná es hoy, entre las que aún permanecen en pie, la ciudad más antigua de Venezuela, fundada hace más de 500 años como fruto de la utopía de un puñado de frailes dominicos y franciscanos impulsores de una evangelización pacífica. Pero esa es ya otra historia. La que a nosotros nos interesa sigue teniendo que ver con Gustavo y con su padre, Andrés, que llegó a Cumaná en la década de los 80 del pasado siglo. Y no lo hizo solo. Con él venía María del Carmen Hernández, una bonita chica venezolana de quien el ‘gallego’ se había enamorado en Villa de Cura.

Juntos continuaron su aventura en una urbe que crece pegada a la desembocadura del río Manzanares. Allí nacieron Gustavo (1988) y su hermana María Andreina (2001). Una familia feliz prosperando en medio de la revolución bolivariana. Con trabajo; mucho trabajo. “Lo de mi padre siempre ha sido trabajar, trabajar y trabajar. ¡Hasta el 31 de diciembre trabajaba!”, continúa Gustavo atando sus recuerdos.

Los negocios familiares

Andrés se había llevado a Venezuela lo aprendido en aquella adolescencia entre astilleros, montando una empresa de construcción especializada en estructuras metálicas. “Soldaba y diseñaba de todo, desde la estructura de un edificio hasta una escalera de caracol. Tiene una capacidad de cálculo impresionante”, sigue atando Gustavo, ingeniero en electrónica que tampoco se queda atrás. 

“Yo tenía una compañía de fabricación de ventiladores industriales. Fuelbird. La verdad que nos iba muy bien”.

Pero como casi todo, aquello terminó saltando por los aires. Los apagones eléctricos implican también la pérdida de la conexión a internet, y la empresa vendía casi todo online. El negocio se fue hundiendo. “Pero, además, podía vender un ventilador por 8.000 bolívares, quedarme sin conexión antes de formalizar la venta, y unas horas después, cuando volvía la electricidad, la devaluación de la moneda me había hecho perder seis, siete, ocho o hasta diez veces el valor al que había vendido”, prosigue Gustavo.  

Un drama empresarial que nada importa si se compara con los dramas personales. La inseguridad, las noches en vela custodiando en un tejado la hacienda familiar, el vivir o morir en un instante. “Una semana antes de partir hacia Galicia, cuando ya me habían concedido la beca, me pusieron una pistola en la cabeza. Fue durante un semáforo en rojo, y todo lo que querían era mi móvil”, señala mientras que los recuerdos se siguen escapando.

Ahí va otro. Este tiene que ver con uno de sus hobbys: la restauración de vehículos antiguos. En concreto, con una Honda 750 que había llegado a sus manos hecha un amasijo de hierros sin sentido. Gustavo la dejó impecable: el cuero negro del asiento rematando el gris metalizado. Hasta que un día alguien le dijo: “Te van a pegar un tiro para quitarte la moto”. Se deshizo de ella, y no le duele. Se le escapa el optimismo en cada frase: “La verdad es que tengo mucha suerte de seguir vivo”.    


La solicitud de la beca

Pero volvamos a Cumaná y a aquel tuit a la Hermandad Gallega. “Se portaron de modo espectacular. Enseguida vino a vernos el presidente de la Hermandad Gallega de Puerto La Cruz, y me habló de las BEME, insistiéndome para que presentase la solicitud”, recuerda. 

Las BEME (acrónimo en gallego de ‘Bolsas Excelencia Mocidade Exterior’) es una iniciativa puesta en marcha hace tres años por el gobierno de Galicia para ofrecer a los jóvenes gallegos de segunda y tercera generación la oportunidad de volver a la tierra de sus raíces, cursando en ella un máster de post grado.

Desde su puesta en marcha, cada año 150 jóvenes gallegos del exterior pueden continuar sus estudios en una de las tres universidades de la Comunidad Autónoma. 

Gustavo es uno de ellos. “Al principio, cuando todo va mal, cuando tu familia sufre o cuando pierdes tu empresa, no lo entiendes. Pero al llegar a Galicia te das cuenta de que todo eso, en el fondo, es lo mejor que te ha podido pasar”, relata entusiasmado. Con el entusiasmo propio de los que ahora disfrutan cada pedacito de vida, cada trozo de su tierra. 

El sueño gallego

“Estoy viviendo un sueño. Papá no pudo volver nunca, y eso que siempre echó de menos su Galicia. Este es otro mundo; me siento en la gloria. Me encanta: los bosques, los puertos, el rural, las ciudades, las diferencias de clima entre estaciones…”, describe Gustavo.

