De Galicia a Venezuela para volver siempre al hogar

  • La de Diana Benítez Carballeira es una más de las múltiples historias de gallegos o hijos de gallegos que un día tuvieron que partir y que ahora vuelven a casa para continuar aquí con su vida y sus proyectos. En este caso, gracias a una de las becas BEME que cada año ofrece la Xunta de Galicia
05
Feb
2024
Diana, antes de venir a Galicia.

La de Diana Benítez Carballeira es una más de las múltiples historias que atraviesan el azul violento del Atlántico, en un viaje de ida y vuelta acompasado entre las irregulares olas del océano. Pero es su historia, por eso resulta irrepetible. Un ir y volver siempre a Galicia, a la tierra de sus raíces, que arraigan tan profundo que se cruzan, casi sin querer, con esa Venezuela que también extraña a ratos, en aquellos momentos en los que la calidez del agua le viene a la memoria. 

Pero Galicia es Galicia, “un encanto” lleno de “energía”, de un continuo contacto con la tierra, con una “naturaleza pura” difícil de olvidar. El rinconcito de su familia, al que Diana ha vuelto gracias a una de las beca BEME que cada año impulsa la Xunta.

Galicia es, en definitiva, el origen de todo, el lugar de Paca y Guillermo, sus abuelos, que hubieron de emigrar en otra época, en otro tiempo, en un espacio que el hambre, el miedo, la guerra o lo que fuese hace que se recuerde siempre en blanco y negro.

Estamos hablando de comienzos de la década de los 50. Poco después, en el 57, nacería Francisca, la madre de Diana, ya en Venezuela. Atrás quedaba Oleiros (A Coruña), a donde Paca y Guillermo volverían cuando sus hijos -tres en total- se hicieron ya mayores. Porque la tierra, a fin de cuentas, siempre tira.

Lo sabe bien Diana, que durante años volvía en verano a ver a sus abuelos, para retornar después a Venezuela. Un balanceo continuo que cambió a raíz de un accidente de tráfico. “Tenía un spa en Venezuela, terapias complementarias, estética relacionada con la medicina natural, recuerda.

Pero ese accidente fue la puerta de entrada hacia otro lugar más incómodo, más oscuro, menos plácido. “Me tocó pagar todo. Económicamente estábamos bien, pero me provocó una depresión horrible”, relata.

En el acto de graduación.
Con su familia, en las luces de Vigo.
Las becas BEME

Así que ahondó en la idea que había comenzado a barruntar: “Si me voy para España voy a buscar un máster”. Y así, casi sin quererlo, entró en la web de la Universidad de Santiago de Compostela donde descubrió las BEME, acrónimo, en gallego de Becas Excelencia Juventud Exterior (Bolsas Excelencia Mocidade Exterior).

Este programa, que cada año impulsa la Xunta de Galicia y que tiene actualmente abierta una nueva convocatoria, ofrece a los jóvenes gallegos del exterior completar su formación en las universidades públicas de la Comunidad, contribuyendo así a la lucha contra el reto demográfico.

Las becas alcanzan este su octava edición, y lo hacen con un incremento de la dotación económica asignada, que aumenta en 500 euros en las cuantías de la ayuda. El objetivo, otro año más, es traer de vuelta a Galicia a 250 titulados universitarios gallegos y de currículo brillante, residentes en el extranjero y con una titulación de grado, licenciatura, ingeniería o arquitectura, que quieran cursar estudios de máster en la Comunidad.

Como Diana, que no acababa de fiarse cuando presentó la documentación: “Nadie sabía si iba a ser verdad o no. Como en Venezuela te prometen una cosa y es mentira, teníamos ese miedo. Apliqué a la beca y fui seleccionada entre las 20 primeras”.

Así que, casi sin esperarlo, Diana se vio envuelta otra vez en el azul inmenso del Atlántico, pero esta vez para dejar atrás todo aquello que tanto había querido, “la alegría de la gente”, su vida, su pasado. Aunque por delante tenía un futuro y, por supuesto, una familia: “Cuando le dije a mis tíos que venía, ellos ya estaban en Oleiros y no dudaron en decirme que ya tenía donde quedarme”.

El proyecto profesional

Diana, por supuesto, no volvió sola. Lo hizo, primero, con su madre, Francisca, y con su hija, Stefani. Luego llegaron el resto, sobre todo Luis, su marido, que viajó cuatro meses después. “Ahora ya estamos todos. Llegamos a la casa de los abuelos, que ya habían fallecido”, rememora esta hija de emigrantes que en Galicia ha vuelto a encontrar su vida y su futuro.

Lo ha hecho tras cursar un máster de gerontología clínica, paso previo a abrir en Betanzos un herbolario, Naturalísima, junto a su hermana Tatiana: “Ella lleva la parte más energética. Yo la medicina natural y de estética”.

Ambas han vuelto a Galicia completando ese viaje de la emigración, de aquellos que un día tuvieron que partir y que ahora vuelven a la que siempre fue su casa. Tal vez sea cosa de morriña.

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Galicia evocada por Perales

  • La historia de Belén Casal, 31 años, es un compendio de la emigración: de Galicia hacia América y del otro lado de Atlántico hacia nuestra tierra. Hoy disfruta de su familia y mira hacia el futuro con optimismo. Lo hace tras haber vuelto a casa gracias a una beca BEME
26
Nov
2020
Belén Casal con el diploma acreditativo de la beca BEME.

Su infancia son recuerdos de una letra de Perales. Acordes que huelen a caña y a café; a guayaba, a piel morena y a tabaco. A futuro y libertad, al menos al de aquella ‘América’ soñada por el artista hace casi 30 años. “Cuando era chica en casa se escuchaba mucho a Perales. ‘América’ era una de las canciones que más sonaba, y a mí me evocaba a mi otra tierra, a Europa, a Galicia, a aquello lejano y querido”, recuerda Belén Casal, un compendio de la emigración en apenas 31 años.

Porque Belén, como tantos otros, es gallega de Montevideo; o uruguaya de Compostela, qué más da. Aunque sería más correcto hablar de Barciademera, el pueblo de Eduardo Casal, su padre. O de Piñeiro de Areas, la segunda tierra de María Gil, su madre. Dos pedacitos de mundo apenas separados por cinco kilómetros de fincad y montaña.  

María había nacido en Uruguay, pero pasaba largas temporadas en Galicia. Eduardo era de aquí, donde su familia regentaba una panadería. En el medio, como nexo de unión de dos historias tan cercanas, aún sin saberlo, una fiesta del pueblo. “Se conocieron ahí de adolescentes, y se casaron en Vigo años más tarde, en 1972”, cierra el círculo Belén.  

