Un pequeño lugar por descubrir

  • La playa de Sela, en el Concello de Arbo, guarda en la retina de su historia un relato de agua y manantiales, paso previo a convertirse en lo que es: uno de los mejores arenales fluviales de nuestra tierra
20
Oct
2020

Saliendo de As Neves, hacia el oeste, la carretera discurre entre curvas suaves, a veces más profundas, como si una llaga de cemento gris oscuro, casi negro, quisiese competir con el Miño entre recodos. La PO-400 es una de esas estradas nacionales, ahora bien asfaltadas, que recorren Galicia y España, ocultando aquí y allá pequeños parajes imposibles; invitaciones a la pausa; lugares por descubrir.

Uno de ellos se acuesta a la altura del kilómetro 14, descendiendo por una calzada que cruza un antiguo aserradero y una fábrica de cepillos devorada por el tiempo, antes de concluir, sin salida, en el apeadero de Sela, un añejo edificio en blanco y rojo, hoy desdibujado por el tiempo, no hace tanto, lugar de idas y venidas, de ajetreo, de bullicio.

La estampa surge en blanco y negro. Los trenes, todavía de vapor, traen y llevan gente, cargan y alivian botellas procedentes del manantial de aguas medicinales. Estamos en 1905, año en el que Antonio Pérez Barreira solicita al concello de Arbo la declaración de utilidad pública de esta agua para así poder embotellarla. Meses después, ya en el mercado, se venderá a 50 céntimos la botella bajo el nombre de Aguas Minerales de San Martín de Sela.

El manantial, 115 años después, continúa descansando a los pies del Miño, un resquicio de todo aquello que un día fue. Como los grandes y viejos edificios que se perfilan al lado de la estación; el hogar de los agüistas.

La historia ha pasado, siempre pasa, pero el lugar, convertido ahora en una de las mejores playas fluviales de España, mantiene una belleza difícil de perder. A un lado Portugal, Galicia al otro. En el medio, en una indescriptible alternancia de azules, verdes, grises, casi negros, transcurre el Miño, frontera natural de dos tierras hermanadas desde siempre.

Para llegar a ella, el camino desciende de modo abrupto desde la vía del tren hasta la arena. Peldaños de tierra y de madera que se esconden entre árboles enormes, que llevan toda una vida allí arraigados, engullidos sus troncos por una infinitud de campanillas moradas, tan agrestes, tan salvajes, como siempre.

Allá abajo, al fondo y a lo lejos, pequeños rápidos, casi diminutos, conducen la vista hacia adelante, perfilando, pegadas al río, las rutas que acompañan la visita: la de los ‘pescadores’ y la de las ‘pesqueras’. De fondo, en la memoria colectiva, la lamprea.

Todo es verde en Sela. Como Galicia. Como la vecina Portugal. Con el único toque azul indescifrable del río Miño, que siempre ha estado ahí, cuando era manantial y cuando es playa. La estampa, ahora en color, nada tiene que ver con aquel apeadero y sus agüistas. Pero no por ello desmerece la historia ya pasada. Así es Galicia; así son sus paisajes.   

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El ‘Bosque de Colón’ o las secuoyas que unen Galicia con América

  • La ladera del Monte Castrove, en Poio (Pontevedra) esconde dos hectáreas de secuoyas rojas regaladas en 1992, con motivo del V centenario del descubrimiento de América, por George Bush padre “a las gentes de España”
  • Plantadas por un grupo de universitarios americanos y gallegos, el soto se configura desde entonces como símbolo de hermandad entre el Viejo y el Nuevo Mundo
14
Oct
2020
Vista desde el mirador del bosque.

El mar, también el asfalto, serpentea suavemente saliendo de Pontevedra en dirección a Sanxenxo, dejando aquí y allá diminutos codos de tierra y agua que esconden, en silencio, algún que otro lugar inolvidable. Mezcla de musgo, piedras, arena y tiempo, que transitan en colores de verde a negro pasando por el ocre, con el azul oscuro, a veces claro, del Atlántico, como lugar común al fondo.

Un poco más arriba, alejándose esa maravillosa laguna conectada con el mar que en Galicia llamamos ría, se esconde el monasterio de San Juan de Poio, paso previo a nuestro destino. Todo se andará.

Pero antes contemplemos la fachada majestuosa, dorada por el sol del otoño que acaba de arrancar, que vuelve la piedra casi blanca, ocultando, a los ojos del viajero, los claustros seculares de un monasterio levantado en otra época, en otra tierra, en un mundo al que hoy nos desplazamos en series y películas.

Las primeras referencias datan del siglo VII, del reinado de Bermudo III -qué más da- y de una posterior reconstrucción, paso previo al actual edificio, que comenzó a levantarse a finales del XVI. Hoy los mercedarios habitan el monasterio, testigo silencioso tras el abandono por los benedictinos en la incautación de 1890.

