GALICIA EN EL CORAZÓN DE NUEVA YORK

  • Michelle Mirón reside en Nueva York, donde ejerce de directora de ‘La Nacional’, un lugar que, como tantos, sortea la pandemia como puede. Desde allí nos habla de Galicia, de América, del Covid, del Capitolio… y de muchas historias personales.
28
Jan
2021

La primera vez que la pequeña niña de Brooklyn vio Galicia, se introdujo en un cuento maravilloso. Porque allí, como en las fábulas en la mente de cualquier criatura inocente de 8 años, “todo era natural”, incluso el tránsito de los rascacielos de Nueva York al paisaje de Lorbé, parroquia de Dexo, concello de Oleiros, A Coruña.

“Escuchar el ‘kikiriqui’ de los gallos por la mañana; despertar en el pueblo; esos olores de campo, de verde, de musgo, de humedad… Tengo un recuerdo tan bonito… Cambió mi vida para siempre”, señala, años después de aquel instante, Michelle Mirón, neoyorquina de nacimiento, gallega de corazón, y con su relato vital, como tantos, a caballo entre dos tierras; entre esos dos mundos, tan distintos y tan iguales, que se expanden a un lado y a otro del azul infinito del Atlántico.  

Hoy Michelle reside en Nueva York, donde ejerce de directora de ‘La Nacional, Spanish Benevolent Society’, el centro español más antiguo en los EEUU, que cumplió 152 años en noviembre. Un lugar que, como tantos, sortea la pandemia como puede, con la voluntad propia y ajena de aquellos que nunca dejan de ser nuestros.

Como Rogelio, “una figura en ‘La Nacional’”. “Es el socio más antiguo que tenemos: suma ya 55 años como miembro”, detalla Michelle, aunque él tiene más de 80, como muchos otros socios, gallegos de Nueva York, o neoyorquinos de Galicia. Qué más da, cuando en el fondo viene siendo lo mismo.

“Galicia siempre está presente en mi casa”, resume Michelle, que enumera entre la gastronomía de su hogar el marisco, el caldo gallego, los potajes, el cocido o una buena empanada. Todo ello en Brooklyn, por qué no. A fin de cuentas, la suya es una de esas historias que entrelazan la diáspora, formando un nudo imperecedero y cargado de recuerdos.

Una historia familiar extraordinaria

Enrique, su padre, emigró en 1.973. Allí, o aquí, depende quién hable y desde dónde, conoció a Norma, su mujer, con la que tuvo tres hijos. Hasta el momento, todo normal. El siguiente paso, sin embargo, eleva el valor humano de la historia a un nivel extraordinario: ambos eran sordos.

“Mi abuela María vivió con nosotros, y gracias a ella hablo el español”. Cuando Michelle tenía 6 años, María volvió a Galicia, pero sus padres la apuntaron en los Alce, cursos que entonces subvencionaba el Ministerio de Asuntos Exteriores para españoles nacidos fuera.

Hoy Michelle domina el castellano, el inglés, el gallego, y las lenguas de signos americana y española. Trabaja como intérprete y ha montado su propio negocio, una empresa de idiomas y de comunicación que ofrece todo tipo de servicios lingüísticos y cobertura de eventos.

Recuerda, con una mezcla de cariño y de nostalgia que se aproxima a la morriña, la inauguración en el Ellis Island National Museum of Immigration de Nueva York de la muestra ‘Os adeuses’ (The farewells). Un “evento precioso con Cristina Pato” y que contó con la presencia, entre otros, del presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo.

Pasión similar a la que ofrece cuando habla del Desfile de la Hispanidad de Nueva York, de cuya directiva forma parte. “Es el más grande de USA, y se celebra el domingo más cercano al 12 de octubre”. Hasta 10.000 participantes cortan la Quinta Avenida en esa fecha, desde la 45 hasta la 75. Participan los 21 países de habla hispana, y acude gente de todos ellos. También de España, de Galicia.

Bueno, al menos antes era así. Porque en Nueva York ahora no hay desfiles, ni gente, ni aglomeraciones. Permanece el cuerpo de la urbe siempre iluminada, despierta y silenciosa, con sus grandes avenidas marcando los límites del fin del mundo; pero le han robado el alma.

“Es raro caminar por la ciudad y verla tan vacía. Podría definirse como inquietante. Esta no es la ciudad que conozco”, reconoce Michelle, dando al mismo tiempo un paso más. Una consecuencia: “Van cerrando tus restaurantes preferidos; y eso te rompe el corazón”. No La Nacional, que ha sabido reinventarse: “Sacamos afuera el restaurante, con una terracita, y ahí tenemos unas mesas donde vamos sorteando el frío”.

Los disturbios del Capitolio

Pero ese mismo corazón también te lo pueden romper otras historias, incluso las más inesperadas. Como los recientes disturbios del Capitolio. “La última vez que pasó algo así, fue en la guerra civil. Es una imagen que nunca esperábamos ver, como ejemplo que somos de la democracia y el progreso”, detalla Michelle.

Y añade, ya a tumba abierta, como es ella: “Me entraron ganas de llorar. No lo podía creer. Estaba trabajando y alguien de España me escribió: ‘¿Qué está pasando en el Capitolio?Oh, my God. Cogí el móvil y me entró un dolor enorme en el corazón. Puedes estar en contra de la política del otro, pero de ahí a ser violentos… Mataron a un poli con un extintor… Y con la bandera confederada, que nos inspira muchos recuerdos feos como país. Fue la primera vez que esta bandera entró en el capitolio. Y no puedes dejar de preguntarte qué hace ahí”.

