• “Galicia se parece a mi tierra: verde y con buen clima, aunque aquí hace más frío”
  • Manuela Núñez ha vuelto a la tierra de su padre gracias a una beca BEME
19
Mar
2020

Al sur de Pontevedra, cerca de la frontera con Portugal –como gran parte de esa raya- se asienta el municipio de Salceda de Caselas, que debe su nombre al monasterio de Santa María de Saliceta. Una zona de un verde arrollador que circula, como el propio río Caselas, entre curvas y rellanos hasta morir en tierras de Tui y Salvaterra.

Un lugar igual y diferente, sometido a los mismos avatares de la historia que el resto de Galicia; de esa Galicia en este caso de postguerra, golpeada en lo más hondo por la decepción de un mal conflicto, y en lo más básico por la tristeza provocada por el hambre. Las cosas cambiarían con el tiempo, pero en aquella década de los cincuenta fueron muchos los que emigraron en busca de lo que quisiese ser la felicidad.

Arturo Núñez Barros fue uno de ellos. Con 19 años emprendió el camino que ya había recorrido una de sus hermanas, Milagros. Y que más tarde trazarían otros tres: Enrique, Manuel y Saladina.

De 8 hermanos, más de la mitad al otro lado del océano. Una marea de relatos que se entrecruzan en las aguas del Atlántico y buscan, entre las idas y venidas de las olas, el lugar adecuado de arribada.

El de Arturo fue Belo Horizonte, capital del Estado de Minas Gerais, una ciudad de clima amable bañada por la Laguna de la Pampulha. Podríamos decir que allí se hizo mayor antes de tiempo, pero tampoco sería cierto. Probablemente llegó ya siendo un hombre porque la vida entonces no esperaba.

El reencuentro con Galicia

Y allí también, a la sombra de la Sierra del Curral, conoció a la madre de sus hijos: Mailda Oliveira. Un matrimonio del que nacerían 3 hijas -Cesaria, Manuela y Paloma- y mil negocios. Nos lo cuenta ya Manuela, verdadera protagonista de esta historia. Y lo hace desde Galicia, a donde ha vuelto con el relato de los Núñez, en ese ir y venir de la marea.

“Mi padre emprendió un negocio de hostelería, y le iba bastante bien”, recuerda ya en pasado. Porque cuando Manuela tenía seis años, a Arturo se lo llevó un cáncer fulminante, en una de esas demostraciones de que la vida tiene cruces para todos. “Pero mi madre siguió trabajando, atendiendo los negocios de papá, y sacó adelante a la familia”, prosigue.

No lo hizo mal. Manuela se licenció en Administración de Empresas en 2009 y empezó a trabajar poco después. “Llevo 14 años trabajando”.

Aunque ahora se ha tomado un pequeño respiro para cursar en la Facultad de Económicas de la Universidad de Santiago un máster en Dirección de Empresas.

Lo hace gracias a una beca BEME –acrónimo en gallego de Bolsas Excelencia Mocidade Exterior- promovida por el gobierno de Galicia para facilitar la vuelta a casa de los gallegos de la diáspora.

En el caso de Manuela es un reencuentro. “Pude volver a Galicia en 2018”, reconoce. Fue un viaje relámpago para conocer el origen de su familia, aquella Salceda provinciana que, sin embargo, guarda similitudes con ese Belo Horizonte que se erige hoy en uno de los grandes centros neurálgicos de Brasil. “Se parece a mi tierra: verde y con buen clima, aunque aquí hace más frío”, detalla.    

Aquel viaje, “bonito y emocionante”, dejó huella. Tal vez por eso, cuando surgió la posibilidad de volver, Manuela no dudó.

“Me apunté, me concedieron la beca, y llegué de vuelta a Galicia en septiembre del año pasado”, recuerda.

Ahora disfruta desde Santiago de esa tierra que su padre dejó atrás siendo muy joven, y a la que el destino, siempre caprichoso, nunca le concedió la oportunidad de retornar. Le hubiese gustado, porque poco tiene que ver esta Salceda con aquella en blanco y negro arrasada aún por las penurias de la guerra.

“Son culturas distintas, pero aquí estoy feliz. Poco a poco me voy adaptando”, prosigue Manuela, quien destaca entre las ventajas de Galicia la seguridad, la economía y una sociedad más igualitaria. Eso, y todo lo que está por descubrir. “Me encanta Santiago; y Salceda, claro. Y los sitios que he visitado por ahora: Tui, Ferrol, A Coruña, Pontevedra…”.

Aún le queda tiempo para seguir explorando. Más del que ella y cualquiera de nosotros hubiese deseado. Pero el Covid-19 tiene estas cosas. En cualquier caso, Manuela está feliz. El futuro es hoy incierto para todos, pero le gustaría quedarse, y que viniesen sus hermanas, aunque esa es ya otra historia que complican las familias y el trabajo. En la suya, por ahora, Manuela sigue aquí. Y por mucho tiempo.    

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