• Más de 32.000 gallegos residen en el país bolivariano, que decretó el estado de alarma el 13 de marzo y viene de prolongarlo otros 30 días
  • “Si tuviésemos una crisis sanitaria, no la podríamos atender”, lamenta Roberto González Perez, presidente de la Federación de Centros Españoles
  • Los centros gallegos siguen cerrados, si bien la Hermandad de Caracas continúa, en colaboración con la Xunta, la campaña de reparto de medicamentos
17
Jun
2020
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Como la mayoría de los relatos de intriga, el del Covid-19 comenzó en un momento indeterminado. Sabemos el dónde -una zona cualquiera de un mercado de Wuhan-, pero no el cuándo. Muchos meses después, o quizá ya un año, quién sabe, se sigue especulando sobre un virus que al principio no dejaba de resultar un tanto exótico, oriental para entendernos, pero que con el paso del tiempo y de los meses ha terminado por parar el mundo. Una crisis global que se puede abordar desde diferentes perspectivas. Hoy lo hacemos desde Venezuela -donde residen más de 32.000 gallegos-, acompañados por Roberto González Perez, presidente de la Federación de Centros Españoles.

En la república bolivariana todo comenzó un 13 de marzo. Ese día se confirmaron los dos primeros positivos por coronavirus, paradojas del destino, ambos relacionados en mayor o menor medida con viajes a España. Y ese mismo día el régimen de Maduro decretaba el estado de alarma, imponiendo una cuarentena social y colectiva de 30 días en 7 estados. Al mismo tiempo se suspendían las actividades laborales y comerciales de los sectores no esenciales. “Si sumamos a todo eso que no había gasolina o había poca, con lo que los desplazamientos desaparecieron, el país se paralizó”, recuerda Roberto desde la atalaya del tiempo: ya más de tres meses.

No en vano, ese aislamiento obligatorio se extendió a todo el país apenas tres jornadas después, el 16 de marzo. “Sólo funcionaban la alimentación y las farmacias, y en un horario muy reducido”, continúa González. Las clases comenzaron a seguirse por televisión, se suspendieron los vuelos internacionales, se clausuraron las fronteras con Colombia y con Brasil… En definitiva, se paró un país, hasta el 13 junio, con determinadas flexibilizaciones desde hace poco.

Primero establecieron 5 días de trabajo y 10 de cuarentena. Luego lo modificaron a una semana en activo, y otra parado. Esta semana –expone Roberto refiriéndose a la pasada (momento en que atiende esta entrevista-, nos toca en cuarentena”.

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26 fallecidos

Los datos, sin embargo, arrojan una realidad contradictoria. O tal vez desnudan la realidad de Venezuela. Apenas 26 fallecidos para un país que acaba de extender su estado de alarma otros 30 días; igual que ha hecho con la suspensión de los vuelos internacionales. “Aquí, si tuviésemos una crisis sanitaria, no la podríamos atender”, explica Roberto.

Y lo hace desde la perspectiva de un número de contagios que, en las últimas semanas, ha venido incrementándose. “Desde que se han abierto las fronteras con Brasil y con Colombia, han subido exponencialmente. Antes teníamos algo más de un centenar de casos al mes, y ahora esa cifra la sumamos cada día”, detalla.

No en vano, sólo en el mes de mayo se han disparado los contagios un 60%. Un escenario en el que la Academia de Ciencias Físicas, Naturales y Matemáticas alerta sobre el retraso en el desarrollo de la pandemia en el país, lo que podría multiplicar las cifras y hacer prácticamente imposible su atención por el sistema sanitario.

“No vamos a tener oportunidad de votar”

En este contexto, pensar en votar puede resultar prácticamente una utopía. Pese a todo, el próximo 12 de julio hay elecciones, y esa colectividad gallega de más de 32.000 personas tiene derecho a ejercer su voto. No obstante, el propio Roberto muestra sus reservas: “Pese a que este año se puede solicitar por internet –el plazo expiraba ayer-, en la situación del país es complicado. Creo que este año no vamos a tener oportunidad de votar”.

Tal vez no le falte razón, porque más allá de las trabas burocráticas del voto rogado, cuyo cambio han pedido al gobierno español en numerosas ocasiones, la realidad de Venezuela es la que es. “Ya en condiciones normales, no llega el correo. La correspondencia privada funciona fatal. Aquí, envías una carta, y puede tardar 2 ó 3 meses en llegar”, resume Roberto con la tranquilidad de quien asume la extraordinariedad de lo ordinario.

Mientras tanto, “las calles siguen muy solas” y la vida está parada. También para los centros gallegos y españoles, que suman meses de puertas cerras, sin ingresos y sin perspectiva de mejora. Lo que sí que continúa, por fortuna, en la Hermandad Gallega de Caracas es el plan de medicamentos que impulsa en compañía de la Xunta de Galicia. Leve consuelo para un país desconsolado.   

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