Por fortuna, el futuro acude a su cita puntual y lo acaba devorando todo, también los malos recuerdos, que acaban por dejar un poso de esperanza. “Tenemos mucha ilusión. La comunidad de gallegos y españoles también. Albergamos la esperanza de que la nueva administración pueda unir el país. Porque no podemos olvidar que la mitad de la nación votó a Trump”, detalla Michelle.

Vacunada contra el Covid

Una ilusión que se extiende, también, a la lucha contra el Covid, ahora más coordinada, más decidida, centralizada en la figura de Biden. “El camino va a ser largo”. Como siempre. Pero “la estrategia es totalmente diferente”. Se están implementando grandes espacios para vacunar 24 horas al día al tiempo que se amplían los grupos que pueden recibir la vacuna: trabajadores esenciales, algunos funcionarios que atienden a la ciudadanía, ancianos y tercera edad a partir de 65 años.

La propia Michelle, al trabajar de cara al público como intérprete en determinados actos, es de las que se encuentra ya vacunada. “Estoy bien; estoy perfectamente”, bromea al tiempo que reflexiona sobre la importancia de confiar en la ciencia para salir de esta situación. 

La conversación avanza fluida, rápida y alegre, con la soltura de un riachuelo de montaña descongelado por el sol en primavera. Entre salto y salto, el agua continúa, divertida, su camino. Ahora España, ahora América. Ahora otra vez España, a donde Michelle vuelve, una vez y siempre, desde aquella primera infancia en el rural.

“Cuando terminé aquí la carrera me mudé a Madrid. Hice un máster de Traducción e Interpretación en la Complutense y estuve cinco años allí. Al regresar, monté la empresa de idiomas y de comunicación”, prosigue Michelle el relato de su vida, con Galicia presente en cada uno de sus retazos: “Estamos a 7.000 kilómetros, pero eso es una cuestión física. Mentalmente, Galicia está muy presente en nuestra casa”

Hoy, aquella niña de Brooklyn, ya mujer, mantiene vivo el amor de ese encuentro originario con su tierra, que supuso el encaje de todos los relatos, de las historias narradas en un atardecer de rascacielos que aquel día, por fin, cobraron lógica: “Recuerdo la primera vez que vi la Catedral, la Plaza del Obradoiro; una culminación de todo lo que me habían contado, de lo que me querían transmitir”. Galicia en el corazón de Nueva York. O la gran metrópoli, abrazada, una vez más, a nuestra tierra. Eso es Michelle. Eso son muchos.

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La rutina de la ‘nueva normalidad’

  • Estela Villamarín es la presidenta de la Asociación Cultural Galega A Roda de Lausana, que ha tenido que reinventarse en época de Covid. También ella para pasar la Navidad con sus seres queridos
14
Jan
2021
Estela (derecha), con sus padres y su marido.

Suiza es un país de cimas elevadas, siempre ocultas, devoradas por su altura y envueltas en un frío silencioso, más místicas, si cabe por la nieve perpetua de los Alpes. Un hogar neutro en el imaginario colectivo.  Y la tierra de miles de gallegos, casa hospitalaria de aquellos que un día tuvieron que emigrar. Hoy, más de 41.000 vecinos hacen de Suiza el quinto país del mundo en lo que a presencia de gallegos se refiere.

Pero Suiza, como todos, vive afectada por el Covid. Una pandemia que se ha cobrado ya en el país helvético más de 7.500 vidas, y que ha obligado a celebrar una Navidad atípica. De esas que tanto hemos vivido estas semanas: de cenas limitadas; mascarillas que ocultan rostros sonrientes, robando, en cierta medida, el sentido de estas fiestas; de familias divididas…

Nos lo cuenta Estela Villamarín, presidenta de la Asociación Cultural Galega A Roda. Su historia, como tantas, es un compendio de la diáspora gallega. De abuelos que dejaron atrás casa y familia en la década de los 70.

“Mi padre se quedó en Ourense con unos familiares cuando ellos se tuvieron que ir. Aquí, en unas vacaciones, conoció a mi madre. Después se casaron y partieron hacia Suiza”, resume Estela con la sencillez propia de nuestra emigración.

Estela es hoy la presidenta de la Asociación Cultural de A Roda. Un lugar de encuentro para cientos de gallegos, donde, hasta hace no mucho, jóvenes y niños se juntaban en clases de gaita, danza o percusión. La galleguidad resumida en nuestra cultura musical.

Asociación Cultural Galega A Roda.
Grupo musical de la Asociación.
Cena de la Asociación.

El Covid ha variado el escenario, dibujando una sala multiusos de aforo reducido, con apenas 5 personas, límite máximo en el país helvético para este tipo de reuniones. Unos encuentros que, en el caso de A Roda, se configuran como una mezcla perfecta de todo lo que ha sido y es nuestra diáspora. “Hablamos mitad castellano, mitad gallego, mitad francés”, expone Estela con mucha simpatía.

Creada en 1991, A Roda suma ya tres décadas de fomento de la cultura gallega, manteniendo las tradiciones entre las nuevas generaciones. Algo para lo que ha sabido adaptarse al Covid. O tal vez, como todos, no haya tenido más remedio.