Ría de Pontevedra, a la altura de Poio.
Fachada de la Iglesia del Monasterio de San Juan de Poio.
Coto de la rapa das bestas.

Uno puede perderse entre su iglesia, mezcla de formas de clásico y barroco; o puede hacer lo mismo entre sus claustros, en el de las ‘procesiones’ o en el del ‘cruceiro’, con su impresionante mosaico del Camino de Santiago; e incluso, quién sabe, puede elegir su biblioteca o la ‘Escola de Canteiros’.   

Pero hay otra opción más ‘natural’, que nos aleja de la costa, otra vez serpenteando entre el asfalto, en una carretera curvilínea que sube, entre giros de izquierda y de derecha, hacia A Escusa, un pequeño pueblecito de esos que se tiñen de gris a la sombra de los árboles sumando más casas que vecinos, y donde un pequeño pony recibe al visitante a mano izquierda. Paso previo al coto de la ‘rapa das bestas’, o el lugar donde se despoja de su melena a los caballos.

Más arriba, y luego más abajo tras hacer cumbre, espera, ya por fin, el bosque de secuoyas de Poio; un nexo entre dos tierras; la unión, una vez más, otra vez, siempre, ayer y hoy, entre América y Galicia. Galicia y América. Desde Colón hasta hoy, pasando por los millones de hijos de la emigración que un día tuvieron que partir y que ahora, más que antes, retornan a su casa.

Porque este bosque, apenas quinientos ejemplares que se elevan hacia al cielo en la ladera del Monte Castrove, es relativamente joven. Podríamos hablar, tratándose de secuoyas rojas, de un bebé de 28 años que llega a vivir hasta 2.000. Ni un suspiro de vida por ahora -todo es tan relativo- que, sin embargo, arroja enormes sombras frondosas que protegen del sol al visitante.

Una de las secuoyas rojas del bosque.
Placa conmemorativa en la entrada del bosque.
Bosque de secuoyas de Poio.

Un regalo de George Bush padre “a las gentes de España” como símbolo de hermandad entre el Viejo y el Nuevo Mundo. Entre Galicia y América. Cómo si no. Ofrenda, por supuesto, que se hace efectiva en el 500 aniversario del descubrimiento de América -desde entonces el ‘Bosque de Colón’- y que plantan, quién mejor, un grupo de jóvenes universitarios de aquí y de allá, americanos y gallegos.

Algo más de 2 hectáreas que rozan las nubes; el mayor bosque de secuoyas, aún tan jóvenes, de Europa, que apenas han comenzado a estirarse, y que esconden, un poco más arriba, un mirador sobre la ría de Pontevedra, mezcla de dos azules, el del cielo y el del mar, topándose, levemente, en el horizonte.

Caminando entre las hojas caídas que tiñen el suelo de marrón anaranjado uno está aquí, pero se siente allá; en aquellos bosques lejanos del otro lado del Atlántico, al Sur de California, de árboles legendarios que apagan el sol entre sus ramas. Pero están aquí, en Poio, en nuestra tierra, proyectando grandes sombras que aspiran a hacerse gigantes con el tiempo, y que unen, una vez más, Galicia con América.   

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UN ETERNO IR Y VENIR PARA TERMINAR SIEMPRE EN GALICIA

  • La de Álvaro Montes Gómez es una de esas historias tan típicas de la emigración gallega que llega incluso hasta asustar. Un relato de dos familias que cruzaron el inmenso azul Atlántico para volver siendo una, más grande y numerosa
09
Oct
2020
Álvaro acaba de poner en marcha nukuku.com

Hay historias que vienen, y otras que van. Y algunas, es este el caso, que avanzan para acabar volviendo. Un largo relato de retorno al punto de partida, con Galicia como hilo conductor. Desde aquí marchó Francisco Javier Montes Pardo hace más de sietes décadas, en uno de aquellos buques de vapor que llenan escenas eternas pintadas siempre en blanco y negro.

Un poco más al norte, en el País Vasco, emprendía el viaje Liria Gómez Puntonet. Apenas una niña de 9 años cuya familia, como la de Luis, buscaba en Caracas esas oportunidades prometidas que nuestra tierra, entonces, lloraba por ofrecer.

Hoy, con 80 y 79 años, su vida esconde un cuento maravillo, de esos que cualquier padre está deseando susurrarle a sus hijos por la noche. Un ‘ir’ que les hizo conocerse en Venezuela, en una fiesta en la Hermandad Gallega de Caracas, dónde si no; casarse y tener hijos; prosperar, impulsar sus proyectos personales. Y un ‘venir’ que los trajo de vuelta hasta Galicia, hasta su casa, hasta esa tierra de acogida que hoy, en pleno siglo XXI, sí que ofrece aquellas oportunidades entonces anheladas.

Y como el destino es siempre caprichoso, ese ir y ese venir incorpora, cada uno a su momento, a los tres hijos del matrimonio: Francisco, Rafael y Álvaro, el protagonista principal de nuestra historia. El último, todo hay que decirlo, en emprender el camino de vuelta.

