- El Centro Espanhol e Repatriaçao de Santos tuvo que cancelar la celebración de su 125 aniversario a causa del coronavirus
- La colectividad gallega y española comienza a registrar los primeros casos de contagios
- Desde el Consejo de Residentes Españoles en Sao Paulo, Amanda Barrio nos narra la situación que atraviesa el estado brasileño, y aprovecha el escenario preelectoral para pedir un cambio normativo: “El nuestro no es un voto rogado, es un voto implorado”
Esta historia, o parte de ella, comienza con el primer día del año 1895. Y lo hace en un lugar inopinado: un anuncio cualquiera en un diario cualquiera de la ciudad de Santos. Aquel texto fue escrito por José Bojart y tenía como objetivo fundar una sociedad española, un lugar de encuentro para esas mareas de sombras que alternaban el blanco con el gris constituyendo durante décadas el relato de la emigración gallega y española.
125 años después de aquel 1 de enero, el Centro Espanhol e Repatriaçao de Santos se disponía a celebrar tan insigne aniversario. No uno cualquiera, sino ése. El que simboliza, aglutina y reúne los recuerdos de un siglo entero ya pasado y un cuarto de otro aún por pasar. “Iba a ser el 28 de marzo con una gran celebración. Había más de 400 personas invitadas”, recuerda Amanda Barrio Estévez, que vive en Santos y es miembro del Consejo de Residentes Españoles en Sao Paulo y del Consejo General de la Ciudadanía Española en el Exterior.
La culpa, ya se lo imaginan, la tuvo el coronavirus. Apenas unos días antes, el 24 de marzo, el gobernador de Sao Paulo, João Doria, decretaba un confinamiento voluntario -“sin multas”-, que desde entonces cumple alrededor del 60% de la población del estado.
Un mensaje de prudencia que entra en conflicto con el que lanza el presidente Bolsonaro, que aboga por seguir trabajando al tiempo que considera el Covid-19 “el destino de todo el mundo”.
Hoy ese destino camina desbocado, con Brasil batiendo récords y sumando, en apenas 24 horas, más de 1.200 muertes por el coronavirus. El país llora alrededor de 33.000 víctimas desde el inicio de la pandemia. Y sólo en Sao Paulo se contabilizan cerca de 8.000 fallecidos, recuenta Amanda con la seguridad de quien relata su propia historia. “Estamos padeciendo dos virus: el Covid-19 y el presidente”.
Primeros casos en la colectividad
Lo cierto es que las cifras no paran de crecer, día a día, minuto a minuto, de suspiro a suspiro. “Esta semana empezamos a conocer los primeros casos de contagios entre españoles y gallegos. El virus está cada vez más cerca de nosotros”, prosigue Amanda. Tanto, que casi es posible seguir su rastro en el boca a boca. Como en el caso de Enrique, pertrechado entre las cuatro paredes de su casa, y contagiado pese a todo. “Él no salió, pero recibió la visita de su sobrina…”, lamenta Amanda.
Más de medio año después de saltar a la opinión pública –qué lejos queda hoy aquel mercado de Wuhan-, si algo sabemos del coronavirus es que no hace demasiadas distinciones. Resulta algo así como un virus proletario, que no entiende de fronteras y se expande fácilmente si no se toman las medidas oportunas. Poco a poco, su sombra crece, hasta el punto de paralizar una región, un país, el mundo entero.
Brasil no iba a resultar un caso aparte. Este mismo martes, la OMS alertaba que el foco del virus se ha situado en Latinoamérica. Así, mientras Europa acumula semanas de ‘desescalada’, al otro lado del Atlántico se mantienen medidas y restricciones por igual.
“No se ha reabierto el comercio. Sin embargo, la playa estaba llena este fin de semana, y las plazas casi a tope”, prosigue Amanda un relato cargado de preocupaciones: “En Santos casi no quedan plazas de hospitales. Y la asistencia sanitaria no es como en España. Hay gente que espera 8 ó 9 meses para hacer un examen”.
Mientras tanto, la ciudad transita en un duermevela. Como el Centro Espanhol, cerrado desde antes de la gran fiesta y hasta hoy. “Hay clases de español y de baile por internet, pero el alquiler de la instalaciones para fiestas no se puede hacer”, apunta Amanda. O como el centro de mayores Rosalía de Castro: “Estamos acercando las donaciones a las casas de los ancianos”.
Un voto implorado
Esta situación, como es lógico también afecta al proceso electoral ya en marcha.
“Lo del voto rogado es complicadísimo. El correo, tradicionalmente, no funciona. Y ahora es todavía peor con el tema de la pandemia. El gobierno español debe buscar una alternativa que facilite que la gente pueda votar. Lo que hay ahora, más que un voto rogado, es un voto implorado”, lamenta Amanda.
Y lo hace desde su casa, donde suma ya 73 días confinada. “No sabemos cuándo será el final”. Lo que sí que sabe es lo que hará cuando todo esto pase: “Cuando termine, haremos la fiesta pendiente. Aún más grande que la que teníamos prevista”. A fin de cuentas, 125 años no se cumplen todos los días. Tampoco en la época de Covid.