• Estela Villamarín es la presidenta de la Asociación Cultural Galega A Roda de Lausana, que ha tenido que reinventarse en época de Covid. También ella para pasar la Navidad con sus seres queridos
14
Jan
2021
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Estela (derecha), con sus padres y su marido.

Suiza es un país de cimas elevadas, siempre ocultas, devoradas por su altura y envueltas en un frío silencioso, más místicas, si cabe por la nieve perpetua de los Alpes. Un hogar neutro en el imaginario colectivo.  Y la tierra de miles de gallegos, casa hospitalaria de aquellos que un día tuvieron que emigrar. Hoy, más de 41.000 vecinos hacen de Suiza el quinto país del mundo en lo que a presencia de gallegos se refiere.

Pero Suiza, como todos, vive afectada por el Covid. Una pandemia que se ha cobrado ya en el país helvético más de 7.500 vidas, y que ha obligado a celebrar una Navidad atípica. De esas que tanto hemos vivido estas semanas: de cenas limitadas; mascarillas que ocultan rostros sonrientes, robando, en cierta medida, el sentido de estas fiestas; de familias divididas…

Nos lo cuenta Estela Villamarín, presidenta de la Asociación Cultural Galega A Roda. Su historia, como tantas, es un compendio de la diáspora gallega. De abuelos que dejaron atrás casa y familia en la década de los 70.

“Mi padre se quedó en Ourense con unos familiares cuando ellos se tuvieron que ir. Aquí, en unas vacaciones, conoció a mi madre. Después se casaron y partieron hacia Suiza”, resume Estela con la sencillez propia de nuestra emigración.

Estela es hoy la presidenta de la Asociación Cultural de A Roda. Un lugar de encuentro para cientos de gallegos, donde, hasta hace no mucho, jóvenes y niños se juntaban en clases de gaita, danza o percusión. La galleguidad resumida en nuestra cultura musical.

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Asociación Cultural Galega A Roda.
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Grupo musical de la Asociación.
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Cena de la Asociación.

El Covid ha variado el escenario, dibujando una sala multiusos de aforo reducido, con apenas 5 personas, límite máximo en el país helvético para este tipo de reuniones. Unos encuentros que, en el caso de A Roda, se configuran como una mezcla perfecta de todo lo que ha sido y es nuestra diáspora. “Hablamos mitad castellano, mitad gallego, mitad francés”, expone Estela con mucha simpatía.

Creada en 1991, A Roda suma ya tres décadas de fomento de la cultura gallega, manteniendo las tradiciones entre las nuevas generaciones. Algo para lo que ha sabido adaptarse al Covid. O tal vez, como todos, no haya tenido más remedio.

De marzo a junio estuvieron cerrados. En septiembre pudieron impartir “dos o tres clases de modo normal”; qué lejos queda ya ese final del verano en el que las cifras de la pandemia ofrecían un respiro hoy inservible.

“Somos 100 socios, casi todos gallegos e hijos de gallegos”, prosigue Estela. Obligados, todos ellos, a pasar la Navidad entre dos tierras y con la amenaza permanente del Covid. Como Estela que, con su marido y su hijo, ha pasado las fiestas sorteando dificultades y adoptando distintas medidas de precaución.

“Rafael es de A Coruña y sus padres viven en Zaragoza. Una semana hemos estado en Ourense y otra, allí, en Zaragoza. Mis padres también volaron a Galicia, realizando la correspondiente PCR”, resume Estela. La rutina de la ‘nueva normalidad’.

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