Porque a caballo entre el siglo XX y el XXI, cuando sus hermanos mayores venían, él empezaba allí con su negocio. “En el 2000 monte una perfumería que, con el tiempo, se convirtió en una cadena”, rememora. El mismo tiempo que ha terminado por arrasarlo todo en Venezuela. 

“Después de 18 años, resultaba evidente que el clima del país no era el adecuado ni el que le quería ofrecer a mis hijos”. Porque Álvaro, así de valientes somos los gallegos, emprendió el retorno con 52 años y en familia, felizmente casado con Gabriela López, y con dos hijos, Alejandro y Claudia, que, curiosidades de la vida, ya se había vuelto en 2016 para cursar sus estudios universitarios en Madrid. Una parte más de ese eterno ir y venir.

Álvaro con su mujer y sus hijos en la playa de Aguieira.
Con toda su familia, en Galicia.
Adiós a Venezuela

“El negocio dejó de ser un buen negocio. La perfumería no contaba con los productos que el consumidor quería, el inventario era cada vez menor. Había llegado el momento de venirse y empezar una vida desde cero”, continúa Álvaro con la tranquilidad del que ya ha andado ese camino. Por delante,  “dos maletas y nada más”.  Y atrás, una montaña entera de recuerdos, de anécdotas, de alegrías y tristezas, de mucho sufrimiento hacia el final.

Porque poco a poco “vas tolerando” cosas que resultan “increíbles” y que, a fuerza de repetirse, terminan por convertirse en “rutinarias”. Como los secuestros de dos de sus amigos. “Cuando te quieres dar cuenta, te estás jugando la vida” con una pistola en la cabeza para que les des el móvil o la cartera. “Y lo peor es cuando eso se convierte en cotidiano”, resume Álvaro.

Una cotidianeidad que llega a hacer posible que la inflación de los bolívares arruine hasta a los propios secuestradores; o que para comprar una barra de pan debas guardar una cola de una hora; o incluso que en el súper no haya papel, ni pasta, ni atún; o que puedas sentirte un privilegiado por acceder a este tipo de bienes.

Así que sí, había llegado el momento de partir. De reencontrarse con toda su familia al otro lado de ese inmenso Atlántico de olas y negrura. “Sabía que podía haber grandes limitaciones al venirme con 52 años y empezar una vida desde cero”, reconoce Álvaro.

Pero aquí estaban, están, sus padres. En esa Compostela a la que regresaron a comienzos de siglo, y de la que ahora disfrutan son su hijo.

Álvaro es campeón gallego de esquí acuático.
Nukuku, innovación al servicio del descanso

Y como la vida curte, Álvaro sigue mirando al mundo decidido. Acaba de poner en marcha nunuku.com, un negocio online de venta de almohadas cervicales antiarrugas. “Son almohadas que alivian el dolor de cuello y espalda, y previene las arrugas y marcas de sueño en el rostro y en el cuello”, resume.

Una novedosa iniciativa empresarial para la que ha contado con el impulso de la línea de apoyo al retorno emprendedor que cada año promueve el gobierno gallego para facilitar la vuelta a casa de aquellos que algún día tuvieron que partir. Como Álvaro, o como otros 200 gallegos que ya se han beneficiado de esta iniciativa para activar nuevos proyectos empresariales en nuestra tierra.

Álvaro confía en el futuro. Y se muestra orgulloso del pasado. De todo su pasado. Incluso de aquel con el que te sorprende en un último regate. Campeón de esquí acuático gallego. “Lo aprendí en Venezuela, con cierta disciplina cuando era joven”, resume. “Nuestro plan de fin de semana era ir a la playa de Río Chico con el bote que teníamos”.

Al llegar aquí contactó con la Federación Gallega, y hasta la fecha ha participado en tres competiciones, imponiéndose en las tres. Un bagaje similar al que arroja en los Campeonatos de España de los tres últimos años, en los que también ha participado: primero en 2018, primero en 2019, y subcampeón en 2020.

Un relato lleno de sorpresas que transcurre entre dos vasos comunicantes: Galicia y Venezuela. Venezuela y Galicia. Ese eterno y venir para concluir siempre en Galicia.   

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Las fragas que se tiñen de ocre y de castaño

  • Iniciamos el otoño y con él una nueva propuesta para conocer Galicia. Tras visitar en verano una decena de lugares inexcusables, nos adentramos ahora en paisajes y escenarios más acordes a la nueva estación. Hoy, las Fragas do Eume, un lugar en el que perderse incluso en mitad de una pandemia
06
Oct
2020
Fragas do Eume. Fotos: Turismo de Galicia

El Parque Natural das Fragas do Eume constituye uno de los espacios naturales más conocidos de Galicia, una muestra aún imponente de bosque atlántico europeo, circunscrito a una zona abrupta del curso medio y bajo del río Eume. En las zonas más altas del parque, el matorral llega a cubrir grandes extensiones, a menudo con pinares entremezclados.