De marzo a junio estuvieron cerrados. En septiembre pudieron impartir “dos o tres clases de modo normal”; qué lejos queda ya ese final del verano en el que las cifras de la pandemia ofrecían un respiro hoy inservible.

“Somos 100 socios, casi todos gallegos e hijos de gallegos”, prosigue Estela. Obligados, todos ellos, a pasar la Navidad entre dos tierras y con la amenaza permanente del Covid. Como Estela que, con su marido y su hijo, ha pasado las fiestas sorteando dificultades y adoptando distintas medidas de precaución.

“Rafael es de A Coruña y sus padres viven en Zaragoza. Una semana hemos estado en Ourense y otra, allí, en Zaragoza. Mis padres también volaron a Galicia, realizando la correspondiente PCR”, resume Estela. La rutina de la ‘nueva normalidad’.

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Una gaita de Camariñas en el corazón de Londres

  • David Carril, gallego de 39 años, suma ya una década viviendo en la capital inglesa. Allí, su gaita ha llegado a convertirse en una imagen clásica sobre el Támesis. El Covid, sin embargo, lo ha cambiado todo
23
Dec
2020

El Támesis atraviesa Londres entre susurros provocados por el agua, que acaricia incansable sus orillas. Azul verdoso, casi negro, el río refleja aquí y allá parte de la historia de la City, desde los vikingos al imponente puerto comercial del siglo XIX. Alrededor de él, alimentada por sus aguas, crece la ciudad, alborotándose a ratos, desperezándose otras veces.

Un fluir imperial y mundano al mismo tiempo, sobre el que hombre ha ido levantando puentes que comunican ambos lados de la urbe. Chelsea Bridge, Vauxhall, Waterloo… hasta 14 viaductos con centenares de imágenes iconoclastas que salpican esta y aquella esquina, ese y aquel recuncho. Como el Puente de Westminster, flanqueado hoy por ese enorme “Ojo de Londres” que domina la ciudad desde una altura inopinada.

Allí, durante un tiempo, y antes de que la pandemia también silenciase esas canciones, sonaban acordes de gaita… gallega, escocesa, irlandesa… Quién sabe. La mayoría somos profanos, aunque no dejemos de admirar esa música de viento que nos acompaña desde siempre. Como a David Carril, 39 años, gallego de Camariñas, que lejos de ser profano se ha convertido en maestro de las gaitas, aquí y allá, en Londres y en Galicia.

Todo comenzó de niño, tira de memoria el propio David rescatando recuerdos de su infancia: “Empecei de pequeno, con 5 o 6 anos, na aldea, en Camariñas. Foi cousa do meu pai, que fora gaiteiro de novo”.

Hoy, más de tres décadas después, ha encontrado su hueco en Inglaterra, colándose, antes del Covid, en cientos de fotos coronadas por el Palacio de Westminster o por la Noria; todo es cuestión de perspectiva.

La pandemia, por desagracia, acabó con los turistas, silenciando la gaita sobre el Támesis. No a David, que continúa con su vida, con su música, con sus clases de pandereta, y con su gaita. Este verano, sin ir más lejos, actúa en la boda de un escocés y una gallega, en algo así como una tortilla a la que hay que darle la vuelta para que quede perfecta en ambos lados. Dos gustos, dos familias, dos culturas, dos trajes y, por supuesto, dos gaitas.

“Para o profano, a diferenza visible son os tres roncóns na escocesa para a parte de atrás; é máis grande, máis voluminoso, cun sonido máis potente e máis duro. Para o que sabe, a forma de tocar é diferente; as melodías son diferentes; empregan escalas diferentes…”, razona David con la seguridad del que, efectivamente, sabe, y mucho, en la materia.

No en vano, suma ya cuatro años tomándole el pulso a la escocesa, más ‘típica’, entre ingleses, en funerales que en las bodas.

Una década en Londres

David traza sus recuerdos desde Londres, donde lleva una década conviviendo con el gris, con la lluvia, con el viento y la nostalgia, con la añoranza de Galicia y de la “paz de sus paisajes”. Con todo aquello que, de modo mágico, cabe, por una vez y sin que sirva de precedente, en una sola palabra: la morriña.

“Cheguei en febreiro do 2010, con 29 anos, na procura dun traballo. Comecei de conxerxe nun tribunal, e tiña estudos de música tradicional celta, galega, irlandesa e escocesa”, rememora desde la tranquilidad que da el presente. 

En Galicia ya llevaba años participando en asociaciones y dando clases. Una opción que, de modo inesperado, se le plantea también en Londres. “Empezamos pola suxerencia dunhas rapazas galegas que coñecía de diferentes eventos culturais. En plan informal. Comentáronme que se me importaba dar clases de pandireta, e accedín. Comezamos a publicitalo nas redes sociais e animouse moita xente”, relata David.

Así comenzó a dar clases a un grupo de gallegos con algún inglés infiltrado por el medio. De pandereta y de canto. Entre todos, alquilaron un local en un pub irlandés. Al principio llegaron a ser 20. El Covid las ha suspendido desde abril.

La gaita, sin embargo, no tuvo tanto tirón. “Tamén é que son caras”, resume David con sencillez. Una básica puede rondar los 1.000 euros. Ahora mismo tiene un par de alumnos con los que habla por Zoom.

El mismo Zoom con el que aspira a pasar las Navidades. “Acabamos de salir do confinamento e este ano quedarei en Londres. Aínda estiven en setembro en Camariñas, cando melloraba a situación. Galicia bótase de menos sempre, pero este ano é o que toca”. Y no le falta razón.

