- Fran Álvarez, gallego de 26 años, lleva 7 en Alemania, donde hoy en día es el presidente del Centro Centro Cultural Gallego de Cuxhaven. Desde allí nos cuenta cómo vive la diáspora en tiempos del coronavirus.
A orillas del Mar del Norte, en la boca del Río Elba, se extiende un pequeño municipio; pequeño para Alemania, claro. Cuxhaven. Ciudad principal de un distrito que apenas suma 100.000 habitantes. Una tierra basta y poco poblada donde la calma se mantiene pese a todo. También hoy. También ahora, en esta rara época que nos envuelve.
Allí llegó hace unos años Fran Álvarez, gallego y con una vida por vivir. Un viaje que lo condujo, con apenas 19 años, de Pazos de Borbén a la Baja Sajonia. Cosas del destino que, como cantaba Sabina, a veces “te da champán y después chinchón”.
“Con 18 años tenía la ilusión de estudiar aviación y ser piloto, pero era imposible asumir las cantidades. Finalmente, cursé los estudios de azafato en Vigo. Pero después un familiar lejano que vivía en Alemania me convenció para que fuese, y en tres días tenía trabajo en una empresa”, relata Fran con la seguridad que da saberse la propia vida de memoria.
Un empleo que, en el fondo, era un puente directo hacia su sueño: ser piloto. “Me alargaron el contrato, podía ahorrar y comencé los estudios”. Pero cuando estaba saboreando el champán, el destino le dio un trago de chinchón y la espalda lo alejó del sueño de su vida. “Tuve que dejarlo por salud”
Lo que no dejó fue Alemania, como tantos y tantos gallegos que, en la distancia, añoran su tierra mientras que disfrutan del día a día. Hasta el punto de que hoy Fran es el presidente del Centro Cultural Gallego de Cuxhaven. Una entidad fundada en 1980 por un grupo de paisanos, en su mayoría procedentes de las Rías Baixas, que se fueron asentando en la ciudad atraídos por su fuerte industria de pescado. El mar siempre como vínculo.
Este centro es uno de los 11 que pueblan Alemania, haciendo del país teutón el tercero en número de gallegos de la Unión Europa, con cerca de 17.000. La diáspora en tiempos del coronavirus.
La calma de las cifras
“Por ahora, lo llevamos tranquilos y con calma”, relata Fran, en referencia a un virus que no hace distinción entre países. Al menos en apariencia. Porque si uno rasca un poco, observa datos llamativos: con más de 180.000 contagios detectados, España suma ya más de 21.000 muertes, mientras que con 135.000 infectados, Alemania apenas lamenta 5.000 defunciones.
Fran arroja algo de luz: “Hace unos días leía que en España se estaban realizando a la semana alrededor de 30.000 test, mientras que aquí se hacían 300.000”. La cifra de pruebas ha subido ya en ambos países, pero en una hay un cero más que en otro, con todo lo que eso significa.
Pero claro, luego está que Alemania es Alemania. Para lo bueno y para lo malo. “Las culturas son distintas. Aquí, por ejemplo, los saludos son menos afectuosos. Mantienes siempre un espacio personal, como una zona de confort; miras a los ojos a tu interlocutor y, como mucho, le das la mano. La vida social es menos intensa: vas de casa al trabajo, y del trabajo a casa”, expone Fran.
Confinados, pero menos
Un mal caldo de cultivo para el virus. Pero ¿cuánto de malo? “Pues ahora mismo, en Cuxhaven, hay tres ingresados en el hospital, y sólo uno en UCI”, expone Fran, que recuerda que, desde el primer día, en el aparcamiento del hospital se habilitó un contenedor de barco para hacer los test sin necesidad de entrar en el complejo. “Sólo pasabas al interior si dabas positivo”.
Pese a todo, Alemania vive también confinada. Aunque a su manera: no hizo falta decretar un estado de alarma. La canciller lo pidió, y los alemanes obedecieron. Como casi siempre. Aunque existen diferencias por regiones. “Aquí, en la Baja Sajonia, como tenemos una incidencia tan baja, el gobierno regional nos permite visitar a familiares. En otras zonas está prohibido”, apunta Fran, quien también añade, a los motivos de la calma, un sistema sanitario que te da “absoluta tranquilidad”, o las medidas de seguridad en el trabajo: “En nuestra empresa de alimentación teníamos 1.000 mascarillas para 200 trabajadores”.
Y claro, entre tanta cifra abrumadora, entre tanta eficiencia germánica, uno va pensando que la colectividad en Alemania, al menos en esta rara época que nos ha tocado vivir, puede estar tranquila. Porque, aunque los días siguen cayendo a uno y otro lado de la Unión Europea, las cifras del drama son distintas. Por suerte, ya queda menos para todos.