Moda infantil con sello estradense
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Hay vida en el rural y personas comprometidas para reactivarlo y que los pueblos no queden abandonados y sumidos en el olvido. Con este propósito nace una iniciativa que si bien puede parecer increíble e idílica, es real y está ocurriendo en Galicia. Es la historia de A Casa da Poza.
Situada en una aldea de Poulo, en Gomesende, en la comarca ourensana de Terra de Celanova, una familia ha decidido ponerla en alquiler por 50 euros al año, sí, así, con un solo cero, porque se trata de un precio simbólico.
Entre tantas casas de piedra que salpican el verde rural gallego, A Casa da Poza es una antigua vivienda familiar, de 200 metros cuadrados y 1.500 de finca cuyos dueños no quieren ver cómo se derrumba y pretenden darle una segunda vida y una oportunidad a quienes les interese reconstruirla tras una década en desuso. Tiene cocina, cuatro habitaciones, un baño y un servicio. Además de un patio, bodega y un secador de chorizos, una poza y terreno suficiente para trabajarlo como huerto. Y está a media hora en coche de Ourense y a 45 minutos de Vigo.
A través de un concurso que está abierto a propuestas hasta el 30 de abril, ofrecen un contrato de ocho años prorrogables a diez por un alquiler de 50 euros anuales fijos, porque creen “firmemente en potenciar la reactivación del rural gallego a través de acuerdos de cesión de uso orientados más al trabajo en la vivienda que al intercambio económico”.
De aquí sale el lema, la casa para quien la trabaja, pues el contrato de cesión del uso va dirigido a aquellas personas que tengan ganas de habitar, cuidar, dar vida y reformar una casa en una aldea tranquila, muy poco poblada y rodeada de naturaleza.
Si te interesa apoyar su iniciativa tienes que comprometerte a residir en la vivienda y mantenerla, aunque está habitable necesita un acondicionamiento y arreglos, y también cuidar la finca.
El inquilino o inquilinos ganadores tendrán que trasladarse en un plazo máximo de tres meses después de firmar el contrato.
Si te atreves a participar puedes registrar tu proyecto en la página web que han creado para la ocasión, casadapozapoulo.wordpress.com, donde recogen las bases del concurso, los formularios de solicitud y el contacto. ¡También puedes visitar la casa a través de sus fotografías!
¿Tienes ilusión, ideas y ganas de trabajar? ¡Si es así, te dan la bienvenida!
Hay historias que vienen y van y otras que se tejen alrededor del tiempo; algunas son capaces de empezar aquí y terminar allá, cruzando un océano de incertidumbre y esperanza, antes de venir de vuelta arrastradas por la marea del retorno. Hablamos de Galicia y de América; hablamos de Mariana Doldán; 26 años. Uruguaya de nacimiento; gallega por vocación… y por familia. “Cuando llegué a Galicia, por primera vez en mi vida sentí que estaba donde debía estar, en el lugar al que pertenecen mis raíces”. ¿Se puede ser más gallega aun naciendo en Montevideo?
Pero vayamos por partes. Como decíamos, esta historia se forma alrededor del Atlántico, empezando en la provincia de A Coruña. Allí, en una España de guerra y de post guerra, marcada por el hambre, el odio y las rencillas, nacieron Beatriz Lorenzo (1934) y Julio Doldán (1932). Ella lo hizo en Sada; él, en San Pedro de Nós, un pedacito de tierra perteneciente al municipio de Oleiros.
Como todos los niños -de esa y de cualquier otra época-, pese a las dificultades y a la guerra, crecieron felices, rodeados de amigos y de familia. Y se hicieron adolescentes, luego jóvenes. Y un día, en un baile cualquiera de una fiesta cualquiera de Sada, se conocieron. Pero para llegar al final feliz del cuento faltaba mucho. Era la década de los 50, y el hambre todavía apretaba.
Las grandes masas de gente ocupando los muelles del Puerto de Vigo en busca de un futuro mejor, o por lo menos distinto, eran demasiado habituales.
