- La vida de Marcelo Ndong transcurre con una asombrosa naturalidad entre Guinea Ecuatorial y Galicia; entre Malabo y Ourense; hasta el punto de mutar, sin darse cuenta, en Manoliño Nguema.
- Una existencia apasionante que Antonio Grunfeld ha sabido rescatar y llevar a la gran pantalla a través de un magnífico documental, merecedor del Mestre Mateo, que ha visto la luz bajo ese mismo nombre: Manoliño Nguema.
“Lo que me hizo saber que las cosas habían cambiado fue el frío. Las calles congeladas, el sonido del mar. Recuerdo el olor de las castañas. Lo único que me queda de eso es esa enorme... morriña”. ¿Qué es la morriña?, interrumpe su lectura Russo. Enfrente, Marcelo Ndong, o Manoliño Nguema, qué más da, duda atrapado por la nostalgia de quien se sabe guineano y gallego al mismo tiempo. Tan gallego, fíjense, que rechaza esa misma nostalgia para definir a la morriña: “Nostalgia no dice nada, la morriña se debe cantar; no se puede explicar”. Y suena de fondo Cunqueiro -No miño novo do vento hai unha pomba dourada. Quén poidera namorala!-. Y ya todo cobra sentido, porque Guinea Ecuatorial, a fin de cuentas, no es tan distinta de Galicia.
Lo sabe bien Marcelo, una vida entre dos mundos que se unen por un hilo conductor. El de su propio yo, capaz de devorar cualquier pantalla. O al menos eso pensó Antonio Grunfeld, Alcoy (1983), que por esas cosas del destino se encontraba en Malabo hace no mucho. Con él, Rocío Cadahía, su pareja, que es gallega. Algo importante en el relato, ya verán.
“Me había puesto en contacto con unos chicos de una asociación de cine para hacer unas fotografías”, relata Antonio, que recuerda el día y la anécdota con la seguridad de quien se topa de bruces son su historia.
“NOSTALGIA NO DICE NADA, LA MORRIÑA SE DEBE CANTAR; NO SE PUEDE EXPLICAR”. Y SUENA DE FONDO CUNQUEIRO -NO MIÑO NOVO DO VENTO HAI UNHA POMBA DOURADA. QUÉN POIDERA NAMORALA!-. Y YA TODO COBRA SENTIDO.
“Me recogieron en una C15 completamente destartalada y fuimos a buscar al protagonista”, prosigue. Marcelo se presenta. Antonio hace lo propio. Y añade, por el motivo que sea, probablemente por la cortesía que requiere cualquier primera conversación entre dos desconocidos: “Mi chica es gallega”. Respuesta: “Como yo”. “¿Cómo que como tú?”. Vencida la incredulidad por la enorme sencillez del personaje, el viaje concluye con los protagonistas cantando a dúo: Qué din os rumorosos / na costa verdecente. Otra vez Galicia y Guinea Ecuatorial estrujadas por el mismo hilo conductor. El de Marcelo.
La historia
“Nada más llegar a casa le dije a Rocío que ese hombre tenía una historia”, cuenta emocionado Antonio. Y vaya si la tenía. ¿Por dónde comenzar? Tal vez resulte más fácil seguir el relato cronológico. Una elección que nos conduce a 1968; un año que “tiene muchas cosas”. “Guinea gana la independencia, Macías gana las elecciones y a mí se me concede una beca para ir estudiar a España, en concreto al Circo de los Muchachos en Ourense”, describe Marcelo ya en el documental.
La cinta fluye con la suavidad del propio personaje, y navega a través de una obra de teatro que comprende las tres etapas de su vida: la del joven becado que descubre un mundo sorprendente; la del hombre que regresa a su país; la del actual, capaz de cerrar un círculo perfecto.
Una obra dentro de otra obra, premiadas ambas gracias a la genialidad del protagonista y a la visión del narrador. Porque el documental Manoliño Nguema acaba de ganar, sin ir más lejos, un Mestre Mateo. Pero es que el guion construido por Rocío a través de esa obra de teatro ha sido capaz de saltar de la ficción a la realidad, haciéndose un hueco en carne y hueso. “Obtuvieron el premio del público en la Miteu de Ourense; la han representado en Madrid varias veces, en Carballo...”, destaca Antonio entusiasmado.
EL VIAJE CONCLUYE CON LOS PROTAGONISTAS CANTANDO A DÚO: QUÉ DIN OS RUMOROSOS / NA COSTA VERDECENTE. OTRA VEZ GALICIA Y GUINEA ECUATORIAL ESTRUJADAS POR EL MISMO HILO CONDUCTOR. EL DE MARCELO.