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Un pedacito de Galicia en Marsella

  • Manuel Silva llegó a Francia hace más de 40 años. Hoy preside el Centro Gallego de Marsella, disfruta de su hija y su familia, y atraviesa la pandemia con esa tranquilidad tan gallega, sabedor de que a fin de cuentas todo pasa
10
Dec
2020
La directiva del Centro Gallego de Marsella

Nadie sabe muy bien cuando comenzó aquel trajín de gente; de idas y venidas en blanco y negro, color adecuado a la nostalgia; de maletas cargadas de ropa y de esperanza, de abrazos furtivos para combatir a la morriña. Porque esa ausencia de comienzo, precisamente, confiere mayor sentido y certeza a la diáspora gallega por el mundo. En barco, al otro lado del inmenso azul Atlántico. Por carretera, muchas veces, a esta Europa también acogedora.

Como aquellos que llegaron a Marsella, pleno corazón de la costa azul francesa. Gallegos como Manuel Silva, que dejó Moraña (Pontevedra) atrás con apenas 19 años, hace casi medio siglo, y que hoy contempla la vida con la pausa propia que da cualquier mirada atrás. Un pedacito de Galicia en Marsella que ofrece una visión en la que se entremezclan proyectos de trabajo y personales, la creación de una familia, su hija Sabrina, y de fondo, el Centro Gallego de Marsella, que preside desde hace 15 años.

También en época de Covid. Esa pandemia que se llevó por delante, por ejemplo, la celebración del 41 aniversario de la asociación o el festival Celta previsto para abril.

“En nuestra región la pandemia va bajando poco a poco. Llegamos a tener casi cada día 110 pacientes en el hospital, y ahora tenemos unos 65”, expone Sabrina, también vicepresidenta del Centro, que traza sus recuerdos al lado de Manuel: el primer confinamiento que obligó a cerrar las puertas de la entidad hasta finales de mayo; la reapertura un par de sábados en junio; las vacaciones en julio y agosto; otro pequeño paréntesis en septiembre…

Ahora, Marsella, como Europa, vive en un toque de queda permanente. Hasta el 15 de diciembre, en Francia sólo se puede salir para trabajar y para hacer la compra, teniendo que estar en casa a partir de las nueve de la noche. La hostelería permanecerá cerrada hasta el 20 de enero y, por supuesto, no habrá fiesta de fin de año en el Centro Gallego de Marsella.

La asociación agrupa hoy a unos 170 socios, de los cuales 86 son gallegos nacidos en nuestra tierra. Ellos, como el resto, viven al día en época de Covid.

Manuel y su hija Sabrina.
El grupo folclórico del Centro, con el secretario de Emigración Antonio Rodríguez Miranda, durante la celebración de los 40 años de la entidad.

“¿Que qué plan tenemos para estas fiestas? Gran parte de nuestra familia está aquí, por lo que nosotros nos quedaremos, aunque por ahora sólo podemos salir a menos de 20 kilómetros durante tres horas”, detalla Manuel, que reconoce que muchos gallegos se marcharon en verano y todavía no han regresado.

Es Francia en tiempos del Covid. El país suma más de 225.000 infectados por coronavirus y se aproxima a los 60.000 fallecidos. Allí residen cerca de 17.000 gallegos, muchos en esa Marsella que vio llegar a Manuel hace más de cuarenta años.

Hoy él, como el resto, disfruta de su tierra de acogida sin olvidar esa Galicia tan suya y tan querida que, como todos, se adapta a la época del Covid. “Pienso que es igual para todo el mundo”, resume con esa flema gallega que ni el tiempo, ni Francia y la distancia han logrado enterrar. Y no le falta razón. 

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De Berlín Son: panderetas contra la nostalgia y contra el Covid

  • Julián Lamas Rodríguez, gallego, 38 años, vive en la capital de Alemania y es uno de los socios de De Berlín Son, asociación cultural gallega puesta en marcha el año pasado. Hoy, media pandemia después, mantienen las clases entre medidas y precauciones mientras que planifican dónde pasar la Navidad
01
Dec
2020

Han pasado ya nueves meses desde marzo. Un embarazo completo en el que Galicia, España y Europa han ido tomándole el pulso a la pandemia. Confinamientos domiciliarios, cierres perimetrales, estados de alarma, índices de positividad, presión asistencial… Palabras y expresiones que han encontrado un hueco en nuestras charlas, asentándose con sigilo, casi sin querer, como esa visita exasperante que no acaba de entender que tienes sueño.

“Y no se podían creer que en un día el mundo se había puesto patas arriba y que vivían en uno distinto. En el mundo de Chernóbil”. O en el de Covid. La misma sensación de extrañeza y caos que relata Svetlana Alexievich en sus Voces de Chernóbil.

Voces que hoy, como las de la galleguidad, llegan de todas partes del mundo. Por ejemplo, desde el corazón de Alemania, donde la asociación De Berlín Son suma año y medio de existencia con el objetivo de “apoyar la cultura gallega” en el país.

Nos lo cuenta Julián Lamas Rodríguez, gallego, 38 años, que ha dejado atrás su tierra por trabajo: “Surgió la oportunidad y me quedé. Soy gestor de proyectos en una empresa de software”. Algo que no le impide seguir con una de sus aficiones, que ha trasladado hasta Berlín: la pandereta.

