• Julián Lamas Rodríguez, gallego, 38 años, vive en la capital de Alemania y es uno de los socios de De Berlín Son, asociación cultural gallega puesta en marcha el año pasado. Hoy, media pandemia después, mantienen las clases entre medidas y precauciones mientras que planifican dónde pasar la Navidad
01
Dec
2020

Han pasado ya nueves meses desde marzo. Un embarazo completo en el que Galicia, España y Europa han ido tomándole el pulso a la pandemia. Confinamientos domiciliarios, cierres perimetrales, estados de alarma, índices de positividad, presión asistencial… Palabras y expresiones que han encontrado un hueco en nuestras charlas, asentándose con sigilo, casi sin querer, como esa visita exasperante que no acaba de entender que tienes sueño.

“Y no se podían creer que en un día el mundo se había puesto patas arriba y que vivían en uno distinto. En el mundo de Chernóbil”. O en el de Covid. La misma sensación de extrañeza y caos que relata Svetlana Alexievich en sus Voces de Chernóbil.

Voces que hoy, como las de la galleguidad, llegan de todas partes del mundo. Por ejemplo, desde el corazón de Alemania, donde la asociación De Berlín Son suma año y medio de existencia con el objetivo de “apoyar la cultura gallega” en el país.

Nos lo cuenta Julián Lamas Rodríguez, gallego, 38 años, que ha dejado atrás su tierra por trabajo: “Surgió la oportunidad y me quedé. Soy gestor de proyectos en una empresa de software”. Algo que no le impide seguir con una de sus aficiones, que ha trasladado hasta Berlín: la pandereta.

“La asociación nació con unos objetivos muy amplios y generales de apoyar la cultura gallega en Berlín, pero nuestra principal actividad es la pandereta”, resume Julián, al tiempo que recuerda que un “primer año muy activo” en el celebraron un par de foliadas, un concierto en Navidades, o participaron en el Carnaval de las Culturas de Berlín, un festival intercultural e internacional.

Pero luego, claro, llegó el Covid, obligando a “cancelar un montón de cosas”: fiestas, reuniones, actividades… “Últimamente quedamos una vez a la semana para practicar con la pandereta”, continúa Julián, que detalla que va menos gente que antes, y que “algunos prefieren no quedar”. Todo pese a las medidas de seguridad, a la restricción de accesos, a las mascarillas y las mamparas de metacrilato que ahora adornan el local.

Peajes en tiempos de pandemia que enrarecen la atmósfera, algo extensible a toda la ciudad. “El ambiente está un poco apagado para ser Berlín: es como Münich el resto del año”, bromea Julían, que reconoce que no sabe qué hará estas Navidades.

“No sé si podré volver a casa, empezando porque no sé si podré hacerme la prueba. Todo el mundo quiere marcharse al mismo tiempo y los laboratorios están saturados. Hay gente que ya ha arreglado, pero otros estamos dudando, mirando a ver qué es lo que pasa”, relata Julián, partidario, en cualquier caso, de esa prudencia tan gallega: “Si no se puede, trasladamos la Navidad a febrero o marzo, cuando se levanten las medidas, ya esté la vacuna y sea todo más seguro”, ironiza. 

Y no le falta razón, pese a la “congoja” que produce pensar en una Nochebuena berlinesa. Cenar en casa, hablar vía ‘Zoom’, quedar, tal vez, con algunos amigos que tampoco hayan hecho las maletas… Quizá, quién sabe. Pero seguro que de fondo sonará una pandereta.

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