La mejor forma de conocer el parque es a pie. Así, si uno sabe ver, quizá descubra a los juguetones duendes que habitan en él. Robles, chopos, fresnos, alisos, más de 20 especies de helechos y 200 de líquenes se dan cita aquí. A veces la vegetación es tan tupida que apenas deja pasar la luz. Pero este bosque umbrío y secreto es generoso como sus aguas, fuentes y cascadas. Aquí no hay verde, aquí hay paisajes de mil verdes. Y escondido en el corazón del bosque, el monasterio de Caaveiro, un antiguo cenobio con más de 10 siglos de historia y unas vistas espectaculares de esta "fraga" mágica.

Porque “fraga” significa bosque con árboles de diferentes especies. Robles castaños forman el manto caducifolio acompañados de abedules alisosfresnos tejosavellanos árboles frutales silvestres; y de los perennes laurelesacebos madroños. Todos forman una heterogénea selva en la que cada especie ocupa su lugar. Los alcornoques, por ejemplo, tienen en estas laderas orientadas al sur su límite septentrional en Galicia. En las riberas húmedas y sombrías se conserva una amplia colección de líquenes, musgo y helechos que son una de las joyas de los bosques climáticos como Eume, relictos de la Era Terciaria.

El bosque soñado 

El Parque tiene establecidos cuatro portales de acceso, sin comunicación entre ellos. El más visitado es el que fija como destino el monasterio de Caaveiro. Las laderas inclinadas sólo permiten esta entrada siguiendo el curso del río a través del coto pesquero de Ombre, a diez kilómetros de Pontedeume. Desde el refugio de pescadores de Cal Grande parten los itinerarios a través del bosque.

Ya ganado el alto, y visitado el monasterio, la senda puede continuarse en una breve bajada hasta el rumor del Sesín, que desagua en el Eume un poco más abajo del monasterio. Vale la pena admirar su bravura de pozas y fuentes verdes filtradas de musgo. El mismo Sesín puede ser abordado aguas arriba por otro itinerario diferente a éste. Desde la carretera de Cabanas As Pontes de García Rodríguez, tomando el desvío en As Neves que conduce a Gunxel con los molinos del Sesín y luego continúa hacia la antigua central hidroeléctrica de Ventureira. La pista se estrecha a partir de aquí en las numerosas curvas de las laderas arboladas de este itinerario que enlaza, en la orilla izquierda con la carretera de Rebordelo (Monfero).

Fragas do Eume
San Xoán de Caaveiro
Fragas do Eume

En la misma carretera Cabanas-As Pontes, ya en el desvío de Goente, se accede a la presa del Eume. Destaca como mirador privilegiado sobre el salto de agua que durante las subidas invernales se convierte en cascada debido al diseño de la compuerta. Todo eso entre paredes verticales y desnudo granito sin que el paisaje pierda nunca el encanto de su fertilidad.

En la orilla izquierda destacamos la visita al monasterio de Monfero con su fachada barroca ajedrezada con lascas de pizarra. Después podemos penetrar en el Parque donde la cola del embalse del Eume recibe al río Frei Bermuz en medio de un frondoso paisaje.

En los altos de la Serra da Loba, entre Monfero y Xermade, encontramos el Parque Eólico Experimental Sotavento dedicado a la divulgación de las energías renovables, con todo tipo de actividades, visitas guiadas y cesión de bicicletas.

Cualquiera de las opciones es válida para continuar el viaje. Un trayecto inolvidable en el que la multitud de colores, árboles y especies se quedará grabado para siempre en la memoria, esperando el momento de revivir de nuevo la añoranza. Instante que llega nada más dejar atrás las Fragas... 

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De Portonovo a Edimburgo para volver siempre a Galicia

  • Andrés Rodiño y Olalla Borrego hicieron juntos un camino de ida y vuelta que los ha traído de retorno a nuestra tierra, donde impulsan cada uno su propio proyecto empresarial
28
Sep
2020

El verde más oscuro y mojado de la lluvia, incrementado por el leve roce de un suspiro rociero. Los paisajes devorados de colores que transmiten el devenir de aquella vida. Montañas y bosques; grises, azules y más verdes. Pero también las banderas que se mezclan en matices similares, ansiando tener algo parecido. Tal vez un poco de historia compartida, como la del Celtic que quería ser el Celta. O viceversa. Mundos paralelos, que se tocan. Galicia y Escocia. Escocia y Galicia. Espejos separados con cuentos que se escriben a ambos lados de ese azul, otro azul. De esta vuelta, oscuro y silencioso, alargándose desde el Cantábrico hacia el Golfo de Vizcaya, buscando un puerto y un relato.

