Una gaita de Camariñas en el corazón de Londres

  • David Carril, gallego de 39 años, suma ya una década viviendo en la capital inglesa. Allí, su gaita ha llegado a convertirse en una imagen clásica sobre el Támesis. El Covid, sin embargo, lo ha cambiado todo
23
Dec
2020

El Támesis atraviesa Londres entre susurros provocados por el agua, que acaricia incansable sus orillas. Azul verdoso, casi negro, el río refleja aquí y allá parte de la historia de la City, desde los vikingos al imponente puerto comercial del siglo XIX. Alrededor de él, alimentada por sus aguas, crece la ciudad, alborotándose a ratos, desperezándose otras veces.

Un fluir imperial y mundano al mismo tiempo, sobre el que hombre ha ido levantando puentes que comunican ambos lados de la urbe. Chelsea Bridge, Vauxhall, Waterloo… hasta 14 viaductos con centenares de imágenes iconoclastas que salpican esta y aquella esquina, ese y aquel recuncho. Como el Puente de Westminster, flanqueado hoy por ese enorme “Ojo de Londres” que domina la ciudad desde una altura inopinada.

Allí, durante un tiempo, y antes de que la pandemia también silenciase esas canciones, sonaban acordes de gaita… gallega, escocesa, irlandesa… Quién sabe. La mayoría somos profanos, aunque no dejemos de admirar esa música de viento que nos acompaña desde siempre. Como a David Carril, 39 años, gallego de Camariñas, que lejos de ser profano se ha convertido en maestro de las gaitas, aquí y allá, en Londres y en Galicia.

Todo comenzó de niño, tira de memoria el propio David rescatando recuerdos de su infancia: “Empecei de pequeno, con 5 o 6 anos, na aldea, en Camariñas. Foi cousa do meu pai, que fora gaiteiro de novo”.

Hoy, más de tres décadas después, ha encontrado su hueco en Inglaterra, colándose, antes del Covid, en cientos de fotos coronadas por el Palacio de Westminster o por la Noria; todo es cuestión de perspectiva.

La pandemia, por desagracia, acabó con los turistas, silenciando la gaita sobre el Támesis. No a David, que continúa con su vida, con su música, con sus clases de pandereta, y con su gaita. Este verano, sin ir más lejos, actúa en la boda de un escocés y una gallega, en algo así como una tortilla a la que hay que darle la vuelta para que quede perfecta en ambos lados. Dos gustos, dos familias, dos culturas, dos trajes y, por supuesto, dos gaitas.

“Para o profano, a diferenza visible son os tres roncóns na escocesa para a parte de atrás; é máis grande, máis voluminoso, cun sonido máis potente e máis duro. Para o que sabe, a forma de tocar é diferente; as melodías son diferentes; empregan escalas diferentes…”, razona David con la seguridad del que, efectivamente, sabe, y mucho, en la materia.

No en vano, suma ya cuatro años tomándole el pulso a la escocesa, más ‘típica’, entre ingleses, en funerales que en las bodas.

Una década en Londres

David traza sus recuerdos desde Londres, donde lleva una década conviviendo con el gris, con la lluvia, con el viento y la nostalgia, con la añoranza de Galicia y de la “paz de sus paisajes”. Con todo aquello que, de modo mágico, cabe, por una vez y sin que sirva de precedente, en una sola palabra: la morriña.

“Cheguei en febreiro do 2010, con 29 anos, na procura dun traballo. Comecei de conxerxe nun tribunal, e tiña estudos de música tradicional celta, galega, irlandesa e escocesa”, rememora desde la tranquilidad que da el presente. 

En Galicia ya llevaba años participando en asociaciones y dando clases. Una opción que, de modo inesperado, se le plantea también en Londres. “Empezamos pola suxerencia dunhas rapazas galegas que coñecía de diferentes eventos culturais. En plan informal. Comentáronme que se me importaba dar clases de pandireta, e accedín. Comezamos a publicitalo nas redes sociais e animouse moita xente”, relata David.

Así comenzó a dar clases a un grupo de gallegos con algún inglés infiltrado por el medio. De pandereta y de canto. Entre todos, alquilaron un local en un pub irlandés. Al principio llegaron a ser 20. El Covid las ha suspendido desde abril.

La gaita, sin embargo, no tuvo tanto tirón. “Tamén é que son caras”, resume David con sencillez. Una básica puede rondar los 1.000 euros. Ahora mismo tiene un par de alumnos con los que habla por Zoom.

El mismo Zoom con el que aspira a pasar las Navidades. “Acabamos de salir do confinamento e este ano quedarei en Londres. Aínda estiven en setembro en Camariñas, cando melloraba a situación. Galicia bótase de menos sempre, pero este ano é o que toca”. Y no le falta razón.

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Un pedacito de Galicia en Marsella

  • Manuel Silva llegó a Francia hace más de 40 años. Hoy preside el Centro Gallego de Marsella, disfruta de su hija y su familia, y atraviesa la pandemia con esa tranquilidad tan gallega, sabedor de que a fin de cuentas todo pasa
10
Dec
2020
La directiva del Centro Gallego de Marsella

Nadie sabe muy bien cuando comenzó aquel trajín de gente; de idas y venidas en blanco y negro, color adecuado a la nostalgia; de maletas cargadas de ropa y de esperanza, de abrazos furtivos para combatir a la morriña. Porque esa ausencia de comienzo, precisamente, confiere mayor sentido y certeza a la diáspora gallega por el mundo. En barco, al otro lado del inmenso azul Atlántico. Por carretera, muchas veces, a esta Europa también acogedora.