Para construir ambas ficciones, fue necesario un mes en Guinea Ecuatorial -“es un país complicadísimo, y además lo cogimos paralizado por una huelga de taxis”-, y tres semanas en Galicia, con el objetivo de “cerrar el viaje vital”.
“No sabíamos abrigarnos”, narra Marcelo recordando aquella Galicia que descubrió en marzo del 69. Una Galicia, igual que hoy, lluviosa, húmeda, con escarcha: “Tenías la sensación de vivir dentro de una nevera”. Y una Galicia que se abría al mundo con sorpresa: “Éramos los primeros negros (…). La gente subía para vernos. ¡Tedes unha cara tan difícil! (risas)”.
La Ciudad de los Muchachos
Pero allí, en Ourense, todo cambiaría para siempre. Con el Padre Silva y su ‘Ciudad de los Muchachos’. Un proyecto pionero -“entonces la única escuela de circo estaba en Rusia”- que llevó a Marcelo por el mundo antes de traerlo de vuelta hasta Santiago. “La gente de los pueblos el domingo venía a verme”. Tal era la atracción del propio personaje.
Y allí conoció a Amparo, gallega y rubia; casi como él, vamos. Pero el amor, como es sabido, no hace distingos. “Se convirtió en mi vida”. Hasta el punto de que tuvieron dos hijos y ella no dudó a la hora de volver con él a casa: “Es muy difícil encontrar gente que te acompañe hasta el fin de mundo”. Esa era Amparo.
Pero la Guinea de 1990 nada tenía que ver con la de antaño. “No había ni calles”. Y tampoco ningún apoyo institucional para alguien que traía consigo una “blanca” y un “coche”. “Éramos enemigos del pueblo”. Y claro, en esa situación Amparo y los niños se van por un lado, Marcelo por el otro. “Había cosas que hacer aquí”, afirma entre convencido y devastado.
Lo cierto es que algo de razón tenía, porque allí, en Malabo, Marcelo se va a convertir en Manoliño Nguema para los suyos, y en el padre del teatro moderno en el país. Un escuela en la que se han formado miles de alumnos guineanos, entre ellos nuestro Russo -el que preguntaba por el significado de morriña-, o Gorsy Edú, el otro protagonista del documental, el del Marcelo hombre que regresa a su país.
El documental
Juntos, tres generaciones distintas que Antonio ha sabido llevar a la pantalla. "Lo primero fue hablar con Marcelo y sonsacarle. Nos costó que nos contase que había estado con García Márquez, con Picasso, con Dalí, con Chaplin...”. Pedacitos sueltos de una vida gigantesca que, imagínense, no llegan a salir en el documental. “Es muy humilde”, resume Antonio.
De hecho, costó convencerlo. “Marcelo tenía sus reticencias, y sólo aceptó cuando le explicamos que la obra buscaba reconocer a las siguientes generaciones”. Entonces, sí, el proyecto de Manoliño Nguema empezó a cobrar vida. De modo muy altruista, pero vida a fin de cuentas.
Porque esto tampoco iba a ser fácil. “Conseguimos una pequeña subvención de Agadic (Axencia Galega das Industrias Culturais) y con eso pagamos el viaje y las condiciones de la estancia en Guinea Ecuatorial. Nadie cobraba, pero por lo menos podíamos estar cómodos y trabajar a gusto”, recuerda Antonio, que desde el presente añade valor añadido a lo ya hecho: “Queremos volver a abrir las becas, con una doble vía que ponga en relación la técnica y el entrenamiento de Galicia, por un lado, con las etnias y los instrumentos de Guinea, por el otro”.
"LO PRIMERO FUE HABLAR CON MARCELO Y SONSACARLE. NOS COSTÓ QUE NOS CONTASE QUE HABÍA ESTADO CON GARCÍA MÁRQUEZ, CON PICASSO, CON DALÍ, CON CHAPLIN...”. PEDACITOS SUELTOS DE UNA VIDA GIGANTESCA.
Para ello cuentan con el mejor embajador posible, Russo, que sigue en Galicia en la Escuela de Teatro de la Miteu, en Ourense. “Él está sin beca. Ya traerlo fue complicadísimo. Los trámites empezaron en septiembre y concluyeron en febrero”, describe Antonio, que no duda en la voluntad de cualquier retornado de “volver a traer a su país todo lo aprendido”. “Si le das una oportunidad, la devuelven como motor de desarrollo”, añade.
Lo sabe bien Marcelo Ndong, que un día partió hacia lo desconocido y descubrió una tierra que lo ha hecho suyo para siempre. La Galicia de Manoliño Nguema. No se la pierdan. Un relato cargado de esperanza para el que sólo necesitan hora y media.