Un matrimonio del que saldrían 4 hijos -la propia Belén, que es la pequeña; Pablo, María y Francisco-, en un constante ir y venir entre Galicia y Uruguay. “Con el tercero, mis padres decidieron quedarse allí. Volvíamos en verano”, detalla Belén, que inicia entonces su “lazo afectivo con Galicia”. Recuerdos que van y vienen, “no tanto de acentos sino de olores”. Aromas de julio y agosto que huelen a monte y a plaza… a Perales.

Y para matar la morriña, surge entonces el Centro gallego de Montevideo, con sus clases de baile: “Mi otra familia”. El tiempo pasa y los lazos se estrechan a través de diferentes programas que va ofreciendo la Xunta: Escolas Abertas, monitora en los Campos de trabajo… “Estas actividades acompañan tu vida, refuerzan los lazos con Galicia que quedan para siempre en la memoria psicoafectiva. Te sientes muy cerca, más allá de los kilómetros. Sientes como tuyos los dos países”.

Y tal vez llega uno a comprenderlos y quererlos hasta el punto de realizar el trabajo final de carrera -Comunicación Social allá, Periodismo, aquí- sobre los emigrados gallegos a Uruguay entre los 40 y los 60. Un instante en la vida de Belén en el que se cruza otra de esas enseñanzas que a veces nos golpea de modo inesperado, como una ráfaga de aire frío en el invierno; como el hambre después de una comida.

La familia de Belén en el pueblo, en la década de los 60.
Su padre y sus abuelos.
De niña con su familia.

“Me lo dijo una de las señoras con las que hablé, y no se me olvidará nunca: ‘Cuando fue la emigración, sentí que muchos tuvimos que bajar del barco para que se mantuviera a flote’”. Una metáfora perfecta de aquella Galicia en blanco y negro, que apuraba los problemas de postguerra buscando un futuro mejor en otro lado. En una América hermana, siempre hospitalaria.

La oportunidad de volver a casa

Las tornas ahora han cambiado, y los hijos y los nietos de aquellos que un día tuvieron que partir para que el barco no se hundiese, retornan hoy a Galicia para impulsar aquí sus proyectos vitales y profesionales.

Es también el caso de Belén, que gracias a las becas BEME, que cada año ofrece la Xunta para que la juventud gallega en el exterior pueda cursar aquí sus estudios de postgrado, ha vuelto a casa. Y lo ha hecho en compañía de su marido, Juan Manuel, y su hija, Elisa. “Galicia nos ha dado la oportunidad de retornar cerrando el círculo”.

Un círculo, eso sí, perfecto, con un máster en la Universidad de Santiago finalizada con un trabajo sobre los emigrantes retornados y su integración social en función de los estudios. Cómo no. Porque cerca ya de devorar el primer cuarto del siglo XXI, hay barcos que continúan amenazando con hundirse. Pero ya no es Galicia, que ha pasado de ser los recuerdos de Perales y los olores a montaña y a verde, a convertirse en una “realidad mayor que la expectativa”.

Con su familia ya en Galicia.
Con su madre.
Con su marido y su hija.

“Tú eliges Galicia, pero también Galicia te escoge a ti”, subraya Belén al tiempo que defiende la calidad humana y el sentido de comunidad de nuestra tierra, “el lugar idóneo para hacer crecer nuestra familia”. “Se lo recomendaría a todas las familias. Es un lugar maravilloso”.

Identikit verbal: proyecto de empresa y de familia

Tanto como para montar tu propia empresa. Algo que Juan Manuel y Belén no han dudado en hacer y para lo que han contado con la ayuda del programa de retorno emprendedor que ofrece también el Gobierno gallego.

“Vinimos con mucho trabajo de Uruguay. Y ahora hemos puesto en marcha nuestro proyecto -Identikit verbal-, sobre identidad verbal de empresa: cómo se constituye, define y presenta una compañía en su ámbito comunicacional. Cuál es su narrativa; cuáles sus atributos y cómo los va a comunicar”, detalla Belén.

Una inserción laboral que ella misma define como “un desafío”, pero que está dispuesta a afrontar en compañía de los suyos para seguir aquí, en esa Galicia evocada por Perales cuando cantaba a América. Curiosidades de la vida; o de dos tierras hermanas que no hacen más que añorarse eternamente.

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UNA TIERRA DE “PERSONAS CÁLIDAS QUE TE RECIBEN MUY BIEN”

  • Valentina Pita nació en Venezuela hace apenas 23 años, estudió en México y vive ahora en Galicia, “punto de encuentro”, espera, para toda su familia, y a donde ha vuelto gracias a una beca BEME
17
Nov
2020

El inicio de esta historia transcurre, como tantas, por uno de esos vasos comunicantes que enlazan Venezuela con Galicia en un continuo viaje de ida y vuelta, empujado por el tiempo y por las olas del Atlántico.

A un lado, Cariño; al otro, Caracas. En el medio, José Andrés Pita. Uno de esos gallegos cuyo relato avanza a caballo entre dos tierras: el difícil y asombroso equilibrio de la emigración.

Porque José Andrés nació allá, pero en seguida se vino aquí antes de volverse para allá. Ya saben, ir y venir para volver a ir. Un camino en el que conoció a Luisa en uno de esos momentos aparentemente intrascendentes que la vida siempre nos regala -ambos estaban haciendo un curso de técnico superior-, pero que acaba cambiando el relato para siempre.

No en vano, de ese matrimonio nacieron tres hijos: Jorge, Luis y Valentina, la verdadera protagonista de nuestra historia. Hoy está aquí, ayer estuvo allá, y mañana quiere seguir estando aquí. “Me gustaría trabajar en una empresa gallega que está en Santiago”, reconoce.

Pero vayamos por partes. Porque Valentina ha vuelto a Galicia gracias a una de esas becas BEME que cada año promueve el gobierno gallego brindando la oportunidad, a cientos de jóvenes de la Galicia exterior, de retornar a nuestra tierra para cursar sus estudios de postgrado.

“Estando allí, me enteré de las BEME para hijos y nietos de gallegos. Opté as ellas en marzo y la verdad que, cuando envié la solicitud, antes del Covid, pensaba que no se iba a dar, que no iba a pasar”, rememora.

Pero se dio, y hoy Valentina continúa desde Compostela su breve historia, la de una chica de apenas 23 años con toda una vida por vivir, que está cursando en la USC un máster en dirección de empresas.