Como aquellos que llegaron a Marsella, pleno corazón de la costa azul francesa. Gallegos como Manuel Silva, que dejó Moraña (Pontevedra) atrás con apenas 19 años, hace casi medio siglo, y que hoy contempla la vida con la pausa propia que da cualquier mirada atrás. Un pedacito de Galicia en Marsella que ofrece una visión en la que se entremezclan proyectos de trabajo y personales, la creación de una familia, su hija Sabrina, y de fondo, el Centro Gallego de Marsella, que preside desde hace 15 años.

También en época de Covid. Esa pandemia que se llevó por delante, por ejemplo, la celebración del 41 aniversario de la asociación o el festival Celta previsto para abril.

“En nuestra región la pandemia va bajando poco a poco. Llegamos a tener casi cada día 110 pacientes en el hospital, y ahora tenemos unos 65”, expone Sabrina, también vicepresidenta del Centro, que traza sus recuerdos al lado de Manuel: el primer confinamiento que obligó a cerrar las puertas de la entidad hasta finales de mayo; la reapertura un par de sábados en junio; las vacaciones en julio y agosto; otro pequeño paréntesis en septiembre…

Ahora, Marsella, como Europa, vive en un toque de queda permanente. Hasta el 15 de diciembre, en Francia sólo se puede salir para trabajar y para hacer la compra, teniendo que estar en casa a partir de las nueve de la noche. La hostelería permanecerá cerrada hasta el 20 de enero y, por supuesto, no habrá fiesta de fin de año en el Centro Gallego de Marsella.

La asociación agrupa hoy a unos 170 socios, de los cuales 86 son gallegos nacidos en nuestra tierra. Ellos, como el resto, viven al día en época de Covid.

Manuel y su hija Sabrina.
El grupo folclórico del Centro, con el secretario de Emigración Antonio Rodríguez Miranda, durante la celebración de los 40 años de la entidad.

“¿Que qué plan tenemos para estas fiestas? Gran parte de nuestra familia está aquí, por lo que nosotros nos quedaremos, aunque por ahora sólo podemos salir a menos de 20 kilómetros durante tres horas”, detalla Manuel, que reconoce que muchos gallegos se marcharon en verano y todavía no han regresado.

Es Francia en tiempos del Covid. El país suma más de 225.000 infectados por coronavirus y se aproxima a los 60.000 fallecidos. Allí residen cerca de 17.000 gallegos, muchos en esa Marsella que vio llegar a Manuel hace más de cuarenta años.

Hoy él, como el resto, disfruta de su tierra de acogida sin olvidar esa Galicia tan suya y tan querida que, como todos, se adapta a la época del Covid. “Pienso que es igual para todo el mundo”, resume con esa flema gallega que ni el tiempo, ni Francia y la distancia han logrado enterrar. Y no le falta razón. 

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De Berlín Son: panderetas contra la nostalgia y contra el Covid

  • Julián Lamas Rodríguez, gallego, 38 años, vive en la capital de Alemania y es uno de los socios de De Berlín Son, asociación cultural gallega puesta en marcha el año pasado. Hoy, media pandemia después, mantienen las clases entre medidas y precauciones mientras que planifican dónde pasar la Navidad
01
Dec
2020

Han pasado ya nueves meses desde marzo. Un embarazo completo en el que Galicia, España y Europa han ido tomándole el pulso a la pandemia. Confinamientos domiciliarios, cierres perimetrales, estados de alarma, índices de positividad, presión asistencial… Palabras y expresiones que han encontrado un hueco en nuestras charlas, asentándose con sigilo, casi sin querer, como esa visita exasperante que no acaba de entender que tienes sueño.

“Y no se podían creer que en un día el mundo se había puesto patas arriba y que vivían en uno distinto. En el mundo de Chernóbil”. O en el de Covid. La misma sensación de extrañeza y caos que relata Svetlana Alexievich en sus Voces de Chernóbil.

Voces que hoy, como las de la galleguidad, llegan de todas partes del mundo. Por ejemplo, desde el corazón de Alemania, donde la asociación De Berlín Son suma año y medio de existencia con el objetivo de “apoyar la cultura gallega” en el país.

Nos lo cuenta Julián Lamas Rodríguez, gallego, 38 años, que ha dejado atrás su tierra por trabajo: “Surgió la oportunidad y me quedé. Soy gestor de proyectos en una empresa de software”. Algo que no le impide seguir con una de sus aficiones, que ha trasladado hasta Berlín: la pandereta.

“La asociación nació con unos objetivos muy amplios y generales de apoyar la cultura gallega en Berlín, pero nuestra principal actividad es la pandereta”, resume Julián, al tiempo que recuerda que un “primer año muy activo” en el celebraron un par de foliadas, un concierto en Navidades, o participaron en el Carnaval de las Culturas de Berlín, un festival intercultural e internacional.

Pero luego, claro, llegó el Covid, obligando a “cancelar un montón de cosas”: fiestas, reuniones, actividades… “Últimamente quedamos una vez a la semana para practicar con la pandereta”, continúa Julián, que detalla que va menos gente que antes, y que “algunos prefieren no quedar”. Todo pese a las medidas de seguridad, a la restricción de accesos, a las mascarillas y las mamparas de metacrilato que ahora adornan el local.