Como el de Andrés Rodiño, de 39 años y gallego. De Portonovo para ser exactos. Que no es lo mismo que Edimburgo, aunque podría. Bien lo sabe él, conocer de ambos destinos. Andrés, que, como miles de jóvenes, cruzó ese gran azul oscuro en busca de algo, tal vez mejor o tal vez no. Pero en inglés, eso sí. El peso del idioma. Andrés, que vivió en Escocia por 6 años y que luego retornó a su Galicia.

“Me fui a finales de 2012 y volví en junio de 2018. Quería aprender inglés y estudié turismo allí”, recuerda. Una conjugación de la que salió Rooteiro: turismo universal de nuestra tierra. “Otra manera de conocer Galicia en familia, con colegas o simplemente solo en compañía de otros rooteiros”.  

Rafting en el Río Miño.
Ruta de la Isla de Arousa.

Al final, siempre Galicia. “El clima ya cansaba”, prosigue Andrés, que ha dado forma a un modelo de negocio que ahora busca diversificar. Cosas del emprendimiento en época de Covid.

Pero vayamos por partes. Sigamos con ‘Rooteiro’, una oferta de rutas y viajes capaces de transmitir una parte de los secretos de Galicia. Nunca todo, por supuesto. “Recuerdo el año pasado a un grupo de japoneses a los que llevé a orillas del Miño, donde pudieron disfrutar un buen vino. Estaban flipados”. Y quién no.

Es una de las opciones de un proyecto que ofrece una mezcla de muchas de las virtudes de Galicia. Formas de vivir y disfruta de nuestra tierra: de la ruta del Agua, de la Illa de Arousa… Pero también de la gastronomía: del Albariño, de los sabores atlánticos desmenuzados en un taller de cocina, o simplemente de un tour gastronómico de los que cuesta hasta escribir.

El atractivo de Galicia

“Me di cuenta de que había muchos recursos por explotar a nivel turístico y que éramos un territorio muy atractivo durante todo el año”, razona Andrés desde la atalaya de un dossier con propuestas diferentes para grupos reducidos. “La idea es desestacionalizar el turismo y atraer, sobre todo, a público extranjero”, añade.

Un plan algo trastocado en mitad de una pandemia. De ahí la idea de diversificar. Por ahora no quiere decir mucho. Trabaja en el desarrollo de una tienda online; una alternativa a ‘Rooteiro’. “Al final, depende de nosotros. Trabajo e ideas siempre ahí”, argumenta.

El arte y la sostenibilidad

Todo tipo de ideas. Como las de su novia. Olalla Borrego. De 38 años y gallega, por supuesto. Vidas paralelas, de Galicia a Edimburgo y otra vez a Portonovo.

Ella comenzó allí con su proyecto: Lia B Studio. Un estudio de creación artística basado en la sostenibilidad. Cada pieza se elabora de forma artesanal a través de la experimentación con diferentes materiales, poniendo el foco en la innovación y utilización de materiales sostenibles.

“La curiosidad me llevó a Edimburgo, y allí descubrí mi vocación en los cursos de joyería a los que asistía por las tardes al tiempo que me graduaba en Diseño Textil”, recuerda.

Galicia, Escocia y otra vez Galicia. Un trayecto de vuelta para el que contaron con la ayuda del programa de apoyo al retorno emprendedor que cada año promueve el gobierno gallego, y que ha permitido, hasta la fecha, impulsar más de 200 iniciativas empresariales impulsadas por jóvenes de la diáspora.

Como Andrés y Olalla. Olalla y Andrés. Que se fueron en busca de algo y terminaron encontrando Galicia. Otra vez Galicia. Siempre Galicia.

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Una capital para la eternidad

  • Despedimos agosto y, con él, una parte importante del verano; y lo hacemos entre las calles de Santiago de Compostela, que registran miles de historias y de siglos, luciendo, orgullosas, la Catedral, punto de encuentro del Camino y destino de millones de peregrinos
31
Aug
2020

El verano llega a su fin y nuestro nuestro viaje concluye en la capital de Galicia, Santiago de Compostela, destino de peregrinación de la cristiandad desde el siglo IX.

Desde las aguas del mar Báltico y del mar del Norte, miles de peregrinos caminaron hasta el santuario gallego y portaron la concha de vieira a lo largo de todos los caminos de Santiago, verdaderas rutas de fe. A todo ello hay que sumarle que, tanto durante el período románico como durante el barroco, el santuario de Santiago de Compostela ejerció una influencia decisiva sobre el desarrollo de la arquitectura, no solo en Galicia sino también en el norte de la Península Ibérica.