Lo hace en tiempos de pandemia, y con “clases presenciales” pese a todo. “La experiencia de emigrar es distinta con el Covid, porque los mismos compañeros nos dicen que la ciudad es otra y el ritmo es diferente; que no es el escenario académico que normalmente se vive”. Algo que en el fondo tienen sus propios beneficios: “Puedes centrarte más en lo que viniste a hacer: sacar el máster”.

Valentina Pita, becaria BEME.
El reencuentro con la familia 10 años después

Y también puedes reencontrar a la familia. “Aquí está toda mi familia paterna: abuela, primos, tíos… Y llevaba por lo menos 10 años sin verlos”, continúa Valentina con la alegría de quien se sabe de vuelta a casa. Porque ella, en ese continúo ir y venir, ya había estado antes.

“Desde chiquita tuve la oportunidad de conocer Galicia. Vine dos o tres veces durante la niñez y pude descubrir Santiago, A Coruña, distintas partes de nuestra tierra…”, relata Valentina, antes de describir el salto de Venezuela a México, a donde se fue a continuar con sus estudios universitarios y a seguir descubriendo, sin saberlo, qué significa la ‘morriña’.

Porque como ella misma reconoce, aunque en México también tenía familia, “siempre supe que quería estar en España”. “Mi meta era graduarme para venirme a España, a Galicia”, continúa, para poder disfrutar de esa tierra repleta de “personas cálidas que te reciben muy bien”.

Una tierra en la que la comida, cómo no, también resulta “deliciosa”, y en la que cada caña, cada refresco, cada agua, viene acompañada de una tapa. “He descubierto que aquí hay muchas maneras de probar distintos platos caseros”, resalta.

Pero hay más cosas. “El ritmo de vida es distinto”. Aquí uno tiene la “oportunidad de respirar y ser productivo sin estar excesivamente estresado”. Allá, esos momentos se los lleva el “carro”; las “horas y horas” de atasco para moverse de un lugar a otro; la inseguridad de no poder salir sola por la noche. 

Ventajas, calidad de vida, bienestar… Muchas maneras de resumir ese sentir; de querer que “papá regrese el año próximo”, y de intentarlo también con uno de sus hermanos, con Luis. Jorge ya está aquí, en Madrid, que no es lo mismo, pero se parece. “El punto de encuentro es Galicia”. Y esa frase lo resume todo.

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“ME DESPERTABA PENSANDO ‘QUÉ GANAS TENGO DE COMERME UNA EMPANADA DE ZAMBURIÑAS’”

  • Antía Torrado nació en Catoira, paso previo hacia Ourense. La vida, luego, la iba a llevar hasta Taiwan pero acabó en Buenos Aires, donde conoció al que hoy es su marido, David. Hoy viven en Galicia, donde ella cursa un máster gracias a una beca BEME del gobierno autonómico
03
Nov
2020

¿Conocen aquello del efecto mariposa? El aleteo de una de esas criaturas puede provocar un tsunami al otro lado del mundo, aunque, por supuesto, no lo sepamos. ¿O aquel célebre discurso de Steve Jobs en la Universidad de Stanford? “No puedes conectar los puntos hacia adelante, sólo puedes hacerlo hacia atrás. Así que tienes que confiar en que los puntos se conectarán alguna vez en el futuro”.

Algo así valdría para resumir la historia de Antía Torrado. Porque un terremoto en Taiwan puede derivar en que una gallega de Catoira se case en Buenos Aires con un argentino, previo camino de vuelta a nuestra tierra. Los puntos, eso sí, sólo cobran sentido hacia atrás, desde la perspectiva que da el futuro del pasado. Steve Jobs, cómo no, tenía razón.  

“Nací en Catoira, pero cuando era chiquita nos mudamos a Ourense. Aquí estudié turismo, y en tercero de carrera (2015) me fui de erasmus a Alemania. Cuando estaba allí, solicité una beca del Banco Santander para otro año más en el extranjero. La idea era irme a Taiwan, pero hubo un terremoto y se cayó la opción. Las alternativas eran Argentina o Bolivia”, resume Antía desde el presente, con los puntos ya unidos hace tiempo.  

Al final, escogió Argentina, a donde se trasladó en 2016 con esa beca del Santander para cursar allí su tesis sobre el ‘Desarrollo turístico de los poblados mapuches’. Una patria hermana, donde los españoles son ‘gallegos’, y donde las percepciones, becada y estudiante, son muy distintas a las que vivirá más tarde, ya casada. Y todo comenzó con aquel terremoto grado 6 que zarandeó Taiwan en mitad de una noche de invierno.

Misiones le cambió la vida

Pero no adelantemos acontecimientos. Seguimos en la Universidad de Kilmer, Buenos Aires, donde Antía comparte habitación con una amiga colombiana. Un día cualquiera de un mes cualquiera, como hacen los universitarios, toman un café mientras que proyectan planes de futuro. Del inmediato. Cosas que hacer en esa época. Por ejemplo, conocer Misiones: el misterio de aquella selva húmeda y salvaje, las cataratas del Iguazú… Y mientras que la imaginación hace su trabajo y se dispara, alguien se gira: “Yo soy de Misiones. Puedo haceros de guía”. Es David, hoy su marido. ¿Recuerdan aquello de unir los puntos?

“Conocí a mi pareja, volví a España, presenté la tesis, y me volví para Argentina”, resume Antía con exquisita sencillez avanzando de un plumazo sobre los siguientes meses de su vida. Una Argentina muy distinta a la que vivió como estudiante; la Argentina real, no la de la nube de una beca.

La de levantarse a las 5 de la mañana para poder llegar a trabajar tras dos horas como una “sardinita” en el autobús. La de ir con un spray pimienta y un cuchillo en el bolso. La de las manifestaciones que cortan la calle. La de los ladrones que se abalanzan sobre el bus, bajan la ventana y te roban el teléfono dejándote, literalmente, con la palabra en la boca. La de un cierto toque de racismo: “A mí me cobraban 100 pesos por un kilo de bananas, y en la misma frutería, a David le pedían 30”.

Pero la vida, a veces, es eso: superar las pruebas y los retos, avanzar hacia el futuro, que es hoy y que es mañana. No rendirse… Y contar siempre con un comodín, por si acaso. “Lo hablamos antes de salir. OK, nos vamos, pero si no me adapto, me vuelvo”, detalla Andía, mientras que explica que, a fin de cuentas, lo lógico era probar en Argentina. “Él trabajaba en la Prefectura, que es como la Guardia Civil aquí. Tenía un trabajo estable, funcionario”. Y esa estabilidad arrimó el ascua hacia Argentina.