Peajes en tiempos de pandemia que enrarecen la atmósfera, algo extensible a toda la ciudad. “El ambiente está un poco apagado para ser Berlín: es como Münich el resto del año”, bromea Julían, que reconoce que no sabe qué hará estas Navidades.

“No sé si podré volver a casa, empezando porque no sé si podré hacerme la prueba. Todo el mundo quiere marcharse al mismo tiempo y los laboratorios están saturados. Hay gente que ya ha arreglado, pero otros estamos dudando, mirando a ver qué es lo que pasa”, relata Julián, partidario, en cualquier caso, de esa prudencia tan gallega: “Si no se puede, trasladamos la Navidad a febrero o marzo, cuando se levanten las medidas, ya esté la vacuna y sea todo más seguro”, ironiza. 

Y no le falta razón, pese a la “congoja” que produce pensar en una Nochebuena berlinesa. Cenar en casa, hablar vía ‘Zoom’, quedar, tal vez, con algunos amigos que tampoco hayan hecho las maletas… Quizá, quién sabe. Pero seguro que de fondo sonará una pandereta.

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Galicia evocada por Perales

  • La historia de Belén Casal, 31 años, es un compendio de la emigración: de Galicia hacia América y del otro lado de Atlántico hacia nuestra tierra. Hoy disfruta de su familia y mira hacia el futuro con optimismo. Lo hace tras haber vuelto a casa gracias a una beca BEME
26
Nov
2020
Belén Casal con el diploma acreditativo de la beca BEME.

Su infancia son recuerdos de una letra de Perales. Acordes que huelen a caña y a café; a guayaba, a piel morena y a tabaco. A futuro y libertad, al menos al de aquella ‘América’ soñada por el artista hace casi 30 años. “Cuando era chica en casa se escuchaba mucho a Perales. ‘América’ era una de las canciones que más sonaba, y a mí me evocaba a mi otra tierra, a Europa, a Galicia, a aquello lejano y querido”, recuerda Belén Casal, un compendio de la emigración en apenas 31 años.

Porque Belén, como tantos otros, es gallega de Montevideo; o uruguaya de Compostela, qué más da. Aunque sería más correcto hablar de Barciademera, el pueblo de Eduardo Casal, su padre. O de Piñeiro de Areas, la segunda tierra de María Gil, su madre. Dos pedacitos de mundo apenas separados por cinco kilómetros de fincad y montaña.  

María había nacido en Uruguay, pero pasaba largas temporadas en Galicia. Eduardo era de aquí, donde su familia regentaba una panadería. En el medio, como nexo de unión de dos historias tan cercanas, aún sin saberlo, una fiesta del pueblo. “Se conocieron ahí de adolescentes, y se casaron en Vigo años más tarde, en 1972”, cierra el círculo Belén.  

Un matrimonio del que saldrían 4 hijos -la propia Belén, que es la pequeña; Pablo, María y Francisco-, en un constante ir y venir entre Galicia y Uruguay. “Con el tercero, mis padres decidieron quedarse allí. Volvíamos en verano”, detalla Belén, que inicia entonces su “lazo afectivo con Galicia”. Recuerdos que van y vienen, “no tanto de acentos sino de olores”. Aromas de julio y agosto que huelen a monte y a plaza… a Perales.

Y para matar la morriña, surge entonces el Centro gallego de Montevideo, con sus clases de baile: “Mi otra familia”. El tiempo pasa y los lazos se estrechan a través de diferentes programas que va ofreciendo la Xunta: Escolas Abertas, monitora en los Campos de trabajo… “Estas actividades acompañan tu vida, refuerzan los lazos con Galicia que quedan para siempre en la memoria psicoafectiva. Te sientes muy cerca, más allá de los kilómetros. Sientes como tuyos los dos países”.

Y tal vez llega uno a comprenderlos y quererlos hasta el punto de realizar el trabajo final de carrera -Comunicación Social allá, Periodismo, aquí- sobre los emigrados gallegos a Uruguay entre los 40 y los 60. Un instante en la vida de Belén en el que se cruza otra de esas enseñanzas que a veces nos golpea de modo inesperado, como una ráfaga de aire frío en el invierno; como el hambre después de una comida.

La familia de Belén en el pueblo, en la década de los 60.
Su padre y sus abuelos.
De niña con su familia.

“Me lo dijo una de las señoras con las que hablé, y no se me olvidará nunca: ‘Cuando fue la emigración, sentí que muchos tuvimos que bajar del barco para que se mantuviera a flote’”. Una metáfora perfecta de aquella Galicia en blanco y negro, que apuraba los problemas de postguerra buscando un futuro mejor en otro lado. En una América hermana, siempre hospitalaria.

La oportunidad de volver a casa

Las tornas ahora han cambiado, y los hijos y los nietos de aquellos que un día tuvieron que partir para que el barco no se hundiese, retornan hoy a Galicia para impulsar aquí sus proyectos vitales y profesionales.

Es también el caso de Belén, que gracias a las becas BEME, que cada año ofrece la Xunta para que la juventud gallega en el exterior pueda cursar aquí sus estudios de postgrado, ha vuelto a casa. Y lo ha hecho en compañía de su marido, Juan Manuel, y su hija, Elisa. “Galicia nos ha dado la oportunidad de retornar cerrando el círculo”.

