• La ladera del Monte Castrove, en Poio (Pontevedra) esconde dos hectáreas de secuoyas rojas regaladas en 1992, con motivo del V centenario del descubrimiento de América, por George Bush padre “a las gentes de España”
  • Plantadas por un grupo de universitarios americanos y gallegos, el soto se configura desde entonces como símbolo de hermandad entre el Viejo y el Nuevo Mundo
14
Oct
2020
Bosque Secuoyas 1
Vista desde el mirador del bosque.

El mar, también el asfalto, serpentea suavemente saliendo de Pontevedra en dirección a Sanxenxo, dejando aquí y allá diminutos codos de tierra y agua que esconden, en silencio, algún que otro lugar inolvidable. Mezcla de musgo, piedras, arena y tiempo, que transitan en colores de verde a negro pasando por el ocre, con el azul oscuro, a veces claro, del Atlántico, como lugar común al fondo.

Un poco más arriba, alejándose esa maravillosa laguna conectada con el mar que en Galicia llamamos ría, se esconde el monasterio de San Juan de Poio, paso previo a nuestro destino. Todo se andará.

Pero antes contemplemos la fachada majestuosa, dorada por el sol del otoño que acaba de arrancar, que vuelve la piedra casi blanca, ocultando, a los ojos del viajero, los claustros seculares de un monasterio levantado en otra época, en otra tierra, en un mundo al que hoy nos desplazamos en series y películas.

Las primeras referencias datan del siglo VII, del reinado de Bermudo III -qué más da- y de una posterior reconstrucción, paso previo al actual edificio, que comenzó a levantarse a finales del XVI. Hoy los mercedarios habitan el monasterio, testigo silencioso tras el abandono por los benedictinos en la incautación de 1890.

Ría de Pontevedra a la altura de Poio
Ría de Pontevedra, a la altura de Poio.
Monasterio de Poio
Fachada de la Iglesia del Monasterio de San Juan de Poio.
Coto de la rapa das bestas
Coto de la rapa das bestas.

Uno puede perderse entre su iglesia, mezcla de formas de clásico y barroco; o puede hacer lo mismo entre sus claustros, en el de las ‘procesiones’ o en el del ‘cruceiro’, con su impresionante mosaico del Camino de Santiago; e incluso, quién sabe, puede elegir su biblioteca o la ‘Escola de Canteiros’.   

Pero hay otra opción más ‘natural’, que nos aleja de la costa, otra vez serpenteando entre el asfalto, en una carretera curvilínea que sube, entre giros de izquierda y de derecha, hacia A Escusa, un pequeño pueblecito de esos que se tiñen de gris a la sombra de los árboles sumando más casas que vecinos, y donde un pequeño pony recibe al visitante a mano izquierda. Paso previo al coto de la ‘rapa das bestas’, o el lugar donde se despoja de su melena a los caballos.

Más arriba, y luego más abajo tras hacer cumbre, espera, ya por fin, el bosque de secuoyas de Poio; un nexo entre dos tierras; la unión, una vez más, otra vez, siempre, ayer y hoy, entre América y Galicia. Galicia y América. Desde Colón hasta hoy, pasando por los millones de hijos de la emigración que un día tuvieron que partir y que ahora, más que antes, retornan a su casa.

Porque este bosque, apenas quinientos ejemplares que se elevan hacia al cielo en la ladera del Monte Castrove, es relativamente joven. Podríamos hablar, tratándose de secuoyas rojas, de un bebé de 28 años que llega a vivir hasta 2.000. Ni un suspiro de vida por ahora -todo es tan relativo- que, sin embargo, arroja enormes sombras frondosas que protegen del sol al visitante.

Secuoyas 2
Una de las secuoyas rojas del bosque.
Placa secuoyas
Placa conmemorativa en la entrada del bosque.
Bosque de secuoyas
Bosque de secuoyas de Poio.

Un regalo de George Bush padre “a las gentes de España” como símbolo de hermandad entre el Viejo y el Nuevo Mundo. Entre Galicia y América. Cómo si no. Ofrenda, por supuesto, que se hace efectiva en el 500 aniversario del descubrimiento de América -desde entonces el ‘Bosque de Colón’- y que plantan, quién mejor, un grupo de jóvenes universitarios de aquí y de allá, americanos y gallegos.

Algo más de 2 hectáreas que rozan las nubes; el mayor bosque de secuoyas, aún tan jóvenes, de Europa, que apenas han comenzado a estirarse, y que esconden, un poco más arriba, un mirador sobre la ría de Pontevedra, mezcla de dos azules, el del cielo y el del mar, topándose, levemente, en el horizonte.

Caminando entre las hojas caídas que tiñen el suelo de marrón anaranjado uno está aquí, pero se siente allá; en aquellos bosques lejanos del otro lado del Atlántico, al Sur de California, de árboles legendarios que apagan el sol entre sus ramas. Pero están aquí, en Poio, en nuestra tierra, proyectando grandes sombras que aspiran a hacerse gigantes con el tiempo, y que unen, una vez más, Galicia con América.   

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