Fotos anónimas en las que, una mañana de junio de 1957, con apenas 23 años, se vio envuelta Beatriz Lorenzo. Veinte días de trayecto en familia hasta Montevideo, y una eternidad por vivir en Uruguay. ¿Y Julio? Más de lo mismo. Otra foto anónima de otra multitud desconocida partiendo de Vigo hacia un lugar por explorar. En este caso Venezuela.
Podría pensarse que los dos habían cruzado el charco. No obstante, para que se hagan una idea, entre Caracas y Montevideo hay más de 5.000 kilómetros en línea recta. Un mundo que recorrieron entre cartas hasta que, en 1959, Julio parte hacia Uruguay para casarse con el amor de su vida.
De un baile en Sada a una boda en Montevideo. Una familia gallega muy feliz y cuatro hijos (Julio, Andrés, Ricardo y Alejandra). El segundo, Andrés, se casaría con Laura Cortada, y tendrían dos hijos.
Y esto nos devuelve al principio de la historia, a Mariana Doldán, que, ahora, para el que círculo sea completo, está en Galicia cursando un Máster en genómica y genética a caballo entre la Universidad de Santiago, la Facultad de Veterinaria de Lugo y la de Ciencias del Mar de Vigo.
El reencuentro con Galicia
“En Uruguay trabajaba de licenciada en nutrición y de administrativa de atención al usuario en un seguro médico. Y aún con todo, no llegaba a un sueldo para vivir y ahorrar”, recuerda Mariana. Tal vez por eso, cuando se enteró de las becas BEME –acrónimo del gallego Bolsas Excelencia Mocidade Exterior- que ofrece la Xunta cada año, no lo dudó.
Tal vez también porque nunca había perdido de vista sus raíces: “Toda mi infancia transcurrió con la colectividad, en el centro gallego Unión Hijos de Morgadanes de Montevideo”.
Allí aprendió lo que eran las vieiras, que los mondongos son callos o cómo se baila la muiñeira. Y le gustaba. Hasta el punto de dar clases de danza tradicional en el propio centro.
No extraña, pues, que al llegar a Galicia se sintiese “como en casa”. “Era como encontrar el sitio en el que debía estar. Por fin mi tierra”, argumenta alguien que pasó de niña a adulta bailando gallego, cantando gallego y tocando la pandereta.
Ese primer encuentro se produjo ya antes de las BEME. Fue durante el verano de 2011 gracias al programa Campamentos, ahora Conecta con Galicia. Una iniciativa impulsada por el gobierno gallego que cada año permite a cientos de jóvenes como Mariana volver a casa, a esa esquinita de península bañada a partes iguales por el océano y el mar de la que un día se fueron sus abuelos.
Un lugar inesperado
Una Galicia que ya entonces descubrió “más ciudad, menos agreste”, de lo que esperaba o se había imaginado. “Cuando llegué a A Coruña me llamó todo la atención. El comercio, el casco histórico… todo. No era tierra o agricultura”, relata.
“Galicia tiene de todo. Playa, montaña, gastronomía… Es increíble. Siempre me gustó desde la primera vez que vine”. Desde ese 2011.
Ahora repite experiencia con las BEME, que la traen de vuelta a Galicia. “Llegué a Vigo en agosto del año pasado, a casa de mi tío abuelo Andrés Lorenzo, y su mujer, Elena. De allí me fui a Lugo con su hija, también Elena, y después a Santiago, a casa de mi primo Pablo Sigüeiro Lorenzo”, recuerda. Y ya que hablamos de Vigo no se puede resistir: “Fui a ver las luces. Te erizan la piel”.
La conversación prosigue entre familias a ambos lados del Atlántico. Los avatares de la vida los fueron empujando aquí y allá. A su tío abuelo, por ejemplo, fue la dictadura militar de Uruguay la que lo trajo en 1974. “Trabajaba un periódico local en contra del régimen”, rememora Mariana. Igual que se acuerda también de otro tío abuelo, ya fallecido, en Cádiz. Pero esa, por lejana, es otra historia.