Mientras tanto, Antía comienza a trabajar en un hotel de una cadena española en Buenos Aires. Pero el choque de realidad se acentúa: “No es solo la seguridad, sino la devaluación monetaria y de capacidad económica. Los aumentos salariales que pensabas que ibas a tener, no los tienes. La devaluación es muy alta. Un mes cobras 300 dólares, al otro 250…. Empiezas a perder el control de tu vida a nivel económico y social”.

La beca BEME y la vuelta a casa

Un escenario que se agrava en 2019, año en el que Antía ya había pedido una BEME, una de esas becas que el Gobierno gallego promueve para facilitar la vuelta a casa de los hijos y los nietos de la diáspora. “Entonces se complicó porque me faltaba documentación, así que esperamos al 2020”, detalla.

Ese año de margen, no obstante, resultó providencial. Ya saben, otra vez hay que unir lo puntos hacia atrás. “Gracias a eso pudimos vender el coche, la moto, trabajar en la homologación de títulos de David. Al final, llegamos en septiembre de este año y ya pudo matricularse en FP y comenzar sus estudios aquí”, prosigue Antía su relato.

Y aún hay más. Una boda exprés en octubre del 19 para poder adelantar los trámites de inscripción del matrimonio en el consulado. “Nos casamos en el único registro civil disponible que había en nuestro barrio. Si mi madre me ve se muere…”, recuerda con humor Antía.

Lo hace desde Ourense, donde cursa un MBA en gestión empresarial del deporte. Un máster al que llegó cargada de razones: “Contacté a través de Linkedin con gente que lo estaba cursando y me dio muy buen feedback”. Y, además, a principios de año observó cómo una revista americana de la Universidad de Ohio lo situaba entre los mejores másteres del mundo en gestión empresarial y del deporte. Ya no había dudas.

Antía mira hacia atrás con los puntos enlazados, al menos hasta ahora. Ha desterrado aquella maravillosa “súper morriña” de Argentina o del Erasmus en Alemania, en donde vivía en un edificio en el que todos eran hindúes menos ella y otro gallego, con el que se coordinaba para recibir una caja de comida cada mes. “Me despertaba y decía, ‘qué ganas tengo de comerme una empanada de zamburiñas’”.  

Ya no. Igual que también ha puesto fin a aquella “otra realidad”. La de no poder salir sola sin riesgos; la de tener ir al banco entre susurros; la de tener preocupaciones más propias de las ciencias económicas que del vivir. “A David siempre le digo: aquí, si vas por la calle y le preguntas a cualquiera a cuánto cotiza el dólar o qué es la inflación, la mayoría no tiene ni idea”. Al menos por ahora. Y que dure.

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Vilagarcía, Valencia, Bogotá, Cuntis: un relato entre dos tierras

  • Manuel Tanoira es uno de esos gallegos que un día decidieron partir, por los motivos que fuese, y que ahora han vuelto a su tierra trayendo de vuelta todo el conocimiento adquirido. Para ello ha contado con el apoyo del programa al retorno emprendedor promovido por la Xunta de Galicia
27
Oct
2020
Con su mujer, Carolina Castillo

La de Manuel Tanoira es una historia moderna con tintes de aquella Galicia añeja, con sabor a campo y a verde y que se pinta en la memoria en blanco y negro. Un relato que entremezcla nuestra tierra con América, cómo no, de ida y de vuelta, y que resulta, por lo menos, muy curioso.

Porque la vida de Manuel, arquitecto, apenas 38 años, une lugares tan dispares como Vilagarcía, Valencia, Colombia o Cuntis. Universos que pueden resultar muy diferentes, pero que cobran sentido en el devenir de la novela.

Vayamos por partes.

“Soy de Vilagarcía y me fui a estudiar fuera, a Valencia. Al terminar decidí viajar”, trata de resumir Manuel mientras que sube y baja por el hilo conductor punteando detalles del pasado. Allí, en la capital del Turia, aparece su novia, hoy su mujer, Carolina Castillo, colombiana.

“Nos fuimos a Bogotá, donde ella tenía a su familia. Me quería ir allí porque era un lugar de oportunidades; un buen sitio para empezar, para ir, para aprender, para que el salto cultural fuera más enriquecedor”, continúa Manuel aglutinando pinceladas.  

Fueron “6 años muy felices”. Los que van del 12 al 18. Un período de aprendizaje: los estudios, los primeros trabajos, lo que uno quiere de su vida. Y en ese querer o no querer surge la pregunta ineludible para cualquier emigrado, por muy bien que le vayan las cosas allá afuera: dónde continuar el resto del camino.

“En ese momento decidimos que queríamos volver; a Europa, a España y a Galicia”. Porque la tierra tira, sí. Esa morriña universal que todo lo comprende. “Pero también porque entendíamos que aquí disponíamos de ciertas oportunidades. Soy arquitecto y nos dedicamos a la rehabilitación y sostenibilidad, y entendíamos que Galicia es un lugar muy apropiado”, expone convencido.

“Recuperar todo ese patrimonio y devolverlo a la vida”

Motivos y argumentos no le faltan: la historia; la riqueza patrimonial de nuestra tierra; los problemas de envejecimiento; las posibilidades del rural. “Todo esto va en paralelo a una arquitectura vernácula por rehabilitar”, razona. Una conjunción de factores que hacían de este un “momento interesante para una propuesta como esta”; para “intentar recuperar todo ese patrimonio y devolverlo a la vida”.

Y así, casi sin quererlo, o tal vez deseándolo muchísimo, nace Brota Arquitectura; una propuesta que aúna la rehabilitación, la sostenibilidad y el bienestar, y a la que no dudó en sumarse Carolina, psicóloga de profesión, conocedora de los deseos de confort del ser humano, vinculados éstos, cómo si no, al hogar, a la edificación, a esa arquitectura sostenible.  

Brota Arquitectura aúna la rehabilitación, la sostenibilidad y el bienestar.

“Buscamos restablecer estructuras arquitectónicas para conseguir que los usuarios se sientan cómodos e identificados”, resume Manuel. Un proyecto para el que ha contado con el apoyo del programa de retorno emprendedor que cada año promueve el gobierno gallego, precisamente para eso, para facilitar la vuelta a casa de todos aquellos que un día tuvieron que partir, ofreciendo importantes apoyos económicos para la implantación de nuevos negocios.