Un círculo, eso sí, perfecto, con un máster en la Universidad de Santiago finalizada con un trabajo sobre los emigrantes retornados y su integración social en función de los estudios. Cómo no. Porque cerca ya de devorar el primer cuarto del siglo XXI, hay barcos que continúan amenazando con hundirse. Pero ya no es Galicia, que ha pasado de ser los recuerdos de Perales y los olores a montaña y a verde, a convertirse en una “realidad mayor que la expectativa”.

Con su familia ya en Galicia.
Con su madre.
Con su marido y su hija.

“Tú eliges Galicia, pero también Galicia te escoge a ti”, subraya Belén al tiempo que defiende la calidad humana y el sentido de comunidad de nuestra tierra, “el lugar idóneo para hacer crecer nuestra familia”. “Se lo recomendaría a todas las familias. Es un lugar maravilloso”.

Identikit verbal: proyecto de empresa y de familia

Tanto como para montar tu propia empresa. Algo que Juan Manuel y Belén no han dudado en hacer y para lo que han contado con la ayuda del programa de retorno emprendedor que ofrece también el Gobierno gallego.

“Vinimos con mucho trabajo de Uruguay. Y ahora hemos puesto en marcha nuestro proyecto -Identikit verbal-, sobre identidad verbal de empresa: cómo se constituye, define y presenta una compañía en su ámbito comunicacional. Cuál es su narrativa; cuáles sus atributos y cómo los va a comunicar”, detalla Belén.

Una inserción laboral que ella misma define como “un desafío”, pero que está dispuesta a afrontar en compañía de los suyos para seguir aquí, en esa Galicia evocada por Perales cuando cantaba a América. Curiosidades de la vida; o de dos tierras hermanas que no hacen más que añorarse eternamente.

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El mirador del Monte Alba: una mezcla perfecta de Vigo y de su Ría

  • Si estás en Galicia, o si tienes pensado volver una vez que pase la pandemia, aquí te dejamos otra de nuestras propuestas que no te puedes perder: el mirador del Monte Alba, o lo que es lo mismo, una de las mejores vistas sobre parte de las Rías Baixas
19
Nov
2020

La carretera de Valladares, en Vigo, discurre tranquila, atravesando la parroquia de lado a lado con la misma calma con la que el agua se desliza, sedienta, entre las rocas. Un puñado de líneas blancas que llegan a unirse ante los ojos, en contraste con el gris oscuro del asfalto.

Casi al final, la ruta gira a la derecha y comienza una rápida ascensión, demasiado pronunciada a veces, demasiado vertiginosa a ratos. El sol de la tarde devora las últimas hojas del otoño, que comienza a pintar de ocre la ladera.

Un macizo gris y verde que sube hacia el azul morado, malva oscuro, con el que van tiñéndose las nubes de un cielo despejado en el que, al fondo, sobre la delgada línea que marca el horizonte, comienza a fundirse el sol entre bocados.

A un lado, el Cepudo, al otro el Monte Alba. Los dos, con Vigo naciendo entre los dedos de sus pies, allá abajo, muy abajo, más de 500 metros en línea descendente hacia la Ría, que ahora refleja los últimos retazos del crepúsculo confiriendo toda su pureza a las Cíes, al este, y a Baiona, hacia el Oeste. 

La Capilla de Nuestra Señora del Alba contempla la vista como siempre: en silencio, acrecentada por esa luz del ocaso que refuerza su tono de piedra granítica, asentada sobre roca natural, antigua vestigio del Castelo del Alba, baluarte sobre el que dominar, antaño, un páramo desierto.

Dos senderos suben hacia ella. Uno, de arena y piedras flanqueadas por arces que mezclan rojos distorsionados de naranja, salpicados de retamos amarillos que dulcifican una escena dominada de otoño hasta la médula. El otro, una escalera, que serpentea alejando Valladares, Vigo, la Ría, la ciudad, el más allá.

El sol se pone ya ofreciendo una escena perfecta que se eleva desde el azul del mar hacia el gris clarito que dibuja el contorno de las Cíes, flanqueadas -parece casi al lado- por Toralla. Ahora todo es naranja, malva, rojo y amarillo, con el sol, transparente -semeja una bombilla-, partido en dos mientras que entrega el mirador del Monte Alba al silencio de la noche oprimido por el viento que no cesa.

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UNA TIERRA DE “PERSONAS CÁLIDAS QUE TE RECIBEN MUY BIEN”

  • Valentina Pita nació en Venezuela hace apenas 23 años, estudió en México y vive ahora en Galicia, “punto de encuentro”, espera, para toda su familia, y a donde ha vuelto gracias a una beca BEME
17
Nov
2020

El inicio de esta historia transcurre, como tantas, por uno de esos vasos comunicantes que enlazan Venezuela con Galicia en un continuo viaje de ida y vuelta, empujado por el tiempo y por las olas del Atlántico.

A un lado, Cariño; al otro, Caracas. En el medio, José Andrés Pita. Uno de esos gallegos cuyo relato avanza a caballo entre dos tierras: el difícil y asombroso equilibrio de la emigración.

Porque José Andrés nació allá, pero en seguida se vino aquí antes de volverse para allá. Ya saben, ir y venir para volver a ir. Un camino en el que conoció a Luisa en uno de esos momentos aparentemente intrascendentes que la vida siempre nos regala -ambos estaban haciendo un curso de técnico superior-, pero que acaba cambiando el relato para siempre.