Antes de entrar en la catedral, lo ideal es recorrer despacio las diversas calles de la zona vieja, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO conocida popularmente como “la almendra”. La rúa do Franco, con sus típicos restaurantes, o la rúa do Vilar, con sus soportales, conducirán hasta su umbral. Una vez allí, acercaos hasta la Praza do Obradoiro y mirad a vuestro alrededor: el pazo de Raxoi, sede da Casa del Ayuntamiento; el Hostal dos Reis Católicos, actualmente Parador Nacional de Turismo; el Colexio de San Xerome, sede del rectorado de la Universidad y la Catedral forman un marco excepcional que hará que os sintáis pequeños ante semejante conjunto monumental. El sonido de fondo de la gaita enriquecerá, si cabe, vuestra experiencia, pues un gaitero suele tocar bajo el arco del Pazo de Xelmírez, que, ya sabéis, ¡afinad el oído!

Acceded a la catedral por el magnífico Pórtico da Gloria, obra del Maestro Mateo, donde su efigie (conocida como santo dos croques) y la cómplice “sonrisa de Daniel” os darán la bienvenida. Recorred el interior de este templo —con recogimiento, despacio, siendo conscientes de la magnitud de esta gran obra— para visitar la tumba del Apóstol. Visitad cada capilla y fijaos en los detalles de su impresionante altar mayor. Podéis aprovechar para oír misa y, con un poco de suerte, veréis el botafumeiro un incensario de grandes dimensiones que conforma un rito único de esta ciudad. Sin ninguna duda, vosotros también sentiréis el recogimiento y la emoción de los peregrinos, una sensación de llegar a la meta, de deseos cumplidos…

No dejéis de visitar las distintas plazas que rodean la catedral, como la de A Inmaculada A Acibechería, la de A Quintana y la de Praterías, que está coronada por la única fachada románica que permanece en el templo. Por supuesto, los nombres de estas plazas proceden de los antiguos gremios medievales, algo que aún se conserva, ya que podéis encontrar distintos establecimientos en los que comprar plata o azabache, un recuerdo perfecto de esta ciudad.

Tras este mágico recorrido, no podéis dejar Santiago sin hacer boca en alguno de sus típicos restaurantes de la rúa do Franco. cada uno de ellos tiene su propio expositor en el que se colocan los mejores manjares de las rías y tierras gallegas: percebes, pulpo, centolla, lubina, ternera gallega e un largo etcétera. Todo esto, por suposto, acompañado de nuestros mejores vinos. Como postre, la torta de Santiago, hecha con almendra, es la mejor opción para endulzar la boca.

Para concluir la visita a Santiago , nada mejor que acercarse hasta la Alameda y su paseo de A Ferradura, desde donde tendréis una magnífica panorámica de la catedral. Con seguridad, la mejor despedida de este viaje por la capital de Galicia.

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El faro más antiguo del mundo

  • Continuamos nuestro periplo por Galicia saltando de una ciudad a otra: hoy llegamos a A Coruña para admirar la Torre de Hércules
25
Aug
2020

El mes de agosto se acerca a su fin mientras que nuestro viaje por Galicia continúa. Hoy llegamos a A Coruña para admirar la Torre de Hércules, el faro más antiguo del mundo -de origen romano- en funcionamento, lo que le ha valido la declaración de Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

El Farum Brigantium fue construido por el Imperio Romano a finales del siglo I o a principios del siglo siguiente. Situado en la entrada del porto da Coruña, este monumental faro fue diseñado para facilitar la navegación a lo largo de la recortada costa galaica, un punto estratégico en la ruta marítima que unía el Mediterráneo con el noroeste de Europa.

Según cuenta una leyenda, el héroe griego Hércules llegó a España a la búsqueda del gigante Gerión, con el fin de liberar estas tierras de su abusivo poder. El enfrentamiento que protagonizaron se prolongó durante 3 días con sus noches, con resultado favorable a Hércules, que venció al gigante y le cortó la cabeza, enterrándola junto al mar. En ese lugar, y como conmemoración de su victoria, se construyó un faro, en cuyas cercanías se fundó la ciudad de Crunia, nombre de la primera mujer que habitó el lugar y de la cual Hércules se enamoró.

Subid sus empinadas escaleras y, una vez arriba, disfrutad de una impresionante panorámica de la ciudad de A Coruña y del océano Atlántico mientras el viento sopla con fuerza. Pero tened cuidado de no hacer ruido, no sea que despertéis al gigante... Tras esta panorámica sobre la ciudad, recorred el paseo marítimo y visitad las conocidas playas de Orzán y Riazor; el batir del mar en esta zona es todo un espectáculo. Si continuáis por el paseo, en dirección a O Parrote, llegaréis hasta Porta Real por donde accederéis a la zona de A Mariña con sus galerías, por las que A Coruña recibe la denominación de “ciudad de cristal”.

Aprovechad para recorrer esta fachada de la ciudad, donde podéis parar a refrescaros en alguno de sus tradicionales cafés, mientras degustáis un delicioso helado artesano. Acercaos también hasta los jardines de Méndez Núñez y luego pasead Rúa Real, que desemboca en la plaza más conocida de la ciudad, la de María Pita. Allí podéis admirar una estatua en honor a la heroína más popular de la ciudad, a la vez que os tomáis un delicioso aperitivo en alguna de sus terrazas.

