La primera vez que la pequeña niña de Brooklyn vio Galicia, se introdujo en un cuento maravilloso. Porque allí, como en las fábulas en la mente de cualquier criatura inocente de 8 años, “todo era natural”, incluso el tránsito de los rascacielos de Nueva York al paisaje de Lorbé, parroquia de Dexo, concello de Oleiros, A Coruña.
“Escuchar el ‘kikiriqui’ de los gallos por la mañana; despertar en el pueblo; esos olores de campo, de verde, de musgo, de humedad… Tengo un recuerdo tan bonito… Cambió mi vida para siempre”, señala, años después de aquel instante, Michelle Mirón, neoyorquina de nacimiento, gallega de corazón, y con su relato vital, como tantos, a caballo entre dos tierras; entre esos dos mundos, tan distintos y tan iguales, que se expanden a un lado y a otro del azul infinito del Atlántico.
Hoy Michelle reside en Nueva York, donde ejerce de directora de ‘La Nacional, Spanish Benevolent Society’, el centro español más antiguo en los EEUU, que cumplió 152 años en noviembre. Un lugar que, como tantos, sortea la pandemia como puede, con la voluntad propia y ajena de aquellos que nunca dejan de ser nuestros.
Como Rogelio, “una figura en ‘La Nacional’”. “Es el socio más antiguo que tenemos: suma ya 55 años como miembro”, detalla Michelle, aunque él tiene más de 80, como muchos otros socios, gallegos de Nueva York, o neoyorquinos de Galicia. Qué más da, cuando en el fondo viene siendo lo mismo.
“Galicia siempre está presente en mi casa”, resume Michelle, que enumera entre la gastronomía de su hogar el marisco, el caldo gallego, los potajes, el cocido o una buena empanada. Todo ello en Brooklyn, por qué no. A fin de cuentas, la suya es una de esas historias que entrelazan la diáspora, formando un nudo imperecedero y cargado de recuerdos.
Una historia familiar extraordinaria
Enrique, su padre, emigró en 1.973. Allí, o aquí, depende quién hable y desde dónde, conoció a Norma, su mujer, con la que tuvo tres hijos. Hasta el momento, todo normal. El siguiente paso, sin embargo, eleva el valor humano de la historia a un nivel extraordinario: ambos eran sordos.
“Mi abuela María vivió con nosotros, y gracias a ella hablo el español”. Cuando Michelle tenía 6 años, María volvió a Galicia, pero sus padres la apuntaron en los Alce, cursos que entonces subvencionaba el Ministerio de Asuntos Exteriores para españoles nacidos fuera.