No en vano, de ese matrimonio nacieron tres hijos: Jorge, Luis y Valentina, la verdadera protagonista de nuestra historia. Hoy está aquí, ayer estuvo allá, y mañana quiere seguir estando aquí. “Me gustaría trabajar en una empresa gallega que está en Santiago”, reconoce.

Pero vayamos por partes. Porque Valentina ha vuelto a Galicia gracias a una de esas becas BEME que cada año promueve el gobierno gallego brindando la oportunidad, a cientos de jóvenes de la Galicia exterior, de retornar a nuestra tierra para cursar sus estudios de postgrado.

“Estando allí, me enteré de las BEME para hijos y nietos de gallegos. Opté as ellas en marzo y la verdad que, cuando envié la solicitud, antes del Covid, pensaba que no se iba a dar, que no iba a pasar”, rememora.

Pero se dio, y hoy Valentina continúa desde Compostela su breve historia, la de una chica de apenas 23 años con toda una vida por vivir, que está cursando en la USC un máster en dirección de empresas.

Lo hace en tiempos de pandemia, y con “clases presenciales” pese a todo. “La experiencia de emigrar es distinta con el Covid, porque los mismos compañeros nos dicen que la ciudad es otra y el ritmo es diferente; que no es el escenario académico que normalmente se vive”. Algo que en el fondo tienen sus propios beneficios: “Puedes centrarte más en lo que viniste a hacer: sacar el máster”.

Valentina Pita, becaria BEME.
El reencuentro con la familia 10 años después

Y también puedes reencontrar a la familia. “Aquí está toda mi familia paterna: abuela, primos, tíos… Y llevaba por lo menos 10 años sin verlos”, continúa Valentina con la alegría de quien se sabe de vuelta a casa. Porque ella, en ese continúo ir y venir, ya había estado antes.

“Desde chiquita tuve la oportunidad de conocer Galicia. Vine dos o tres veces durante la niñez y pude descubrir Santiago, A Coruña, distintas partes de nuestra tierra…”, relata Valentina, antes de describir el salto de Venezuela a México, a donde se fue a continuar con sus estudios universitarios y a seguir descubriendo, sin saberlo, qué significa la ‘morriña’.

Porque como ella misma reconoce, aunque en México también tenía familia, “siempre supe que quería estar en España”. “Mi meta era graduarme para venirme a España, a Galicia”, continúa, para poder disfrutar de esa tierra repleta de “personas cálidas que te reciben muy bien”.

Una tierra en la que la comida, cómo no, también resulta “deliciosa”, y en la que cada caña, cada refresco, cada agua, viene acompañada de una tapa. “He descubierto que aquí hay muchas maneras de probar distintos platos caseros”, resalta.

Pero hay más cosas. “El ritmo de vida es distinto”. Aquí uno tiene la “oportunidad de respirar y ser productivo sin estar excesivamente estresado”. Allá, esos momentos se los lleva el “carro”; las “horas y horas” de atasco para moverse de un lugar a otro; la inseguridad de no poder salir sola por la noche. 

Ventajas, calidad de vida, bienestar… Muchas maneras de resumir ese sentir; de querer que “papá regrese el año próximo”, y de intentarlo también con uno de sus hermanos, con Luis. Jorge ya está aquí, en Madrid, que no es lo mismo, pero se parece. “El punto de encuentro es Galicia”. Y esa frase lo resume todo.

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Un pedacito de Ames para el retorno emprendedor

  • La Asociación Palmira Boulevard, en Ames, ofrece varios locales para los gallegos que habéis vuelto a casa para emprender
  • Precios muy asequibles y la colaboración con la burocracia administrativa, completan una oferta difícil de mejorar
10
Nov
2020

La idea surgió por primera vez antes de que el mundo se pusiese patas arriba. O patas abajo, qué más da. Es lo que tienen las pandemias. De fondo, el Xacobeo. Y en el medio, la vocación de ayudar a quien emprende, parte principal de este breve relato, pero intenso, que nos acerca la Asociación Palmira Boulevard. Un pedacito de historia de Ames, de Milladoiro, de su comercio y de su vida.

“Habíamos pensado, con motivo del Año Santo, impulsar una serie de acciones con la Asociación de Comerciantes de Tui, para poner en valor el Camino Portugués”, relata José Manuel Fernández Gómez, presidente de Palmira Boulevard.

Todo, insistimos, lo frenó el Covid. Pero esta y otras ideas se retomaron después del estado de alarma. “Nuestra vocación ha sido siempre la de ayudar, la de facilitar las cosas a los comerciantes de Ames”, resume Fernández Gómez.

Pero también a aquellos que quieran venir desde más lejos para impulsar su proyecto profesional y personal. A fin de cuentas, el emprendimiento no entiende de fronteras.

Y ese fue, precisamente, el origen de otra historia, de esta historia. La que llevó a la Asociación a ponerse en contacto con la Secretaría Xeral da Emigración de la Xunta de Galicia, pensando en los emprendedores retornados y en la posibilidad de abrirles las puertas de Ames para promover sus iniciativas.

“Tenemos varios locales listos para entrar, y a precios muy accesibles. Damos todas las facilidades”, prosigue José Manuel, con el convencimiento propio del que ha visto crecer muchos proyectos. Y en campos muy distintos.

Porque en Milladoiro hay un poquito de todo, de hostelería, de comercio, de textil, de ropa, de pastelerías… de proximidad a fin de cuentas. Un espacio al que llegar y en el que quedarse. “Nuestra idea siempre ha sido contar con iniciativas diversas, para que la gente venga y tenga todo a mano”.

