- El programa Escolas Abertas mantiene vivas en la diáspora las tradiciones, la lengua y la memoria de Galicia, en un viaje emocional que une generaciones a través de la cultura compartida
Hay palabras que saben a pan de maíz, canciones que huelen a lareira y recetas que nos devuelven a una cocina sin prisa, donde el tiempo se medía por el hervor del caldo o el repicar de la lluvia sobre el tejado. Esa es la Galicia que muchos gallegos del exterior conocen a través de sus padres o abuelos: una tierra que no sólo se recuerda, sino que también se conserva en la memoria, en el paladar y en el corazón.
Aunque hayan pasado generaciones, esa Galicia sigue viva. En Buenos Aires, en La Habana, en Montevideo o en Caracas, hay familias que siguen cocinando lacón con grelos, cantando “A Rianxeira” o usando palabras como “parabéns” o “morriña” con la misma naturalidad con la que lo hacían sus antepasados.
Las recetas que cruzaron el océano
Uno de los legados más tangibles de esa Galicia de antaño son las recetas. Porque la cocina no se olvida. En muchas casas de la diáspora, el caldo galego sigue siendo el plato de invierno por excelencia, la empanada de atún o zamburiñas se reserva para las celebraciones familiares, y el lacón con grelos se prepara en fechas señaladas.
En Argentina o Uruguay, por ejemplo, se siguen preparando con orgullo estos platos, muchas veces adaptando ingredientes locales. Y con cada bocado, se mantiene viva una cultura de mesa compartida, de fogón y reunión.
Canciones que se heredan
¿Quién no ha escuchado alguna vez a sus abuelos tararear “Unha noite na eira do trigo” o “Camariñas”? La música gallega, con su raíz popular y su capacidad de emocionar, ha sido una de las formas más potentes de mantener la galleguidad fuera de Galicia.
Los coros de los centros gallegos en la emigración, las bandas de gaitas en ciudades como Caracas o La Plata, o las romerías organizadas en Brasil o México son prueba de cómo la música ha viajado con los gallegos y ha echado raíces lejos de su origen.
Palabras con morriña
La lengua también se conserva, a veces en pequeñas dosis. Hay familias en las que se mezclan palabras del gallego con el castellano local, creando un habla mestiza, llena de ternura y sentido de pertenencia.
Palabras como “morriña”, “xente”, “fermoso” o “contiña” siguen vivas en la voz de los nietos de gallegos, aunque nunca hayan pisado Galicia. Porque el idioma es más que comunicación: es identidad.
Recuperar para volver: Escolas Abertas
Redescubrir esa Galicia heredada puede ser el primer paso para acercarse, de nuevo, a la tierra de origen. Cada receta recreada, cada canción entonada, cada palabra dicha con acento gallego es una forma de regreso.
Por eso, programas como Escolas Abertas, impulsados por la Secretaría Xeral da Emigración, se han convertido en una herramienta esencial para revitalizar la galleguidad en el exterior. Esta iniciativa, que se celebra desde hace décadas, ofrece formación presencial a profesores y líderes culturales de comunidades gallegas en América, Europa y otras partes de España, para reforzar las raíces culturales a través del baile, la música, los trajes tradicionales y la lengua.
Este año, desde el pasado 4 de julio y hasta el próximo día 15, cerca de 50 participantes, procedentes de América, Europa y diversas comunidades autónomas, se reúnen en el Centro Superior de Hostelería de Galicia, en Santiago de Compostela. Con una edad media de 35 años, representan una nueva generación de instructores que transmitirán lo aprendido a miles de gallegos del exterior. Durante esta semana formativa, contarán además con la participación de músicos gallegos de reconocido prestigio, en unas jornadas que combinan aprendizaje, celebración y comunidad.
Más que un curso, Escolas Abertas es una ceremonia de reencuentro: con la lengua, con la danza, con la historia compartida. Una manera de garantizar que esa Galicia de los abuelos no se pierda en la distancia, sino que siga viva y creciendo desde Buenos Aires hasta Zúrich, desde Caracas hasta París.
Volver a Galicia no siempre empieza con un billete de avión. A veces empieza con una empanada hecha en casa, con una canción que suena en una sobremesa, o con una palabra que resuena en medio de una conversación familiar. Porque la Galicia de nuestros abuelos nunca se fue: sigue esperando, paciente, en nosotros.