Más calidad de vida

“En su momento fuimos a su hogar y ahora estamos en el mío”, prosigue Manuel, tirando de recuerdos y de vida. También en la época del Covid. Un tiempo de pandemia que no ha hecho sino reforzar que “aquella intuición que teníamos no estaba tan desencaminada”. “La gente busca ahora entornos más accesibles, contar con su oficina en el rural…”, razona, tratando de “aportar desde la arquitectura una propuesta de valor” para que el usuario se sienta “cómodo e identificado”.

Lo cuenta desde Galicia, a caballo entre Cuntis, donde vive en la casa familiar rehabilitada -cómo no-, y Villagarcía, donde trabaja. La tierra donde nació y de la que ahora disfruta, con Carolina, de eso que hemos dado en llamar ‘calidad de vida’. Más tiempo para uno y para los suyos; más seguridad; más cercanía. O lo que viene a ser el principio y el fin de todo: más Galicia.   

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UN ETERNO IR Y VENIR PARA TERMINAR SIEMPRE EN GALICIA

  • La de Álvaro Montes Gómez es una de esas historias tan típicas de la emigración gallega que llega incluso hasta asustar. Un relato de dos familias que cruzaron el inmenso azul Atlántico para volver siendo una, más grande y numerosa
09
Oct
2020
Álvaro acaba de poner en marcha nukuku.com

Hay historias que vienen, y otras que van. Y algunas, es este el caso, que avanzan para acabar volviendo. Un largo relato de retorno al punto de partida, con Galicia como hilo conductor. Desde aquí marchó Francisco Javier Montes Pardo hace más de sietes décadas, en uno de aquellos buques de vapor que llenan escenas eternas pintadas siempre en blanco y negro.

Un poco más al norte, en el País Vasco, emprendía el viaje Liria Gómez Puntonet. Apenas una niña de 9 años cuya familia, como la de Luis, buscaba en Caracas esas oportunidades prometidas que nuestra tierra, entonces, lloraba por ofrecer.

Hoy, con 80 y 79 años, su vida esconde un cuento maravillo, de esos que cualquier padre está deseando susurrarle a sus hijos por la noche. Un ‘ir’ que les hizo conocerse en Venezuela, en una fiesta en la Hermandad Gallega de Caracas, dónde si no; casarse y tener hijos; prosperar, impulsar sus proyectos personales. Y un ‘venir’ que los trajo de vuelta hasta Galicia, hasta su casa, hasta esa tierra de acogida que hoy, en pleno siglo XXI, sí que ofrece aquellas oportunidades entonces anheladas.

Y como el destino es siempre caprichoso, ese ir y ese venir incorpora, cada uno a su momento, a los tres hijos del matrimonio: Francisco, Rafael y Álvaro, el protagonista principal de nuestra historia. El último, todo hay que decirlo, en emprender el camino de vuelta.

Porque a caballo entre el siglo XX y el XXI, cuando sus hermanos mayores venían, él empezaba allí con su negocio. “En el 2000 monte una perfumería que, con el tiempo, se convirtió en una cadena”, rememora. El mismo tiempo que ha terminado por arrasarlo todo en Venezuela. 

“Después de 18 años, resultaba evidente que el clima del país no era el adecuado ni el que le quería ofrecer a mis hijos”. Porque Álvaro, así de valientes somos los gallegos, emprendió el retorno con 52 años y en familia, felizmente casado con Gabriela López, y con dos hijos, Alejandro y Claudia, que, curiosidades de la vida, ya se había vuelto en 2016 para cursar sus estudios universitarios en Madrid. Una parte más de ese eterno ir y venir.

Álvaro con su mujer y sus hijos en la playa de Aguieira.
Con toda su familia, en Galicia.
Adiós a Venezuela

“El negocio dejó de ser un buen negocio. La perfumería no contaba con los productos que el consumidor quería, el inventario era cada vez menor. Había llegado el momento de venirse y empezar una vida desde cero”, continúa Álvaro con la tranquilidad del que ya ha andado ese camino. Por delante,  “dos maletas y nada más”.  Y atrás, una montaña entera de recuerdos, de anécdotas, de alegrías y tristezas, de mucho sufrimiento hacia el final.

Porque poco a poco “vas tolerando” cosas que resultan “increíbles” y que, a fuerza de repetirse, terminan por convertirse en “rutinarias”. Como los secuestros de dos de sus amigos. “Cuando te quieres dar cuenta, te estás jugando la vida” con una pistola en la cabeza para que les des el móvil o la cartera. “Y lo peor es cuando eso se convierte en cotidiano”, resume Álvaro.

Una cotidianeidad que llega a hacer posible que la inflación de los bolívares arruine hasta a los propios secuestradores; o que para comprar una barra de pan debas guardar una cola de una hora; o incluso que en el súper no haya papel, ni pasta, ni atún; o que puedas sentirte un privilegiado por acceder a este tipo de bienes.

Así que sí, había llegado el momento de partir. De reencontrarse con toda su familia al otro lado de ese inmenso Atlántico de olas y negrura. “Sabía que podía haber grandes limitaciones al venirme con 52 años y empezar una vida desde cero”, reconoce Álvaro.

Pero aquí estaban, están, sus padres. En esa Compostela a la que regresaron a comienzos de siglo, y de la que ahora disfrutan son su hijo.

Álvaro es campeón gallego de esquí acuático.
Nukuku, innovación al servicio del descanso

Y como la vida curte, Álvaro sigue mirando al mundo decidido. Acaba de poner en marcha nunuku.com, un negocio online de venta de almohadas cervicales antiarrugas. “Son almohadas que alivian el dolor de cuello y espalda, y previene las arrugas y marcas de sueño en el rostro y en el cuello”, resume.

Una novedosa iniciativa empresarial para la que ha contado con el impulso de la línea de apoyo al retorno emprendedor que cada año promueve el gobierno gallego para facilitar la vuelta a casa de aquellos que algún día tuvieron que partir. Como Álvaro, o como otros 200 gallegos que ya se han beneficiado de esta iniciativa para activar nuevos proyectos empresariales en nuestra tierra.

Álvaro confía en el futuro. Y se muestra orgulloso del pasado. De todo su pasado. Incluso de aquel con el que te sorprende en un último regate. Campeón de esquí acuático gallego. “Lo aprendí en Venezuela, con cierta disciplina cuando era joven”, resume. “Nuestro plan de fin de semana era ir a la playa de Río Chico con el bote que teníamos”.

