• David Carril, gallego de 39 años, suma ya una década viviendo en la capital inglesa. Allí, su gaita ha llegado a convertirse en una imagen clásica sobre el Támesis. El Covid, sin embargo, lo ha cambiado todo
23
Dec
2020

El Támesis atraviesa Londres entre susurros provocados por el agua, que acaricia incansable sus orillas. Azul verdoso, casi negro, el río refleja aquí y allá parte de la historia de la City, desde los vikingos al imponente puerto comercial del siglo XIX. Alrededor de él, alimentada por sus aguas, crece la ciudad, alborotándose a ratos, desperezándose otras veces.

Un fluir imperial y mundano al mismo tiempo, sobre el que hombre ha ido levantando puentes que comunican ambos lados de la urbe. Chelsea Bridge, Vauxhall, Waterloo… hasta 14 viaductos con centenares de imágenes iconoclastas que salpican esta y aquella esquina, ese y aquel recuncho. Como el Puente de Westminster, flanqueado hoy por ese enorme “Ojo de Londres” que domina la ciudad desde una altura inopinada.

Allí, durante un tiempo, y antes de que la pandemia también silenciase esas canciones, sonaban acordes de gaita… gallega, escocesa, irlandesa… Quién sabe. La mayoría somos profanos, aunque no dejemos de admirar esa música de viento que nos acompaña desde siempre. Como a David Carril, 39 años, gallego de Camariñas, que lejos de ser profano se ha convertido en maestro de las gaitas, aquí y allá, en Londres y en Galicia.

Todo comenzó de niño, tira de memoria el propio David rescatando recuerdos de su infancia: “Empecei de pequeno, con 5 o 6 anos, na aldea, en Camariñas. Foi cousa do meu pai, que fora gaiteiro de novo”.

Hoy, más de tres décadas después, ha encontrado su hueco en Inglaterra, colándose, antes del Covid, en cientos de fotos coronadas por el Palacio de Westminster o por la Noria; todo es cuestión de perspectiva.

La pandemia, por desagracia, acabó con los turistas, silenciando la gaita sobre el Támesis. No a David, que continúa con su vida, con su música, con sus clases de pandereta, y con su gaita. Este verano, sin ir más lejos, actúa en la boda de un escocés y una gallega, en algo así como una tortilla a la que hay que darle la vuelta para que quede perfecta en ambos lados. Dos gustos, dos familias, dos culturas, dos trajes y, por supuesto, dos gaitas.

“Para o profano, a diferenza visible son os tres roncóns na escocesa para a parte de atrás; é máis grande, máis voluminoso, cun sonido máis potente e máis duro. Para o que sabe, a forma de tocar é diferente; as melodías son diferentes; empregan escalas diferentes…”, razona David con la seguridad del que, efectivamente, sabe, y mucho, en la materia.

No en vano, suma ya cuatro años tomándole el pulso a la escocesa, más ‘típica’, entre ingleses, en funerales que en las bodas.

Una década en Londres

David traza sus recuerdos desde Londres, donde lleva una década conviviendo con el gris, con la lluvia, con el viento y la nostalgia, con la añoranza de Galicia y de la “paz de sus paisajes”. Con todo aquello que, de modo mágico, cabe, por una vez y sin que sirva de precedente, en una sola palabra: la morriña.

“Cheguei en febreiro do 2010, con 29 anos, na procura dun traballo. Comecei de conxerxe nun tribunal, e tiña estudos de música tradicional celta, galega, irlandesa e escocesa”, rememora desde la tranquilidad que da el presente. 

En Galicia ya llevaba años participando en asociaciones y dando clases. Una opción que, de modo inesperado, se le plantea también en Londres. “Empezamos pola suxerencia dunhas rapazas galegas que coñecía de diferentes eventos culturais. En plan informal. Comentáronme que se me importaba dar clases de pandireta, e accedín. Comezamos a publicitalo nas redes sociais e animouse moita xente”, relata David.

Así comenzó a dar clases a un grupo de gallegos con algún inglés infiltrado por el medio. De pandereta y de canto. Entre todos, alquilaron un local en un pub irlandés. Al principio llegaron a ser 20. El Covid las ha suspendido desde abril.

La gaita, sin embargo, no tuvo tanto tirón. “Tamén é que son caras”, resume David con sencillez. Una básica puede rondar los 1.000 euros. Ahora mismo tiene un par de alumnos con los que habla por Zoom.

El mismo Zoom con el que aspira a pasar las Navidades. “Acabamos de salir do confinamento e este ano quedarei en Londres. Aínda estiven en setembro en Camariñas, cando melloraba a situación. Galicia bótase de menos sempre, pero este ano é o que toca”. Y no le falta razón.

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