“La asociación nació con unos objetivos muy amplios y generales de apoyar la cultura gallega en Berlín, pero nuestra principal actividad es la pandereta”, resume Julián, al tiempo que recuerda que un “primer año muy activo” en el celebraron un par de foliadas, un concierto en Navidades, o participaron en el Carnaval de las Culturas de Berlín, un festival intercultural e internacional.

Pero luego, claro, llegó el Covid, obligando a “cancelar un montón de cosas”: fiestas, reuniones, actividades… “Últimamente quedamos una vez a la semana para practicar con la pandereta”, continúa Julián, que detalla que va menos gente que antes, y que “algunos prefieren no quedar”. Todo pese a las medidas de seguridad, a la restricción de accesos, a las mascarillas y las mamparas de metacrilato que ahora adornan el local.

Peajes en tiempos de pandemia que enrarecen la atmósfera, algo extensible a toda la ciudad. “El ambiente está un poco apagado para ser Berlín: es como Münich el resto del año”, bromea Julían, que reconoce que no sabe qué hará estas Navidades.

“No sé si podré volver a casa, empezando porque no sé si podré hacerme la prueba. Todo el mundo quiere marcharse al mismo tiempo y los laboratorios están saturados. Hay gente que ya ha arreglado, pero otros estamos dudando, mirando a ver qué es lo que pasa”, relata Julián, partidario, en cualquier caso, de esa prudencia tan gallega: “Si no se puede, trasladamos la Navidad a febrero o marzo, cuando se levanten las medidas, ya esté la vacuna y sea todo más seguro”, ironiza. 

Y no le falta razón, pese a la “congoja” que produce pensar en una Nochebuena berlinesa. Cenar en casa, hablar vía ‘Zoom’, quedar, tal vez, con algunos amigos que tampoco hayan hecho las maletas… Quizá, quién sabe. Pero seguro que de fondo sonará una pandereta.

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Galicia evocada por Perales

  • La historia de Belén Casal, 31 años, es un compendio de la emigración: de Galicia hacia América y del otro lado de Atlántico hacia nuestra tierra. Hoy disfruta de su familia y mira hacia el futuro con optimismo. Lo hace tras haber vuelto a casa gracias a una beca BEME
26
Nov
2020
Belén Casal con el diploma acreditativo de la beca BEME.

Su infancia son recuerdos de una letra de Perales. Acordes que huelen a caña y a café; a guayaba, a piel morena y a tabaco. A futuro y libertad, al menos al de aquella ‘América’ soñada por el artista hace casi 30 años. “Cuando era chica en casa se escuchaba mucho a Perales. ‘América’ era una de las canciones que más sonaba, y a mí me evocaba a mi otra tierra, a Europa, a Galicia, a aquello lejano y querido”, recuerda Belén Casal, un compendio de la emigración en apenas 31 años.

Porque Belén, como tantos otros, es gallega de Montevideo; o uruguaya de Compostela, qué más da. Aunque sería más correcto hablar de Barciademera, el pueblo de Eduardo Casal, su padre. O de Piñeiro de Areas, la segunda tierra de María Gil, su madre. Dos pedacitos de mundo apenas separados por cinco kilómetros de fincad y montaña.  

María había nacido en Uruguay, pero pasaba largas temporadas en Galicia. Eduardo era de aquí, donde su familia regentaba una panadería. En el medio, como nexo de unión de dos historias tan cercanas, aún sin saberlo, una fiesta del pueblo. “Se conocieron ahí de adolescentes, y se casaron en Vigo años más tarde, en 1972”, cierra el círculo Belén.  

Un matrimonio del que saldrían 4 hijos -la propia Belén, que es la pequeña; Pablo, María y Francisco-, en un constante ir y venir entre Galicia y Uruguay. “Con el tercero, mis padres decidieron quedarse allí. Volvíamos en verano”, detalla Belén, que inicia entonces su “lazo afectivo con Galicia”. Recuerdos que van y vienen, “no tanto de acentos sino de olores”. Aromas de julio y agosto que huelen a monte y a plaza… a Perales.

Y para matar la morriña, surge entonces el Centro gallego de Montevideo, con sus clases de baile: “Mi otra familia”. El tiempo pasa y los lazos se estrechan a través de diferentes programas que va ofreciendo la Xunta: Escolas Abertas, monitora en los Campos de trabajo… “Estas actividades acompañan tu vida, refuerzan los lazos con Galicia que quedan para siempre en la memoria psicoafectiva. Te sientes muy cerca, más allá de los kilómetros. Sientes como tuyos los dos países”.

Y tal vez llega uno a comprenderlos y quererlos hasta el punto de realizar el trabajo final de carrera -Comunicación Social allá, Periodismo, aquí- sobre los emigrados gallegos a Uruguay entre los 40 y los 60. Un instante en la vida de Belén en el que se cruza otra de esas enseñanzas que a veces nos golpea de modo inesperado, como una ráfaga de aire frío en el invierno; como el hambre después de una comida.

La familia de Belén en el pueblo, en la década de los 60.
Su padre y sus abuelos.
De niña con su familia.

“Me lo dijo una de las señoras con las que hablé, y no se me olvidará nunca: ‘Cuando fue la emigración, sentí que muchos tuvimos que bajar del barco para que se mantuviera a flote’”. Una metáfora perfecta de aquella Galicia en blanco y negro, que apuraba los problemas de postguerra buscando un futuro mejor en otro lado. En una América hermana, siempre hospitalaria.