Todo eso… y algo más. Algo muy básico: la seguridad. Aquí puede pasear de madrugada con el móvil en la mano, y no teme que lo atropellen al cruzar un paso de cebra. A veces le sobresalta el ruido de una moto en medio de la noche. Pero ya no está allí, está aquí. En la tierra de su padre; en la Galicia a la que ahora quiere traer a toda su familia. 

“La primera va a ser mi hermana. Acaba de cumplir 18 años y estoy tramitando todo para que curse Formación Profesional”, explica. Para ello, acudirán a las mismas BEME, que ofrecen cada año otras 100 plazas de FP para los jóvenes del exterior. Con un poco de suerte, una de ellas será para María Andreina. 

“Y luego mis papás. Toda la vida trabajando para esto…”. Y calla, pensativo. Por una vez, las palabras se han comido su optimismo. Pero enseguida recupera la alegría. Porque como él mismo ha escrito,

“Cada sonrisa ganada en esta historia tiene una lágrima en su pasado; las lágrimas ya acabaron, bienvenidos a la Galicia de las sonrisas”. 
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"Venir a Galicia te enriquece a nivel personal, profesional y cultural"

  • "Estudié Gerontología Clínica en la Universidad de A Coruña con una BEME y en Galicia crecí inmensamente a nivel humano"
11
Feb
2020

Ana Hauradou Carreiro, panameña, fue beneficiaria de una Beca Excelencia Juventud Exterior de la Xunta de Galicia. Tiene 33 años, es nieta de gallegos (concretamente de Alvarellos-Paredes, en Ourense) y ha podido estudiar un máster en Gerontología en la Universidad de A Coruña gracias a una beca de 12.000 euros. Ella misma nos cuenta su experiencia.

Pertenezco al primer grupo de becados de BEME del año 2017 que en su momento ofertaron 100 becas y fui una de las beneficiadas para estudiar Gerontología Clínica en la Universidad de A Coruña (UDC) en la facultad de Ciencias de la Salud en OZA. Aprendí muchísimo, realicé prácticas en el Complejo Gerontológica La Milagrosa y crecí inmensamente a nivel humano, estudiar el envejecimiento fue una de las mejores decisiones que he tomado y que mejor que en Galicia, donde la población de adultos mayores cada mes mayor.

"El apoyo recibido por parte de la Xunta fue fenomenal. Me acompañaron en todo el proceso, realmente se preocupan porque estés informado, que obtengas la beca y que al llegar sepas todos los pasos que debes realizar".

Estoy en A Coruña, es una ciudad preciosa rodeada de mar con un clima bastante cambiante, pero tiene su encanto, créanme, que se terminaran enamorando. Cuando llega el verano todo es diferente, hay tantos festivales que tendrás una muy dura decisión de elegir a cuál ir. Te enriqueces a nivel personal, profesional, cultural porque conoces a muchas personas que, como tú, son descendientes de gallegos o gallegos retornados.

Durante tu estadía en Galicia te siguen asesorando y orientado hasta que quedes bien establecido, en mi caso no tengo familia en Galicia, mi abuelo falleció hace unos años por lo que no tuvo apoyo como otros de mis compañeros de la beca, pero no te preocupes que la Xunta te va guiando en todo el proceso, sino igual estamos los ex becados que como yo vivimos ahora en Galicia y podemos apoyar, ayudar y guiar en lo que necesiten.

"Como sabemos, no todo en la vida es fácil, pero te aseguro que es una experiencia que vale la pena vivir y si te gusta Galicia bienvenido serás".

En principio no tenía en mente quedarme a vivir en Galicia, solo a estudiar sin planes concretos, aunque terminando el segundo cuatrimestre con la llegada del verano y algunas personas que llegaron a mi vida cambien de opinión. Inicié con la búsqueda activa de trabajo en Recursos Humanos (que es la experiencia previa que tenía en Panamá) y tras tres entrevistas fui seleccionada para trabajar en una empresa del sector de la formación – Campus Training.

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"Me decidí a hacer Rooteiro porque vi el potencial que tenía Galicia en turismo"

  • "La ayuda de Emigración fue muy fácil de tramitar y te la dan rápido"
28
Jan
2020

Rooteiro es el proyecto turístico que Andrés Rodiño ha emprendido en su retorno a Sanxenxo, a Galicia, después de seis años en Edimburgo junto a su novia. Andrés quería volver a sus raíces, a su versión del paraíso, como dice en su web. Rooteiro es una ruta por sus raíces que invita a conocer y disfrutar Galicia de un modo diferente. 