Al llegar aquí contactó con la Federación Gallega, y hasta la fecha ha participado en tres competiciones, imponiéndose en las tres. Un bagaje similar al que arroja en los Campeonatos de España de los tres últimos años, en los que también ha participado: primero en 2018, primero en 2019, y subcampeón en 2020.

Un relato lleno de sorpresas que transcurre entre dos vasos comunicantes: Galicia y Venezuela. Venezuela y Galicia. Ese eterno y venir para concluir siempre en Galicia.   

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De Portonovo a Edimburgo para volver siempre a Galicia

  • Andrés Rodiño y Olalla Borrego hicieron juntos un camino de ida y vuelta que los ha traído de retorno a nuestra tierra, donde impulsan cada uno su propio proyecto empresarial
28
Sep
2020

El verde más oscuro y mojado de la lluvia, incrementado por el leve roce de un suspiro rociero. Los paisajes devorados de colores que transmiten el devenir de aquella vida. Montañas y bosques; grises, azules y más verdes. Pero también las banderas que se mezclan en matices similares, ansiando tener algo parecido. Tal vez un poco de historia compartida, como la del Celtic que quería ser el Celta. O viceversa. Mundos paralelos, que se tocan. Galicia y Escocia. Escocia y Galicia. Espejos separados con cuentos que se escriben a ambos lados de ese azul, otro azul. De esta vuelta, oscuro y silencioso, alargándose desde el Cantábrico hacia el Golfo de Vizcaya, buscando un puerto y un relato.

Como el de Andrés Rodiño, de 39 años y gallego. De Portonovo para ser exactos. Que no es lo mismo que Edimburgo, aunque podría. Bien lo sabe él, conocer de ambos destinos. Andrés, que, como miles de jóvenes, cruzó ese gran azul oscuro en busca de algo, tal vez mejor o tal vez no. Pero en inglés, eso sí. El peso del idioma. Andrés, que vivió en Escocia por 6 años y que luego retornó a su Galicia.

“Me fui a finales de 2012 y volví en junio de 2018. Quería aprender inglés y estudié turismo allí”, recuerda. Una conjugación de la que salió Rooteiro: turismo universal de nuestra tierra. “Otra manera de conocer Galicia en familia, con colegas o simplemente solo en compañía de otros rooteiros”.  

Rafting en el Río Miño.
Ruta de la Isla de Arousa.

Al final, siempre Galicia. “El clima ya cansaba”, prosigue Andrés, que ha dado forma a un modelo de negocio que ahora busca diversificar. Cosas del emprendimiento en época de Covid.

Pero vayamos por partes. Sigamos con ‘Rooteiro’, una oferta de rutas y viajes capaces de transmitir una parte de los secretos de Galicia. Nunca todo, por supuesto. “Recuerdo el año pasado a un grupo de japoneses a los que llevé a orillas del Miño, donde pudieron disfrutar un buen vino. Estaban flipados”. Y quién no.

Es una de las opciones de un proyecto que ofrece una mezcla de muchas de las virtudes de Galicia. Formas de vivir y disfruta de nuestra tierra: de la ruta del Agua, de la Illa de Arousa… Pero también de la gastronomía: del Albariño, de los sabores atlánticos desmenuzados en un taller de cocina, o simplemente de un tour gastronómico de los que cuesta hasta escribir.

El atractivo de Galicia

“Me di cuenta de que había muchos recursos por explotar a nivel turístico y que éramos un territorio muy atractivo durante todo el año”, razona Andrés desde la atalaya de un dossier con propuestas diferentes para grupos reducidos. “La idea es desestacionalizar el turismo y atraer, sobre todo, a público extranjero”, añade.

Un plan algo trastocado en mitad de una pandemia. De ahí la idea de diversificar. Por ahora no quiere decir mucho. Trabaja en el desarrollo de una tienda online; una alternativa a ‘Rooteiro’. “Al final, depende de nosotros. Trabajo e ideas siempre ahí”, argumenta.

El arte y la sostenibilidad

Todo tipo de ideas. Como las de su novia. Olalla Borrego. De 38 años y gallega, por supuesto. Vidas paralelas, de Galicia a Edimburgo y otra vez a Portonovo.

Ella comenzó allí con su proyecto: Lia B Studio. Un estudio de creación artística basado en la sostenibilidad. Cada pieza se elabora de forma artesanal a través de la experimentación con diferentes materiales, poniendo el foco en la innovación y utilización de materiales sostenibles.

“La curiosidad me llevó a Edimburgo, y allí descubrí mi vocación en los cursos de joyería a los que asistía por las tardes al tiempo que me graduaba en Diseño Textil”, recuerda.

Galicia, Escocia y otra vez Galicia. Un trayecto de vuelta para el que contaron con la ayuda del programa de apoyo al retorno emprendedor que cada año promueve el gobierno gallego, y que ha permitido, hasta la fecha, impulsar más de 200 iniciativas empresariales impulsadas por jóvenes de la diáspora.

Como Andrés y Olalla. Olalla y Andrés. Que se fueron en busca de algo y terminaron encontrando Galicia. Otra vez Galicia. Siempre Galicia.

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“Después de volar mucho, había que volver a la raíz”

  • Samanta Cortés viajó por medio mundo antes de ser madre y retornar a su tierra; un bagaje acumulado que ha transformado en un negocio innovador con una idea de fondo: ‘maternar’
21
Aug
2020

La primera vez que Samanta Cortés salió de casa tenía apenas 18 años. Lo hizo, como la inmensa mayoría, para empezar sus estudios universitarios: Ciencias Políticas en Santiago de Compostela. La vida, siempre caprichosa, terminaría por guiarla hacia otro lugar, otro destino, otra aventura. Un viaje a través de más de 40 países, al estilo Phileas Fogg pero por partes, de ida y vuelta, de ida e ida, de vuelta y vuelta, para acabar donde todo comenzó: en Lugo, en Sober, en un pedacito de tierra que acaricia la Ribeira Sacra.

“Me fui a Barcelona a estudiar, pero siempre me gustó viajar y acabé montando un blog”, recuerda Samanta mientras evoca una lista infinita de países que se suceden en la imaginación. Senegal, Marruecos, Bolivia, Argentina, Uruguay, Chile, Omán, Emiratos Árabes, Japón, Filipinas, Tailandia, Camboya…

Hay generaciones enteras de familias que no suman todos esos destinos. Samanta sí; e incluso tiene la suerte de su lado. “Nos ganamos un viaje a Islandia donde pudimos disfrutar de una aurora boreal”, rememora. Y lo hace en primera persona del plural porque durante este tránsito de la juventud a la madurez conoció al que hoy es su marido: “A Asia ya viajamos juntos”.