Un escenario al que se sumó la idea del retornado; de los hijos y nietos de aquellos que un día tuvieron que partir. O simplemente, de los jóvenes que marcharon en busca de una vida mejor, y que ahora vuelven a casa. Y a dónde mejor que a ese rinconcito de Ames en el que, en colaboración con la Secretaría Xeral, la asociación ofrece varios locales listos para entrar. Tres de ellos, para retornados que quieran emprender.

La vocación emprendedora del que retorna

“Pensamos en esa vocación emprendedora del que vuelve, de la que tantas veces hemos oído hablar. Nos pusimos en contacto con la Secretaría hace meses, pero con la pandemia se quedó todo en el aire. Después de que se levantase el estado de alarma lo volvimos a intentar, y tuvo una acogida muy buena”, relata José Manuel, mientras que profundiza en uno de los espacios ofrecidos. 

Se trata de un local que cuenta ya con una línea de explotación concreta que mezcla la vinoteca con la degustación de quesos y conservas. “Tenemos un acuerdo con una bodega y llevamos tiempo trabajando en el proyecto. Está todo preparado. Solo hay que llegar y ponerse a trabajar”, resume, orgulloso, José Manuel.

Como orgulloso está también de las facilidades que ofrecen para superar los tediosos trámites administrativos. Ese pantano burocrático en el que uno se va hundiendo poco a poco. “A la gente que viene a Milladoiro tratamos de ayudarles con el papeleo, para que se puedan centrar en su negocio”. ¿Se puede pedir más? Tal vez, quién sabe. Mientras tanto, la Asociación Palmira Boulevard abre sus brazos desde Ames esperando a quienes quieran emprender.

Para ello, basta con facilitar un plan de trabajo que detalle la viabilidad del proyecto y contar con una estrategia de dinamización y competencias en el campo digital. El mundo en tiempos del Covid, claro.

Los interesados sólo tienen que escribir un correo electrónico a asociacionpalmirabulebar@gmail.com o llamar al 981531293.

¿A qué estás esperando?

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La ruta del río Eifonso: un pedacito de Vigo oculto entre sus bosques

  • En pleno corazón de la ciudad, en el cruce entre Bembrive y Beade, arranca esta senda que, pegada al río Eifonso, nos descubre molinos y parajes ocultos por el tiempo y la vegetación
06
Nov
2020

En la frontera entre las parroquias viguesas de Bembrive y de Beade, un camino silencioso se abre paso sobre el susurrar del río Eifonso y el verde henchido de los árboles. La ruta se cubre de copas elevadas de robles y castaños que sombrean cada paso, cada instante.

El pequeño riachuelo, sobredimensionado por la noche de los árboles, nace más arriba, a la ribera del Campus Universitario de Vigo, y desciende flanqueado en sus orígenes por el Monte das Lagoas, filtrándose después entre Pedra Cavaleira y As Pereiras. Luego, mezclando calma y oleadas, se precipita hacia el Lagares, punto final de su continuo fluir existencial.

Pero antes de todo eso, arrancando en aquel intermedio entre Beade y Bembrive, nos deja una ruta a la que da nombre: la del río Eifonso. Un sendero adecentado por el tiempo y por los hombres -en 2009 fue rehabilitado por la Pedanía de Bembrive-, con el ancho suficiente para el ir y venir de aquellos carros y carretas de otra época, que buscaban, río arriba, el grano que los molinos trajinaban.

El primero surge al poco de arrancar, a mano izquierda, oculto al final de una cañada. El Muiño do Sorrego, que descansa sobre la ribera del agua, piedra rehabilitada que alberga oscuridad; paso previo al Molino de A Pedrosa, al que se accede por un puente de madera.

A continuación, siempre cara arriba, surge O Buraco, una garganta de roca y agua que salva en un suspiro un desnivel de veinte metros. Allí el agua se precipita eternamente, en un caer continuo reforzado por las lluvias del otoño. La fervenza de Bouzafría, paso previo a la Capilla San Cibrán, lugar de la romería anual de Los Ramallos.

Y más arriba, ya en lo alto, espera el punto final de este trayecto. La Aldea da Fraga, devorada por el verde frondoso de una Galicia rural y legendaria. Un antiguo hogar oculto, gran desconocido, incluso, para miles de vigueses.  

La primera noticia de la existencia del poblado data del siglo XVI. Ahora apenas quedan rocas sobre hojas; grises y verdes que se mezclan acompasados por el run-run del agua caminando. Hace tiempo que nadie vive allí, con reclamos mejores, tal vez, en la ciudad, en Beade o en Bembrive. Un lugar de otro mundo donde recordar todo aquello que todavía nos importa. Incluso en época de Covid.  

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“ME DESPERTABA PENSANDO ‘QUÉ GANAS TENGO DE COMERME UNA EMPANADA DE ZAMBURIÑAS’”

  • Antía Torrado nació en Catoira, paso previo hacia Ourense. La vida, luego, la iba a llevar hasta Taiwan pero acabó en Buenos Aires, donde conoció al que hoy es su marido, David. Hoy viven en Galicia, donde ella cursa un máster gracias a una beca BEME del gobierno autonómico
03
Nov
2020

¿Conocen aquello del efecto mariposa? El aleteo de una de esas criaturas puede provocar un tsunami al otro lado del mundo, aunque, por supuesto, no lo sepamos. ¿O aquel célebre discurso de Steve Jobs en la Universidad de Stanford? “No puedes conectar los puntos hacia adelante, sólo puedes hacerlo hacia atrás. Así que tienes que confiar en que los puntos se conectarán alguna vez en el futuro”.

