• "En Galicia me siento como en casa. Por fin mi tierra"
06
Mar
2020

Hay historias que vienen y van y otras que se tejen alrededor del tiempo; algunas son capaces de empezar aquí y terminar allá, cruzando un océano de incertidumbre y esperanza, antes de venir de vuelta arrastradas por la marea del retorno. Hablamos de Galicia y de América; hablamos de Mariana Doldán; 26 años. Uruguaya de nacimiento; gallega por vocación… y por familia. “Cuando llegué a Galicia, por primera vez en mi vida sentí que estaba donde debía estar, en el lugar al que pertenecen mis raíces”. ¿Se puede ser más gallega aun naciendo en Montevideo?

Pero vayamos por partes. Como decíamos, esta historia se forma alrededor del Atlántico, empezando en la provincia de A Coruña. Allí, en una España de guerra y de post guerra, marcada por el hambre, el odio y las rencillas, nacieron Beatriz Lorenzo (1934) y Julio Doldán (1932). Ella lo hizo en Sada; él, en San Pedro de Nós, un pedacito de tierra perteneciente al municipio de Oleiros.  

Como todos los niños -de esa y de cualquier otra época-, pese a las dificultades y a la guerra, crecieron felices, rodeados de amigos y de familia. Y se hicieron adolescentes, luego jóvenes. Y un día, en un baile cualquiera de una fiesta cualquiera de Sada, se conocieron. Pero para llegar al final feliz del cuento faltaba mucho. Era la década de los 50, y el hambre todavía apretaba.

Las grandes masas de gente ocupando los muelles del Puerto de Vigo en busca de un futuro mejor, o por lo menos distinto, eran demasiado habituales.

Fotos anónimas en las que, una mañana de junio de 1957, con apenas 23 años, se vio envuelta Beatriz Lorenzo. Veinte días de trayecto en familia hasta Montevideo, y una eternidad por vivir en Uruguay. ¿Y Julio? Más de lo mismo. Otra foto anónima de otra multitud desconocida partiendo de Vigo hacia un lugar por explorar. En este caso Venezuela.

Podría pensarse que los dos habían cruzado el charco. No obstante, para que se hagan una idea, entre Caracas y Montevideo hay más de 5.000 kilómetros en línea recta. Un mundo que recorrieron entre cartas hasta que, en 1959, Julio parte hacia Uruguay para casarse con el amor de su vida. 

De un baile en Sada a una boda en Montevideo. Una familia gallega muy feliz y cuatro hijos (Julio, Andrés, Ricardo y Alejandra). El segundo, Andrés, se casaría con Laura Cortada, y tendrían dos hijos. 

Y esto nos devuelve al principio de la historia, a Mariana Doldán, que, ahora, para el que círculo sea completo, está en Galicia cursando un Máster en genómica y genética a caballo entre la Universidad de Santiago, la Facultad de Veterinaria de Lugo y la de Ciencias del Mar de Vigo.

El reencuentro con Galicia

“En Uruguay trabajaba de licenciada en nutrición y de administrativa de atención al usuario en un seguro médico. Y aún con todo, no llegaba a un sueldo para vivir y ahorrar”, recuerda Mariana. Tal vez por eso, cuando se enteró de las becas BEME –acrónimo del gallego Bolsas Excelencia Mocidade Exterior- que ofrece la Xunta cada año, no lo dudó. 

Tal vez también porque nunca había perdido de vista sus raíces: “Toda mi infancia transcurrió con la colectividad, en el centro gallego Unión Hijos de Morgadanes de Montevideo”.

Allí aprendió lo que eran las vieiras, que los mondongos son callos o cómo se baila la muiñeira. Y le gustaba. Hasta el punto de dar clases de danza tradicional en el propio centro. 

No extraña, pues, que al llegar a Galicia se sintiese “como en casa”. “Era como encontrar el sitio en el que debía estar. Por fin mi tierra”, argumenta alguien que pasó de niña a adulta bailando gallego, cantando gallego y tocando la pandereta.

Ese primer encuentro se produjo ya antes de las BEME. Fue durante el verano de 2011 gracias al programa Campamentos, ahora Conecta con Galicia. Una iniciativa impulsada por el gobierno gallego que cada año permite a cientos de jóvenes como Mariana volver a casa, a esa esquinita de península bañada a partes iguales por el océano y el mar de la que un día se fueron sus abuelos.

Un lugar inesperado

Una Galicia que ya entonces descubrió “más ciudad, menos agreste”, de lo que esperaba o se había imaginado. “Cuando llegué a A Coruña me llamó todo la atención. El comercio, el casco histórico… todo. No era tierra o agricultura”, relata. 

“Galicia tiene de todo. Playa, montaña, gastronomía… Es increíble. Siempre me gustó desde la primera vez que vine”. Desde ese 2011. 

Ahora repite experiencia con las BEME, que la traen de vuelta a Galicia. “Llegué a Vigo en agosto del año pasado, a casa de mi tío abuelo Andrés Lorenzo, y su mujer, Elena. De allí me fui a Lugo con su hija, también Elena, y después a Santiago, a casa de mi primo Pablo Sigüeiro Lorenzo”, recuerda. Y ya que hablamos de Vigo no se puede resistir: “Fui a ver las luces. Te erizan la piel”. 

La conversación prosigue entre familias a ambos lados del Atlántico. Los avatares de la vida los fueron empujando aquí y allá. A su tío abuelo, por ejemplo, fue la dictadura militar de Uruguay la que lo trajo en 1974. “Trabajaba un periódico local en contra del régimen”, rememora Mariana. Igual que se acuerda también de otro tío abuelo, ya fallecido, en Cádiz. Pero esa, por lejana, es otra historia. 

Vivir en Galicia

La de Mariana sigue en Galicia, la tierra a la que, sin saberlo, siempre quiso volver. Y ahora que ha vuelto, no se quiere marchar. Lo mejor, tal vez, esté por venir. “Me encantaría seguir investigando; hacer una tesis doctoral”, apunta. Un trabajo que la tiene inmersa en la influencia genética entre la obesidad y el cáncer de mama. 

Aunque tampoco descarta incorporarse al mundo laboral. Mientras tanto, disfruta de Santiago con su madre, por primera vez en Galicia. Ambas recorren las calles mojadas, disfrutando de las piedras siempre húmedas, sometidas al dominio de esa “lluvia finita que se suspende en el aire”.

¿Y el resto de la familia? “Mi padre nunca ha vuelto. Tiene una constructora en Uruguay, y es complicado. Tal vez cuando se jubile. Y mi hermano Juan va a empezar allá la Universidad, aunque tal vez pueda venir este verano gracias al Conecta con Galicia”, resume Mariana. Lo hace feliz, disfrutando a cada soplo de esa tierra que siempre había sentido como propia. Aun antes de pisarla. 

Compartir