¿Qué os llevó a emigrar y qué os ha traído de vuelta?

Estuvimos casi seis años en Edimburgo, fuimos a aprender inglés, a buscar trabajo. Los dos últimos años estudié Turismo allí. Pero ya era hora de volver, eran seis años allí y dijimos que era suficiente. Y yo le veía el potencial que Galicia tenía, que se podían hacer cosas aquí en turismo, y por eso me decidí a hacer este proyecto.

¿En qué consiste el proyecto que has emprendido?

Rooteiro son experiencias y rutas por Galicia para valorar el patrimonio que tenemos, tanto natural, cultural, como marítimo. Es un turismo slow, llevamos a la gente a zonas que no estén muy saturadas para enseñar mejor el patrimonio que tenemos. 

Estudiaste Turismo, ¿tenías claro antes de volver que querías poner en marcha una empresa así?

Al principio eché currículums para trabajar y al no salirme nada decidí empezar este proyecto. Yo vi que aquí había potencial en turismo. Está enfocado al turismo extranjero, estamos empezando, poco a poco.

También estás proyectando Galicia en el exterior, ¿tus clientes qué opinan de Galicia?

Les gusta mucho. De los que tuve, lo que más me han pedido son las rutas del Albariño. Llegan aquí y todo es diferente. Ya he tenido clientes de Hong Kong y les gustó mucho. Los conseguí porque tengo las rutas en TripAdvisor. Al principio la web es difícil moverla y que te compren, es mucho trabajo, es poco a poco, cuesta mover las cosas. Una vez que se coja la dinámica irá más fácil todo.

Rooteiro se ha beneficiado de las Ayudas al Retornado Emprendedor de la Secretaría Xeral da Emigración, ¿cómo te enteraste de las ayudas?, ¿cuánto tardaste en ponerlo en marcha?

Llegamos en junio de 2018 y empecé con el proyecto en enero del año pasado. Y en julio ya empecé a trabajar. La ayuda la vi por internet. La de Emigración fue muy fácil de tramitar y tardaron poco, te la dan rápido. Presenté un plan de negocio, las pedí en abril o junio y en agosto ya tenía el dinero.

¿Son necesarias las ayudas?, ¿animan a decidirse a emprender?

Viene bien la ayuda económica al principio, si no es difícil, pedí la subvención y ¡adelante!

¿Cómo ves el futuro en Galicia?

Con el Xacobeo se está moviendo todo bastante, tiene mucho potencial, estamos saliendo pequeñas empresas para darle proyección a Galicia, hay que valorar lo que tenemos, y yo creo que se va a conseguir. Para el año tiene que ser bueno.

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Antonio, venezolano, se reinventó en Galicia a través del emprendimiento

  • "Galicia es una gran región para invertir y reinventarse"
29
Jan
2020

Antonio Vázquez Pérez, 58 años, nacido en Venezuela pero con ascendientes gallegos, nos cuenta su experiencia de emprendimiento en Galicia.

¿Antonio, eres un claro ejemplo de que un es capaz de reinventarse las veces que sea necesario para salir adelante, verdad?
Pues sí. Porque soy abogado, y tras trabajar 10 años en el Consejo de la Judicatura en un Tribunal Penal. Con la llegada de Chaves al poder, se eliminó dicho Consejo; una vez que me quedé en la calle sin trabajo, con ayuda de la familia invertí y monté 3  proveedurías colegiales. Posteriormente llegó el desastre en Venezuela, y con motivo de la seguridad de mi familia, tuve que escapar de los grupos armados que tenían identificados a los manifestantes de las protestas, en las que nosotros participábamos. Por esa razón volví a España y monté una tintorería y una panadería.

"En una semana  malvendí mis negocios, mi casa y mi coche, y me vi con mi esposa y mis 2 hijos en Lugo, la tierra de mis padres, abuelos y  de mi tatarabuelo"

Regenta 3 librerías en Venezuela y económicamente le iba (después de dedicarse a la judicatura).
La verdad es que económica y profesionalmente me iba muy bien, pero el régimen quería acabar con la clase media, que era la mayoría que nos enfrentábamos a él. Así que en una semana  malvendí mis negocios, mi casa  y mi coche y me vine con mi esposa y mis 2 hijos a Lugo, la tierra de mis padres,  abuelos y mi tatarabuelo, a la que acudíamos, por cierto, con mucha frecuencia. 