La oportunidad de volver a casa

Las tornas ahora han cambiado, y los hijos y los nietos de aquellos que un día tuvieron que partir para que el barco no se hundiese, retornan hoy a Galicia para impulsar aquí sus proyectos vitales y profesionales.

Es también el caso de Belén, que gracias a las becas BEME, que cada año ofrece la Xunta para que la juventud gallega en el exterior pueda cursar aquí sus estudios de postgrado, ha vuelto a casa. Y lo ha hecho en compañía de su marido, Juan Manuel, y su hija, Elisa. “Galicia nos ha dado la oportunidad de retornar cerrando el círculo”.

Un círculo, eso sí, perfecto, con un máster en la Universidad de Santiago finalizada con un trabajo sobre los emigrantes retornados y su integración social en función de los estudios. Cómo no. Porque cerca ya de devorar el primer cuarto del siglo XXI, hay barcos que continúan amenazando con hundirse. Pero ya no es Galicia, que ha pasado de ser los recuerdos de Perales y los olores a montaña y a verde, a convertirse en una “realidad mayor que la expectativa”.

Con su familia ya en Galicia.
Con su madre.
Con su marido y su hija.

“Tú eliges Galicia, pero también Galicia te escoge a ti”, subraya Belén al tiempo que defiende la calidad humana y el sentido de comunidad de nuestra tierra, “el lugar idóneo para hacer crecer nuestra familia”. “Se lo recomendaría a todas las familias. Es un lugar maravilloso”.

Identikit verbal: proyecto de empresa y de familia

Tanto como para montar tu propia empresa. Algo que Juan Manuel y Belén no han dudado en hacer y para lo que han contado con la ayuda del programa de retorno emprendedor que ofrece también el Gobierno gallego.

“Vinimos con mucho trabajo de Uruguay. Y ahora hemos puesto en marcha nuestro proyecto -Identikit verbal-, sobre identidad verbal de empresa: cómo se constituye, define y presenta una compañía en su ámbito comunicacional. Cuál es su narrativa; cuáles sus atributos y cómo los va a comunicar”, detalla Belén.

Una inserción laboral que ella misma define como “un desafío”, pero que está dispuesta a afrontar en compañía de los suyos para seguir aquí, en esa Galicia evocada por Perales cuando cantaba a América. Curiosidades de la vida; o de dos tierras hermanas que no hacen más que añorarse eternamente.

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El mirador del Monte Alba: una mezcla perfecta de Vigo y de su Ría

  • Si estás en Galicia, o si tienes pensado volver una vez que pase la pandemia, aquí te dejamos otra de nuestras propuestas que no te puedes perder: el mirador del Monte Alba, o lo que es lo mismo, una de las mejores vistas sobre parte de las Rías Baixas
19
Nov
2020

La carretera de Valladares, en Vigo, discurre tranquila, atravesando la parroquia de lado a lado con la misma calma con la que el agua se desliza, sedienta, entre las rocas. Un puñado de líneas blancas que llegan a unirse ante los ojos, en contraste con el gris oscuro del asfalto.

Casi al final, la ruta gira a la derecha y comienza una rápida ascensión, demasiado pronunciada a veces, demasiado vertiginosa a ratos. El sol de la tarde devora las últimas hojas del otoño, que comienza a pintar de ocre la ladera.

Un macizo gris y verde que sube hacia el azul morado, malva oscuro, con el que van tiñéndose las nubes de un cielo despejado en el que, al fondo, sobre la delgada línea que marca el horizonte, comienza a fundirse el sol entre bocados.

A un lado, el Cepudo, al otro el Monte Alba. Los dos, con Vigo naciendo entre los dedos de sus pies, allá abajo, muy abajo, más de 500 metros en línea descendente hacia la Ría, que ahora refleja los últimos retazos del crepúsculo confiriendo toda su pureza a las Cíes, al este, y a Baiona, hacia el Oeste. 

La Capilla de Nuestra Señora del Alba contempla la vista como siempre: en silencio, acrecentada por esa luz del ocaso que refuerza su tono de piedra granítica, asentada sobre roca natural, antigua vestigio del Castelo del Alba, baluarte sobre el que dominar, antaño, un páramo desierto.

Dos senderos suben hacia ella. Uno, de arena y piedras flanqueadas por arces que mezclan rojos distorsionados de naranja, salpicados de retamos amarillos que dulcifican una escena dominada de otoño hasta la médula. El otro, una escalera, que serpentea alejando Valladares, Vigo, la Ría, la ciudad, el más allá.

El sol se pone ya ofreciendo una escena perfecta que se eleva desde el azul del mar hacia el gris clarito que dibuja el contorno de las Cíes, flanqueadas -parece casi al lado- por Toralla. Ahora todo es naranja, malva, rojo y amarillo, con el sol, transparente -semeja una bombilla-, partido en dos mientras que entrega el mirador del Monte Alba al silencio de la noche oprimido por el viento que no cesa.

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UNA TIERRA DE “PERSONAS CÁLIDAS QUE TE RECIBEN MUY BIEN”

  • Valentina Pita nació en Venezuela hace apenas 23 años, estudió en México y vive ahora en Galicia, “punto de encuentro”, espera, para toda su familia, y a donde ha vuelto gracias a una beca BEME
17
Nov
2020

El inicio de esta historia transcurre, como tantas, por uno de esos vasos comunicantes que enlazan Venezuela con Galicia en un continuo viaje de ida y vuelta, empujado por el tiempo y por las olas del Atlántico.