Vivir en Galicia
La de Mariana sigue en Galicia, la tierra a la que, sin saberlo, siempre quiso volver. Y ahora que ha vuelto, no se quiere marchar. Lo mejor, tal vez, esté por venir. “Me encantaría seguir investigando; hacer una tesis doctoral”, apunta. Un trabajo que la tiene inmersa en la influencia genética entre la obesidad y el cáncer de mama.
Aunque tampoco descarta incorporarse al mundo laboral. Mientras tanto, disfruta de Santiago con su madre, por primera vez en Galicia. Ambas recorren las calles mojadas, disfrutando de las piedras siempre húmedas, sometidas al dominio de esa “lluvia finita que se suspende en el aire”.
¿Y el resto de la familia? “Mi padre nunca ha vuelto. Tiene una constructora en Uruguay, y es complicado. Tal vez cuando se jubile. Y mi hermano Juan va a empezar allá la Universidad, aunque tal vez pueda venir este verano gracias al Conecta con Galicia”, resume Mariana. Lo hace feliz, disfrutando a cada soplo de esa tierra que siempre había sentido como propia. Aun antes de pisarla.
Andrés Manuel González Cebreiro nació en Rianxo hace 65 años, en una Galicia de esas que hoy recordamos en blanco y negro, pero que siempre fue igual de bella. El mar, el Ulla, Santiago o alguna fuente perdida en la memoria, configuran los recuerdos de una infancia inolvidable. Como casi todas. Paso previo a partir hacia Vilagarcía de Arousa, donde creció y se hizo hombre siendo niño; soldador en los astilleros del puerto desde que tenía 15 años.
La vida, o el destino, o lo que quieran, siempre caprichoso, terminó por llevarlo lejos; muy lejos. Hasta Villa de Cura (Venezuela).
“Fue un arrebato de juventud por motivos personales”, rememora, otra vez desde Galicia –la vida, si no es cíclica, lo parece- su hijo Gustavo, que ha vuelto a la tierra de su padre -a su tierra, a fin de cuentas-, para cursar en la Universidad de Santiago un Máster en Energías Renovables.
“Fue gracias a una beca de la Secretaría Xeral da Emigración; una oportunidad que no esperaba en un momento de especial dificultad”, rememora Gustavo. Venezuela había sufrido un nuevo apagón; el primero del año pasado. Una semana sin electricidad, perdiendo la comida, sin posibilidad de hacer la compra, expuestos a los saqueos cada noche. El caos en lo ordinario. “Y fue entonces cuando decidí escribir al twitter de la Hermandad Gallega de Venezuela”, apunta. En seguida recibió contestación: “¿Cómo hay un gallego en Cumaná sin que nosotros lo sepamos?”.
Cumaná es hoy, entre las que aún permanecen en pie, la ciudad más antigua de Venezuela, fundada hace más de 500 años como fruto de la utopía de un puñado de frailes dominicos y franciscanos impulsores de una evangelización pacífica. Pero esa es ya otra historia. La que a nosotros nos interesa sigue teniendo que ver con Gustavo y con su padre, Andrés, que llegó a Cumaná en la década de los 80 del pasado siglo. Y no lo hizo solo. Con él venía María del Carmen Hernández, una bonita chica venezolana de quien el ‘gallego’ se había enamorado en Villa de Cura.
Juntos continuaron su aventura en una urbe que crece pegada a la desembocadura del río Manzanares. Allí nacieron Gustavo (1988) y su hermana María Andreina (2001). Una familia feliz prosperando en medio de la revolución bolivariana. Con trabajo; mucho trabajo. “Lo de mi padre siempre ha sido trabajar, trabajar y trabajar. ¡Hasta el 31 de diciembre trabajaba!”, continúa Gustavo atando sus recuerdos.
Los negocios familiares
Andrés se había llevado a Venezuela lo aprendido en aquella adolescencia entre astilleros, montando una empresa de construcción especializada en estructuras metálicas. “Soldaba y diseñaba de todo, desde la estructura de un edificio hasta una escalera de caracol. Tiene una capacidad de cálculo impresionante”, sigue atando Gustavo, ingeniero en electrónica que tampoco se queda atrás.
“Yo tenía una compañía de fabricación de ventiladores industriales. Fuelbird. La verdad que nos iba muy bien”.