Algo así valdría para resumir la historia de Antía Torrado. Porque un terremoto en Taiwan puede derivar en que una gallega de Catoira se case en Buenos Aires con un argentino, previo camino de vuelta a nuestra tierra. Los puntos, eso sí, sólo cobran sentido hacia atrás, desde la perspectiva que da el futuro del pasado. Steve Jobs, cómo no, tenía razón.  

“Nací en Catoira, pero cuando era chiquita nos mudamos a Ourense. Aquí estudié turismo, y en tercero de carrera (2015) me fui de erasmus a Alemania. Cuando estaba allí, solicité una beca del Banco Santander para otro año más en el extranjero. La idea era irme a Taiwan, pero hubo un terremoto y se cayó la opción. Las alternativas eran Argentina o Bolivia”, resume Antía desde el presente, con los puntos ya unidos hace tiempo.  

Al final, escogió Argentina, a donde se trasladó en 2016 con esa beca del Santander para cursar allí su tesis sobre el ‘Desarrollo turístico de los poblados mapuches’. Una patria hermana, donde los españoles son ‘gallegos’, y donde las percepciones, becada y estudiante, son muy distintas a las que vivirá más tarde, ya casada. Y todo comenzó con aquel terremoto grado 6 que zarandeó Taiwan en mitad de una noche de invierno.

Misiones le cambió la vida

Pero no adelantemos acontecimientos. Seguimos en la Universidad de Kilmer, Buenos Aires, donde Antía comparte habitación con una amiga colombiana. Un día cualquiera de un mes cualquiera, como hacen los universitarios, toman un café mientras que proyectan planes de futuro. Del inmediato. Cosas que hacer en esa época. Por ejemplo, conocer Misiones: el misterio de aquella selva húmeda y salvaje, las cataratas del Iguazú… Y mientras que la imaginación hace su trabajo y se dispara, alguien se gira: “Yo soy de Misiones. Puedo haceros de guía”. Es David, hoy su marido. ¿Recuerdan aquello de unir los puntos?

“Conocí a mi pareja, volví a España, presenté la tesis, y me volví para Argentina”, resume Antía con exquisita sencillez avanzando de un plumazo sobre los siguientes meses de su vida. Una Argentina muy distinta a la que vivió como estudiante; la Argentina real, no la de la nube de una beca.

La de levantarse a las 5 de la mañana para poder llegar a trabajar tras dos horas como una “sardinita” en el autobús. La de ir con un spray pimienta y un cuchillo en el bolso. La de las manifestaciones que cortan la calle. La de los ladrones que se abalanzan sobre el bus, bajan la ventana y te roban el teléfono dejándote, literalmente, con la palabra en la boca. La de un cierto toque de racismo: “A mí me cobraban 100 pesos por un kilo de bananas, y en la misma frutería, a David le pedían 30”.

Pero la vida, a veces, es eso: superar las pruebas y los retos, avanzar hacia el futuro, que es hoy y que es mañana. No rendirse… Y contar siempre con un comodín, por si acaso. “Lo hablamos antes de salir. OK, nos vamos, pero si no me adapto, me vuelvo”, detalla Andía, mientras que explica que, a fin de cuentas, lo lógico era probar en Argentina. “Él trabajaba en la Prefectura, que es como la Guardia Civil aquí. Tenía un trabajo estable, funcionario”. Y esa estabilidad arrimó el ascua hacia Argentina.

Mientras tanto, Antía comienza a trabajar en un hotel de una cadena española en Buenos Aires. Pero el choque de realidad se acentúa: “No es solo la seguridad, sino la devaluación monetaria y de capacidad económica. Los aumentos salariales que pensabas que ibas a tener, no los tienes. La devaluación es muy alta. Un mes cobras 300 dólares, al otro 250…. Empiezas a perder el control de tu vida a nivel económico y social”.

La beca BEME y la vuelta a casa

Un escenario que se agrava en 2019, año en el que Antía ya había pedido una BEME, una de esas becas que el Gobierno gallego promueve para facilitar la vuelta a casa de los hijos y los nietos de la diáspora. “Entonces se complicó porque me faltaba documentación, así que esperamos al 2020”, detalla.

Ese año de margen, no obstante, resultó providencial. Ya saben, otra vez hay que unir lo puntos hacia atrás. “Gracias a eso pudimos vender el coche, la moto, trabajar en la homologación de títulos de David. Al final, llegamos en septiembre de este año y ya pudo matricularse en FP y comenzar sus estudios aquí”, prosigue Antía su relato.

Y aún hay más. Una boda exprés en octubre del 19 para poder adelantar los trámites de inscripción del matrimonio en el consulado. “Nos casamos en el único registro civil disponible que había en nuestro barrio. Si mi madre me ve se muere…”, recuerda con humor Antía.

Lo hace desde Ourense, donde cursa un MBA en gestión empresarial del deporte. Un máster al que llegó cargada de razones: “Contacté a través de Linkedin con gente que lo estaba cursando y me dio muy buen feedback”. Y, además, a principios de año observó cómo una revista americana de la Universidad de Ohio lo situaba entre los mejores másteres del mundo en gestión empresarial y del deporte. Ya no había dudas.