Este gusto por viajar transitó de lo personal a lo profesional, convirtiendo una afición en una oportunidad. “Al principio, era un estilo de vida. Trabajaba, ahorraba, planificaba y viajaba, para volver a empezar luego. Pero acabé creando una empresa con otros 8 blogueros”, relata con la sabiduría que otorga poder echar la vista atrás.

De aquella aventura inicial se retiró, pero aprendió “mucho”: “Me di cuenta de que el márquetin digital era un camino clarísimo”. A partir de ahí, algo empezó a gestarse en su cabeza. Durante 2 años, del 17 al 19, vivió en Irlanda madurando aquella idea, pensando en volver, atando cabos que, una vez entrelazados, dibujaron el núcleo de lo que hoy es su negocio.

Todo podría resumirse en ‘maternar’, si la palabra arrojase la luz suficiente para clarificar la idea. Pero no es el caso. Probablemente se queda corta. Es una mezcla de maternidad y emprendimiento; de criar a tus hijos al tiempo que impulsas tu negocio; de triunfar disfrutando de lo que más te importa.

Vuelta a casa con la maternidad

“Cuando estaba embarazada, decidí volver. No me imaginaba toda la vida lejos de casa. Después de volar mucho, había que volver a la raíz. Y qué mejor que con la maternidad”, expone de un tirón Samanta, que tras una docena de años viajando, literalmente, por el mundo, quería volver a su tierra, nuestra tierra, esa Galicia de su infancia y juventud.

Para ello, contó con la ayuda del programa de retorno emprendedor. Una iniciativa promovida por la Xunta que ha facilitado ya a más de 200 gallegos del exterior volver a casa para impulsar sus distintas iniciativas empresariales. “Es un poquito de ayuda que viene muy bien”, reconoce Samanta.  

Y lo hace tras el confinamiento, con un negocio que impulsa otros negocios: elaboración de estrategias, proyectos de márquetin, análisis de riesgos… “Buscamos la forma de escalar el negocio. Mejorar las ganancias y optimizar las horas para disfrutar de más tiempo como madre”, razona.

Un escenario que arroja multitud de posibilidades. Tantas, al menos, como clientes… o mejor dicho, como madres que quieran ‘maternar’. Samanta nos lo explica en su web, un lugar en el que nos ofrece una conciliación real para el emprendimiento online. Para llegar hasta ahí, “sólo” ha recorrido medio mundo y ha montado una familia. Casi nada. Casi todo.  

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“El corazón escogió Galicia”

  • María Loira Gago se fue a Malta para aprender idiomas y descubrir cómo es la vida lejos de casa
  • Siempre quiso tener su propia clínica dental: la experiencia y la añoranza la trajeron de vuelta a Pontevedra
26
Jun
2020
María en Malta.

Escondida a la sombra de Sicilia -esa isla italiana que se lleva la fama y el relato bajo el peso mafioso de ‘La Cosa Nostra’-, Malta es apenas un punto diminuto en cualquier plano. Un pedacito de tierra en tres espacios. Tres islas rodeadas por el Mar Mediterráneo, devoradas de azul turquesa en cada playa, y con infinitud de rincones por vivir. Su capital de nombre literario, La Valletta; la antigua ciudad fortificada de Birgu; o el Hipogeo de Hal Saflieni, una impresionante necrópolis subterránea que ya estaba allí antes de griegos y romanos.

Un lugar de vacaciones; pero también un lugar para vivir. Eso pensó, al menos, María José Loira Gago, gallega de Bueu, cuando en 2013 decidió emprender una aventura. “Me fui en primer lugar para mejorar el inglés, y para tener la experiencia de vivir en el extranjero”, expone, reforzando el argumento con el peso que te da tu propia historia: “Cuando sales de casa y vives en otro país, aprendes a vivir en desventaja y eso hace que te superes a ti mismo”.

María lo hizo, pero labrando el camino con sus manos, dibujando cada paso con la convicción de quien tiene claro el objetivo. Licenciada en Odontología, elaboró un listado de clínicas de Malta, a las que fue entregando su currículum durante unas vacaciones en Malta. Al cabo de unos meses retornó a Galicia a terminar el Máster Oficial en Ciencias Odontológicas entregando su TFM, lo que antes llamábamos tesina de pre-doctorado, antes de decidir dejarlo todo e irse a vivir allí. “De vuelta en Malta, me contrataron en una clínica nada más llegar y pronto empecé a colaborar en 2 más como especialista. Las semillitas que había ido plantando dieron fruto”, recuerda.

Buceando en Malta.
Malta.

Entonces, con 27 años, comenzó un periplo profesional cargado de atractivo. Dentista en Malta. Un binomio evocador y “una experiencia muy enriquecedora”. No en vano, ese diminuto rincón del Mediterráneo, esconde miles de nacionalidades: europeos, estadounidenses, chinos, árabes, filipinos, brasileiros, africanos… “Te abre la mente y te permite alimentarte de otras culturas”, razona. “Además me convertí en la dentista de los españoles que vivían en Malta”.

En el trayecto, a su lado, como hoy, su chico, Carlos, instructor de buceo. “También era un buen destino para él”. Y tanto. Pero como siempre, llega un momento en el que el camino topa con una encrucijada. A un lado, Malta; al otro, Galicia. “Había ido ahorrando como la hormiguita, poco a poco, y siempre quise tener mi propia clínica. Tenía que elegir dónde montarla. O allí o en mi tierra”, apunta María.

Y la tierra, esa tierra, tira. Porque Galicia es muchas cosas que, arrasados por el marketing, resumimos en colores: es verde, es azul, es roja, es amarilla. Es el mar y la montaña, los montes y sus campos. Pero sobre todo, Galicia, como cualquier otro lugar, son sus gentes. “Los sitios los hacen las personas. Echábamos de menos a nuestros padres, a los amigos, el no poder estar allí en las fechas señaladas”, relata María.

Un cumpleaños, un aniversario, o incluso a veces, porque la muerte también es parte de la vida, eso, un adiós. “Falleció el abuelo de Carlos y no pudimos venir”, lamenta, cargada de morriña. De esa misma morriña que decantó la balanza hacia el origen: “El corazón escogió Galicia”. Y quién no. 

Retorno emprendedor: volver para regalar sonrisas  

Hoy María dirige su propia clínica en pleno corazón de Pontevedra: Dental Studio Dra Maria Loira. Un lugar que ya había escogido antes de vivirlo: “Lo vimos a través de Google Earth, y nos enamoramos del sitio. Nos hicimos con él antes de haberlo pisado”. Luego, una obra, un proyecto, seis meses de trabajo y papeleo. Y por fin, en junio de 2017, la apertura.