Pero como casi todo, aquello terminó saltando por los aires. Los apagones eléctricos implican también la pérdida de la conexión a internet, y la empresa vendía casi todo online. El negocio se fue hundiendo. “Pero, además, podía vender un ventilador por 8.000 bolívares, quedarme sin conexión antes de formalizar la venta, y unas horas después, cuando volvía la electricidad, la devaluación de la moneda me había hecho perder seis, siete, ocho o hasta diez veces el valor al que había vendido”, prosigue Gustavo.
Un drama empresarial que nada importa si se compara con los dramas personales. La inseguridad, las noches en vela custodiando en un tejado la hacienda familiar, el vivir o morir en un instante. “Una semana antes de partir hacia Galicia, cuando ya me habían concedido la beca, me pusieron una pistola en la cabeza. Fue durante un semáforo en rojo, y todo lo que querían era mi móvil”, señala mientras que los recuerdos se siguen escapando.
Ahí va otro. Este tiene que ver con uno de sus hobbys: la restauración de vehículos antiguos. En concreto, con una Honda 750 que había llegado a sus manos hecha un amasijo de hierros sin sentido. Gustavo la dejó impecable: el cuero negro del asiento rematando el gris metalizado. Hasta que un día alguien le dijo: “Te van a pegar un tiro para quitarte la moto”. Se deshizo de ella, y no le duele. Se le escapa el optimismo en cada frase: “La verdad es que tengo mucha suerte de seguir vivo”.
La solicitud de la beca
Pero volvamos a Cumaná y a aquel tuit a la Hermandad Gallega. “Se portaron de modo espectacular. Enseguida vino a vernos el presidente de la Hermandad Gallega de Puerto La Cruz, y me habló de las BEME, insistiéndome para que presentase la solicitud”, recuerda.
Las BEME (acrónimo en gallego de ‘Bolsas Excelencia Mocidade Exterior’) es una iniciativa puesta en marcha hace tres años por el gobierno de Galicia para ofrecer a los jóvenes gallegos de segunda y tercera generación la oportunidad de volver a la tierra de sus raíces, cursando en ella un máster de post grado.
Desde su puesta en marcha, cada año 150 jóvenes gallegos del exterior pueden continuar sus estudios en una de las tres universidades de la Comunidad Autónoma.
Gustavo es uno de ellos. “Al principio, cuando todo va mal, cuando tu familia sufre o cuando pierdes tu empresa, no lo entiendes. Pero al llegar a Galicia te das cuenta de que todo eso, en el fondo, es lo mejor que te ha podido pasar”, relata entusiasmado. Con el entusiasmo propio de los que ahora disfrutan cada pedacito de vida, cada trozo de su tierra.
El sueño gallego
“Estoy viviendo un sueño. Papá no pudo volver nunca, y eso que siempre echó de menos su Galicia. Este es otro mundo; me siento en la gloria. Me encanta: los bosques, los puertos, el rural, las ciudades, las diferencias de clima entre estaciones…”, describe Gustavo.
Todo eso… y algo más. Algo muy básico: la seguridad. Aquí puede pasear de madrugada con el móvil en la mano, y no teme que lo atropellen al cruzar un paso de cebra. A veces le sobresalta el ruido de una moto en medio de la noche. Pero ya no está allí, está aquí. En la tierra de su padre; en la Galicia a la que ahora quiere traer a toda su familia.
“La primera va a ser mi hermana. Acaba de cumplir 18 años y estoy tramitando todo para que curse Formación Profesional”, explica. Para ello, acudirán a las mismas BEME, que ofrecen cada año otras 100 plazas de FP para los jóvenes del exterior. Con un poco de suerte, una de ellas será para María Andreina.
“Y luego mis papás. Toda la vida trabajando para esto…”. Y calla, pensativo. Por una vez, las palabras se han comido su optimismo. Pero enseguida recupera la alegría. Porque como él mismo ha escrito,
“Cada sonrisa ganada en esta historia tiene una lágrima en su pasado; las lágrimas ya acabaron, bienvenidos a la Galicia de las sonrisas”.