¿Cómo fue lo de reinventarse otra vez al llegar a Galicia?
Pues con los ahorros de toda una vida, una pequeña ayuda familiar, los créditos otorgados por el banco Santander y la ayuda que nos dio la Xunta de Galicia como "Ayudas a retornados" pude montar a duras penas una Panadería Pastelería, "Doña  Vaniri", y a la vez adquirí una tintorería de nombre "Vit- Sec", porque con la panadería los números no daban para poder mantener a una familia de 4 personas. Por eso, un segundo negocio era fundamental para poder subsistir. La tintorería, que la lleva mi esposa, que es "Ingeniera Industrial, mención proceso e  TSU en Hixiene e Seguridade Industrial", y entre los dos vamos saliendo adelante. Nos fue duro empezar de cero, y unido a esto, los impuestos a los autónomos son muy fuertes. De todas maneras, Galicia es una gran región para invertir.

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TRES DE LOS BECARIOS BEME, ESTAMOS HOY TRABAJANDO EN GALICIA

  • "La beca BEME me permitió un máster en Dirección de Empresas en Galicia, y ya me quedé"
13
Oct
2019

Su sueño sería llevar la parte comercial entre naciones. Dayana Paz Vázquez. Nació en Caracas, tiene 23 años, y lleva ya 3 años en Galicia. Es hija y nieta de orensanos. Obtuvo una beca BEME en 2017 por un importe de 7.000 euros y llegó a Galicia en 2016 por primera vez.  Dayana, estaba trabajando en una agencia naviera en Caracas y profesionalmente estaba contenta, pero la situación de Venezuela le resultaba inquietante, y veía que tenía que hacer algo. Se decantó por las becas BEME por su jefa, que era descendiente de gallegos igual que ella y se lo comentó. Es una beca muy completa (le dijo), ¿por qué non che apuntas? 

¿Cómo fue tu experiencia con las becas BEME?

Me acababa de graduar y la beca me llegó en el momento justo para ponerme a hacer un máster. Siento que fue el momento perfecto para emigrar. Fue una oportunidad. Me enteré menos de un mes antes de comenzar las clases que me otorgaban la beca, por lo que prácticamente no tuve tempo de digerir la noticia, entre arreglar todos los detalles del viaje, y de la llegada a España lo menos que pensé fue en todo lo que acarreaba para mí esta beca. Desde el primer momento sabía que era mi mejor oportunidad para emigrar, y que era muy probable que no regresase a Venezuela en un corto plazo. Era comenzar de cero en un lugar en el que nunca había estado, completamente sola, pero que agradezco cómo ocurrió todo. Desde el primer momento, disfruto de mi estancia en Galicia, viviendo cada momento.               

 "De mis compañeros de máster, cuatro éramos beneficiarios de una beca BEME. Actualmente, tres estamos trabajando en Galicia"

¿Fue muy difícil reunir los requisitos que pedían?

Los trámites personales fueron fáciles, porque tenía la doble nacionalidad. En cuanto a los trámites académicos….eso ya fue más complicado, porque me pedían todos los papeles apostillados, y eso lleva un tiempo. Aunque tuve suerte y tanto en la Xunta como en la Universidad me ayudaron a conseguirlo siguiendo los pasos poco a poco.

¿Que máster hiciste?

Un máster en Dirección de Empresas en el Campus de Lugo. Lo terminé en 2018.

¿Cuántas personas había en el máster?

20-25 personas de las cuales 4 éramos beneficiarias de una beca BEME. Actualmente 3 estamos a trabajando en Galicia, y una retornó.

¿Te resultó fácil adaptarte?

Pues la verdad es que no. Fue un choque muy grande. Me tuve que acostumbrar a estudiar de una forma diferente. En Venezuela la evaluación es de forma continua y aquí te evalúan en una semana (por lo menos en la época en la que yo estudié el máster). En una semana tuve que hacer los exámenes de todo un cuatrimestre. Por otra banda, no resulta fácil conocer gente. Los inicios siempre son complicados.

¿En que estás trabajando ahora?

En contratos de sustitución en el Banco de Santander en Lugo, ciudad en la que resido actualmente, aunque no me importaría marcharme a otra ciudad de Galicia.

¿Se pudieses elegir, en qué te gustaría trabajar? Mi carrera está enfocada de cara al comercio exterior. El trabajo de mis sueños sería llevando a cabo la parte comercial entre naciones. O en cualquier área de importación-exportación. Podría ser en medios de pago o en el área logística. El tiempo dirá.

 

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