Trabajando con el cirujano Dr James Galea.
Compañeros de trabajo de la Naxxar Dental Clinic.
Compañeros de trabajo de la Demajo's Dental Clinic.

Entre tanto esfuerzo, alguna ayuda. Como la del programa de apoyo al retorno emprendedor, que cada año promueve la Xunta de Galicia. Se trata de una iniciativa que busca, precisamente, eso: traer de vuelta a casa el talento gallego esparcido por el mundo.

Una línea que ha facilitado la vuelta de casi 200 gallegos, que han montado aquí su propia iniciativa empresarial. Porque “los comienzos siempre son duros”. “El primer año empiezas de cero; de cero radical”, resume María, mientras relata uno de sus sueños: “Cambiar el mundo de la odontología; que la gente confíe en el dentista”.

Clínica Dental Studio en Pontevedra.

Y para ello, un proyecto especialmente ilusionante: el diseño digital de sonrisas. “Tenemos un estudio fotográfico personal; escáner intraoral que hace capturas de la boca en tres dimensiones; todo digitalizado…”, describe María. Y lo hace consciente de que el resultado final resulta, tal vez, indescriptible: “Cuando a una persona le devuelves la sonrisa…”. Y se agotan las palabras, sabedora de que basta con los puntos suspensivos.

Para llegar aquí, María anduvo su propio camino. Malta le abrió las puertas del futuro. Y le permitió aprender mucho más cosas que un idioma. Allí maduró y continuó con sus estudios doctorales, investigando en el extranjero, para doctorarse luego ‘cum laude’ y con una mención internacional, y ser miembro, hoy, de la Academia de Ciencias y Salud Ramón y Cajal. Muchos hechos que, al final, conducen siempre a un mismo destino: Galicia. Porque el corazón tira.        

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DE GALICIA AL CAPITOLIO

  • El de Francisco Castro es otro más de los miles de relatos que construyen la diáspora gallega; un ir y venir con el Atlántico como telón de fondo y que, en este caso, termina en nuestra tierra con el apoyo del programa de retorno emprendedor que cada año promueve la Xunta
27
Jul
2022

El relato de la diáspora es la historia de la Galicia de entonces y de ahora; de aquellos que marcharon y que marchan; de la añoranza propia de las imágenes en blanco y negro, casi gris, o de la morriña más moderna del color, de la tecnología, de las distancias. Un ir y venir de generaciones y de gente, tan vivo, tan actual, tan presente, que, sin ellos, Galicia nunca hubiese llegado a ser Galicia.

Lo sabe bien Francisco Castro Freijo, gallego que, como tantos, hizo las Américas antes de retornar a nuestra tierra, a Sanxenxo, donde ahora, instalado de vuelta en el taller de su padre, continúa sacando de cada piedra su secreto, un pedacito de alma que la transforma en algo único.  

“Me fui por una oferta de trabajo que llegó desde allá”, relata este escultor gallego que aceptó una de las ofertas que la Escuela gallega de canteiros anunciaba buscando “gente dispuesta a ir para allá”. ¿Para dónde? Para América, para Washington, para el Capitolio.

Francisco participa en la restauración del edificio más significativo de Estados Unidos, ese que alberga las dos cámaras del Congreso, y que no hace tanto fue noticia, triste, por otros motivos. “Me parecía surrealista”, rememora Francisco al valorar el asalto al Capitolio de enero de 2021. “Estuve tres años y medio allí trabajando, y aunque coges confianza, todos los días tenías controles, te miraban con lupa, las herramientas que llevabas, todo. Era una fortaleza”, sentencia.

Pero esa es otra historia en un plano diferente del relato. El de Francisco, ya entonces, transcurría de vuelta a nuestra tierra para reencontrarse con la familia que había dejado atrás. “Cuando me hicieron la propuesta, mi mujer, Lucía, estaba embarazada”. Hablamos del año 2017 y Pedro, el pequeño de los Castro -su hermana Paula tiene 7 años- nació lejos de su padre. Un punto más de conexión con la diáspora, con la de antes y con la de hoy, que demanda siempre algún esfuerzo en la búsqueda de ese final feliz, que a veces surge, a veces no.

“Me fui solo para allí, con otra persona de aquí a la que no conocía”, prosigue Francisco, que vuelve por primera vez tras el parto del pequeño Pedro. “Estuve un mes”, y otra vez de vuelta sobre el azul inmenso del Atlántico. Allí le espera más trabajo, más arte, más pedacitos de alma en cada piedra, en cada talla. El Cementerio Nacional de Arlington o el museo botánico son algunos de los ejemplos

Pero Francisco añora y la tierra tira. “Cada tres meses me venía casi un mes”. Hasta que el Covid lo cambia todo. “Durante la pandemia tuve que permanecer nueve meses allá sin poder viajar”. Una situación a la que suma la incertidumbre, la única certeza del hoy, del ahora y del aquí: “No sabías qué iba a pasar, daba un poco de miedo estar lejos de la familia en otro país en el que tampoco conoces el idioma”.

Porque Francisco se fue sin dominar el inglés y volvió sin dominar el inglés –“trabajamos de noche y no podía compaginar las clases con el trabajo”-, añorando Galicia a cada instante, en cada esquina, en cada comida gallega no gallega, como esos cocidos “con otros ingredientes, aunque de esencia gallega”.

Pero volvamos al Covid, al retorno a Galicia. “Vine en 2020, pero después de que me cancelaran cinco vuelos para venir a mi familia pensé que había llegado el momento de irme y no volver”, detalla Francisco con la seguridad que otorga hablar de algo ya vivido. El presente es siempre más incierto.

Un retorno para el que contó con el programa de apoyo al retorno emprendedor que cada año promueve la Xunta de Galicia con el objetivo de facilitar la vuelta a casa de aquellos que un día tuvieron que partir.

El vínculo, no obstante, permanece: “Tengo un trabajo ahora de mármol para el Capitolio: trozos de capiteles que una vez que los mande los ensamblan”. Francisco sigue así creando, uniendo dos puntos que parecen muy lejanos, pero que se tejen a través de una montaña de relatos construidos por gallegos de aquí y de allá. Buena gente que, al final, escoge nuestra tierra para vivir, para construir su relato personal y colectivo. El de una Galicia emigrante que retorna, porque extraña, porque aquí “se vive mejor”, con la familia y todo un futuro por delante.

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