A un lado, Cariño; al otro, Caracas. En el medio, José Andrés Pita. Uno de esos gallegos cuyo relato avanza a caballo entre dos tierras: el difícil y asombroso equilibrio de la emigración.

Porque José Andrés nació allá, pero en seguida se vino aquí antes de volverse para allá. Ya saben, ir y venir para volver a ir. Un camino en el que conoció a Luisa en uno de esos momentos aparentemente intrascendentes que la vida siempre nos regala -ambos estaban haciendo un curso de técnico superior-, pero que acaba cambiando el relato para siempre.

No en vano, de ese matrimonio nacieron tres hijos: Jorge, Luis y Valentina, la verdadera protagonista de nuestra historia. Hoy está aquí, ayer estuvo allá, y mañana quiere seguir estando aquí. “Me gustaría trabajar en una empresa gallega que está en Santiago”, reconoce.

Pero vayamos por partes. Porque Valentina ha vuelto a Galicia gracias a una de esas becas BEME que cada año promueve el gobierno gallego brindando la oportunidad, a cientos de jóvenes de la Galicia exterior, de retornar a nuestra tierra para cursar sus estudios de postgrado.

“Estando allí, me enteré de las BEME para hijos y nietos de gallegos. Opté as ellas en marzo y la verdad que, cuando envié la solicitud, antes del Covid, pensaba que no se iba a dar, que no iba a pasar”, rememora.

Pero se dio, y hoy Valentina continúa desde Compostela su breve historia, la de una chica de apenas 23 años con toda una vida por vivir, que está cursando en la USC un máster en dirección de empresas.

Lo hace en tiempos de pandemia, y con “clases presenciales” pese a todo. “La experiencia de emigrar es distinta con el Covid, porque los mismos compañeros nos dicen que la ciudad es otra y el ritmo es diferente; que no es el escenario académico que normalmente se vive”. Algo que en el fondo tienen sus propios beneficios: “Puedes centrarte más en lo que viniste a hacer: sacar el máster”.

Valentina Pita, becaria BEME.
El reencuentro con la familia 10 años después

Y también puedes reencontrar a la familia. “Aquí está toda mi familia paterna: abuela, primos, tíos… Y llevaba por lo menos 10 años sin verlos”, continúa Valentina con la alegría de quien se sabe de vuelta a casa. Porque ella, en ese continúo ir y venir, ya había estado antes.

“Desde chiquita tuve la oportunidad de conocer Galicia. Vine dos o tres veces durante la niñez y pude descubrir Santiago, A Coruña, distintas partes de nuestra tierra…”, relata Valentina, antes de describir el salto de Venezuela a México, a donde se fue a continuar con sus estudios universitarios y a seguir descubriendo, sin saberlo, qué significa la ‘morriña’.

Porque como ella misma reconoce, aunque en México también tenía familia, “siempre supe que quería estar en España”. “Mi meta era graduarme para venirme a España, a Galicia”, continúa, para poder disfrutar de esa tierra repleta de “personas cálidas que te reciben muy bien”.

Una tierra en la que la comida, cómo no, también resulta “deliciosa”, y en la que cada caña, cada refresco, cada agua, viene acompañada de una tapa. “He descubierto que aquí hay muchas maneras de probar distintos platos caseros”, resalta.

Pero hay más cosas. “El ritmo de vida es distinto”. Aquí uno tiene la “oportunidad de respirar y ser productivo sin estar excesivamente estresado”. Allá, esos momentos se los lleva el “carro”; las “horas y horas” de atasco para moverse de un lugar a otro; la inseguridad de no poder salir sola por la noche. 

Ventajas, calidad de vida, bienestar… Muchas maneras de resumir ese sentir; de querer que “papá regrese el año próximo”, y de intentarlo también con uno de sus hermanos, con Luis. Jorge ya está aquí, en Madrid, que no es lo mismo, pero se parece. “El punto de encuentro es Galicia”. Y esa frase lo resume todo.

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Un pedacito de Ames para el retorno emprendedor

  • La Asociación Palmira Boulevard, en Ames, ofrece varios locales para los gallegos que habéis vuelto a casa para emprender
  • Precios muy asequibles y la colaboración con la burocracia administrativa, completan una oferta difícil de mejorar
10
Nov
2020

La idea surgió por primera vez antes de que el mundo se pusiese patas arriba. O patas abajo, qué más da. Es lo que tienen las pandemias. De fondo, el Xacobeo. Y en el medio, la vocación de ayudar a quien emprende, parte principal de este breve relato, pero intenso, que nos acerca la Asociación Palmira Boulevard. Un pedacito de historia de Ames, de Milladoiro, de su comercio y de su vida.

“Habíamos pensado, con motivo del Año Santo, impulsar una serie de acciones con la Asociación de Comerciantes de Tui, para poner en valor el Camino Portugués”, relata José Manuel Fernández Gómez, presidente de Palmira Boulevard.

Todo, insistimos, lo frenó el Covid. Pero esta y otras ideas se retomaron después del estado de alarma. “Nuestra vocación ha sido siempre la de ayudar, la de facilitar las cosas a los comerciantes de Ames”, resume Fernández Gómez.

Pero también a aquellos que quieran venir desde más lejos para impulsar su proyecto profesional y personal. A fin de cuentas, el emprendimiento no entiende de fronteras.