Despedíos hasta otra de este hermoso “balcón del Atlántico” con la sensación de que habéis sido acariciados no solo por el olor a mar y viento salado, sino también por su gente, pues desde antiguo se dice que esta es la ciudad donde nadie es forastero.

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“Después de volar mucho, había que volver a la raíz”

  • Samanta Cortés viajó por medio mundo antes de ser madre y retornar a su tierra; un bagaje acumulado que ha transformado en un negocio innovador con una idea de fondo: ‘maternar’
21
Aug
2020

La primera vez que Samanta Cortés salió de casa tenía apenas 18 años. Lo hizo, como la inmensa mayoría, para empezar sus estudios universitarios: Ciencias Políticas en Santiago de Compostela. La vida, siempre caprichosa, terminaría por guiarla hacia otro lugar, otro destino, otra aventura. Un viaje a través de más de 40 países, al estilo Phileas Fogg pero por partes, de ida y vuelta, de ida e ida, de vuelta y vuelta, para acabar donde todo comenzó: en Lugo, en Sober, en un pedacito de tierra que acaricia la Ribeira Sacra.

“Me fui a Barcelona a estudiar, pero siempre me gustó viajar y acabé montando un blog”, recuerda Samanta mientras evoca una lista infinita de países que se suceden en la imaginación. Senegal, Marruecos, Bolivia, Argentina, Uruguay, Chile, Omán, Emiratos Árabes, Japón, Filipinas, Tailandia, Camboya…

Hay generaciones enteras de familias que no suman todos esos destinos. Samanta sí; e incluso tiene la suerte de su lado. “Nos ganamos un viaje a Islandia donde pudimos disfrutar de una aurora boreal”, rememora. Y lo hace en primera persona del plural porque durante este tránsito de la juventud a la madurez conoció al que hoy es su marido: “A Asia ya viajamos juntos”.

Este gusto por viajar transitó de lo personal a lo profesional, convirtiendo una afición en una oportunidad. “Al principio, era un estilo de vida. Trabajaba, ahorraba, planificaba y viajaba, para volver a empezar luego. Pero acabé creando una empresa con otros 8 blogueros”, relata con la sabiduría que otorga poder echar la vista atrás.

De aquella aventura inicial se retiró, pero aprendió “mucho”: “Me di cuenta de que el márquetin digital era un camino clarísimo”. A partir de ahí, algo empezó a gestarse en su cabeza. Durante 2 años, del 17 al 19, vivió en Irlanda madurando aquella idea, pensando en volver, atando cabos que, una vez entrelazados, dibujaron el núcleo de lo que hoy es su negocio.

Todo podría resumirse en ‘maternar’, si la palabra arrojase la luz suficiente para clarificar la idea. Pero no es el caso. Probablemente se queda corta. Es una mezcla de maternidad y emprendimiento; de criar a tus hijos al tiempo que impulsas tu negocio; de triunfar disfrutando de lo que más te importa.

Vuelta a casa con la maternidad

“Cuando estaba embarazada, decidí volver. No me imaginaba toda la vida lejos de casa. Después de volar mucho, había que volver a la raíz. Y qué mejor que con la maternidad”, expone de un tirón Samanta, que tras una docena de años viajando, literalmente, por el mundo, quería volver a su tierra, nuestra tierra, esa Galicia de su infancia y juventud.

Para ello, contó con la ayuda del programa de retorno emprendedor. Una iniciativa promovida por la Xunta que ha facilitado ya a más de 200 gallegos del exterior volver a casa para impulsar sus distintas iniciativas empresariales. “Es un poquito de ayuda que viene muy bien”, reconoce Samanta.  

Y lo hace tras el confinamiento, con un negocio que impulsa otros negocios: elaboración de estrategias, proyectos de márquetin, análisis de riesgos… “Buscamos la forma de escalar el negocio. Mejorar las ganancias y optimizar las horas para disfrutar de más tiempo como madre”, razona.

Un escenario que arroja multitud de posibilidades. Tantas, al menos, como clientes… o mejor dicho, como madres que quieran ‘maternar’. Samanta nos lo explica en su web, un lugar en el que nos ofrece una conciliación real para el emprendimiento online. Para llegar hasta ahí, “sólo” ha recorrido medio mundo y ha montado una familia. Casi nada. Casi todo.  

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Santa Tegra: un castro a caballo entre dos tierras

  • Este antiguo asentamiento, ubicado en el ayuntamiento de A Guarda, esconde una de las vistas panorámicas más cautivadoras de nuestra tierra: Galicia a un lado y Portugal al otro, flanqueados por el Océano Atlántico
14
Aug
2020

La segunda semana de agosto llega a su fin, y lo hace en otro de los lugares mágicos de Galicia: el castro de Santa Trega, en el ayuntamiento de A Guarda. Desde él, podréis obtener la “mejor panorámica castreña entre dos países”. Como no puede ser de otra manera, las vistas desde allí son inmejorables: Galicia, capitaneada por el puerto de A Guarda, el poderoso océano Atlántico y la vecina costa portuguesa conforman el horizonte.