Antía mira hacia atrás con los puntos enlazados, al menos hasta ahora. Ha desterrado aquella maravillosa “súper morriña” de Argentina o del Erasmus en Alemania, en donde vivía en un edificio en el que todos eran hindúes menos ella y otro gallego, con el que se coordinaba para recibir una caja de comida cada mes. “Me despertaba y decía, ‘qué ganas tengo de comerme una empanada de zamburiñas’”.  

Ya no. Igual que también ha puesto fin a aquella “otra realidad”. La de no poder salir sola sin riesgos; la de tener ir al banco entre susurros; la de tener preocupaciones más propias de las ciencias económicas que del vivir. “A David siempre le digo: aquí, si vas por la calle y le preguntas a cualquiera a cuánto cotiza el dólar o qué es la inflación, la mayoría no tiene ni idea”. Al menos por ahora. Y que dure.

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Vilagarcía, Valencia, Bogotá, Cuntis: un relato entre dos tierras

  • Manuel Tanoira es uno de esos gallegos que un día decidieron partir, por los motivos que fuese, y que ahora han vuelto a su tierra trayendo de vuelta todo el conocimiento adquirido. Para ello ha contado con el apoyo del programa al retorno emprendedor promovido por la Xunta de Galicia
27
Oct
2020
Con su mujer, Carolina Castillo

La de Manuel Tanoira es una historia moderna con tintes de aquella Galicia añeja, con sabor a campo y a verde y que se pinta en la memoria en blanco y negro. Un relato que entremezcla nuestra tierra con América, cómo no, de ida y de vuelta, y que resulta, por lo menos, muy curioso.

Porque la vida de Manuel, arquitecto, apenas 38 años, une lugares tan dispares como Vilagarcía, Valencia, Colombia o Cuntis. Universos que pueden resultar muy diferentes, pero que cobran sentido en el devenir de la novela.

Vayamos por partes.

“Soy de Vilagarcía y me fui a estudiar fuera, a Valencia. Al terminar decidí viajar”, trata de resumir Manuel mientras que sube y baja por el hilo conductor punteando detalles del pasado. Allí, en la capital del Turia, aparece su novia, hoy su mujer, Carolina Castillo, colombiana.

“Nos fuimos a Bogotá, donde ella tenía a su familia. Me quería ir allí porque era un lugar de oportunidades; un buen sitio para empezar, para ir, para aprender, para que el salto cultural fuera más enriquecedor”, continúa Manuel aglutinando pinceladas.  

Fueron “6 años muy felices”. Los que van del 12 al 18. Un período de aprendizaje: los estudios, los primeros trabajos, lo que uno quiere de su vida. Y en ese querer o no querer surge la pregunta ineludible para cualquier emigrado, por muy bien que le vayan las cosas allá afuera: dónde continuar el resto del camino.

“En ese momento decidimos que queríamos volver; a Europa, a España y a Galicia”. Porque la tierra tira, sí. Esa morriña universal que todo lo comprende. “Pero también porque entendíamos que aquí disponíamos de ciertas oportunidades. Soy arquitecto y nos dedicamos a la rehabilitación y sostenibilidad, y entendíamos que Galicia es un lugar muy apropiado”, expone convencido.

“Recuperar todo ese patrimonio y devolverlo a la vida”

Motivos y argumentos no le faltan: la historia; la riqueza patrimonial de nuestra tierra; los problemas de envejecimiento; las posibilidades del rural. “Todo esto va en paralelo a una arquitectura vernácula por rehabilitar”, razona. Una conjunción de factores que hacían de este un “momento interesante para una propuesta como esta”; para “intentar recuperar todo ese patrimonio y devolverlo a la vida”.

Y así, casi sin quererlo, o tal vez deseándolo muchísimo, nace Brota Arquitectura; una propuesta que aúna la rehabilitación, la sostenibilidad y el bienestar, y a la que no dudó en sumarse Carolina, psicóloga de profesión, conocedora de los deseos de confort del ser humano, vinculados éstos, cómo si no, al hogar, a la edificación, a esa arquitectura sostenible.  

Brota Arquitectura aúna la rehabilitación, la sostenibilidad y el bienestar.

“Buscamos restablecer estructuras arquitectónicas para conseguir que los usuarios se sientan cómodos e identificados”, resume Manuel. Un proyecto para el que ha contado con el apoyo del programa de retorno emprendedor que cada año promueve el gobierno gallego, precisamente para eso, para facilitar la vuelta a casa de todos aquellos que un día tuvieron que partir, ofreciendo importantes apoyos económicos para la implantación de nuevos negocios.

Más calidad de vida

“En su momento fuimos a su hogar y ahora estamos en el mío”, prosigue Manuel, tirando de recuerdos y de vida. También en la época del Covid. Un tiempo de pandemia que no ha hecho sino reforzar que “aquella intuición que teníamos no estaba tan desencaminada”. “La gente busca ahora entornos más accesibles, contar con su oficina en el rural…”, razona, tratando de “aportar desde la arquitectura una propuesta de valor” para que el usuario se sienta “cómodo e identificado”.

Lo cuenta desde Galicia, a caballo entre Cuntis, donde vive en la casa familiar rehabilitada -cómo no-, y Villagarcía, donde trabaja. La tierra donde nació y de la que ahora disfruta, con Carolina, de eso que hemos dado en llamar ‘calidad de vida’. Más tiempo para uno y para los suyos; más seguridad; más cercanía. O lo que viene a ser el principio y el fin de todo: más Galicia.   

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