Y ese fue, precisamente, el origen de otra historia, de esta historia. La que llevó a la Asociación a ponerse en contacto con la Secretaría Xeral da Emigración de la Xunta de Galicia, pensando en los emprendedores retornados y en la posibilidad de abrirles las puertas de Ames para promover sus iniciativas.

“Tenemos varios locales listos para entrar, y a precios muy accesibles. Damos todas las facilidades”, prosigue José Manuel, con el convencimiento propio del que ha visto crecer muchos proyectos. Y en campos muy distintos.

Porque en Milladoiro hay un poquito de todo, de hostelería, de comercio, de textil, de ropa, de pastelerías… de proximidad a fin de cuentas. Un espacio al que llegar y en el que quedarse. “Nuestra idea siempre ha sido contar con iniciativas diversas, para que la gente venga y tenga todo a mano”.

Un escenario al que se sumó la idea del retornado; de los hijos y nietos de aquellos que un día tuvieron que partir. O simplemente, de los jóvenes que marcharon en busca de una vida mejor, y que ahora vuelven a casa. Y a dónde mejor que a ese rinconcito de Ames en el que, en colaboración con la Secretaría Xeral, la asociación ofrece varios locales listos para entrar. Tres de ellos, para retornados que quieran emprender.

La vocación emprendedora del que retorna

“Pensamos en esa vocación emprendedora del que vuelve, de la que tantas veces hemos oído hablar. Nos pusimos en contacto con la Secretaría hace meses, pero con la pandemia se quedó todo en el aire. Después de que se levantase el estado de alarma lo volvimos a intentar, y tuvo una acogida muy buena”, relata José Manuel, mientras que profundiza en uno de los espacios ofrecidos. 

Se trata de un local que cuenta ya con una línea de explotación concreta que mezcla la vinoteca con la degustación de quesos y conservas. “Tenemos un acuerdo con una bodega y llevamos tiempo trabajando en el proyecto. Está todo preparado. Solo hay que llegar y ponerse a trabajar”, resume, orgulloso, José Manuel.

Como orgulloso está también de las facilidades que ofrecen para superar los tediosos trámites administrativos. Ese pantano burocrático en el que uno se va hundiendo poco a poco. “A la gente que viene a Milladoiro tratamos de ayudarles con el papeleo, para que se puedan centrar en su negocio”. ¿Se puede pedir más? Tal vez, quién sabe. Mientras tanto, la Asociación Palmira Boulevard abre sus brazos desde Ames esperando a quienes quieran emprender.

Para ello, basta con facilitar un plan de trabajo que detalle la viabilidad del proyecto y contar con una estrategia de dinamización y competencias en el campo digital. El mundo en tiempos del Covid, claro.

Los interesados sólo tienen que escribir un correo electrónico a asociacionpalmirabulebar@gmail.com o llamar al 981531293.

¿A qué estás esperando?

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La ruta del río Eifonso: un pedacito de Vigo oculto entre sus bosques

  • En pleno corazón de la ciudad, en el cruce entre Bembrive y Beade, arranca esta senda que, pegada al río Eifonso, nos descubre molinos y parajes ocultos por el tiempo y la vegetación
06
Nov
2020

En la frontera entre las parroquias viguesas de Bembrive y de Beade, un camino silencioso se abre paso sobre el susurrar del río Eifonso y el verde henchido de los árboles. La ruta se cubre de copas elevadas de robles y castaños que sombrean cada paso, cada instante.

El pequeño riachuelo, sobredimensionado por la noche de los árboles, nace más arriba, a la ribera del Campus Universitario de Vigo, y desciende flanqueado en sus orígenes por el Monte das Lagoas, filtrándose después entre Pedra Cavaleira y As Pereiras. Luego, mezclando calma y oleadas, se precipita hacia el Lagares, punto final de su continuo fluir existencial.

Pero antes de todo eso, arrancando en aquel intermedio entre Beade y Bembrive, nos deja una ruta a la que da nombre: la del río Eifonso. Un sendero adecentado por el tiempo y por los hombres -en 2009 fue rehabilitado por la Pedanía de Bembrive-, con el ancho suficiente para el ir y venir de aquellos carros y carretas de otra época, que buscaban, río arriba, el grano que los molinos trajinaban.

El primero surge al poco de arrancar, a mano izquierda, oculto al final de una cañada. El Muiño do Sorrego, que descansa sobre la ribera del agua, piedra rehabilitada que alberga oscuridad; paso previo al Molino de A Pedrosa, al que se accede por un puente de madera.

A continuación, siempre cara arriba, surge O Buraco, una garganta de roca y agua que salva en un suspiro un desnivel de veinte metros. Allí el agua se precipita eternamente, en un caer continuo reforzado por las lluvias del otoño. La fervenza de Bouzafría, paso previo a la Capilla San Cibrán, lugar de la romería anual de Los Ramallos.

Y más arriba, ya en lo alto, espera el punto final de este trayecto. La Aldea da Fraga, devorada por el verde frondoso de una Galicia rural y legendaria. Un antiguo hogar oculto, gran desconocido, incluso, para miles de vigueses.  

La primera noticia de la existencia del poblado data del siglo XVI. Ahora apenas quedan rocas sobre hojas; grises y verdes que se mezclan acompasados por el run-run del agua caminando. Hace tiempo que nadie vive allí, con reclamos mejores, tal vez, en la ciudad, en Beade o en Bembrive. Un lugar de otro mundo donde recordar todo aquello que todavía nos importa. Incluso en época de Covid.  

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