La panorámica tiene aún más valor si hacemos un viaje en el tiempo: los habitantes del castro ya disfrutaban de estas magníficas vistas desde sus viviendas. Por supuesto, la situación del asentamiento no se debía al paisaje, sino más bien a razones estratégicas y de seguridad, pues, de este modo, controlaban el tráfico marítimo y la desembocadura del río Miño.

Este poblado, situado a 341 metros de altura, llegó a acoger a unas 5 000 personas durante su época de mayor esplendor, allá por el siglo I a. C., y era uno de los más grandes del noroeste peninsular. Está formado por viviendas ovaladas en su mayor parte, pero también las hay rectangulares, con esquinas redondeadas, por influencia de los romanos.

Aunque os parezca un poblado caótico, hay un orden lógico alrededor de “unidades familiares” que os podríais animar a descubrir, así como los petróglifos que se encuentran fuera y dentro del recinto. Sus moradores tenían una economía autónoma y también elaboraban cerámicas, joyas, tejidos e instrumentos a los que podréis poner forma en el museo arqueológico situado en el pueblo.

Y, hablando del pueblo, acercaros hasta A Guarda, donde una visita al puerto es parada obligada. Allí podréis ver cómo las embarcaciones descansan antes de comenzar un nuevo día de faena, siempre con el sonido de las gaviotas y el leve runrún de los motores de los barcos como telón de fondo.

El broche final a esta jornada podemos ponerlo viendo atardecer en alguna de las terrazas de la villa. Allí os despediréis de estas tierras, bañadas por las aguas del Miño y del océano Atlántico, con la grata sensación de que os habéis transportado en el tiempo y de que habéis contemplado una impresionante panorámica desde uno de los castros más visitados de Galicia.

Castro de Santa Tegra.
Puerto de A Guarda.
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Cíes, las islas de los dioses

  • Continuamos nuestro viaje por Galicia visitando uno de sus lugares más emblemáticos. Si vienes a nuestra tierra este verano, no dejes de descubrir la espectacularidad de sus paisajes ni la riqueza de su patrimonio, cultural y natural
11
Aug
2021

En nuestro viaje de verano por Galicia, nos desplazamos hoy hacia el sur para conocer las Islas Cíes, un lugar que no puedes dejar de visitar si vienes a nuestra tierra este verano. Se trata de uno de los archipiélagos pertenecientes al Parque Nacional Marítimo-Terrestre das Illas Atlánticas de Galicia, junto con las Islas de OnsSálvora Cortegada.

Hablar de las Cíes es hablar de naturaleza en estado puro. Acceder a ellas desde los puertos de VigoCangas Baiona -desde donde los catamaranes de línea regular salen hacia el archipiélago-, nos permitirá observar su imponente imagen al fondo de la ría de Vigo. Como ancestrales leviatanes, agrestes e indomables, esta estampa os transportará a otro tiempo; un tiempo en el que solo importamos nosotros y lo que nos rodea; un tiempo para disfrutar.

Una vez a bordo del barco que os llevará a las islas, gaviotascormoranesalcatraces y los siempre juguetones delfines serán vuestros compañeros de viaje, acaparando vuestra atención durante toda la travesía. Durante el viaje, salpicarán el mar un montón de pequeños barcos de pesca artesanal, demostrando así la riqueza casi inagotable de los fondos marinos gallegos

La mejor fotografía de las tres islas, la Norte, el Monteagudo, la del Medio o del Faro y la Sur o San Martiño, se queda pequeña al lado de la belleza natural a la que os iréis aproximando conforme el catamarán llegue a destino, en el embarcadero situado junto a la playa de Rodas. Este puede considerarse el centro neurálgico desde el que comenzar a explorar el paraíso, que ya Ptolomeo apodó como las “Islas de los Dioses”.

Una vez atracados, podéis optar por el descanso en el hermoso arenal de la playa de Rodas, o acercaros a uno más tranquilo, como el de Figueiras. Sus claras y ricas aguas harán las delicias de todo aquel que guste de sumergirse en ellas. Sargos, lubinas, pintos, maragotas, invertebrados de todo tipo, algas de todos los colores… Vida por doquier será el recuerdo que os llevaréis tras haberos sumergido en el paraíso submarino que forman las Cíes.

De obligado cumplimento es la visita al Centro de Interpretación, donde os darán toda la información relativa al archipiélago y a la visita a sus faros. El sendero que conduce hasta cualquiera de ellos es una caminata que se desarrolla en un marco natural y de tranquilidad casi intemporal. Pero, si hubiese que recomendar uno solo, sería aquel que se encuentra en la cumbre del Monte Faro: como no podía ser de otra manera, las vistas estarán coronadas por un paisaje de postal.

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