• Hay cosas que se pueden llevar en el equipaje, pero las más valiosas se quedan en el corazón: el olor a lluvia, las sobremesas interminables, la hospitalidad de la gente y esa forma de vivir que solo Galicia entiende
15
Oct
2025

Cuando llega el momento de hacer las maletas, los gallegos que parten al exterior saben que no se van del todo. Entre la ropa y los documentos siempre se cuela algo invisible: un trozo de tierra húmeda pegado a las botas, el olor a eucalipto tras la lluvia, el sonido de una gaita al fondo de una fiesta de verano. Pero hay una Galicia que no cabe en una maleta. Y por eso, tarde o temprano, acaba tirando de quien se fue.

La tierra que llama por dentro

No es solo nostalgia. Es una conexión profunda con una forma de vida hecha de calma, cercanía y raíces. Galicia tiene un pulso propio que se nota en el modo de hablar, en la manera de mirar el mar, en la costumbre de saludar con un “boas tardes” aunque no conozcas a quien pasa. Es una tierra que enseña a estar en el mundo sin prisas, a valorar lo esencial y a encontrar belleza en lo cotidiano.

Esa manera de vivir, pausada y sincera, es un tesoro que no se puede embalar, un hilo invisible que sigue uniendo a quienes, desde lejos, siguen mirando hacia el Atlántico buscando el horizonte de casa.

Las sobremesas que duran toda la tarde

Ni en los restaurantes más lejanos se logra replicar una sobremesa gallega. Esas que empiezan con una empanada, siguen con risas y recuerdos, acaban con licor café y, sin saber cómo, terminan de noche. Las conversaciones alrededor de la mesa son una escuela de vida: se habla de todo, se discute con retranca, se arregla el mundo y se fortalecen los lazos que el tiempo o la distancia no rompen.

Quien regresa lo sabe: en Galicia, el tiempo se mide por emociones, no por relojes. Y pocas cosas son tan nuestras como esa manera de celebrar la vida en compañía.

Los paisajes que curan la morriña

Galicia se reconoce en los olores, en los sonidos y en la luz. En los bosques de castaños y carballos, en el mar que cambia de color cada hora, en el verde que nunca se apaga. Es una tierra que se respira y que cura la morriña con solo contemplarla.

Quien vuelve, descubre que lo que recordaba como paisaje es en realidad una emoción: la de pertenecer a un lugar que sigue esperándote. No importa cuántos kilómetros o años pasen, la primera brisa del Atlántico basta para sentir que todo está en su sitio.

El valor de lo cercano

En Galicia, lo pequeño importa. Las tiendas del barrio donde aún te llaman por tu nombre, el panadero que pregunta por tu madre, los mercados donde la vida se comenta entre puesto y puesto. Esa red de proximidad, tejida con confianza y afecto, es una de las cosas que más echan de menos los gallegos que viven fuera.

Aquí, las relaciones se construyen cara a cara, con una sonrisa, con tiempo. Volver es reencontrarse con esa humanidad sencilla que convierte lo cotidiano en especial.

Una nueva Galicia que mira al futuro

Volver no significa regresar al pasado. Hoy Galicia es también innovación, talento, emprendimiento y oportunidades. Desde las ciudades hasta las aldeas, surgen proyectos que mezclan tradición y modernidad, naturaleza y tecnología, raíces y futuro.

Nuevas generaciones están escribiendo una Galicia más abierta y conectada, donde el retorno no es una despedida de lo vivido fuera, sino una manera de sumar experiencias, de traer al presente lo aprendido y hacerlo florecer aquí.

Volver a lo esencial

Hay muchas razones para regresar, pero todas se resumen en una: aquí todo sabe a verdad. A tierra, a lluvia, a hogar. Galicia no cabe en una maleta porque no está hecha de cosas: está hecha de vivencias, de personas y de un latido que te sigue donde vayas.

Y cuando vuelvas, aunque solo sea por unos días, te darás cuenta de que en realidad nunca te habías ido del todo. Porque Galicia no se olvida: se lleva dentro, y siempre encuentra el camino de vuelta.

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